Han pasado más de tres siglos desde que los misioneros jesuitas llegaron a Baja California, y aun sorprende la labor de aquellos hombres que por más de setenta años, alejados de la frescura de sus conventos y la comodidad de sus bibliotecas, dedicaron sus vidas a la evangelización, la exploración geográfica y a una acción civilizadora sobre los primitivos californios. Aunque el mito insular de la península había sido claramente desacreditado por exploradores como Eusebio Francisco Kino, Juan de Ugarte y Fernando Consag, además de navegantes como Francisco de Ulloa, la California, como decían los europeos, para todos los efectos prácticos de su colonización seguía siendo una isla, a causa del abandono y la incomprensión de los diversos gobiernos de la Nueva España, situación que siguió dándose todavía en el México independiente.
Los riesgos comunes de la navegación en aquella época, se acentuaban aquí por las especiales condiciones del Golfo de California, sobre todo los vientos del noroeste, las tormentas tropicales y las elevadísimas mareas en el norte. Esto hizo que el barco que traía las provisiones y equipo para las misiones cuando el vaivén político era favorable, muchas veces se perdiera en el mar y los ansiados víveres no alcanzaran su destino. Al autorizar el virrey Joseph Sarmiento de Valladares la entrada de los jesuitas a la provincia de California en 1697, fue a condición de que los gastos que se hicieran en la empresa fueran a cargo de la Compañía de Jesús, pues el gobernante se quejaba de que se habían gastado anteriormente $225 400.00 pesos sin hauerse podido lograr el efecto de conseguirla1, refiriéndose a la reducción de los gentiles de la lejana provincia.
Ésta fue una de las causas por la cual los discípulos de Loyola, desde la llegada de Juan María Salvatierra a Loreto, buscaron la forma de no depender solamente de las limosnas que ocasionalmente recibían de los nobles acaudalados de la Nueva España, por lo que se hicieron inversiones generalmente en la compra de haciendas en el interior del país, cuyas rentas proporcionaron un flujo de dinero más constante para el sostenimiento de las misiones. Hubo un tiempo en que la Compañía llegó a tener en la Colonia 122 haciendas de gran extensión, como la que pertenecía al Colegio de México, de nombre Santa Lucía, que abarcaba 2 500 kilómetros cuadrados2.
Estas condiciones, diferentes a las que existían en el resto de la Nueva España para el trabajo evangelizador que llevaban a cabo las diversas órdenes religiosas, influyeron para que los jesuitas de la California le dieran a su labor un sello especial, consecuencia principalmente de los dos hechos siguientes: primero, que todas las erogaciones, incluyendo la construcción de los edificios misionales, la obtención de embarcaciones, y hasta el pago de los soldados corrían por cuenta de la Compañía; y segundo, a causa de lo antes expuesto, los jesuitas disfrutaban de un alto grado de independencia en todas sus actividades, ya que el mismo capitán gobernador, en quien residía teóricamente el poder militar y civil, era nombrado por los misioneros durante los primeros años, aunque después se acostumbraba que propusieran una terna de candidatos con objeto de que el virrey seleccionara al hombre más indicado, lo que en última instancia era lo mismo.
Fue por estas razones que, cuando menos al principio, los misioneros jesuitas se sintieron fuertemente inspirados y comprometidos para forjar una comunidad casi utópica, que se aproximara lo más posible al ideal cristiano, lo que explica la vigorosa fe que impulsó a hombres como los mencionados en el párrafo inicial, para que se lanzaran a empresas que hoy se antojan casi imposibles de lograr con los recursos con que entonces se disponía.
El jesuita Wenceslao Linck pertenece a ésta constelación de religiosos, pues no sólo evangelizó a un gran número de gentiles sobre una zona de influencia que abarcaba desde San Borja hasta el área de San Luis Gonzaga3, sino que realizó múltiples exploraciones en tierras desconocidas, arriesgando la vida en ocasiones, y registrando datos sobre la naturaleza y los aborígenes, informaciones que después fueron de inestimable valor para otros misioneros y colonizadores. Una de esas exploraciones fue la que hizo a la región del Río Colorado en 1766. Su magno proyecto era no sólo abrir la ruta para que se plantaran misiones hasta conectar las de California con las de Sonora, sino afianzar la frontera en el extremo noroeste de la Nueva España, la cual, prácticamente desierta, era vulnerable a las ambiciones hegemónicas de diversos países como Rusia e Inglaterra.
Cruzar la Sierra de San Pedro Mártir por muchos lugares al sur del Paso de San Matías4, es todavía hoy un reto que sólo montañistas profesionales se atreven a aceptar, contando con el equipo e instrumentos que la última tecnología puede proporcionar; o intentar llevar a cabo una cabalgata de 260 Km. de San Borja al lugar conocido hoy como La Rinconada, bautizado por Linck como La Cieneguilla, hoy sería casi una locura por las dificultades que representarían la falta de agua y pasto para las bestias y la escasez de lugares en los que se podrían conseguir alimentos. En 1773 el dominico fray Vicente Mora, con gran dificultad, siguió en parte la ruta de Linck al viajar hasta El Rosario con el fin de localizar lugares adecuados para el establecimiento de nuevas misiones; y el Capitán Manuel de Jesús Castro también lo hizo en 1849, cuando viajó hasta el noroeste de la península, muy lentamente a causa de las lluvias que hacían los caminos intransitables, con el propósito de establecer la Colonia Militar de La Frontera y preservar la soberanía en aquella lejana región del país5.
Hay que pensar, entonces, lo que significó para Linck llevar a cabo esa travesía, careciendo frecuentemente de guías y desconociendo el lenguaje de las etnias que encontraba a su paso. Pero además, en las páginas que siguen encontrará el lector aspectos especiales en la personalidad de este misionero explorador, que lo diferencian aun de sus hermanos religiosos de la época, por el sello humano y de respeto que imprimió a sus relaciones con los indios que poblaban las desconocidas regiones por las que pasó.
Aparte del diario de su viaje al Colorado, Wenceslao Linck escribió numerosos reportes y cartas al virrey y a sus superiores, relatando los descubrimientos que resultaron de sus exploraciones hacia el Océano Pacífico, a la región al norte de San Borja, y aun a la Isla Ángel de la Guarda, en la cual por poco pierde la vida.
En uno de sus trabajos que escribió ya en Europa, después de la expulsión de los jesuitas, Linck cambió un poco la descripción que había registrado en su diario sobre el viaje al Colorado, ya que se refirió a la península como una de las zonas más estériles y desoladas del mundo, lo cual tiene mucho de verdad, aunque aparentemente olvidaba lo que él mismo había escrito sobre las condiciones, bastante favorables para plantar misiones, en algunos
lugares que había desde Vellicatá hasta la Sierra de San Pedro Mártir, tomando en cuenta la existencia de agua y tierras propias para la siembra y riego. Además expresó:...A diferencia de las misiones al este del Golfo de California, [como son] *Sinaloa, Sonora y Pimería, que son mantenidas por el Real Erario, las de Baja California no reciben nada de esa fuente...*Esto se explica porque Linck, atinadamente, trató de invalidar con este informe los ataques de que había sido objeto la Orden, al acusársele de enriquecimiento desmedido aprovechando los supuestos bienes y bondades climáticas de aquellas tierras; Jacobo Baegert, ex misionero de San Luis Gonzaga, hizo algo semejante en su Nachrichten publicado en 1771 en Mannheim, Alemania, al ridiculizar a algunos escritores y geógrafos de la época que, sin conocer realmente la Baja California, y confundiéndola a veces con lo que después se llamó Alta California, hacían descripciones totalmente exageradas a favor de las tierras peninsulares y su clima, como si fueran poco menos que un Edén6.
Se ha dicho con razón que la historia siempre es contemporánea, porque los hechos de que se ocupa, aunque temporalmente se encuentren muy lejanos, siempre tienen una conexión con la vida de las sociedades actuales. Ejemplo claro de lo anterior es el caso del misionero jesuita que quiso llevar a la práctica, y lo logró en parte7, el sueño de muchos hombres de su época de abrir una ruta hacia el norte, asegurar la última frontera que era codiciada por potencias extranjeras y llegar a establecer comunidades prósperas desde la zona del paralelo 28 hasta el Río Colorado. Estas inquietudes son las mismas que hoy existen en la mente de muchos bajacalifornianos, pues ¿Quién no quisiera una carretera paralela a la Transpeninsular que corriera por el espinazo de las serranías desde San Borja hasta San Pedro Mártir? ¿Qué acaso no es preocupación actual de pueblo y gobierno el asegurar “la última frontera”, como decía Linck, y conservar la soberanía de las aisladas regiones en el interior de la península poblándolas con gente que integre sociedades dinámicamente productivas y autosuficientes? Cierto que la desertización y la falta de agua siguen siendo el gran reto, pero precisamente los retos son los que promueven los sueños, y el de Wenceslao Linck sigue vigente.
Edward H. Carr consideraba esencial ver en el gran hombre ... a un individuo destacado, a la vez producto y agente del proceso histórico, representante tanto como creador de fuerzas sociales que cambian la faz del mundo y el pensamiento de los hombres...8, y por exigente que parezca el encuadramiento, es evidente que Wenceslao Linck queda dentro de él con toda justicia. Pero quienes escriben la historia constantemente valoran y marginan, seleccionan y descartan hechos y personajes de los eventos sociales del mundo, y frecuentemente las acciones que pudieran ser dignas de registrarse, quedan injustamente excluidas al no ser percibidas en su justo valor por la particular óptica del historiador. Sin embargo, aquí no existe ese problema, la importancia de la obra del misionero alemán fue y es indiscutible, pero el desconocimiento generalizado de La California, entidad todavía mítica en la Europa de aquel tiempo, impidió que las hazañas del jesuita y su vida misma fueran de mayor interés en los círculos históricos, literarios e intelectuales del momento, lo que condujo entonces, y aun en nuestro tiempo, a la escasa difusión de su obra como explorador.
Quizá esto es razón para que, a pesar de todos sus logros, Linck sea casi un desconocido en su propia tierra natal de Neudek, Bohemia9, y no se diga en el Estado de Baja California, en
donde los libros escolares prácticamente no hacen mención de sus exploraciones, a pesar de que los descubrimientos geográficos que realizó no tienen paralelo..
Todo esto ha hecho que actualmente se cuente con una bibliografía escasa en los estantes de las bibliotecas y librerías del estado de Baja California, casi siempre fuera del alcance del lector común. Quizá las obras sobre Linck más difundidas en el idioma inglés sean Wenceslaus Linck´s Diary of his 1766 Expedition to Northern Baja California y Wenceslaus Linck´s Reports & Letters, 1762-1778, ambas editadas por Ernest J. Burrus S.J. de la colección “Dawson Book Shop, Los Angeles. 1966”. Fuera de estos trabajos, se menciona a Linck como misionero de San Borja y como explorador en la Historia de Clavijero, en la obra de Miguel del Barco y en otras varias clásicas, antiguas y contemporáneas. Uno de los pocos autores alemanes que le confirió cierta importancia a la obra de Linck fue Christoph Gottlieb von Murr, quien escribió su Nachrichten von verschiedenen Ländern des Spanishcen Amerika, con cartas de los jesuitas sobre las misiones, incluyendo la relacion de Ducrue y el diario de la expedición de Linck. Hay una edición moderna del trabajo de Murr hecha en 1967 por Burrus.
Respecto a las fuentes, el Archivo General de la Nación, la Biblioteca Bancroft de Berkeley, la Biblioteca Nacional en Madrid y el Museo Británico tienen en sus repositorios documentos e informes que el misionero envió al virrey y a sus superiores. Esta obra pretende ser una modesta aportación para el mayor conocimiento de la vida y obra del gran misionero y explorador alemán, relatando los hechos sobresalientes de su exploración al Colorado; además, las notas que aparecen al final del libro constituyen verdaderas ampliaciones al texto, ya que son informaciones importantes y poco conocidas sobre los indios y la geografía de lo que hoy es el Estado de Baja California.
Para terminar, cabe decir que en el epitafio de Wenceslao Linck, pudo haberse escrito con toda justicia lo que señaló casi al final, en el informe en el que desmiente a quienes describen la California como una rica provincia, y a los jesuitas como religiosos llenos de ambición y riquezas: ...Solemnemente digo al mundo que, así como llegué a California sin un centavo, y viví allí en la misma indigencia, así también dejé esa tierra sin llevarme un centavo conmigo...no nos trajimos nada excepto “el recuerdo confortante del trabajo cumplido...”.
Antonio Ponce Aguilar

El dato aparece en la licencia que el virrey conde de Moctezuma concedió a los padres Salvatierra y Kino, que se encuentra en el Archivo General. El gasto al que se refirió el virrey es el que se hizo en 1683 para costear la expedición a California del almirante Isidro Atondo y Antillón, quien, acompañado por los misioneros jesuitas Eusebio Francisco Kino, Juan Bautista Copart y Matías Goñi, tratarían de establecer al sur de la península una colonia, fundar una misión y proceder a la evangelización de los gentiles. A pesar de que se hizo una exploración hacia la costa del Océano Pacífico atravesando la sierra de La Giganta y se fundó la misión de San Bruno cerca de lo que después fue Loreto, el proyecto colonizador tuvo que abandonarse en 1685 por la falta de víveres y el odio de los nativos hacia los españoles, que éstos provocaron cuando Atondo ordenó que se disparara un cañonazo contra un grupo de gentiles, consecuencia de lo cual murieron cuando menos doce de ellos. ↩︎
Estos datos se tomaron del artículo Historia de la Provincia Mexicana de la Compañía de Jesús, por Agustín Churruca P., S.J., otoño invierno 1992, distribuido por UIA, Tijuana. ↩︎
El área de influencia de la misión de San Borja abarcaba un poco más de siete mil kilómetros cuadrados, la más extensa de la península en tiempos de los jesuitas. ↩︎
El Paso de San Matías en Baja California, al este del Valle de la Trinidad, es el punto más accesible al tránsito de oeste a este a través de las montañas, separa Sierra de Juárez de la Sierra de San Pedro Mártir y es la ruta que sigue la carretera que va de Ensenada a San Felipe. Su latitud norte es de 31° 20'. ↩︎
El 19 de junio de 1848, el recién electo presidente de la república General José Joaquín de Herrera decretó la fundación de 18 colonias militares que se establecerían a lo largo de la frontera norte del país para asegurar la soberanía del territorio nacional. El Coronel Rafael Espinoza, jefe político y comandante militar de Baja California, publicó en julio de 1849 la disposición por la cual se creaba la Colonia Militar de La Frontera. Para dar cumplimiento a la orden, el Capitán Manuel de Jesús Castro salió de La Paz hacia el norte el 18 de agosto al frente de un contingente de soldados y algunos civiles, y llegó a El Rosario hasta marzo del siguiente año por las dificultades encontradas en el camino y problemas administrativos. ↩︎
El jesuita Francisco María Pícolo escribió el primer reporte amplio sobre las misiones establecidas en Baja California hasta el 10 de febrero de 1702, y aunque es innegable el valor informativo del documento, hay que admitir que en él se exageran algunas de las bondades climáticas y productivas de Baja California, lo que seguramente se debió a su intento de promover la ayuda de los bienhechores de las misiones con un informe optimista. ↩︎
Linck logró en parte abrir una ruta hacia el norte, con lo cual se favoreció el establecimiento de misiones como Santa María de Los Ángeles, San Fernando Vellicatá, y San Pedro Mártir, las últimas dos plantadas por los franciscanos y dominicos respectivamente. La Carretera Transpeninsular en el actual Estado de Baja California, en su parte sur, casi coincide con la ruta seguida por Linck, lo que demuestra la importancia de su viaje. ↩︎
Carr, Edward H.. ¿Qué es la historia?, 1987, Barcelona; p. 73. ↩︎
El Neudeck, Neudek o Nejdek donde nació Linck, uno de varios lugares con el mismo nombre, se encuentra en la actual República Checa, a 77.8 millas de Praga. ↩︎