Linck se enfrentó a las alternativas siguientes: seguir la ruta corta hacia el noreste, a las bocas del río, por terrenos sin agua, rumbo a la zona pantanosa que está a lo largo de la costa y es prácticamente impenetrable; o seguir un camino más largo pegado a la sierra, todavía hacia el norte, para luego bajar al punto conocido después como “La Bomba”1 del que se podía ir a la desembocadura del río, a unos 100 kilómetros de donde estaban, por un sendero que el misionero suponía menos peligroso. Si hacían esto último, al llegar al río tendrían que seguir todavía algunos kilómetros al sureste hasta la desembocadura. Linck calculó, conforme a los informes recabados de los gentiles, que en este caso emplearía de diez a quince días, o aun hasta veinte, en el viaje sencillo2. La ruta larga presentaba precisamente el grave inconveniente del mayor tiempo que requería.
La caballada estaba casi imposibilitada por tener los cascos espiados, San Francisco de Borja, la añorada misión frontera, estaba a más de 450 Km. de distancia, y había algunos enfermos que hacían la marcha con gran dificultad. Linck, seguramente debió pensar que empecinarse en seguir con la expedición hacia el Colorado podría tener consecuencias graves, por lo que decidió que se iniciara el regreso el jueves 27 de marzo, como en efecto se hizo.
Los fatigados exploradores volvieron hacia el sur siguiendo la ruta por la que habían viajado, siempre pegados a las faldas de la sierra3. Nada especial menciona el misionero en su diario que haya ocurrido los días 28, 29 y 30 de marzo, aunque el 29 cumplió 30 años. Por ese tiempo llegaron a donde habían dejado descansando a los hombres que se habían enfermado en el viaje de ida, junto con algunos indios que los cuidarían, sin embargo, el lugar estaba solo, lo que con razón hizo suponer al misionero que todos se habían regresado a San Luis.
El martes 1º de abril necesitaban buscar un lugar adecuado para subir y cruzar la sierra hacia el oeste, por lo cual Linck y el teniente Fernández mandaron a dos soldados a hacer las exploraciones necesarias en búsqueda del ansiado paso. Al amanecer, un helado viento del oeste había traído nubes y hasta una nevada que causó el malestar de todos, pero lograron avanzar hasta el lugar por el cual iniciarían el ascenso a las montañas, y allí acamparon. El día 2 comenzaron la penosa subida, casi siempre cabresteando las bestias; alcanzaron el paso y pudieron llegar sin grandes dificultades al valle rocoso en el que habían acampado el día 19 de marzo, y de este lugar salió un grupo de tres exploradores para buscar la mejor ruta con el fin de bajar hacia la falda occidental. Los exploradores regresaron al siguiente día con la buena noticia de que había un camino que no les ofrecería dificultades serias4. Es muy posible que al regreso, el día 4 la expedición haya cruzado la sierra de San Pedro Mártir un poco al sur del punto por donde la pasaron en el viaje de ida.
Ese viernes 4 de abril viajó el contingente descendiendo por dos arroyos con agua y mucho pasto, y en el segundo se detuvieron para acampar protegidos por los abundantes alisos que había en las márgenes. Para el siguiente día, ya alejándose más y más del espinazo de la sierra, los viajeros fueron recibidos por los indios de una ranchería que sabían de su regreso5, con un buen número de mezcales tatemados. Después de un breve descanso, los nativos acompañaron a la expedición hasta el lugar en el que habían acampado el día 9 de marzo en el viaje de ida, sitio que debió estar muy cerca de San Juan de Dios, en donde descansaron.
Según lo expresado por el misionero, tal parece que de la región de San Juan de Dios el grupo cortó camino sin pasar por Vellicatá y se dirigió directamente a Keita6, a donde llegó tras dos días de viaje en el que tuvieron que soportar las molestias del viento del oeste y una pertinaz lluvia. En Keita acamparon, escampó por la noche, y al despejarse el cielo pudieron todos ver un cometa que, según datos del Observatorio Lick, se trató del que lleva por nombre “1766 II”, también llamado Helfenzrieder, que con seguridad pudo contemplarse a la simple vista los días 7 y 8 de abril, al noroeste, sobre la constelación de Aries, poco antes de las veintiuna horas. Ya entrada la noche se volvió a nublar y regresó la lluvia con algunas rachas de nieve.
Al mejorar el clima, el martes 8 salieron hacia Cataviña, en donde acamparon, continuaron luego su marcha casi directo al este, y fue hasta el jueves 10 de abril cuando llegaron a San Luis, en donde tuvieron la alegría de ver sanos y salvos a los hombres que a medio camino se habían enfermado. Aquí dice Linck:…los indios gentiles me siguieron a la misión y ya todos han sido bautizados7. Después de un buen descanso, el viernes salieron a Calagnujuet8, en donde a pesar de lo estéril del terreno hay agua, y allí acamparon.
Al siguiente día reiniciaron la marcha, que se hizo sin incidentes de importancia, y el viernes 18 de abril de 1766 llegaron a casa, la misión de San Francisco de Borja, en donde los viajeros solemnemente dieron gracias a Dios por haberlos protegido de todos los peligros a los que se enfrentaron en el viaje.
Así terminó la extraordinaria exploración que Wenceslao Linck inició al salir la tarde del 20 de febrero de 1766 de San Francisco de Borja hacia el Río Colorado, tardó treinta y cinco días en el viaje de ida y veintitrés de regreso para un total de cincuenta y ocho días de marcha, al cubrir una distancia de unos cuatrocientos kilómetros de ida y otros tantos de regreso. Los datos anteriores permiten calcular un promedio de distancia diaria recorrida de algo más de once kilómetros, un avance lento que se explica por las dificultades del camino.
En la última parte de su diario, Linck, después de aclarar que algunas anotaciones de determinadas fechas no se hicieron precisamente en el lugar, ya que, como lo expresa, …nuestra atención era a menudo requerida por asuntos más urgentes… hizo una descripción de animales y plantas de la región de la que destacan las siguientes observaciones: al sur de San Luis había dos clases de palmas, unas útiles de color cenizo que también las había en el norte, sin ninguna aplicación, y que aun se les llama palmas cenizas o azules; y otras verdes y altas, más propias del sur y que eran de bastante utilidad; también describió la existencia en las cañadas que daban al Golfo de California unos árboles muy altos que se parecían a los álamos blancos, además de encinos, mezcales y unos árboles que llamó “medeza” y que los ubicó cerca del golfo. Hizo notar que las pitahayas desaparecían desde antes de llegar a San Luis, a excepción de algunas que se encontraban en algunos lugares, pero amargas. Respecto a los cardones, Linck señaló que se seguían dando hasta llegar a la sierra, la cual se encontraba cubierta de pinos.
Recalcó el misionero que de San Luis en adelante había abundancia de liebres y conejos, más que en ninguna otra parte conocida de la península, por lo que los naturales tenían el alimento seguro con estos animales. Respecto a las aves, mencionó la abundancia de alondras, correcaminos o churchas, como decía él, codornices y una especie de perdiz. Un detalle interesante en esta última parte de la narración es que los indios estaban criando en una jaula un pollito de perdiz, y elaboraron con sus delicadas plumas unas especies de ramilletes, cuyos colores estaban dispuestos con maravillosa simetría9. Este episodio, sencillo en la forma como se describe, permite elevar de alguna manera el nivel cultural de los californios, porque demuestra que eran capaces de criar algunas aves que seguramente les servirían de alimento; y también su capacidad artesanal, por los ramilletes de plumas que obsequiaron al misionero. Pero en la personalidad de Linck, una vez más, destaca una especial sensibilidad al ponderar la calidad estética del obsequio y haberlo considerado como algo digno de registrarse.

La imagen muestra un bosquecillo de palmas azules o cenizas a las que se refirió Linck
Éstas se encuentran en una barranca de la Sierra de San Francisco; y aunque el misionero las consideraba sin ninguna aplicación, cuando menos en épocas remotas sirvieron seguramente para hacer andamios y pintar las partes más altas en Cueva Pintada y otros sitios de pinturas rupestres.
Más adelante, el jesuita explorador mencionó que de Vellicatá en adelante, las mujeres se cubrían con modestia, pero que se adornaban feamente al pintar sus caras con colores encendidos y horadarse las orejas para pasarse una varita de lado a lado. Si el misionero hubiera podido conocer las costumbres que doscientos cuarenta años después se emplearían como moda elegante, tal vez no se hubiera sorprendido tanto. Aun así, puede decirse que a diferencia de otros religiosos de la época, en lo general no festinó con escándalo las costumbres de los nativos, tan diferentes al ideal civilizador que se trataba de imponerles.
Al final de su diario, Linck escribió lo acostumbrado: O. A. M. D. G. , que quiere decir Omnia ad majorem Dei gloriam, o “Todo por la mayor gloria de Dios”, y firmó Wenceslaus Linc de la Compañía de Jesús. En su firma, arriba de Linc está escrito Linck10.

Fotografía de indios cucapás, de lengua yumana, tomada en 1870
Ancestros de hombres como éstos habitaban cerca de la desembocadura del Colorado en Baja California cuando Wenceslao Linck viajó a esa región, aunque el misionero no pudo llegar a su destino final. A quienes sí conoció es a los kiliwas, que habitaban al sur de la Sierra de San Pedro Mártir, y probablemente a los pai pai, localizados un poco al oeste de los anteriores. Todos estos indios son físicamente muy parecidos, de muy elevada estatura y presencia altiva, como puede notarse en la imagen, y forman parte de las pocas etnias descendientes de los primitivos californios que no se extinguieron. Los cucapás practicaban una incipiente agricultura en la época del viaje de Linck, aprovechando las aguas del Colorado para regar sus siembras de maíz de varias clases, melones y calabazas, sin embargo, su cultura debe haberse degradado después de la llegada de los europeos.
Poco antes de que todos los jesuitas tuvieran que abandonar la península en 1768, sobrevino en San Borja una epidemia de las que solían presentarse y diezmar sobre todo a la población indígena, muchos nativos murieron y prácticamente todos se enfermaron, por lo que Linck hizo el consiguiente reporte a las autoridades. El recién nombrado gobernador Gaspar de Portolá, que debía cumplir la orden real de sacar a los jesuitas de la península, dispuso secretamente que se quedaran Linck y Victoriano Arnés, probablemente, hasta que la epidemia terminara. Gracias a esto, tanto los indios enfermos como los sanos que así lo quisieran se confesaron y pudieron recibir la comunión de los misioneros mencionados. Terminado este último deber, los religiosos partieron, pues además de que tenía que cumplirse de inmediato el decreto de expulsión, había el temor de que si se quedaban más tiempo los nativos los retuvieran por la fuerza y se rebelaran11.
Los kiliwas, las liebres y los bumerang12 de no retorno en tiempos de Linck
Francisco Xavier Clavijero, en la página 58 de su Historia de la Antigua o Baja California, dice lo siguiente: …Para cazar liebres, a más de los lazos y redes de que usan ordinariamente, se valen los cochimíes de un modo más sencillo y más fácil, sin otro instrumento que un palillo curvo de casi pie y medio de longitud. Cuando caminando ven una liebre, le arrojan con tal destreza aquel palillo arrastrado sobre el suelo, que va derechamente a romperle las piernas; y de este modo suelen coger muchas sin interrumpir un momento su camino…
Es seguro que uno de los misioneros que más contacto tuvo con los cochimíes y etnias del norte fue Wenceslao Linck, aunque en su diario al Colorado no hace referencia a los palitos de que habla Clavijero; sin embargo, éste bien pudo enterarse del instrumento de cacería mencionado por los reportes que el misionero explorador hizo a sus superiores. Lo cierto es que la abundancia de liebres y conejos en muchos de los lugares por los que pasó Linck, es un importante dato del que se infiere que los californios de esas regiones tenían en la carne de esos animales una fuente alimenticia rica en proteínas. Los kiliwas, y al este de ellos los pai pai, son de las pocas etnias que aun subsisten en el sur de la Sierra de San Pedro Mártir, y en la época actual, algunos de ellos llegaron a usar los palitos aplanados para la cacería.
Estos palitos, como los llamó Clavijero, tenían un perfil aerodinámico semejante a el ala de un avión, y constituyen una especie de bumerang de no retorno, que al arrojarse adquieren gran velocidad y su alcance puede llegar a los sesenta metros. Hoy, los indios kiliwa y pai pai venden estos artefactos a los visitantes que llegan ocasionalmente a Santa Catarina o a alguna otra de sus comunidades, aunque lo que ahora emplean para cazar es el rifle 22 o la escopeta, cuando tienen los medios para poseer tales armas.

El dibujo de arriba muestra un bumerang de no retorno empleado por los kiliwas en 1926, de acuerdo con fotografías y datos de los investigadores norteamericanos Henry C. Koerper, Bruce Pinkston y Michael Wilken. PCAS Quarterly, Vol 34, 1998.
La Bomba era un embarcadero que hasta hace algunas décadas se encontraba muy cerca de la desembocadura del Río Colorado, casi donde se empieza a abrir el caudal para formar la delta. ↩︎
Es sorprendente que el cálculo hecho por los indios sobre el tiempo que tardarían en llegar a las bocas del río (las bocas del Colorado reciben el nombre de Boca La Baja y Boca de En medio) concuerde con la realidad, tomando en cuenta datos actuales sobre la ruta y las distancias de que se trataba. Un cálculo burdo de la distancia desde el sur de la Sierra Pinta, lado occidental, hasta La Bomba, y luego a la boca oeste del río, da unos noventa kilómetros. Como referencia, considere el lector que en 1911, por un camino bien conocido y transitado, relativamente plano, con caballada fresca y apoyos a lo largo de la ruta, el coronel Celso Vega viajó unos cien kilómetros de Ensenada a Tijuana, en lo que tardó cinco días, cuando atacó y derrotó a las fuerzas magonistas que ocupaban la ciudad fronteriza. Así es que no resultan exagerados los informes de los indios cuando dijeron al misionero que tardarían de diez a quince días en el viaje sencillo. ↩︎
Viajando hacia el sur, de regreso, excepto quizá los dos primeros días, la expedición siempre conservó a su izquierda el Valle de San Felipe y la sierra del mismo nombre, y a su derecha, la Sierra de San Pedro Mártir, en tanto no cruzaron las montañas hacia el oeste, lo cual hicieron el sábado 5 de abril. ↩︎
Es lógico que de regreso, la expedición haya viajado con mayor velocidad que de ida, ya que el terreno era conocido; del punto en que primero cruzaron la sierra hacia el este el 19 de marzo hasta el final de su camino hacia el norte tardaron 8 días, y para regresar al mismo punto hicieron 4 días. Sin embargo, tal parece que no subieron por el mismo lugar por el que habían bajado la sierra; quizá porque no es lo mismo abrirse camino por el monte de la sierra en la ruta hacia abajo que en el camino hacia arriba, así es que tuvieron que localizar otro lugar más propicio para el ascenso. ↩︎
Los primitivos californios acostumbraban comunicarse las novedades desde grandes distancias, sin que estas fueran recorridas por un solo comunicador o correo. Es seguro que de una ranchería salía un corredor a la próxima y comunicaba la noticia, y de aquí partía otro a la siguiente, y así sucesivamente, de manera que, sin que transcurriera mucho tiempo, se informaban lo que sucedía en lugares distantes. Al respecto, recuérdese que más de doscientos años antes del viaje de Linck, cuando Juan Rodríguez Cabrillo pasó por San Diego el 28 de septiembre de 1542, los nativos del lugar le comunicaron por medio de señas y una casi dramatización, que andaban por la tierra adentro hombres como ellos, barbudos y armados, y señalaban las ballestas y espadas, y hacían ademanes con el brazo derecho como que lanceaban, y corrían como que iban a caballo, y “mataban” a muchos naturales. Los indios de San Diego se referían a los hombres de Francisco Vásquez de Coronado, a los cuales quizá nunca habían visto, y que habían cometido atrocidades con los indios a cientos de kilómetros hacia el este; sin embargo, la noticia se había transmitido de la manera ya indicada. Historia de la Alta California, Pablo L. Martínez; p. 148. ↩︎
La fatiga de bestias y animales, así como la falta de alimentos, fueron motivo para que Linck dispusiera el regreso más directo a su base de operaciones más cercana, San Luis. ↩︎
Concluyendo lo dicho hasta ahora sobre la existencia de una misión llamada San Luis a la que se refiere el padre Wenceslao Linck en sus escritos, puede decirse que sí existió una misión con ese nombre, la cual no se menciona en las relaciones clásicas de los jesuitas, que pudo estar en o muy cerca del actual San Luis sobre la Carretera Transpeninsular, o un poco más hacia el este, cerca de lo que después fue Santa María de los Ángeles, o entre este lugar y la bahía de San Luis Gonzaga. ↩︎
Calagnujuet o Calamajué es un sitio ubicado casi 100 Km. al norte de San Francisco de Borja, a unos 30 Km. del litoral del golfo, que fue descubierto a fines de 1753 por el padre Fernando Consag. El lugar estaba bien poblado por gentiles pero el agua del arroyo contenía gran cantidad de sales de azufre, y aunque los nativos la bebían, los españoles la consideraban dañosa. Aun así, en octubre de 1766 se plantó la misión al pie del monte Juzai, Jubai o Yubai, quedando a su cargo los padres Victoriano Arnes y Juan José Díez. En mayo de 1767, el padre Arnes se cambió a un lugar situado a poco más de 50 Km. al norte, a orillas del arroyo Cabujacaamang, que ofrecía mejores condiciones para subsistir, por lo cual allí se estableció la última misión fundada por los jesuitas: Santa María de los Ángeles, muy cerca de la bahía de San Luis Gonzaga. Arnés trabajó solo en este lugar, ya que el padre Díez se había enfermado y fue destinado a Adac para reponer su salud, después a Guadalupe y finalmente a La Purísima. ↩︎
Linck no precisó el nombre del lugar en el que le obsequiaron los indios el ramillete de plumas, y sólo dice ...de San Luis en adelante... ↩︎
En los documentos originales de Linck el apellido está escrito Linck, excepto al final del diario de su viaje al Colorado, en el cual firmó dos veces, en una está Linck, y en la otra Linc. Clavijero siempre escribió Link; en escritos en latín, el misionero firmaba Wenceslaus, y en español Venceslao o Wenceslao. Los autores alemanes escriben Wenzel. ↩︎
Ernest J. Burrus S.J., tradujo el reporte escrito en latín por Franz Benno Ducrue, quien debe haber recibido la información directamente de Wenceslao Linck. Del referido reporte sacó los datos que aparecen en la p. 55 de Linck’s Reports and letters..., op.cit.. ↩︎
El bumerang era una arma arrojadiza de madera dura, curvada o angular, usada por pueblos primitivos de Australia, África y la India. Es una lámina de madera convexa de un lado, con un perfil parecido al del ala de un avión, adelgazada en sus márgenes. Si no hiere a su víctima, vuelve a quien la arrojó. ↩︎