Antonio Ponce Aguilar

Linck, explorador de Baja California. 1765-1766
Capítulo III: 
Inicio del viaje de ida

En la tarde del jueves 20 de febrero de 1766, salió de San Francisco de Borja hacia el este noreste el grupo de exploradores integrado por los trece soldados e indios que se mencionan en párrafos anteriores. Después de caminar unas cuatro horas, ya oscureciendo, se detuvieron en un lugar en el que había algo de pasto antes de continuar la marcha a San José de Vimbet, en donde encontrarían agua, pero aun faltaban casi ocho kilómetros y era necesario que los animales se repusieran tomando en cuenta la pesada carga que llevaban.

Ya descansados, al siguiente día reanudaron la marcha con el mismo rumbo, llegando a Vimbet1 con el ansia de calmar la sed que ya los empezaba a agobiar, y aunque el sabor del agua que hallaron era bastante desagradable, tuvieron que tomar de ella sabiendo que no había otra fuente en la región. La esterilidad del suelo no permite que haya pasto, por lo que inicialmente pensaron seguir el viaje en busca de un mejor lugar, pero una pertinaz lluvia les impidió salir y tuvieron que pasar la noche allí lo mejor que pudieron. Un jefe gentil y toda su ranchería de Nuestra Señora de Guadalupe, perteneciente a San Borja2, obsequiaron aquí a los viajeros miles de mezcales tatemados, de agradable sabor, lo cual debe haberlos hecho olvidar momentáneamente la fatiga e incomodidades.

Dado que se continuará mencionando el mezcal tatemado como alimento que utilizaron frecuentemente los viajeros, cabe aclarar aquí lo que es esa comida. Mezcal es una palabra no de origen cochimí o kiliwa3, sino, nahua que designa un agave de cuyas cabezas o piñas, que quedan al cortar las hojas, se extrae una bebida alcohólica En los semidesiertos de la península abunda una variedad del agave que no es igual al que se emplea en estados como Oaxaca para obtener la bebida mencionada. En tierras californianas y en casi todo el país, distintas variedades de agaves han sido empleadas desde tiempos remotos como alimento pero sin fermentarse. Para su elaboración, los primitivos californios cocían la cabeza o piña durante muchas horas, generalmente en hoyos en los que se echaban piedras y leña para la cocción. Después de uno o más días se sacaba, quedando de color café oscuro, de consistencia fibrosa, sabor muy dulce y agradable y sin alcohol. Actualmente, con diversas variantes se sigue el mismo procedimiento en casi todo el país; además de los quiotes tatemados en las brasas que también servían de alimento a los indios.

El sábado 22 de febrero amaneció aun con amenaza de lluvia y Linck dispuso reiniciar el viaje, ya que era urgente buscar un lugar con pasto para las bestias, aunque el agua también era otra necesidad imperiosa. Se viajó por seis horas hasta llagar a Yubai4, casi a los veintinueve grados de latitud, apenas al norte de la actual Punta Prieta. Para fortuna de los expedicionarios, las recientes lluvias habían dejado bastante agua, además de que se encontró suficiente pasto que mucho sirvió a los animales. Actualmente toda esa zona es un semidesierto cubierto de plantas espinosas. Los expedicionarios acamparon en este lugar y el 23, después de viajar otra vez por seis horas, arribaron a Kanin, y aquí se repitió el banquete de mezcales gracias a otro capitán gentil que obsequió a los viajeros con el sabroso alimento. La poca agua de mala calidad que surgía del aguaje en ese lugar era tan escasa que no podía ser bebida por las bestias, lo que obligó a que algunos hombres hicieran una zanja como improvisado bebedero.

Al día siguiente, 24 de febrero, tras sólo una hora de camino llegaron al arroyo de Keda, que está al norte de Kanin. Aquí los expedicionarios permanecieron veinticuatro horas para que la caballada se repusieran aprovechando el buen pasto y las numerosas pozas de agua. El lugar está aproximadamente a los 29° 15' de latitud, casi equidistante de las dos costas, y prácticamente coincide con el sitio que hoy se conoce como Las Codornices. A partir de aquí se iniciaba para Linck el verdadero desafío, pues a unos pocos kilómetros al norte estaba la región más septentrional que había alcanzado el padre Fernando Consag en sus dos viajes por tierra5 hacia el norte.

El martes 25 por la tarde siguieron avanzando casi derecho hacia el norte, y después de caminar durante seis horas, acamparon ya tarde en un portezuelo de la serranía para pasar la noche, aprovechando que había algo de pasto para las bestias; además, dos indios del grupo encontraron un poco de agua en un hueco excavado en la roca y lograron llenar dos cubetas que mucho servirían a los viajeros.

El 26 de febrero en la tarde, la expedición llegó a una llanura muy plana y estéril, aunque Linck y sus acompañantes pudieron ver en las distantes montañas cómo algunas corrientes de agua descendían por las laderas. Al ver aquel lugar que a todos pareció el fondo seco de un lago, algunos de los soldados de Nueva Galicia que iban en el grupo lo bautizaron como Chapala, nombre que el lugar aun conserva. Sin embargo, el permanente problema de la falta de agua los hizo avanzar en su búsqueda por aquel terreno tan duro, al grado que las pezuñas de los animales no dejaban huella. Por fin hallaron un aguaje, pero con tan poco líquido, que tuvieron que emplear cubetas para sacarlo y vaciarlo en una zanja de la cual pudieran beber las bestias. A pesar de los problemas mencionados, ese día los exploradores viajaron cinco horas.

Linck había hecho una exploración por ese rumbo en 1765, aunque tal vez un poco hacia el oeste de la ruta que hoy llevaba, pues en ese viaje mencionó la existencia de dos lagos secos, refiriéndose quizá a las estériles depresiones que se encuentran un poco al noroeste de Chapala, una de las cuales tiene actualmente el nombre de Guija.

De este lugar, los expedicionarios se dirigieron a San Luis, punto que se encuentra aproximadamente a los 29° 40’ de latitud, cerca del asentamiento llamado después Jaraguay, por la Carretera Transpeninsular. En realidad, toda la región de costa a costa recibía ese nombre por la bahía de San Luis Gonzaga, que está a esa altura por el lado del golfo; además, es un hecho que por esa latitud y quizá hacia la costa del golfo debe haber existido una misión de visita del mismo nombre, de lo cual se habla más adelante.

El jueves 27, a eso del medio día y después de dar agua a las bestias, salió la expedición por terrenos en los que al principio había suficiente pasto, aunque después de tres horas y media de marcha, al haber avanzado casi la mitad de la ruta que los llevaba a San Luis, se detuvieron en un sitio con muy poco zacate. El día 28, después de 4 horas de camino arribaron a San Luis. Era la última frontera, el lugar más lejano al que llegaba aun la influencia de la misión de San Francisco de Borja, cuya latitud la da Linck en otro informe como de 30°, equivocándose el misionero explorador con más de un grado, de acuerdo con la posición real ya mencionada al principio del capítulo II. Este error se repite en todas las latitudes que menciona, lo cual, como se ha dicho, se explica por los datos también equivocados que tomó de los informes de Fernando Consag sobre sus viajes de 1751 y 1753; además, recuérdese que los aparatos de la época para determinar la ubicación de un lugar eran un tanto rudimentarios6, lo que en otras exploraciones condujo a costosos errores, como fue el caso de la expedición que encabezaron Gaspar de Portolá y Fernando Javier de Rivera y Moncada al puerto de Monterrey en 17697.

Vivía entonces en la región un indio cristiano llamado Juan Nepomuceno, que llegó a ser gobernador de Calamajué, muy famoso por su valor personal, respetado y obedecido en todas las rancherías del rumbo. En esta ocasión, cuando llegó la expedición a San Luis, la buena disposición de los nativos cristianos y gentiles hacia Linck, que en buena parte se debía a Juan Nepomuceno, se puso de manifiesto al acudir en gran número para obsequiar a los viajeros con una gran cantidad de mezcales tatemados, liebres y conejos. No contentos con esto, trabajando unidamente abrieron una vereda por el fondo del arroyo, improvisaron bebederos para las bestias excavando las zanjas acostumbradas, y sin que nadie se los ordenara hicieron un corral que, aunque resultó pequeño para manejar el número de animales que se llevaban, evidenció la hospitalidad de aquellos nativos siempre encabezados en el trabajo por Juan Nepomuceno y otros capitanes indígenas.

A esto hay que agregar que ciento setenta y cinco gentiles acudieron a recibir al misionero y sus acompañantes, le ofrecieron a sus hijos pequeños para que los bautizara, y como prueba de su aceptación le entregaron tres bultos con capas de cabellos llamadas “guanakae”8, que usaban los guamas o “doctores” de los cochimíes en sus conjuros y ritos, junto con otros objetos empleados en sus fiestas y ceremonias, como ídolos y estatuillas; esto significaba la renuncia voluntaria a sus anteriores creencias y el deseo de cristianizarse. Poco después, el misionero arrojó al fuego todos los objetos mencionados.

Fue aquí en San Luis donde Linck, emocionado por la receptiva actitud de los gentiles que de buen grado aceptaban la nueva religión, anotó en su diario que para él, el más grande honor que se le hubiera concedido era el bautizar a aquellos niños, a lo que procedió sin dilación, aunque no tuvo tiempo para hacerlo con todos.

El 20 de noviembre de 1765 Linck escribió un reporte al padre Juan Armesto sobre otra exploración hacia el norte, en el que decía en parte: ….*El 1º. de agosto salí de esta misión de San Luis en compañía del Capitán, dos soldados…*Ese mismo año escribió una carta al padre Jorge Retz y entre otras cosas expresaba Muchos indios se habían asentado en la misión de San Luis, que está en la frontera con la región de las tribus de gentiles del norte Esta y otras referencias de Linck a la “misión de San Luis”, que obviamente no se trata del centro religioso San Luis Gonzaga que se encontraba en el sur, obligan a pensar que debe haber existido una visita misional llamada San Luis en o al suroeste de la Bahía de San Luis Gonzaga, y tal vez otras más, como lo asegura el investigador norteamericano Michael W. Mathes9, entre el trayecto de 24 Km. que hay desde la playa sur de la bahía hasta el sitio que ocuparía Santa María de los Ángeles10. Es importante hacer notar lo anterior porque en la historia de las misiones jesuitas de Baja California nunca se menciona la existencia de esta misión San Luis situada al norte, y sólo Linck habla de ella, aunque en el mapa de Consag aparece un lugar llamado “La Visitación” , un poco al norte de S. Estanislao que tal vez corresponde a la citada visita misional, y en el mapa del holandés Isaak Tirion hecho en 1765, el punto mencionado aparece con el nombre de “Visitation of St. Stanislao”, aunque nada puede asegurarse; además, otros exploradores identificaron La Visitación como una bahía sin importancia al norte de la de San Luis Gonzaga11.

Mapa de Consag, después de su viaje de 1746

Las latitudes que aparecen en las líneas laterales están equivocadas en más de un grado.

Nota: los nombres que aquí aparecen son los mismos que están escritos en el mapa.

  1. Sierra de Los Reyes, hoy S. Pinta;
  2. Sierra San Gualberto;
  3. Marismas;
  4. Pantanos;
  5. Bahía de San Buenaventura;
  6. San Felipe de Jesús;
  7. Aguaje;
  8. La Visitación;
  9. Bahía de San Luis Gonzaga; y
  10. S. Estanislao.

Fotografía antigua de Santa María de Los Ángeles, en el arroyo Cabujacaamang, cuyos actuales vestigios son sólo algunas ruinas. La plantó el padre Victoriano Arnés unos 20 Km. al oeste de San Luis Gonzaga, un año después del viaje de Linck al Colorado. Fue la última misión jesuita.

Hace algunos años, don Gorgonio Fernández, un pescador residente pionero en la Bahía de San Luis Gonzaga, descubrió cerca de la playa las ruinas de piedra de una edificación, y cerca de allí, un pozo cuidadosamente ademado con algo de agua salobre, cuyas piedras, según estudios hechos en California, fueron pegadas con una argamasa hecha con arena, huesos y conchas molidas con cal, semejante a la que acostumbraban los misioneros12. Es casi seguro que estas ruinas correspondan, si no a la citada misión, sí a alguna construcción relacionada con la misma. Linck reportó a sus superiores la gran cantidad de indios que poblaban la región, y señaló que un misionero residente en San Luis o sus alrededores podría congregar un gran número de gentiles para su evangelización13.

Lo cierto es que el establecimiento religioso ya había desaparecido a fines del siglo XVIII, aunque debe haberse conservado alguna edificación que por muchos años se empleó por los exploradores y viajeros como refugio y estación de descanso en la ruta hacia el norte, además de que en la bahía estaba el “puerto” de San Luis. A pesar de que no se encontró tierra buena para fines agrícolas en esta zona, Linck reportó la existencia de pastizales que podrían servir para alimentar un número regular de animales, y su insistencia para que se estableciera una misión formal y permanente en el lugar la rubricó con la siguiente expresión: y con esto creo tiene más de lo que desea en parage de fundación el zelo de un misionero. 14

En la tarde del sábado 1º. marzo de 1766, después de tan gratas experiencias tenidas con los indios de San Luis, Wenceslao Linck al frente de la expedición reinició su viaje hacia el río Colorado y a las pocas horas llegó a un arroyo, en el que había suficiente agua, así como pasto en los alrededores, acamparon en el lugar, aunque reconoció la imposibilidad de emplear en el futuro el agua para riego tomando en cuenta que la corriente fluía entre unas rocas que hubieran hecho difícil su uso.

El misionero sabía que de allí en adelante tendría que ir reclutando intérpretes y guías en las rancherías de indios gentiles no sólo para que los condujeran por la ruta mejor, sino también para que convencieran a los del siguiente asentamiento de sus buenas intenciones hacia ellos. Los nuevos guías también eran embajadores de buena voluntad.

El domingo dos en la tarde partió la expedición, calculando poder llegar al siguiente día al sitio más próximo con agua. Pronto arribaron a un arroyo con muchas palmas, las más altas vistas hasta entonces, en donde todos calmaron su sed, pero después de cuatro horas de marcha, soportando un fuerte viento, se vieron obligados a pasar la noche en el cauce de un arroyo seco y sin pasto. Al día siguiente lunes 3 de marzo, cuando apenas habían caminado una hora y media llegaron a un arroyo con 1agua de muy buena calidad y numerosas palmas, se llamaba Keita y formaba una pequeña laguna para seguir la corriente y desaparecer entre el arenal, en realidad el sitio no estaba tan lejos como lo indicaron los indios el día anterior. Continuaron su marcha por cuatro horas, hasta que oscureció y tuvieron que acampar en el lecho de un arroyo que ya no llevaba agua, y sin zacate en los alrededores.

El lunes 3 de marzo de 1776, en su viaje al Colorado el padre Linck debió contemplar paisajes como éste, cerca de Cataviña

Estando los viajeros acampados en Keita, Linck supo por los indios gentiles del lugar que un grupo de nativos vecinos, enemigos de los de San Luis, los habían visitado el día anterior y habían proferido amenazas contra los españoles y sus indios amigos.

Cabe señalar que en todo el viaje, el misionero explorador y su comitiva siempre fueron bien recibidos por los indios de las distintas rancherías, quizá por el trato humano y hasta respetuoso que Linck empleaba hacia ellos, conducta que también había observado Fernando Consag años antes. La amenaza que supuestamente se hizo esta vez nunca se cumplió, aparte de que el jesuita no se intimidaba fácilmente, pues sabía que la sola presencia de un caballo bastaba para llenar de pavor a los nativos que por primera vez los veían.

Desde este lugar, el padre Linck envió una avanzada de exploradores armados a investigar sobre la existencia de un arroyo cercano en el cual, según los indios lugareños, había agua suficiente para que las bestias calmaran la sed. Cuando los exploradores llegaron al sitio indicado encontraron allí un grupo de gentiles que huyó al ver a los forasteros, éstos fueron tras ellos, los alcanzaron y los convencieron de que sus intenciones eran pacíficas y no se les causaría ningún daño, gracias a lo cual regresaron al lugar en que se asentaban. Dieciséis nativos de esta comunidad, entre los que se encontraban algunos con las caras pintadas de negro, se animaron a visitar a Linck en su campamento. Supo el misionero que así, manifestaban el luto los indios parientes de dos mujeres, que habían sido asesinadas en la costa del Golfo de California por los miembros de una ranchería enemiga, y que el grado de parentesco con las muertas correspondía a la extensión de la cara que se pintaban.

Realmente, la avanzada de exploradores no encontró agua en la cantidad esperada, pues se trataba de un pozo hondo del cual los nativos sacaban el escaso líquido para beber. Fue por esta razón que Linck ordenó la salida hacia el lugar hasta las diez de la mañana del día 4. Estando el punto a medio camino entre Keita y Vellicatá llegaron al sitio un par de horas más tarde. Ya los esperaban los gentiles de la ranchería formada por unas doscientas almas15, según lo relata el misionero, quienes con amabilidad y después de las salutaciones acostumbradas, les obsequiaron mezcales tatemados.

Debe señalarse que casi todos los miembros de la comitiva expedicionaria iban a pie, pues las bestias cargadas con las provisiones y equipo se adelantaban formando la vanguardia de la columna. Fue por esta razón que el padre Linck no pudo de momento compensar con los regalos usuales la amabilidad de aquellos indios, pero les aseguró que en el viaje de regreso lo haría. De cualquier forma, los gentiles se mostraron satisfechos, prueba de lo cual es que permitieron a tres muchachos de la comunidad, fuertes y ágiles, que acompañaran por algún tiempo a los expedicionarios.

Ya oscureciendo el mismo día martes 4 de marzo, después de seis horas de marcha llegaron a una llanura sin agua pero con suficiente pasto, en donde los viajeros que iban a pie, atraparon ciento sesenta liebres y conejos que abundaban en la región, muchos de los cuales corrían hacia sus manos16.

Al día siguiente, tras cinco horas de camino llegaron al arroyo de Vellicatá o Guiricatá, como le llamaban los nativos. Linck dice en su diario que el lugar está al pie de dos picos que desde ahora se llamarán San Pedro y San Pablo, aunque los cerros de 800 m. de altura que actualmente llevan esos nombres, están a unos cuarenta y cinco kilómetros al sureste de ese sitio. Después de reconocer el arroyo y sus alrededores, el misionero y los soldados que lo acompañaban consideraron que Vellicatá era el sitio más adecuado para plantar una misión en todo el territorio que llevaban explorado17. El agua que se podría canalizar con facilidad era suficiente para irrigar un campo de buen tamaño, en la parte baja del arroyo la topografía del terreno impediría las inundaciones, y además, quedaban espacios de tierra permanentemente húmedos en los que también se podrían levantar cosechas de maíz18. Varios de los soldados que tenían exper1iencia en la siembra de granos estuvieron de acuerdo en que el lugar era re2almente prometedor en ese sentido, pero aparte de esta circunstancia favorable para que allí se plantara una misión, era un sitio densamente poblado por gentiles que se mostraban amigables hacia los españoles.

En las serranías peninsulares hay todavía muchas veredas que sólo en mula o burro pueden transitarse, en ocasiones cabresteando la bestia. Linck viajó por lugares semejantes a éste

Linck expresó en su diario que al principio los nativos tenían miedo, pero pronto fueron convencidos de sus intenciones pacíficas con el trato humano y algunos pequeños regalos que les dio, a lo que los indios correspondieron obsequiando a los viajeros algo de las semillas que les servían de alimento. Más de cien nativos dieron la bienvenida al misionero y su gente, y al día siguiente le llevaron a una niña moribunda para que la bautizara, e igual sucedió con un anciano ciego con quien previamente se hicieron todos los esfuerzos para que comprendiera y aceptara las verdades de la fe, como lo señala el religioso. Linck se conmovió profundamente cuando le obsequió al viejo una cruz que colgó de su cuello, y el ciego prometió no quitársela nunca19.

Fue hasta el sábado 8 de marzo cuando la expedición reanudó su marcha, casi directo hacia el norte en busca del próximo aguaje; a las dos horas de caminar por un sendero desprovisto de agua pero con suficiente pasto, se dieron cuenta que la ruta que llevaban era demasiado alta, pues contemplaron un arroyo con sauces y carrizos que corría muy abajo, sin embargo, pudieron descender, aunque con mucho esfuerzo, conduciendo las bestias por una vereda que los llevó hasta la corriente. Ya que bajaron, los viajeros se dieron cuenta que el caudal era suficiente para la siembra irrigada de una franja de tierra cercana, y además, lo abierto de la llanura, el pasto y la sombra que proporcionaban los sauces facilitaría el pastoreo de una regular cantidad de ganado. Por ser el 8 de marzo la fiesta de San Juan de Dios, este nombre le fue asignado a la región. A pesar de las dificultades para hacer observaciones astronómicas y geográficas, Linck se dio cuenta que aquí, como le habían dicho los indios, la distancia de mar a mar aumenta.

Estando en San Juan de Dios, el religioso explorador se enfrentó al problema de la falta de guías y lo escabroso de la sierra que se contemplaba más adelante, esto último al grado de pensar que las bestias no podrían ser cabresteadas20 por tan difícil terreno. Descartó la posibilidad de descender hacia el Océano Pacífico, y luego, buscar una ruta más al norte hacia el Colorado por el tiempo que les llevaría, dada la desviación en rumbo opuesto que hubieran tomado. Linck ordenó entonces que cincuenta hombres de la comitiva salieran en grupos, con objeto de encontrar entre los desfiladeros de la sierra algún paso que permitiera el cruce de la caballada, y traer a cualquier gentil que se encontraran para obtener información.

Ruinas de la Visita de San Juan de Dios. Fue dependiente de San Fernando Vellicatá, ésta plantada por Fray Junípero Serra en su viaje a San Diego, el 14 de mayo de 1769, aprovechando las informaciones que se tenían por el viaje de Linck

El 9 de marzo en la tarde, una partida de los exploradores encontró a algunos indios que de buena voluntad los acompañaron hasta el campamento, a donde arribaron cuando ya se había ocultado el sol. Los recién llegados se dispusieron a pasar la noche junto con los neófitos cristianos de la comitiva, pero los miembros de una ranchería vecina espiaban estos movimientos, y temiendo que se les fuera a hacer daño a sus vecinos y compañeros atacaron en la oscuridad, hiriendo por error a uno o dos gentiles. Los neófitos de Linck se defendieron del ataque, de manera que sin disparar una sola flecha, pusieron en desordenada huída a los indios paganos. Uno de los jefes de los atacantes no huyó, y al medio día, regocijadamente fue entregado a los españoles por los indios amigos. El misionero le dio un regalo al capitán gentil, y otro más para un jefe vecino de él, el jefe indio mostró gran satisfacción por el trato recibido y aseguró que en el próximo lugar con agua esperaría a la comitiva, acompañado de su familia y los miembros de la ranchería.

El lunes 10 de marzo, conforme a los informes de los exploradores que habían reconocido el terreno, la expedición dejó la sierra propiamente dicha y siguió una ruta por sus estribaciones, ahora un poco al oeste, tomando en cuenta que era el camino más propicio sobre todo por la existencia de arroyos y aguajes. La desviación de la ruta considerada el día anterior, impidió que Linck llegara al lugar convenido en el que se encontraría con el capitán indígena que había conocido el día 9, lo que mortificó al misionero según lo anotado en su diario, pues sentía curiosidad por saber qué efecto había producido el obsequio enviado al otro jefe. Según los informes recibidos, había en la zona que estaban dejando cuatro rancherías muy pobladas. Después de cinco horas de marcha por un arroyo con sauces y suficiente zacate, la expedición se acampó en el lugar.

El día 11 los viajeros iniciaron el ascenso a una serranía que debían cruzar, y después de no pocos trabajos, al extremo de que en algunos lugares tuvieron que nivelar la vereda para poder seguir, llegaron a la vertiente opuesta, y al levantarse la neblina pudieron contemplar a lo lejos una ranchería. Después de cinco horas y media de marcha la expedición acampó en un arroyo con agua y palmeras, así como suficiente pasto. Linck había mandado hacia la ranchería a dos soldados y varios indios para no asustar a los gentiles y provocar su huída, como había sucedido otras veces. Esto último resulta explicable, pues se trataba de gente que nunca había visto a los españoles y sus caballos. Los neófitos del misionero siguieron las huellas que dejaban los nativos al alejarse, y para el medio día estaban de regreso con veintiséis indios, que pronto se mostraron confiados y tranquilos.

Aquí Linck hizo una descripción halagüeña del vestuario usado por las mujeres de la región al decir: *...Su falda y faldillas estaban hechas de un hilo tejido muy apretado...finamente y de piel de venado...hasta ahora no habíamos visto a ninguna de las mujeres gentiles vestida de ese modo, pues su atuendo usual es una indecente desnudez. Después supimos que sus ropas eran la forma modesta acostumbrada de vestirse de estas indias...*Quizá a una de estas mujeres se refirió Francisco Xavier Clavijero en su Historia de la Antigua California cuando, citando a Linck expresó: habiéndose puesto en fuga una de aquellas tribus bárbaras al ver la comitiva, la viuda de un indio principal de la misma tribu, sin atemorizarse ni moverse del lugar donde estaba, los llamó diciéndoles que viniesen a ver si aquellos hombres eran verdaderamente amigos.…Hallándose segura de esto, trató a sus huéspedes con maneras tan corteses, que no parecía educada en los bosques el capotillo de pieles que traía puesto, más nuevo y hermoso que los de las otras mujeres, el aire señoril que manifestaba y respeto con que la trataban todos los de su tribu, persuadieron a nuestros viajantes que sería verdaderamente señora de aquellos indios 21

El 12 de marzo en la mañana se despidieron a casi todos los gentiles, y sólo se quedaron en el campamento algunos para que sirvieran como guías. Por la plática de uno de ellos, Linck se enteró que el indio herido en la escaramuza del 9 de marzo ya estaba repuesto de su lesión. Guiados por los lugareños, los expedicionarios llegaron al sitio del que habían sido llevados los veintiséis gentiles; ochenta nativos de la ranchería fueron a recibir al misionero, y allí se acampó esa noche. Aquí Linck tuvo la agradable sorpresa de recibir la visita del capitán que había conocido el 9 de marzo, quien al saber de su estancia en la ranchería fue a su encuentro, acompañado por su familia.

El jueves 13 de marzo, parece que ya situados al extremo sur de las estribaciones de la Sierra de San Pedro Mártir, la expedición inició la subida a una de sus cumbres. La altura de las montañas permitió que los viajeros pudieran contemplar los litorales del golfo y del Pacífico, y esto los hizo pensar equivocadamente que la península se estrechaba nuevamente, lo cual, según Linck, fue “confirmado” por los nativos; se encontraban quizá a los 30° 20’ de latitud norte, en o cerca del cerro Matomi, cuya cima llega a los 1 800 metros de altura. En el ascenso a la serranía pasaron por varios arroyos con agua, algunos con palmas y álamos, así como bastante pasto. Aquí llegaron muchos gentiles a visitar amigablemente a los viajeros, acompañando a uno que fue curado por Linck de una lesión no muy seria. El capitán indígena que se había hecho amigo del misionero22 regaló a éste y su comitiva diez cargas23 de mezcales tatemados. Desde el lugar en que se encontraban, los viajeros pudieron contemplar la majestuosa sierra de San Pedro Mártir, cubierta desde las cumbres hasta lo bajo de sus laderas con pinos y cipreses, éstos llamados “tascatí” por los aborígenes.

El día 14 registró Linck en su diario, …dejamos a esta buena gente y continuamos nuestro camino…, uno más de los varios comentarios que el misionero hizo expresándose siempre con respeto hacia los indios. Dos horas más tarde la expedición llegó a un arroyo con poco agua, y cuatro horas después descendieron a una tierra baja en la que encontraron abundante pasto. Se encontraban aproximadamente a los treinta grados y medio de latitud, más cerca del golfo que del Pacífico, casi en el mismo paralelo de San Quintín. Estando aquí fueron abandonados por los gentiles que los habían acompañado, y aunque luego llegaron ocho, también se marcharon por la noche, de suerte que para el día siguiente no tenían guías que los orientaran por la mejor ruta.

Es natural que los nativos, después de satisfecha su curiosidad por conocer a los españoles, y de haberles servido brevemente de guías y consejeros sobre la mejor ruta a seguir, se devolvieran a sus rancherías en donde estaban sus familias y amigos; por otra parte, no es ilusorio pensar que los miembros de aquellas etnias, al aceptar siempre de buen grado servir de guías a los expedicionarios, por extraños que éstos les parecieran, obedecían a una regla tácita de sus costumbres por la cual eran hospitalarios y serviciales con los forasteros que no les significaran peligro24.

Al no apreciar de momento algún paso accesible por la sierra, que se mostraba impenetrable, Link se vio obligado a enviar dos grupos de exploradores en búsqueda del ansiado camino. El primer grupo escaló una de las cimas desde la cual pudieron ver el mar, pero les fue imposible cruzar hacia el este; afortunadamente para los viajeros, el segundo grupo en el que iban dos soldados sí encontró una ruta que los llevaría al otro lado de las montañas, y así se lo hicieron saber a Linck y a don Blas Fernández. El domingo 16 siguieron el camino indicado, ascendiendo poco a poco hacia el noreste, hasta que encontraron un arroyo con agua y pasto en donde acamparon para pasar la noche.


  1. Vimbet estaba a un poco más de diez kilómetros al sur de Punta Prieta, apenas al norte del lugar que hoy se conoce como La Bachata. ↩︎

  2. San Francisco de Borja tenía cinco rancherías en su territorio: San Juan, San Francisco Regis, Los Ángeles, Nuestra Señora de Guadalupe, y San Ignacio. Nuestra Señora de Guadalupe era de las más pobladas cuando los franciscanos recibieron las misiones al salir los jesuitas, superada sólo por San Ignacio. ↩︎

  3. Chipa´ja significa en kiliwa “aguaje del quiote de mezcal”, y chipa´wey “cerro del tallo (quiote) del mezcal”, de lo que puede pensarse que entre los kiliwas, chipa significaba mezcal o quiote del mezcal. ↩︎

  4. Parece que este Yubai no es el lugar actual del mismo nombre, al sureste de Laguna Chapala. También se escribe Yubay, Jubac, Jubai, Juzai, que significa montaña en cochimí. El nombre también designa el monte cercano a Calamajué. En este caso debe tratarse de una ranchería de San Borja, hoy casi coincidiendo con la actual Punta Prieta. Apenas siete años después del viaje de Linck a la región del Colorado, el dominico fray Vicente Mora pasó por este lugar cuando viajaba hacia Viñadaco, lugar que después sería asiento de la misión de El Rosario. En la región de Yubai, el padre Mora encontró que los indios vivían en casitas circulares, con el suelo ahuecado, de lo cual se habla en la nota número 43. ↩︎

  5. Consag viajó por mar a la desembocadura del río Colorado en 1746. No se sabe cuál fue la mayor latitud alcanzada en sus viajes por tierra, aunque es casi seguro que no pasó más allá de los 29° 40'. ↩︎

  6. El procedimiento para encontrar la longitud geográfica se generalizó entre marinos y exploradores hasta finales del siglo XIX, pero realmente su uso no fue factor determinante en los errores que se cometieron en los viajes que se realizaron desde el siglo XVII a las Californias. Lo que sí causó graves problemas en estos viajes, desde Vizcaíno hasta Portolá, fue la ineficiencia con que se determinaba la latitud geográfica, aunque encontrarla sólo requería hallar la altura de la estrella polar sobre el horizonte, ángulo que es igual a la latitud del punto desde el que se hace la observación; o por medio de la observación del Sol al medio día. En el mapa de Baja California de Eusebio Francisco Kino hecho en 1701, las latitudes casi corresponden con la realidad, y sólo hay una pequeña diferencia de algunos minutos, lo que habla de la capacidad científica de este gran explorador. ↩︎

  7. En esa ocasión, la primera expedición que salió de San Diego en julio de 1769 en búsqueda del puerto de Monterrey no lo encontró, no sólo por la incapacidad para calcular la latitud exacta en que estaba el lugar, sino también por una interpretación equivocada de sus condiciones descritas por Vizcaíno, quien lo señalaba como excelente, lo cual no coincidía con lo que los expedicionarios encontraron, por lo que se regresaron a San Diego en enero de 1770. ↩︎

  8. Los guamas o doctores cochimíes recababan, entre otras cosas, las cabelleras de su gente como retribución a sus servicios, y con sus cabellos elaboraban unas capas que portaban como única prenda de vestir, de manera que la dimensión de la capa o guanakae era proporcional a su prestigio y eficiencia. ↩︎

  9. Aunque se acepte la veracidad de lo dicho por Mathes, el San Luis de esta parte del diario de Linck estaba casi equidistante de los dos litorales, o al menos su zona de influencia, pues el misionero en su diario menciona el arroyo San José como una potencial fuente de agua para pastorear ganado, y este arroyo nace casi por donde pasa la Carretera Transpeninsular y desemboca en el Océano Pacífico. Además, el Dr. Ives, investigador frecuentemente citado en las ediciones de Burrus, consideró que el San Luis referido por Linck estaba en o muy cerca del lugar llamado Jaraguay, aproximadamente a los 29° 37’ de latitud norte; el arroyo de ese nombre se dirige al Océano Pacífico. Esto significa que el citado lugar muy probablemente coincide y es el mismo que el San Luis actual que está sobre la Carretera Transpeninsular. La misión propiamente dicha quizá estuvo fuera del poblado, conforme a lo que dijo Linck al expresar que, después de llegar a San Luis, los indios lo habían seguido hasta la misión para ser bautizados. ↩︎

  10. “¿Una misión en San Luis Gonzaga, Baja California? Alberto Tapia Landeros; revista Calafia, Vol. 9, No. 2, junio de 1999, pp 54 a 57. ↩︎

  11. La Visitación es el nombre que el explorador J. Ross Browne le reconoce a una bahía poco importante, al norte de la bahía de San Luis Gonzaga. A Sketch of the Settlement and Exploration of Lower California; p. A034. ↩︎

  12. Tapia Landeros, op.cit., pp.54-55. ↩︎

  13. Linck bautizó a un gran número de gentiles al pasar por San Luis de ida al Colorado, y también lo hizo de regreso, sobre lo que expresó que los indios “lo siguieron” a la misión para ese efecto. La expresión entrecomillada puede interpretarse como que los indios y Linck salieron de San Luis a algún lugar cercano en donde estaba la misión, para la ceremonia del bautismo. ↩︎

  14. Burrus, op.cit. ↩︎

  15. Es posible que haya habido otra fuente de agua en aquel lugar, o que a determinada hora del día subiera el nivel y volumen del agua del pozo, pues de otro modo es difícil entender cómo sobrevivían en la región de esa ranchería doscientas personas. ↩︎

  16. Es seguro que los conejos y las liebres formaron parte importante en la dieta de los cochimíes desde tiempos ancestrales, pues en las pinturas rupestres de la Sierra de San Francisco se encuentran con frecuencia. Todavía hasta hace pocos años, los kiliwas y cochimíes que sobreviven en el norte de la península, empleaban una especie de bumerang de no regreso para matar liebres y conejos con mucha efectividad. Es posible que desde tiempos remotos se usara esa “arma”, aunque Linck no la menciona. ↩︎

  17. La misión de San Fernando Vellicatá fue fundada por el franciscano fray Junípero Serra en 1769, cuando se dirigía a San Diego. ↩︎

  18. Según Bolton, Linck dio nombre a los arroyos de San Juan de Dios, Los Mártires, Las Palmas y Los Álamos, al norte de San Fernando, los cuales llevaban más agua en aquel tiempo, lo que hizo que el misionero y los soldados que lo acompañaban tuvieran una opinión favorable de la región para llevar a cabo siembras de maíz. ↩︎

  19. El buen trato de Linck hacia los nativos fue factor importante en la aceptación que éstos mostraron a la acción evangelizadora que se inició en la región por los franciscanos, quienes fundaron allí en 1769 la misión de San Fernando Rey de España, o San Fernando Vellicatá, en la cual, al mes de septiembre de 1771 se habían bautizado trescientos seis adultos y setenta y un “párvulos” (Datos tomados de una carta informe enviada por fray Francisco Palou a fray Rafael Verger en 1772). ↩︎

  20. Cabresto es americanismo por cabestro, éste es un cordel o tira de cuero que se ata a la cabeza de las bestias para jalarlas. Entonces, los caballos son cabresteados cuando siguen sin oponer resistencia a un hombre que los lleva del cabresto. ↩︎

  21. Francisco Xavier Clavijero, “Historia de la Antigua California”, Editorial Porrúa, México, 1990; p 224. ↩︎

  22. Nuestro amigo gentil, escribió Linck en sus diario. ↩︎

  23. La “carga” era una medida de peso antigua, variable según el país. La carga catalana, de menor peso que la aragonesa, equivalía a 3 quintales, el quintal de 4 arrobas, la arroba de 26 libras, la libra de 12 onzas, y la onza de 28. 7 g.. Esto daría más de 100 Kg. Para una carga catalana. No se sabe cuál sería el peso de la carga mencionada por Linck. ↩︎

  24. Muchas veces se refirió Linck a las atenciones y ayuda que recibieron los expedicionarios de parte de los indios que conocieron a lo largo de la ruta, también cabe destacar el hecho de que nunca se cometió alguna perfidia o traición de los nativos hacia los españoles, y en la relación que tuvieron los miembros de aquellas dos culturas tan diferentes, se evidenciaron en los indios valores tan preciados como la hospitalidad, lealtad, y dignidad, lo que hace de las etnias del norte peninsular, cochimíes y tal vez kiliwas, los grupos humanos que más se aproximaban a la civilidad concebida por los europeos, cuando menos durante la época de las exploraciones de Linck, ya que a fines del siglo XVIII y principios del XIX, todas las etnias del norte de la península mostraron una fuerte rebeldía contra los misioneros dominicos. Por otra parte, algunos indios del sur de la península fueron belicosos y se llegaron a rebelar y a asesinar a varios misioneros jesuitas, como sucedió en la revuelta de los pericúes ocurrida en 1734, que duró tres años sin que los españoles pudieran sofocarla. Los jesuitas asesinados en este levantamiento fueron los padres Lorenzo Carranco, de la misión de Santiago, y Nicolás Tamaral de San José del Cabo. ↩︎