Antonio Ponce Aguilar

Misioneros Jesuitas en Baja California
 
Introducción

A partir de 1523 se llevó a cabo una oleada de exploraciones desde la costa occidental de la Nueva España hacia el Mar del Sur u Océano Pacífico, algunas promovidas por orden de Hernán Cortés con objeto de descubrir nuevas tierras para el rey, aunque su motivo principal al igual que el de otros capitanes, era encontrar oro, riquezas y gloria para su propio beneficio. En todas las colonias del continente recién descubierto, las motivaciones de los europeos para explorar nuevos territorios, incluyendo sus islas, fueron las mismas que animaron a Cortés, aunque en las relaciones e informes también se hablaba de la conversión al cristianismo de los paganos o gentiles como otro objetivo primordial.

No sólo Cortés, sino todos los exploradores y conquistadores de los siglos XV al XVII tenían la esperanza de encontrar fabulosas riquezas en lejanos y exóticos territorios, en parte debido a que habían leído poemas y novelas como la “Canción de Rolando” y las “Sergas de Esplandián”, que narraban aventuras fantásticas en lejanas tierras, una de las cuales era la isla de Califerne o California1, abundante en oro. Por lo que Cristóbal Colón dice en el diario de su primer viaje, es seguro que leyó alguna de las obras mencionadas, y probablemente Cortés también las conocía.

A diferencia de lo sucedido en otros territorios de la Colonia, en donde la conquista temporal y espiritual redituó a quienes la lograban fértiles tierras y frecuentemente minas de plata y oro, en California no se obtuvieron esos beneficios, y al contrario, el real erario tuvo muchas veces que aportar no sólo el capital para costear esos viajes de exploración sino también sostener las colonias que se establecían, aunque al principio se abrigaron grandes esperanzas en la explotación de los placeres de perlas en el Golfo de California. En muchos de los viajes que se hicieron en los siglos XVI y XVII con los propósitos mencionados, los capitanes de las expediciones iban acompañados de algunos religiosos que no sólo daban auxilio espiritual a los marineros y soldados que formaban, sino que contemplaban las potencialidades de los territorios descubiertos para lograr su principal objetivo: salvar las almas de los naturales convirtiéndolos al cristianismo. En la Nueva España, esta meta se convirtió en una actividad cuidadosamente planeada que llevaron a cabo diversas órdenes religiosas de conformidad con el gobierno virreinal, y una de ellas fue la de los jesuitas.

Fundada por Ignacio de Loyola en París en 1534, la Compañía de Jesús apenas había sido aprobada como orden religiosa en 1540 por el papa Paulo III, cuando ya a la Nueva España habían llegado los franciscanos en 1524, los dominicos en 1526, y los agustinos en 1533. Debe señalarse que desde su inicio la Compañía tuvo enemigos poderosos, en parte debido a que su fundador pugnaba por una renovación de la Iglesia, ya que como lo dice Pastor, la corrupción del Renacimiento invadía hasta la misma silla de San Pedro2, además de que por sus características llegó a constituirse en el instrumento más importante de la contrarreforma*.*

Emblema de la Compañía de Jesús. IHS es el nombre abreviado de Iesus, Jesús, sobre la H está la cruz y abajo los tres clavos que recuerdan la Pasión de Jesucristo

El lema acuñado por San Ignacio de Loyola que llevarían los jesuitas por todo el mundo, sería Ad maiorem Dei gloriam, o “A la mayor gloria de Dios”, y sobre él sustentarían todas sus acciones. Así como en el siglo XV un frenesí por descubrir nuevas tierras y conquistar fantásticos reinos se apoderó de soldados y navegantes, poco después una fiebre religiosa por restaurar la grandeza de la iglesia contagió a muchos jóvenes de diversas órdenes en toda Europa, que pidieron ir a los más remotos y peligrosos lugares para servir sin recompensa alguna a su fe, convirtiendo a los gentiles al cristianismo y civilizándolos para formar algún día comunidades de gente buena y socialmente útil, conforme a los paradigmas europeos de la época. Un de esas lejanas fronteras fue California.

Describir aquí el escenario geográfico en el que los padres jesuitas desarrollaron su obra en la península es innecesario, ya que en cada capítulo de esta obra se hace mención particular del mismo, pero sí debe señalarse que desde los ardientes desiertos de las bocas del Colorado y San Felipe, hasta la pequeña región subtropical del extremo meridional de la península, ésta presenta singularidades que le dan un carácter único, formando un marco especial y digno de la obra misionera. Y sobre los naturales que habitaban la región, sólo basta señalar que, aun siendo de los pocos seres humanos que en ese tiempo vivían dentro de una cultura paleolítica, habían sido capaces de adaptarse y subsistir en uno de los medios más hostiles para el desarrollo de la vida humana, capacidad que no hubieran tenido los españoles de no ser por la ayuda que siempre recibieron de los nativos.

En este libro se relata la obra de algunos de aquellos hombres que, llenos de fe, abandonaron la comodidad de los conventos citadinos de Europa y la Nueva España, para irse a los recónditos desiertos y serranías de Baja California, a convivir con pueblos que, para los europeos, estaban culturalmente atrás de la más primitiva frontera, y que habitaban una región casi desconocida al grado de que por mucho tiempo se creyó que era una isla.

El objetivo esencial de la misión jesuítica en California como en las demás partes de la Nueva España, fue la llamada conquista espiritual o conversión al cristianismo de los naturales, la salvación de sus almas, y en un sentido más amplio, el integrar al imperio español las lejanas regiones de las que muy poco se conocía, de suerte que los gentiles que las habitaban se convirtieran no sólo al cristianismo, sino en leales súbditos del emperador y que formaran poblados basados en el modelo español. Éste propósito ideal no pudo lograrse totalmente por muchas razones, de las cuales destacan las que a continuación se mencionan.

La formación de pueblos que pudieran madurar socialmente como comunidades autosuficientes y libres, estuvo destinada casi siempre al fracaso debido al tutelaje paternal de los misioneros que en lo general, consideraban a los indios como niños incapaces de autorregularse en la vida social y política, aunque debe reconocerse que con frecuencia otorgaban una relativa autoridad a capitanes o gobernadores indígenas en los nuevos poblados, y concedían empleos de cierta responsabilidad a los naturales que mostraban inteligencia y fidelidad.

La evangelización de los gentiles y la colonización de lejanos territorios por los jesuitas, como California, siempre estuvieron limitadas por la falta de dinero, pues las guerras que sostenía España y el burocratismo oficial impedían que llegaran a los procuradores de las misiones el capital y bienes indispensables para sostener, cuando menos en su inicio las misiones y poblados que se iban fundando. Aunque los donativos de particulares y la acertada administración de haciendas que habían adquirido los jesuitas, permitieron el sostenimiento de las misiones y pueblos con una mínima ayuda de la corona, nunca se pudieron satisfacer plenamente sus necesidades materiales.

Salvo algunas excepciones, los misioneros jesuitas de California no pudieron internalizar de alguna forma la cultura de los indios, fueron incapaces de identificarse aunque fuera en lo mínimo con lo que éstos consideraban valioso, y sin hacer un esfuerzo por explicarse racionalmente sus conductas y acciones cotidianas, casi siempre divergentes de la cultura europea, las achacaban al demonio que conspiraba en su contra para impedir la evangelización. El mismo Salvatierra llamó a los nativos estos bárbaros y enemigos de nuestra fe3, aunque es un hecho que en numerosas ocasiones, esos bárbaros condujeron a los expedicionarios españoles a un aguaje salvador para aplacar la sed, u ofrecieron mezcales tatemados, pescado y pitahayas a los exploradores blancos que intempestivamente se metían en sus territorios.

Sin embargo, es indiscutible que la obra misionera de los jesuitas en Baja California se tradujo en tres hechos: primero, España pudo por fin poner firmemente su pie en la península no librando batallas en contra de los nativos, sino por medio del convencimiento religioso, era la conquista de la cruz y no de la espada; segundo, conforme a su concepción religiosa se salvaron las almas de miles de gentiles al bautizarlos e instruirlos en el cristianismo, y éste era su objetivo primordial, al grado de que para lograrlo frecuentemente viajaban muchas leguas desafiando la hostilidad del medio geográfico por veredas casi intransitables; y tercero, introdujeron como pudieron la cultura de los españoles en California, uno de cuyos elementos era el lenguaje castellano, formaron poblados y caminos, muchos de los cuales aún subsisten, introdujeron animales domésticos y diversas plantas comestibles, y enseñaron a los nativos no sólo las prácticas de diversos oficios, sino el canto coral y la lectoescritura.

La idea sostenida por algunos historiadores en el sentido de que fue la presencia misionera en California lo que determinó la extinción de los primitivos californios, al portar enfermedades antes desconocidas y cambiar sus formas de vida a una existencia de confinamiento y sujeción, es sólo parcialmente verosímil, pues aun aceptando que miles de ellos murieron víctimas de la viruela y la sífilis, estas enfermedades no fueron “traídas” necesariamente por los misioneros, sino por los soldados, marineros, mineros, armadores y pescadores de perlas, así como exploradores que llegaron a las costas de California, y en esas epidemias también llegaron a enfermarse algunos misioneros. Debe admitirse, sin embargo, que el cambio de la vida libre que los nativos llevaban, a un sistema de horarios rígidos encerrados en el ámbito misional y una dieta basada en el maíz, sí pudieron influir en la decadencia de su población4.

Debe además recalcarse el hecho de que los indígenas sí desaparecieron como entidades étnicas culturales, pero como seres humanos, muchos de ellos se transformaron en indios españolizados, quienes al adquirir después del bautismo un nombre propio castizo, no siempre formaron parte de la estadística que incluía a los indios, y el número oficial de éstos se fue reduciendo cada vez más. En el norte de la península sí han quedado algunos grupos indígenas que irreversiblemente tienden a desaparecer, no tanto porque se vayan muriendo o porque los niños no lleguen a la edad adulta, sino porque van emigrando a lugares más propicios para vivir, olvidando allí las tradiciones de sus ancestros y prácticamente dejando de ser indios. Si a lo dicho se agrega el hecho de que siempre se dio un mestizaje resultante de la unión entre españoles y mujeres indígenas, queda claro que no hubo una desaparición absoluta de los antiguos californios, y es seguro que algo de su material genético aun se podría encontrar en muchos habitantes de los poblados peninsulares.

No viene al caso mencionar en detalle las particularidades que diferenciaron a los jesuitas o “sotanas negras”5 de los religiosos de las demás órdenes, pero puede decirse en general que la obediencia y la disciplina monástica fueron prácticas fundamentales, así como la meditación. Por otra parte, la Compañía centralizó el poder en un superior general de carácter vitalicio, quien nombraba a todos los superiores subordinados, aunque la aspiración de una centralización total fue inefectiva por los problemas de comunicación que afectaban la existencia de las misiones, en una época en que la navegación fue un medio riesgoso y tardío para comunicarse. Además de lo anterior, la preparación del noviciado en los discípulos de Loyola era más prolongada, y las llamadas probaciones eran tres, lo cual confirmaba la vocación del misionero y su pertenencia a la Compañía; quizá por esas razones y por su preparación académica y teológica los jesuitas fueron destacados religiosos en Europa, y muchos monarcas y nobles los escogieron como maestros y confesores.

El 28 de septiembre de 1572 los primeros quince jesuitas llegaron a la Ciudad de México, enviados por el General de la Orden Francisco de Borja, apenas a 32 años del reconocimiento papal, bajo la conducción del padre Provincial Pedro Sánchez no sólo por el deseo de las autoridades del virreinato, sino porque así lo había pensado el propio San Francisco al expresar: “Al México envíen, si le parece, haciendo que sean pedidos, o sin serlo…” y se dedicaron no sólo a confesar, servir en hospitales, visitar las cárceles y evangelizar a los nativos, sino también a la docencia practicada en sus colegios, lo que sería uno de sus signos distintivos importantes.

Debe señalarse que en aquel tiempo el concepto de colegio era más amplio que el que se tiene actualmente, pues no se refería únicamente a un edificio en donde se impartía la enseñanza durante unas horas al día. En los siglos XVI y XVII, los colegios de la Compañía eran centros de enseñanza y de evangelización general y en casi todos, el servicio educativo era de gran calidad, además de que con frecuencia se extendía en su forma más elemental a los niños del poblado en que estaban. Desde 1599, el Ratio Studiorum o Plan de Estudios incluía el latín y el griego, la literatura, la religión y la filosofía aristotélica para estudiantes avanzados, sin contar la enseñanza de otras materias como la música y las matemáticas. Además de las materias señaladas, los misioneros podían estudiar algunas lenguas indígenas que les eran indispensables para su trato con los gentiles ignorantes del castellano. Guardadas las debidas proporciones, algunos de estos colegios podrían compararse con las escuelas preparatorias de hoy, aunque por el nivel de las enseñanzas impartidas, casi todos se parecerían más a las universidades, y si se toman en cuenta las características mencionadas, resulta impresionante que en aquellos años los jesuitas hayan podido establecer más de 25 colegios en la Nueva España.

Colegio-Noviciado de San Francisco Javier, en Tepotzotlán, actual estado de México, en donde hoy se ubica el Museo Nacional del Virreinato

La expansión de las reducciones jesuíticas en la Nueva España se extendió sobre todo por el norte noroeste, incluyendo lo que hoy es Nayarit, Sinaloa, Sonora, Chihuahua y Durango, pero California, considerada entonces como una isla, permaneció por varias décadas fuera de la influencia religiosa y europea, aunque el Golfo de California y la fama de sus perlas fueron conocidas gracias a los viajes hechos por exploradores como Sebastián Vizcaíno, Francisco de Ulloa y en 1683 el padre Eusebio Francisco Kino. Este misionero formó parte de una expedición encabezada por el almirante Isidro Atondo y Antillón, que fracasó en su intento por establecer una colonia permanente en la península a pesar de que del erario real se gastaron más de doscientos mil pesos.

El 6 de febrero de 1697, un jesuita de sangre española e italiana llamado Juan María de Salvatierra, después de vencer una fuerte oposición, obtuvo la autorización para la conquista espiritual de California concedida a condición de que los gastos corrieran por cuenta de la Compañía. Por aquel tiempo los jesuitas compraron y crearon con sus fondos y donativos 122 haciendas, algunas de gran tamaño6, cuyas rentas ayudaron a la formación del llamado Fondo Piadoso de las Californias, lo cual sirvió para el mantenimiento de sus colegios y las misiones. De todas maneras, y aunque el erario real llegó a aportar algunas sumas para exploraciones, pago de soldados, de marineros, y para los propios misioneros, los gastos en el sostenimiento de las misiones siempre fueron un pesado lastre que frenó su expansión.

El padre Salvatierra fundó en la costa del Golfo la primera misión de California, Nuestra Señora de Loreto, desde la cual se realizó una proyección en todas direcciones estableciéndose misiones en costas, desiertos y sierras de Baja California. La misión consistía en un territorio en ocasiones de cientos de kilómetros cuadrados, sobre el cual ejercía su gobierno espiritual y administrativo el misionero. El lugar en el que se plantaba la iglesia de la misión se llamaba cabecera, pero casi siempre había “visitas” con sus capillitas, poblados a los que acudía el misionero periódicamente a proporcionar los servicios religiosos a los nativos que quedaban muy distantes de la cabecera, y ranchos de la misión en los que se criaba y explotaba el ganado, o se sembraban granos.

En la segunda mitad del siglo XVI, como ya se ha mencionado, casi todos los confesores de los monarcas europeos eran jesuitas, por lo que su influencia sobre la sociedad era importante. Es un hecho, pues, que los discípulos de Loyola formaban una comunidad fuerte en los ámbitos religioso, político y económico, lo que preocupó a los monarcas europeos, que veían como un peligro el emergente poderío e influencia de la Compañía.

Aunque los jesuitas rechazaban enfáticamente el principio de que el fin justifica los medios, en China tuvieron éxito al hacer adaptaciones del evangelio para ajustarlo mejor a las tradiciones y forma de pensar de los chinos, lo que provocó severas críticas de sus enemigos. Con los amerindios no se sabe que hayan ido tan lejos en su afán por convertirlos al cristianismo, y sólo llegaron a hacer algunas comparaciones intrascendentes tal vez porque el retraso cultural de los gentiles hacía difícil cualquier relación entre las tradiciones indígenas y el cristianismo.7

Un ejemplo de lo anterior es lo acaecido a un misionero jesuita que, con el fin de enseñar a los indios qué les esperaría si se iban al infierno por no ser buenos cristianos, les mostró una llamativa pintura en la que se veían ardientes llamas atormentando el alma de un pecador, y varias espantosas serpientes que parecían querer devorarla, con todo lo cual se pretendía causar el horror de los nativos. Sin embargo, éstos vieron la pintura primero con detenimiento, y luego mostraron alegría. Al preguntárseles por qué les gustaba aquella imagen del infierno, contestaron que sería una gran ventaja estar en un sitio con lumbre para calentarse en las noches frías, y víboras para comer8. Aquí, ya no se diga el retraso cultural de los indios respecto a los europeos, sino la percepción diferente del universo era un impedimento para establecer las relaciones de que se habla.

Para los misioneros jesuitas, hijos de su tiempo, Dios, la virgen, los ángeles, los santos y el demonio eran seres muy reales que influían en su existencia, los milagros eran hechos frecuentes, y los fenómenos de la naturaleza que afectaban sus vidas y las de los indios, fueran una tormenta en el mar, un eclipse, un temblor o una epidemia devastadora, eran manifestaciones divinas o del diablo que tenían un propósito y un efecto. Quizá en parte, gracias a esta percepción del mundo y a una fe inquebrantable, aquellos hombres fueron capaces de llevar a cabo empresas que para otros hubieran sido tareas imposibles.

A pesar de las dificultades naturales en la labor misionera, llegó un tiempo en que la Compañía, aun en las regiones más difíciles como California o la Tarahumara, parecía desenvolverse en una tranquila cotidianeidad. Sin embargo, el tiempo se estaba acabando para los jesuitas de España en América, así como se había terminado para sus hermanos portugueses y franceses*.* Los sotanas negras fueron expulsados de Brasil en 1759 y de las posesiones francesas en América en 1762*,* en tanto que en las colonias españolas sufrieron fuertes ataques y fueron objeto de múltiples intrigas.9

En 1760, la Corona de España en poder de los reyes borbones desde el inicio del siglo XVIII, se empezó a preocupar seriamente por la amenaza que implicaba el poderío de otras monarquías que se adueñaban de mares y territorios muy cercanos o en contacto con las colonias españolas, por lo que trató no sólo de asegurar sus fronteras, sino también de dar solidez al poder real procurando que no hubiera otra entidad que se atreviera a desafiarlo, lo que hubiera causado su consiguiente debilitamiento y la vulnerabilidad del imperio ante las amenazas emergentes. El Despotismo Ilustrado se sostenía por un absolutismo total de las monarquías europeas, y Carlos III encabezaba la de España. Se formuló entonces una estrategia general con múltiples reformas en los ámbitos político, militar, comercial y religioso, que culminó, entre otras acciones, con la expulsión de los jesuitas de todas las posesiones españolas a partir de 1767.

Todo hace parecer que injustamente, los discípulos de Loyola fueron acusados de enriquecimiento desmedido, a lo que se agregaron críticas de laxismo ético10, además de que años atrás, el padre Mariana11 había puesto de su parte al justificar el tiranicidio, lo que implicaba el derecho del pueblo a ejecutar al rey si fuera necesario, por lo que fue acusado de participar en atentados y conspiraciones contra algunos de los monarcas de Europa12.

Todo lo dicho pudo ser parte de los motivos ostensibles que condujeron a la expulsión de los jesuitas de las posesiones de España, Portugal y Francia, pero deben considerarse también las grandes diferencias del proceso modernizador hacia el que se movían las cortes europeas en lo administrativo y en lo político, y la organización general de la Compañía, la que sin desdoro de su constelación de intelectuales, mártires y grandes exploradores, era una institución cuyo rostro, en algunos aspectos, quizá todavía se empeñaba en ver al pasado más que al futuro, al considerar que el laicismo emergente con el Despotismo Ilustrado era una amenaza para que siguiera el control y solución de los asuntos civiles por la vía eclesiástica. Por otra parte, los jesuitas mantuvieron una consistente postura de desconfianza y repudio a las colonias civiles que se iban estableciendo en el noroeste de la Nueva España, actitud muchas veces justificada por diversas razones, pero que políticamente colocaba a los “sotanas negras” en una ruta de franca colisión con la corona, que veía con simpatía y alentaba los intentos colonizadores, pues no se podía justificar o entender la existencia de un imperio formado por aldeas improductivas gobernadas por un misionero. Puede resumirse lo anterior diciendo que el régimen de excepción del que disfrutaban los jesuitas en California era políticamente incompatible con los proyectos de la Corona Española.

En este contexto, como había sucedido en otras cortes borbónicas, también en la de España los favoritos del monarca, esgrimiendo en este caso las intrigas del primer ministro Conde de Aranda, determinaron que el rey Carlos III expulsara a los jesuitas de todos los territorios españoles en 1767. El 24 de junio de ese año el virrey de la Nueva España Carlos Francisco de Croix, ante funcionarios civiles y eclesiásticos, abrió en la ciudad de México un sobre sellado que contenía instrucciones terminantes en las que destacaba la siguiente expresión: “Si después de que se embarquen [los jesuitas] se encontrare en ese distrito un solo jesuita, aun enfermo o moribundo, sufriréis la pena de muerte. Yo el Rey”. Después, en un bando que apareció fijado en lugares visibles, el 26 de junio de 1767 el marqués de Croix hizo público el mandato real, advirtiendo entre otras cosas que los súbditos de Su Majestad nacieron “para callar y obedecer y no para discurrir y opinar en los altos asuntos del gobierno”13. La orden se hizo efectiva del 23 al 25 de junio de 1767 en las provincias de la colonia, excepto California, a donde el virrey mandó para implementarla al capitán Gaspar de Portolá con el cargo de gobernador. A fines de noviembre de 1767, después de una difícil navegación llegaron Portolá y 50 soldados a San Bernabé, en el extremo sur de la península. Después el gobernador, acompañado del capitán del presidio y 25 soldados se dirigió a Loreto en donde comunicó la penosa noticia al padre Benno Ducrue, que en ese tiempo se desempeñaba como superior de las misiones y además tenía a su cargo la de Guadalupe. Ducrue comunicó a todos los misioneros la orden real, para que tan pronto como hicieran los inventarios de sus misiones se concentraran en Loreto llevando sólo las más indispensables pertenencias. A todo lo dispuesto dieron los misioneros cabal cumplimiento, y el 3 de febrero de 1768 zarpó el “Concepción” hacia San Blas, llevando a 16 jesuitas, incluyendo al hermano encargado del almacén; poco después partieron hacia Veracruz, en donde finalmente se embarcaron para Europa. Curiosa coincidencia es que 15 sacerdotes y un hermano lego salieron entonces de California, y 15 sacerdotes y un hermano murieron en ella.

Carlos Francisco de Croix, Virrey de la Nueva España en el tiempo de la expulsión.

Después de poco más de 70 años de labor misionera, el legado de la orden en California consistió en 14 misiones, numerosos poblados, caminos y miles de indios convertidos al cristianismo, aunque esta población nativa mostraba ya los signos de su inminente desaparición como entidad cultural, sobre todo al sur de la península, lo que resultaba no sólo como consecuencia de las mortales epidemias que asolaron a la población nativa, sino al mestizaje y a la españolización de muchos indígenas de lo cual ya se ha hablado. Los expulsados vivieron exiliados sobre todo en Bolonia, y fue hasta 1814 cuando el papa Pío VII permitió el regreso de la orden, que tiempo después sufriría nuevos embates. Unos quince jesuitas regresaron a México y la provincia se restableció en 1816, aunque los vaivenes políticos que se registraron en México de 1821 a 1874 siguieron limitando el desarrollo pleno de la Compañía, cuyos miembros llegaron a sufrir nuevas proscripciones en diversas épocas. En tiempos de la Revolución Mexicana también hubo acciones en contra de la Iglesia, hasta que a partir de 1919, en forma paulatina pero segura, la orden pudo reanudar un crecimiento sostenido hasta el presente.

Durante su permanencia en el exilio, algunos misioneros escribieron libros sobre la historia de Baja California, las cuales hoy son fuentes importantes que hacen posible conocer la obra de los ignacianos en las misiones peninsulares a través de sus testimonios como observadores privilegiados de los hechos, por haber estado en los escenarios en que se dieron o por haber participado en ellos. Existe, además, gran cantidad de cartas, diarios e informes escritos por los misioneros, visitadores y gobernantes de la época, lo que permite tener una visión bastante clara de lo sucedido durante la estancia jesuítica en la península. Con base en el acervo mencionado, se presentan a continuación los relatos de los principales hechos en las vidas de los misioneros jesuitas que estuvieron en la península de Baja California desde 1683 hasta 1768, incluyendo algunos visitadores que, aunque no desarrollaron acciones misioneras propiamente dichas, sí participaron en actividades administrativas y de supervisión que gravitaron de alguna forma en la actividad evangelizadora de los discípulos de Loyola.

El orden de los capítulos pretende ser cronológico, lo que a veces resulta imposible, y se incurre en repeticiones de algunos temas, al intentar agotar en cada caso los hechos de cada misionero que fueron comunes con otro jesuita. La extensión de los diversos capítulos es proporcional a las fuentes históricas disponibles y a las acciones desarrolladas por el misionero de que se trate, y habrá casos en que en unos cuantos renglones se registra lo que se conoce de él, así como otros en que se ocupan muchas páginas para describir su obra. Algunos son gigantes civilizadores de los indios, otros mártires que dieron su vida por su fe, varios pueden considerarse exploradores extraordinarios, y algunos más participantes efímeros en la acción misional de los sotanas negras en California; pero todos cuando menos se atrevieron en un momento de sus vidas a aceptar el desafío que su fe les imponía renunciando a sus más preciados bienes para entregarse a una existencia de trabajo y sacrificio en una de las fronteras más distantes de su mundo.


  1. Califerne es el nombre de una isla que menciona Carlomagno en el poema de “La Canción de Rolando”, y California es el nombre también de una isla en la novela de caballerías Las Sergas de Esplandián, el primero anónimo editado desde el siglo XII, y la segunda atribuida a Garci Rodríguez de Montalvo publicada en 1510. ↩︎

  2. Ludwig von Pastor escribió la monumental “Historia de los Papas”, en la que queda claro que la religión católica profesada por el autor no es impedimento para criticar libremente las acciones de algunos de los Papas, además de corregir con base en fuentes documentales válidas los prejuicios frecuentes que se han tenido en contra de varios Pontífices, especialmente por parte de los protestantes. ↩︎

  3. “Loreto: Capital de las Californias. Las cartas fundacionales de Juan María de Salvatierra”. Transliteración y notas de Miguel León-Portilla. México, 1997, p. 87. ↩︎

  4. La alimentación de los primitivos californios era de mariscos en lugares costeros, incluyendo la caguama; también comían carne de venado, borrego cimarrón, berrendo, conejos y liebres, coyotes, víboras, langostas o chapulines, ratas, ardillas, diversas frutas de los cactus especialmente las pitahayas, diversas raíces y semillas o granos. ↩︎

  5. Los jesuitas visten sotanas negras, a diferencia del atuendo blanco de los pontífices. ↩︎

  6. La hacienda de Santa Lucía del Colegio de México, tenía una extensión de 150 000 hectáreas, y La Gavia era aun más grande. Cada una de las 122 haciendas dependía de un colegio, cuyo rector supervisaba su administración, especialmente la comercialización de los bienes y el pago de la mano de obra asalariada, en la que se incluían trabajadores permanentes y temporales. ↩︎

  7. Los propios misioneros compararon algunas creencias de los cochimíes con tradiciones cristianas, como la de “El hombre venido del Cielo” y otras. ↩︎

  8. Ignaz Pfefferkorn, S.J. Sonora, a Description of the Province, traducida al inglés por Theodor E. Treutlien. “The University of Arizona Press”, 1989, p. 249, cit. por José Luis Mirafuentes Galván en su “Tradición y cambio sociocultural. Los indios del noroeste de México ante el dominio español. Siglo XVIII”. ↩︎

  9. “Black Robes in Lower California”, Peter Masten Dunne, p. 321. ↩︎

  10. Las acusaciones de laxismo ético o falta de rigor en la predicación de la moral, fueron ejercidas principalmente por los jansenistas franceses e italianos. ↩︎

  11. El Padre Mariana es uno de los más destacados pensadores del Siglo de Oro, y lo que más lo distingue es su carácter revolucionario. En 1599 publicó en Toledo su libro De Rege et regis institutione , o “Sobre el rey y la institución real”, en el que rechaza el supuesto derecho divino de los reyes a gobernar, y establece que cuando el rey es un tirano, será lícito el regicidio. ↩︎

  12. Sin comprobarse legalmente las acusaciones, los jesuitas fueron implicados en los asesinatos de los reyes Enrique III en 1589, y Enrique IV en 1610, así como en el atentado fallido contra Luis XV en 1757. ↩︎

  13. Se ponía de manifiesto el principio del Despotismo Ilustrado: …Todo por el pueblo pero sin el pueblo… ↩︎