Antonio Ponce Aguilar

Misioneros Jesuitas en Baja California
Capítulo VIII: 
Bravo, Jaime

Jaime Bravo, de origen aragonés, no era sacerdote sino “hermano”, y se desempeñó no sólo como eficiente procurador al servicio de las misiones de California, sino también trabajando más allá de su responsabilidad para ayudar a la obra misionera de los jesuitas, como es el caso de la construcción de la embarcación “Lauretana”1. Cuando en 1705 el padre Juan María de Salvatierra llegó a Loreto para visitar las misiones, no sólo traía provisiones sino que venía acompañado por el hermano Jaime Bravo, quien se quedó en California para ayudar en lo que fuera necesario a los misioneros, sobre todo al padre Juan de Ugarte en el trabajo que se requería en las misiones de Loreto, San Francisco Javier Viggé y Londó.

Siendo provincial de las misiones, Salvatierra había ordenado al padre Juan de Ugarte y al hermano Bravo que se buscara un puerto en la costa del Pacífico para que sirviera de escala al Galeón de Manila, por lo que el 26 de noviembre de 1706, acompañados de 40 indios yaquis conseguidos por Ugarte, salieron los dos mencionados junto con el capitán Rodríguez, doce soldados y algunos indios californios hacia el oeste, llegaron a la contracosta de California y exploraron hacia el norte y sur sin resultados positivos, por lo que al escasear el agua, a las dos semanas se vieron obligados a regresar. En otra expedición en búsqueda de un lugar adecuado para establecer una misión, el hermano Bravo viajó con el capitán del presidio y varios indios hasta Malibat, para de allí continuar hacia el sur, aunque no se encontró el anhelado paraje. Una desgracia ocurrió al segundo día de haber salido, pues cuatro soldados exploradores encontraron en la playa los restos de una comida que indios pescadores de la región habían dejado. Esos restos eran los hígados de un pez llamado botete, considerado por los nativos como un veneno mortal. Los soldados no escucharon las advertencias de los indios y devoraron lo que creyeron que era un manjar, en menos de una hora murieron dos de los hombres y los otros dos fueron trasladados en coma a Loreto en donde lograron sobrevivir.

Se ha dicho en otro capítulo que el padre Salvatierra murió en Guadalajara cuando se dirigía a México por orden del virrey Marqués de Valero para que las autoridades escucharan un informe detallado de las misiones en California, y se aclararan dudas sobre su sostenimiento y posible expansión. El hermano Bravo acompañaba al misionero, y al ocurrir su deceso él tuvo que llevar su representación ante el virrey, presentar los informes y hacer los alegatos necesarios para lograr el apoyo que tanto se necesitaba en las misiones peninsulares. La reunión se llevó a cabo en agosto de 1717 en la que estuvieron presentes el virrey, el hermano Bravo, los padres Alejandro Romano y Gaspar Rodero, con los cargos de procurador y provincial de los jesuitas, respectivamente, varios oidores o jueces y otros oficiales importantes del gobierno. Después de amplias deliberaciones en la que Bravo tuvo que vencer la resistencia de personas como la presentada por el tesorero del virreinato don José Antonio de Mendoza, el hábil gestor de los sotanas negras obtuvo casi todo lo que solicitaba, lo cual se plasmó en un decreto fechado el 25 de septiembre de 17172. Como prueba de sus logros, Bravo regresó a California en una nueva embarcación cargado con provisiones y equipo que aportó la tesorería del virreinato.

En 1719 el hermano Bravo viajó a la Nueva España continental para ayudar en la remesa de los equipos y materiales que necesitaba el padre Juan de Ugarte para la construcción de su barco “El Triunfo de la Cruz”. De paso en Sinaloa recibió una orden inesperada del padre provincial, quien a su vez obedecía disposiciones del general de los jesuitas en Roma padre Miguel Tamburini. La máxima autoridad de la Compañía había tomado en cuenta, además de las virtudes de Bravo, su experiencia y preparación que incluía el conocimiento del latín, y le ordenaba que se dirigiera a Guadalajara3 para ordenarse como sacerdote; el hermano acató y cumplió con lo que se le solicitaba, lo que le permitió en adelante servir como misionero en California, en donde hacían falta religiosos para cristianizar a la numerosa gentilidad.

La Paz se había resistido desde tiempos de Hernán Cortés a la conquista y colonización de los españoles. Pero esta vez el padre Juan de Ugarte, como superior de las misiones de California y gracias a un donativo del marqués de Villapuente decidió fundar una misión en el sur que llevaría el nombre de Nuestra Señora del Pilar de La Paz en Airapi. Conforme al cuidadoso plan de Ugarte, el padre Clemente Guillén, misionero de San Juan Bautista Malibat al sur de Loreto, debería de trasladarse por tierra y establecer la mejor ruta a La Paz, mientras que él iría por mar con el padre Jaime Bravo.

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Paisaje actual cercano a Todos Santos.

El 1º de noviembre de 17204 a las nueve de la mañana Ugarte y Bravo se embarcaron en la balandra “El Triunfo de la Cruz”, según aquél lo refiere en carta al virrey marqués de Valero cuando expresa: …desde primero de noviembre salí para La Paz en embarcación llevando conmigo al padre Jaime Bravo, caso de encontrar los indios de esa gran bahía…5. Iban una 20 personas contando a los dos misioneros, los marineros y algunos indígenas incluyendo intérpretes y varias mujeres; además se llevaban provisiones y regalos para los indios, así como caballos, cabras y ovejas.

El dos de noviembre tocaron el extremo sur de la isla San José en donde el padre Bravo había estado tres meses antes, e hicieron contacto con algunos indios que fueron llevados al barco, en donde recibieron los acostumbrados regalos como muestra de amistad. El día tres ya tarde llegaron a La Paz y desembarcaron en el extremo sureste, en donde acamparon y pasaron la noche. Al siguiente día iniciaron los trabajos preliminares de levantar cabañas, un corral, y arreglar el terreno en que se establecería la misión en un lugar alto que dominaba la playa.

La convivencia amistosa con los indios fue una empresa difícil tomando en cuenta los agravios de que habían sido objeto los guaycuras y pericúes por parte de los españoles desde tiempos del almirante Atondo, y después por los armadores y buzos que venían de las costas de Sinaloa y Sonora en busca de perlas. A la desconfianza de los naturales hacia los europeos, debe agregarse que guaycuras y pericúes eran enemigos irreconciliables, por lo que el padre Ugarte, desde que hizo contacto con ellos tuvo que desplegar toda su capacidad de convencimiento y gran paciencia, como se expresa en el capítulo siete, no sólo para ganarse la confianza de los nativos sino para lograr que las dos etnias dejaran de hacerse la guerra. Los isleños de San José habían prometido a Bravo y Ugarte visitarlos, pero fue hasta el 21 de noviembre cuando lo hicieron, después de que los dos misioneros habían intentado establecer contacto con los indios locales en dos salidas que resultaron inútiles. En este primer encuentro los californios isleños se mostraron amistosos aunque al principio se asustaron con el tañer de la campana a la hora del Ángelus, pero con el trato de los misioneros y los usuales regalos se convencieron de que los extraños forasteros no eran enemigos, y a la semana otro grupo ahora de la islita Las Gaviotas llegó hasta el campamento español y se repitió el conocido protocolo. La dedicación de la misión se hizo el 3 de diciembre de 1720, se había levantado una palizada de mezquite alrededor del poblado, una cruz hecha de troncos de palmeras de más de once varas de altura se contemplaba de todas partes, se había construido la cocina y las habitaciones eran cómodas.

En la tarde del 6 de diciembre, Bravo y su gente escucharon varias descargas y pronto se dieron cuenta que se trataba de los hombres del padre Clemente Guillén, que hasta ahora llegaba en su viaje por tierra procedente de San Juan Bautista Malibat. La extraordinaria odisea vivida por estos expedicionarios se narra en el capítulo XVI destinado al célebre misionero.

Por orden del padre Juan de Ugarte, el padre Ignacio María Nápoli llegó a La Paz el 2 de agosto de 1721 para de allí salir a plantar en la costa del Golfo la misión de Santiago de las Palmas, el padre Bravo auxilió a Nápoli en todo lo que pudo y lo acompañó por un tiempo. Cuando Bravo estuvo en Santiago de las Palmas ayudando a Nápoli, había algunos indios guaycuras de su misión de La Paz colaborando en los trabajos iniciales, lo que estuvo a punto de causar un serio conflicto por la enemistad entre éstos y los pericúes nativos de Santiago, quienes temían que Bravo y su gente prepararan un ataque en su contra, pero finalmente el padre Nápoli, siguiendo el ejemplo de Ugarte, logró desvanecer la desconfianza y se restableció la tranquilidad.

En 1723 el padre Jaime encontró buenas tierras a unas 20 leguas de La Paz, en un lugar situado a los 23º 27´ N., muy cerca de la costa del Pacífico, con agua suficiente para la siembra de todas las semillas acostumbradas, especialmente el arroz y la caña, y allí formó el pueblo de Todos Santos que fue el tercero de la misión; los otros dos eran la cabecera Nuestra Señora del Pilar de la Paz y Ángel de la Guarda, siendo desconocida la ubicación de éste. Cabe aclarar que la misión de Todos Santos se fundó hasta 1733 en el pueblo del mismo nombre ya mencionado, y su primer misionero fue el padre Segismundo Taraval. El descubrimiento por el padre Bravo de estas tierras propias para la siembra en la costa del Pacífico que lindaban al norte con extensos y desérticos arenales, con un generoso aguaje capaz de mandar el agua casi hasta el mar, quizá no se valoró de momento como debió hacerse, pues años después los productos obtenidos gracias a la fertilidad de su tierra aliviaron notablemente las necesidades alimentarias de la cabecera Nuestra Señora del Pilar de la Paz.

En una misiva que el padre Jaime envió al marqués de Villapuente, en la que se ocupó extensamente en agradecer la ayuda que el noble benefactor de la Compañía daba a los misioneros jesuitas de California, se autodescribe jocosamente como desdichado flaco californio6. Refiriéndose a su salud, en la misma carta dice: …No pude escribir a V. Sa. Cuando el barco fue a Acapulco porque se hallaba tal el flaco, que el día que salió para la visita del Sur el padre Visitador Echeverría, lo dejó dispuesto y aplicada la indulgencia, por si fuere el verdadero artículo de muerte. En este estado me hallaba. Los huesos se van cada día descubriendo más, pero no nos impide, gracias a Dios, el poder hacer algo, ojalá que sea del agrado de su Majestad7.

El padre Bravo dejó otras relaciones o informes de su trabajo, como son su “Relación de la entrada al puerto de La Paz…”; en la cual se muestra el carácter compasivo del misionero y hace una aportación etnológica, al destacar la resistencia que presentaron los indios para vivir bajo techo, al invitarlos a que se protegieran de la lluvia entrando en las barracas que se habían construido cuando se plantó la misión de Nuestra Señora del Pilar de la Paz en 1720. Bravo escribió: …al llegar a nuestra barraca uno de ellos [de los indios]…rehusaba mucho el entrar…A poco de haber empezado la lluvia vinieron dos hombres a nuestra barraca y, significándoles la lástima que nos causaba el ver se estaban mojando sus mujeres e hijos, les dijimos que, si gustaban podían venir a la barraca donde, aunque había sus goteras, no estaba tan inclemente como en la ranchería. Parecía convite excusado que gente nueva quisiese encerrarse de noche dentro de nuestra barraca y trincheras…8. La actitud humana de Bravo, que consideraba un convite la estancia de todos dentro de la barraca, le redituó favorablemente en su relación con aquellos guaycuras de La Paz por la amistad y cariño que siempre le profesaron; por otra parte, poco a poco los naturales se fueron acostumbrando a tener un techo sobre sus cabezas.

La disposición de caridad y servicio del padre Bravo se muestra de nuevo en una carta al marqués de Villapuente fechada el 10 de octubre de 1730, en la que entre otros temas, hace recomendación a favor del hijo del capitán del presidio, en unos renglones que dicen a la letra: …y la petición se encamina a que por mano de Vuestra Señoría pueda solicitársele alguna capellanía de las que suele haber de obras pías…Vuestra Señoría me perdone la molestia, que no ha sido posible zafarme de ella…9.

Marcado por su época y las circunstancias, Bravo fue hábil en el trato hacia los nobles ricos de la Ciudad de México al llenarlos de halagos y adulaciones, como en la misiva mencionada en la que dice más adelante: …Ahora se sigue la distribución de los cotones a los muchachos y niñas de doctrina, que no dudo ruegan a Dios por su benefactor, y que el Señor oye sus peticiones. Yo suplico a Su Majestad todos los días por la salud de Vuestra Señoría, de mi Señora la Marquesa de las Torres, mi Señora Doña María Rosa y toda su casa, y parentela de Vuestra Señoría como que es la primera obligación que tengo en esta vida…10. Sin embargo, esa actitud nunca fue motivada para el logro de algún beneficio personal, sino para conseguir el envío de algunos bienes como telas para vestir a sus indios, o ayudar a otras personas como fue el caso del hijo del capitán del presidio.

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Relación geográfica entre las misiones de Nuestra Señora del Pilar de La Paz (1), el poblado de Todos Santos (2), y la misión de Santiago (3). Adaptación en mapa de Google Earth.

Bravo también escribió una carta fechada el 16 de noviembre de 1719 dirigida al obispo de Guadalajara, en la que se refiere a la dependencia y relación histórica que desde tiempo atrás hubo de las misiones de California al obispado de aquella ciudad. Además de lo anterior, el misionero da algunas informaciones poco conocidas sobre el personal que tenían los jesuitas en la Nueva España para apoyar el trabajo misionero en California; parte de la carta dice:

…Hay empleados a favor de dichas misiones catorce religiosos. Los once en la asistencia inmediata de aquellas nuevas cristiandades; tres que residen en México y en las haciendas en que están fincados los principales de las fundaciones. Estos religiosos cuidan de las haciendas, despachan los avíos y limosnas anuales a los misioneros, y corren con todos los negocios de Californias, para que los que allá residen puedan atender el fin principalísimo de la Reducción de tanto gentil a nuestra santa fe…11. Según lo expresado, el trabajo administrativo para satisfacer las necesidades de las misiones en California debe haber sido intenso y complicado, tomando en cuenta las numerosas haciendas, los donativos de benefactores y gente piadosa de la Nueva España, y lo que aportaba el propio gobierno de la Colonia, lo cual requería de todo un sistema que regulara no sólo la obtención de bienes y dinero, sino su oportuna y justa distribución a las misiones.

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Segunda hoja de una carta del padre Jaime Bravo al padre provincial José Arjo. Copia tomada de Archivo Franciscano, Biblioteca Nacional de México.

Se conoce otro informe de Bravo al padre provincial de la Compañía de Jesús don José de Arjo, en el que el misionero narra algunas de sus exploraciones y trabajos en los alrededores de la misión de Nuestra Señora del Pilar de La Paz y aun en lugares más distantes. En esta relación, Bravo se muestra no sólo como explorador, sino también como constructor de caminos, ya que logró comunicar los poblados de visita, de acuerdo con lo que se transcribe enseguida:

…43 días tardaron en abrirlo [el camino] 6 hombres, y trabajaron con gran empeño por lo furioso de los montes que se atraviesan y porque en partes tenían muy distante el agua. Quedó bien abierto cual no hay otro en Californias y dista 9 leguas un pueblo de otro. Por febrero fui allá y se pusieron algunas familias, se plantó la Santa Cruz y se dijo la Santa Misa. se limpió un pedazo de tierra húmeda. 12. El misionero plantó maíz y esperaba una cosecha de 100 fanegas, según lo establece en su relación.

El padre Bravo también se anticipó en el proyecto de abrir camino entre Todos Santos y la misión de Santiago, lo cual planeó con el misionero de ésta el padre Ignacio María Nápoli, habiéndose valido de una breve exploración que hicieron un soldado de Santiago y un mozo que él llevaba. Los dos hombres informaron a los padres que el camino se podía abrir fácilmente con sólo hachas y machetes, pues no había peñas que exigieran el uso de la barra. Nápoli quedó en que más adelante se iría abriendo ese camino. Aquí hay que señalar que Bravo y Nápoli se visitaban uno a otro no sólo para planear el mejor desarrollo de sus misiones, sino como grandes amigos que fueron.

Después de fundar y gobernar por ocho años la misión de Nuestra Señora del Pilar de la Paz, el padre Bravo fue cambiado a la de Loreto no sólo como misionero para ayudar al anciano padre Píccolo, sino como procurador. Cuando el padre José de Echeverría llegó a Loreto estaba el padre Jaime Bravo encargado de la misión, y le causó muy buena impresión el recibimiento de que fue objeto. En una carta fechada el 28 de octubre de 1729 que Echeverría mandó al marqués de Villapuente siendo visitador de las misiones, describió al padre Bravo de la siguiente forma:

…y se concluyó la función con muchos abrazos de gozo a mi padre Jaime, que está hecho un conjunto de huesos, espíritu puro en continuo movimiento, dando alma y vida a todo este nuevo alegre [……….] mundo…13.

Al comienzo del levantamiento de los pericúes y al no recibirse apoyo del virrey para combatirlos, Bravo pidió ayuda a las misiones de Sonora y logró que se mandara un numeroso grupo de guerreros yaquis que participaron eficazmente en el combate formal contra los alzados.

Siendo procurador en Loreto, en 1740 el padre Bravo dirigió la construcción de una balandra para el servicio de las misiones llamada “Nuestra Señora de Loreto” o “Lauretana”14, la cual dio buen servicio durante veinticinco años. Además, en 1742 el misionero construyó una iglesia más grande que básicamente es la que subsiste hasta hoy (ver F 22), aunque el edificio ha sufrido modificaciones y reconstrucciones, sobre todo para reparar los daños causados por fenómenos naturales como la tormenta de 1829.

Las cartas e informes que escribió el padre Bravo constituyen inapreciable fuente de información histórica. En la F49 se aprecia la segunda hoja de la “Relación del padre Jaime Bravo al provincial José Arjo sobre sus visitas, trabajos y observaciones en los alrededores de la misión de Nuestra Señora del Pilar de la Paz, 21 junio 1724”.

Otras misivas son las siguientes: “Cinco cartas del padre Jaime Bravo al marqués de Villapuente sobre las misiones de California. Loreto, 12 julio y 10 octubre 1730, 1 abril y 31 diciembre 1731, 27 junio 1734”; “Informe del padre Jaime Bravo al Obispo de Guadalajara sobre las misiones de California, puntualiza la dependencia de dichas misiones del obispado de Guadalajara, Guadalajara, 10 de noviembre 1719”; “Razón de la entrada al puerto de La Paz, conquista de la nación guaycura y fundación de la misión de Nuestra Señora del Pilar [de La Paz] en California por el padre Jaime Bravo: 1720”.

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Interior de la iglesia de la misión de Loreto con la Virgen en el altar principal.

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Entrada principal. La construcción de piedra se debe al padre Jaime Bravo, que la terminó en 1742, después de las edificaciones originales hechas por el padre Salvatierra.

Si se quisiera sintetizar en pocas palabras la vida del padre Jaime Bravo, podría decirse que fue siempre de servicio a los demás, no sólo al catequizar a los indios californios del sur, sino quizá como el mejor y más entusiasta gestor ante las autoridades de la Nueva España para que se diera el justo valor a la obra misionera de los discípulos de Loyola en la lejana península. Murió el 13 de mayo de 1744 en la misión de San Francisco Javier15, lugar al que poco antes había ido tratando de mejorar su quebrantada salud. Su cuerpo fue llevado a Loreto, en donde se le dio sepultura en la iglesia que él había construido.

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  1. La costumbre establecida en aquel tiempo era que las misiones de California contaran con dos embarcaciones a su servicio, una costeada por el rey y la otra por los misioneros jesuitas Para cumplir éstos con su obligación, la balandra “Nuestra Señora de Loreto” o “Lauretana”, fue construida en Loreto por el padre procurador Jaime Bravo en 1740 y sirvió por muchos años a las misiones. ↩︎

  2. Masten Dunne, “Black Robes…”, opo.cit., p. 157. ↩︎

  3. El obispo de Guadalajara que elevó al sacerdocio al hermano Bravo fue don Manuel de Mimbela. ↩︎

  4. Algunos autores, siguiendo a Venegas, dicen que el viaje se inició en 1721, pero es un error que prolijamente corrige Barco en su obra, en la p. 405. Además, cualquier duda se disipa al leer la carta del padre Ugarte al virrey Marqués de Valero, en la que le informa del viaje. ↩︎

  5. Ugarte, “Carta del padre…”, ficha 281, op.cit., h. 1. ↩︎

  6. Bravo, Jaime, “Cinco cartas del padre Jaime Bravo al marqués de Villapuente sobre las misiones de California: Loreto, 12 julio y 10 octubre 1730; 1 de abril y 31 diciembre 1731; 27 junio 1734.” Biblioteca Nacional de México, Fondo Reservado, Colección Archivo Franciscano (4/56.1, f. 1-3v.) (86), ficha 291. ↩︎

  7. Ibid.. ↩︎

  8. Miguel del Barco, Op.cit., pp. 141 y 189. ↩︎

  9. “Cinco cartas…”, op.cit., h. 1. ↩︎

  10. Ibid., h. 2. ↩︎

  11. Archivo Franciscano, “Informe del padre Jaime Bravo al obispo de Guadalajara sobre las misiones de California”. Biblioteca Nacional de México, Fondo Reservado, Colección Archivo Franciscano. (3/47.1, f.1-3v., f, 4-7), f. 4. y 5. ↩︎

  12. Archivo Franciscano, “Informe del padre Jaime Bravo al provincial José de Arjo, sobre sus visitas, trabajos y observaciones en los alrededores de la misión de Nuestra Señora del Pilar de la Paz, 21 junio de 1724”. Biblioteca Nacional de México, Fondo Reservado, Colección Archivo Franciscano, ficha 286, h. 2. ↩︎

  13. Echeverría, José de. Carta del padre José de Echeverría al marqués de Villapuente sobre su visita a las misiones de San José y Santiago. En California: Loreto de California, 12 julio 1730. Biblioteca Nacional de México, Fondo Reservado, Colección Archivo Franciscano (4/55.1, f. 1.-1v.) ( 82). ↩︎

  14. Barco, op.cit., p. 333. ↩︎

  15. Venegas afirma en el folio 424 de su obra que los padres Helen, Bravo y Nápoli salieron de California por sus enfermedades, lo que niega rotundamente Miguel del Barco, quien asegura que El padre Bravo nunca salió de la California ni por enfermedad ni por otro motivo…. Barco, op.cit., p. 408. ↩︎