El padre Juan María de Salvatierra, hermano de 4 varones y una mujer, nació en Milán, Italia, el 15 de noviembre de 1648; sus padres fueron Juan de Salvatierra, español de familia noble, y Bárbara Bisconti, italiana; descendiente de los duques de Milán. Entró a la Compañía de Jesús en 1668, arribó a la Nueva España en 1675, terminó sus estudios en Puebla y la ciudad de México, fue docente en algunos colegios jesuitas, aprendió el náhuatl, y en 1680 se fue como misionero a la Baja Tarahumara en donde fundó varias misiones, allá permaneció hasta 1690, fecha en que fue nombrado visitador de Sonora.

Padre Juan María de Salvatierra
Estando de visita en la Pimería Alta, los padres Salvatierra y Kino se encontraron por primera vez y en ese encuentro hablaron sobre la posibilidad de plantar misiones en California, considerando las experiencias del jesuita ítalo alemán. Dos años después fue rector del Colegio de Guadalajara, y el 15 de octubre de 1697 se fue a California a fundar misiones. Murió en Guadalajara después de interrumpir el viaje que hacía a la ciudad de México, probablemente el 17 ó 18 de julio de 1717, cuando acudía a informar al virrey sobre las misiones de California1.
Después de las expediciones a California que encabezaron el padre Kino y el almirante Atondo y Antillón en 1683, en las cuales se gastaron $225,400.00 pesos del real erario y duraron 3 años, se había llegado a la conclusión de que California era inconquistable por los medios hasta entonces empleados, ya que las colonias establecidas no se habían podido sostener por mucho tiempo.
El padre Kino, trabajando en las misiones de Sonora, no perdía la esperanza de regresar a California sobre todo después de su plática con Salvatierra, y éste no olvidaba los interesantes relatos de Kino sobre la lejana frontera californiana, que lo impulsaban para ir a la conquista espiritual de los nativos de aquellas tierras. Decidido a poner en práctica su proyecto, Salvatierra se dirigió entonces a su padre provincial, al virrey y al monarca español, pidiendo permiso para ir a California a evangelizar a los naturales, pero todos en principio le negaron la autorización alegando que la empresa era una aventura inútil, peligrosa y sobre todo costosa.
Salvatierra había sido designado rector del colegio de los jesuitas en Guadalajara y maestro en el de Tepotzotlán, y aquí volvió a entrevistarse con Kino en 1696, los dos reforzaron su plan y lograron convencer al padre provincial Juan de Palacios para que los apoyara.

José Sarmiento de Valladares, Virrey de la Nueva España
Uno de los religiosos que se unieron a la causa de Salvatierra y Kino fue el padre Juan de Ugarte, peruano de origen que entonces era catedrático de filosofía en la ciudad de México. Después de entablar contacto con los misioneros y mientras se conseguía la licencia, se dio a la tarea de obtener la ayuda que se pudiera para la complicada empresa. Pronto se obtuvieron donativos de personajes nobles y ricos de la Nueva España, tanto en efectivo como en especie, habiendo sido algunos de ellos los siguientes: el conde de Miravalle y el marqués de Buenavista aportaron $2,000.00 pesos, la cofradía de Nuestra Señora de los Dolores dio lo necesario para una misión, el presbítero Don Juan Caballero y Ocio prometió dotar dos misiones, y el tesorero de Acapulco Don Pedro Gil de la Sierpe prometió dos embarcaciones.
La respuesta de la sociedad a las peticiones de Salvatierra, Kino y Ugarte, marcaba el momento adecuado para solicitar formalmente al virrey su autorización para llevar a cabo la expedición a California y la conversión de sus gentiles, y así lo hizo en 1696 el padre provincial de la Compañía. El virrey José Sarmiento Valladares, conde de Moctezuma, no accedió de inmediato a lo requerido, pero al ver que los misioneros no pedían dinero otorgó por fin la licencia que por 10 años se había estado gestionando.
de mar y guerra y otros socorros que se ejecutaron en la antecedente para la empresa y conversión de los gentiles del reino de la California, se gastaron de la Real Hacienda doscientos veinticinco mil cuatrocientos pesos, sin haberse podido lograr el efecto de conseguirla, y que por haberse mandado por entonces suspender esta conquista. parece se deduce que la mente y real disposición no prohibió absolutamente que se hubiese de continuar la reducción y conquista de California, sino que por aquella causa que se habías ofrecido se suspendiese por entonces, teniendo presente lo expreso en dicha real cédula y reconociendo así mismo por diferentes cartas, instrumentos e informes que el fervoroso celo e industria de los referidos padres, por sí solos y sin otra ayuda han logrado la reducción y bautismo de más de cinco mil infieles que están perseverantes en nuestra santa fe….y con ansia y anhelo de que vuelvan estos mismos religiosos. y atendiendo también a que la referida entrada y reducción ha de ser a costa de las limosnas que el celo y cristiandad de algunas personas han ofrecido contribuir para tan santo y alto fin….por todo lo referido….ha parecido preciso a mi obligación….conceder como concedo por ahora….por el presente concedo la licencia que piden a los dichos padres Juan María de Salvatierra y Eusebio Francisco Kino….para la entrada a las provincias de Californias. con calidad de que sin orden de Su Majestad no sea de poder librar ni gastar cosa alguna de su R. Hacienda en esta conquista….les considera así mismo a dichos padres puedan llevar la gente de armas y soldados que pudieren pagar y municionar a su costa. Y concedo así mismo a dichos padres licencia y facultad para que se puedan enarbolar banderas y hacer levas, siempre que para ello fuere necesario con las mismas calidades, y de que todo lo que se conquistare ha de ser en nombre de Su Majestad; y para que así la gente que fuere….se conserve y mantenga en paz y quietud….les concedo puedan nombrar en nombre de Su Majestad, personas que administren justicia, y a quienes obedezcan sus órdenes debajo de las penas que impusieren….México, seis de febrero de mil seiscientos noventa y siete años. Don José Sarmiento. Por mandato de Su Excelencia. Francisco de Morales. Asentado 2.
Entusiasmado con la autorización del virrey, Salvatierra dejó a Ugarte el encargo de seguir pidiendo ayuda en la ciudad de México, dispuso que las embarcaciones donadas por Don Pedro Gil de la Sierpe pasaran de Acapulco al Yaqui, en Sonora, y el 7 de febrero de 1697 salió de la ciudad de México vía Guadalajara, rumbo a la Baja Tarahumara a despedirse de los indígenas con los que había estado tanto tiempo, no sin antes, a su paso por Sinaloa avisar al padre Kino sobre lo que hacía.
Sucedió entonces un incidente que pudo haber cambiado los planes del misionero, pues de regreso a Sinaloa recibió la noticia de que los indios de la Alta Tarahumara se habían rebelado, por lo que de inmediato y sin dudarlo un momento devolvió sus pasos rumbo a la áspera sierra en donde se daba el alzamiento. Allí estuvo 6 meses trabajando en las peligrosas acciones de pacificación, en las cuales los indios flecheros cristianos derrotaron a los rebeldes, quienes tuvieron que deponer su actitud, y se restableció la tranquilidad. Salvatierra pudo entonces viajar al Yaqui, en donde encontró las dos embarcaciones facilitadas por Gil de la Sierpe, aunque supo que la lancha había llegado con retardo de algunos días a causa de una tormenta. Mientras esperaba la llegada del padre Kino, se dio a la tarea de reunir todas las provisiones y equipo que pudo para el viaje, pero un nuevo acontecimiento amenazó con impedir su salida a California.
Kino había sido solicitado por el gobernador de Sonora y varios misioneros para que les ayudara a impedir una posible rebelión como la acaecida en la Tarahumara, de lo cual había claros indicios. El padre Kino no tuvo más remedio que acceder, y así se frustró definitivamente su deseo de acompañar a Salvatierra a California. En lugar de Kino, fue nombrado el padre de origen siciliano Francisco María Píccolo como compañero de Salvatierra, pero no pudo estar en el Yaqui a la hora de la partida.

Dibujo de una galeota del siglo XVII. Llevaba dos palos y unos 16 remeros con un remo cada uno.
Muchas de las provisiones que había conseguido Salvatierra en Nueva Galicia se echaron a perder por la humedad y el calor, por lo que tuvo que conseguir más, algunas de limosna como 30 reses que le regalaron, y otras compradas como harina y maíz. Además, relata Salvatierra que …También pude embarcar un caballo, diez carneros y cuatro cabras con sus machos, y cuatro lechoncillos, que traje más de cien leguas lejos…3
Desesperado por tanto contratiempo, el misionero decidió no esperar a Píccolo, ordenó que se embarcara la gente que lo acompañaría, poca por cierto debido a que muchos hombres apalabrados con Salvatierra tuvieron que ir a las fronteras donde se daba la rebelión, y el jueves 10 de octubre de 1697, después de haber estado embarcados algunos días pero detenidos por situaciones imprevistas, zarparon del
Yaqui hacia California la galeota4 “Santa Elvira” y la lancha “El Rosario” con los pocos marineros y soldados de que se disponía, aunque poco después tuvieron que echar anclas para evitar encallar en unos bajos. Resuelto el problema, se hicieron a la vela el viernes 11 de octubre. La suerte estaba echada.
La historia ha rescatado algunos de los nombres de aquellos audaces que acompañaron al padre Salvatierra en su histórico viaje, y son los siguientes: Juan Antonio Romero de la Sierpe, capitán de la galeota y primo de Don Pedro Gil, benefactor de los jesuitas; el genovés Antonio Giusto o Justo, quien ya había ido a California, contramaestre; Luis Torres Tortolero, cabo que muy pronto llegó a capitán; el portugués Esteban Rodríguez Lorenzo5, soldado que con los años también ascendería a capitán; el mexicano Bartolomé Figueroa y el maltés Juan Caravana o Caravaña, soldados, este último encargado del cañón; el soldado siciliano Nicolás Márquez, el mulato peruano de nombre Andrés; y los indígenas Marcos, de la misión de Guasave; Alonso de la misión de Tepahui y Sebastián, de Jalisco.

Ruta de la llegada del padre Salvatierra a Baja California. Adaptación en mapa de Google Earth hecha por Antonio Ponce Aguilar.
- Loreto.
- Is. del Carmen.
- Is. Coronados.
- San Bruno.
- Londó (Después S. Juan Bautista Londó).
- Bahía Concepción.
- Puerto de Año Nuevo
El mismo viernes 11 de octubre como se ha dicho, la galeota, muy larga y sobrecargada encalló en unos bancos de arena, el viento y las corrientes levantaban la embarcación y la dejaban caer con peligro de que se partiera en dos, pero gracias a los esfuerzos de todos, incluyendo los marineros de la lancha que habían acudido en ayuda de la “Santa Elvira”, pudieron ponerla a flote y seguir su travesía por el golfo de California. El sábado 12 tuvieron a la vista la costa de California y pudieron haber desembarcado en San Bruno, pero la noche había caído y prefirieron retirarse a alta mar, al amanecer del domingo 13 los vientos habían hecho que se perdiera de vista la lancha, y se dejó que la galeota fuera llevada hacia el norte, de manera que el lunes 14 de octubre de 1697 los viajeros podían divisar el volcán Las Tres Vírgenes.
Buscando detener la deriva hacia el norte, el capitán Romero llevó la galeota a bahía Concepción, en donde Salvatierra y varios hombres desembarcaron. No hallaron gente, pero sí huellas recientes, comieron pitahayas, y aunque consideraron la conveniencia de hacer una exploración por los alrededores, decidieron aprovechar un viento favorable y siguieron costeando esa noche hacia el sur. El martes 15 amanecieron frente a San Bruno, el miércoles 16 saltaron a tierra Esteban Rodríguez y varios marineros, llegaron al lugar unos cinco indígenas y Salvatierra les saludó agitando su sombrero, en tanto que ellos le hacían señas invitándole a que desembarcara, a lo que el misionero accedió; acompañado de Luis Torres
Tortolero y algunos marineros. Los indígenas debieron haber recibido tiempo atrás la enseñanza del cristianismo por parte de Kino o alguno de los otros misioneros que participaron en las expediciones del almirante Atondo, porque según Salvatierra, todos se hincaron y besaron el Cristo que les mostraba.
Los amistosos nativos invitaron a Salvatierra y su gente para que fueran al poblado cercano de San Bruno, el misionero aceptó y al caer el sol llegaron al antiguo real, después de una caminata muy fatigosa. El lugar, con todo derruido y cubierto en partes por el monte espinoso, fue el campamento en el que pasaron los expedicionarios su primera noche en tierras de California, y
su cena consistió en algunos granos de maíz tostado en las brasas, pues sólo habían llevado un poco para regalarles a los indios, y agua salobre para beber que les trajeron en dos ocasiones. Algunos nativos durmieron en el campamento, a donde después llegaron otros a ver a los extraños visitantes, y al amanecer volvieron por la misma vereda hasta la playa.
El capitán de la galeota Juan Antonio Romero conocía de tiempo atrás el puerto de San Dionisio6, en donde había hecho aguada dos años antes y sabía que se podía contar con suficiente agua dulce no muy distante del mar, y hacia allá zarparon las dos embarcaciones el jueves17 de octubre, no sin antes despedirse de la gente de San Bruno, a quienes el padre Juan María invitó para que fueran a verlo a San Dionisio. Esa noche la pasaron embarcados y al abrigo de la isla de Coronados, muy cerca y al noreste de lo que hoy es Loreto. Temprano en la mañana del viernes 18 de octubre, desembarcaron Salvatierra, el capitán y algunos marineros en la ensenada cercana, y se encaminaron a una ranchería distante unos 100 metros del mar. Fueron bien recibidos por los indios, muchos de los cuales repitieron la acostumbrada escena de hincarse y besar el crucifijo, había extensos mezquitales y carrizales, y el agua era buena. Sin embargo, los marineros que habían viajado por estas latitudes un par de años antes, dudaron si éste sería el puerto en que habían hecho aguada7, y se decidió entonces seguir un poco hacia el sur de la ensenada, costearon unos 4 kilómetros y desembarcaron.
En este lugar llamado Conchó o Conunchó por los guaycuras, fueron recibidos como de costumbre, amistosamente, y los nativos daban muestra de que tenían antecedentes del cristianismo que otros misioneros les habían inculcado; entre ellos había muchos que habían ido siguiendo a la embarcación por la playa. Salvatierra regaló a las mujeres algunos zarcillos y a los indios maíz, se sentó entre ellos a conversar y logró conquistar su confianza, después de lo cual todos regresaron al barco.
El sábado 19 de octubre de 1697 desembarcaron de nuevo en el lugar escogido en la bahía de San Dionisio, ahora ya en definitiva, bajaron todos los animales de la galeota y muchos gentiles acudieron a verlos. Sobre este tema, narra el misionero que algunos cerditos, atraídos por el sonido que hacían las faldas de cordeles de carrizo que usaban las mujeres de la cintura hasta abajo de las rodillas, se les acercaron creyendo que era comida, y las mujeres tuvieron que correr perseguidas por los marranos hasta que se les dio maíz para que se calmaran, lo que provocó la risa de todos.
Tardaron 4 días en desembarcar toda la carga, ayudados por los indios a quienes se recompensaba con maíz. Los colonos se sorprendieron de la fuerza de aquellos nativos, algunos de los cuales fueron capaces de cargar un tercio de harina, más de 70 Kg., y llevarlo hasta donde se establecería el campamento o real, distante de la playa dos tiros de escopeta8. Toda aquella carga y ramas espinosas de mezquites se acomodaron en forma de muralla alrededor del campamento, con fines de defensa en el caso de un ataque que pudieran hacer los gentiles,
quienes a pesar de su actitud aparentemente amistosa, cada día se mostraban más exigentes al cometer hurtos y pedir constantemente maíz o pozole.
Además de esta precaución, Salvatierra pidió al capitán Romero que se trajera uno de los dos pedreros que estaban en la galeota, lo cual se hizo, y el pequeño cañón fue colocado en posición estratégica para repeler cualquier ataque. Finalmente, acordaron con los marineros que se quedaban en el barco que en caso de un asalto sobre el campamento, dos disparos de arcabuz serían la señal para que acudieran en su ayuda. Por otra parte, el estado de nerviosismo debe haber aumentado porque la lancha, en la que venían 6 hombres, la carne y algo de maíz y que habían perdido de vista desde el día 13, no llegaba.
La obra que iniciaba Salvatierra en California, difícil y meritoria, hubiera sido mucho más complicada si previamente los indios no hubiesen recibido la introducción al cristianismo de los padres Eusebio Francisco Kino, Juan Bautista Copart y Matías Goñi, que llevaron a cabo cuando participaron en la expedición del almirante Isidro Atondo y Antillón. Salvatierra llevaba consigo los escritos del padre Copart sobre la predicación del cristianismo en lengua indígena, lo cual le fue de gran utilidad, y poco a poco aquellos primitivos californios fueron adentrándose en los misterios de la nueva fe. El 24 de octubre de 1697 fue desembarcada con gran solemnidad la imagen de la Virgen de Loreto, que fue llevada en procesión, cantándose letanías, rezando los indios el Ave María en su lengua, y con disparo de salvas, hasta la tienda de lona de don Domingo de la Canal, según parece marinero de la expedición, todo esto con gran alegría de los nativos, de acuerdo con lo dicho por el padre9. El sábado 25 de octubre de 1697 se celebró la misa con la que se formalizó la inauguración de la misión de Nuestra Señora de Loreto.

Virgen de Loreto
El sábado 26 de octubre mandaron a la galeota a “tierra firme” por provisiones, y tal vez por el reducido número de colonos que quedó en el real se acrecentó el atrevimiento de los indios, que exigían maíz aun sin trabajar, intentaron robar unas cabras y cerdos, y por la noche no obedecían la orden de irse a sus rancherías y se quedaban a dormir en el campamento español; aun así, el misionero reconoció que muchos californios eran leales y de confianza.
El alférez y los soldados habían hecho una exhibición del poder de los arcabuces disparando contra una tabla, y después los indios con sus arcos y flechas, lo que causó el asombro de los naturales al comparar los rasguños que sus flechas habían hecho en el madero y los agujeros causados por las armas de fuego. A pesar de esta demostración de fuerza, una noche los indios se robaron un caballo que luego desollaron con sus cuchillos de pedernal, tatemaron su carne y se la comieron en parte, pues españoles e indios fieles siguieron el rastro de la bestia e interrumpieron el festín.
Narra Salvatierra que el martes 29 de octubre llegó al campamento un indio alto con señas de cacique, de la nación edú10, acompañado por otros, y preguntó por los misioneros ya mencionados así como por el almirante. Salvatierra le dio algunos obsequios, y por estar enfermo se le permitió quedarse en el real y recibir sus alimentos, mostraba indicios de saber alguna cosa de Dios, y afición a ellas11. Al siguiente día de su llegada al campamento, el cacique Dionisio12, que ese era el nombre cristiano que le había puesto el capitán Guzmán desde que se hizo la expedición del almirante Atondo y el padre Kino, se acercó a Salvatierra en la noche y le dijo al oído que los monquis13 vendrían a matarlos esa noche o al siguiente día, lo que obligó a que se pusieran centinelas y se durmiera con todas las prevenciones posibles.
Un día vieron los colonos a lo lejos, cerca de la isla del Carmen, una embarcación que se dirigía hacia la isla Coronados, lo cual causó gran extrañeza a todos. Poco después, sabrían que se trataba de la galeota, gracias a que un indio fue en su balsa a curiosear el barco, los marineros le hicieron señas de que se acercara, y le dieron una carta para que se la llevara a Salvatierra. En la misiva, el capitán Romero informaba al padre que serios problemas en la navegación lo habían obligado a regresar, pero que se aprestaba a continuar el viaje. Esto significaba que los alimentos y los hombres que esperaban tardarían más tiempo en llegar, si se tenía suerte.
Al día siguiente se reunieron muchos indígenas cerca del real, no traían sus armas, pero sí piedras bajo el brazo y una especie de arpón que usan en la pesca y la pelea. Uno de los indios le pidió maíz a Salvatierra, advirtiéndole que si no lo hacía matarían a todos14, el misionero se hizo el desentendido y se refugió dentro de la trinchera del real. La audacia de los indios llegó al extremo de abofetear al padre y lanzar algunas piedras al campamento, los españoles reaccionaron amenazándolos con sus armas, y los nativos sólo se retiraron un poco. Entonces, dos ancianos indígenas se pusieron entre los dos bandos, se dirigieron a su gente y les hicieron señales de que se sosegaran y se sentaran, después se volvieron hacia los colonos y repitieron el mensaje, lo que de momento aplazó un choque que se veía inminente. Los indios se retiraron a unos cien metros, y divididos en 4 escuadras se sentaron hacia abajo del real, en la caja que hace el río, obedeciendo aparentemente a un plan o estrategia.
Al día siguiente parecía que no había pasado nada, como era costumbre se impartió la doctrina a algunos indios y se les dio pozole, y así pasaron más días en una aparente calma, aunque los españoles acentuaban sus precauciones, sobre todo cuando el día 12 de noviembre el indígena Dionisio, que ya había sido bautizado por la gravedad de su enfermedad, advirtió a Salvatierra que los enemigos planeaban venir a llevarse el maíz, sospecha que se robusteció en todos los colonos porque se vio a mucha gente con arcos y flechas, según se sabía, porque iban a una fiesta de casamiento en una ranchería cercana de los didius15. El día 13 se iniciaron las actividades cotidianas en el real y acudieron muchos indios a la doctrina, pero la mayoría se rehusó a comer.
Un soldado joven que hacía guardia con su luneta16, al ver que se juntaban muchos nativos cerca de la puerta, trató de buena forma que se dispersaran, pero uno de los indios intentó desarmarlo, acudió entonces en su auxilio el alférez Luis Torres, quien con el arma del soldado amagó a los más atrevidos, por lo que tuvieron que retirarse. Poco después se oyeron gritos en el carrizal, el mozo indio que cuidaba las cabras logró arrimarlas a un corralito dentro de la trinchera del real, mientras que el alférez, un soldado y el indio de Sonora recogieron los marranos y los condujeron hasta dentro de la trinchera. Ya para entonces los indios empezaron un ataque formal, disparando sus flechas y lanzando piedras al campamento en una acción planeada en la que intervinieron guerreros laimones, de filiación cochimí; además de didius, monquis y edúes pertenecientes a la nación guaycura. Ante esta situación todos los sitiados se distribuyeron por la trinchera aprestándose a la defensa, ocupando posiciones alrededor del real.
Cuando la situación se tornó crítica por la cantidad de proyectiles que caían dentro de la trinchera, don Luis Torres, que tenía el mando de los soldados, dio la orden de que el encargado del pedrero Juan Caravana lo disparara contra una escuadra de indios que avanzaban hacia el real, así se hizo, pero con tan mala fortuna que el pequeño cañón explotó y se despedazó, Caravana cayó al suelo sin sentido y el propio Salvatierra estuvo a punto de ser golpeado con pedazos del cañón que volaron por todas partes. Envalentonados, los indios siguieron su avance, por lo que Salvatierra hizo un último intento de detenerlos con palabras, y les gritó que se retirasen, pero le contestaron con dos flechazos que fallaron.

Lancha usada en tiempo de las misiones. Museo de Loreto, B.C.
Viendo que no lograrían detener pacíficamente a sus atacantes, los sitiados decidieron hacer uso de sus armas de fuego, dos arcabuces pequeños, dispararon a los nativos casi a bocajarro, y les causaron muchos heridos y tres muertes. Los indígenas huyeron y se hizo el silencio. De parte de los españoles, recibieron flechazos, aunque no muy graves, el alférez y el soldado Bartolomé de Figueroa, y algunos de los animales en el corralito también fueron flechados. Poco después, un gran número de mujeres y sus hijos llegaron al campamento con muestras de arrepentimiento, e informaron con señas de las muertes causadas por los disparos de los arcabuces. Aunque en plan conciliatorio, el padre Salvatierra les advirtió que sólo los que vinieran a hacer la guerra morirían, por la noche se fueron, aunque muchas querían dejar a sus hijos en el real, tal vez en señal de sumisión. Como era la costumbre, las mujeres y sus hijos eran algo así como las primeras embajadoras de paz entre los primitivos californios y los españoles.

Dibujo antiguo de la misión de Loreto.

Aspecto actual de la iglesia de la misión. En la fotografía F 21, la edificación de una planta en que se prolonga la iglesia está ocupada por un museo regional.
Poco a poco se restableció la confianza entre nativos y españoles, y se reanudaron los bautizos. Para completar la alegría de los colonos, el día 15 regresó una de las embarcaciones que había ido por ayuda, trayendo provisiones y más gente, y el sábado 23 de noviembre de 1697, llegó la galeota llevando además de las provisiones y refuerzos, al jesuita Francisco María Píccolo, que apoyaría grandemente la causa misionera iniciada por Salvatierra.
En poco tiempo, los españoles substituyeron la capilla de enramada con una de piedra, construyeron dos casitas, una para habitación del misionero y otra para el capitán, varias barracas para los soldados y un local para almacén. Los guamas o doctores veían con gran recelo la estancia definitiva de los blancos en sus tierras, por lo que se atrajeron a un grupo de indígenas inconformes para causar daño a los forasteros. Con ese fin, en abril de 1698 se robaron una lancha que estaba en la playa, pero un soldado que se dio cuenta avisó al capitán; para castigar a los culpables, salió el oficial con 10 soldados en su persecución, y después de un enfrentamiento
lograron someter a los indígenas sólo gracias a sus armas de fuego, aunque el bote fue destrozado. El deseo del capitán era castigar severamente a los culpables, pero intercedieron los misioneros para que se les perdonara, lo que causó el agradecimiento y respeto de los naturales hacia los religiosos. Para ampliar la visión de los nativos californios sobre la existencia de otras regiones y pueblos, Salvatierra los mandaba en los viajes que las embarcaciones de la misión tenían que hacer a los puertos de Yaqui, a Petatlán y Villa de Sinaloa, para que fueran viendo …a los indios cristianos de muchos pueblos, todos contentos, arrimados a las iglesias, y bien tratados, y gobernados de los padres misioneros…todos agasajaron a los californios, vieron juegos de toros, y otras cosas al tono, que todas sirvieron para que vueltos a la otra banda explicaron todo esto a estas gentes. 17
Los principales hechos narrados hasta aquí se conocen, en gran parte, gracias a 4 cartas escritas por Salvatierra sobre sus primeras semanas de estancia en California, dirigidas al virrey don José Sarmiento y Valladares, Conde de Moctezuma y Tula; a la virreina, doña María Andrea Guzmán y Manrique, Duquesa de Sessar y segunda esposa del virrey; al padre Juan de Ugarte, que es la más extensa y con mayor contenido histórico; y a don Juan Caballero y Ocio, sacerdote benefactor de los jesuitas.
El tesorero de Acapulco Pedro Gil de la Sierpe siguió ayudando a la causa misionera en California al regalar al padre Salvatierra dos embarcaciones que mucha falta hacían18: el “San Fermín” y el “San Javier”, en las cuales el padre Juan María logró que se llevaran a la península además de provisiones, caballos y mulas que eran indispensables para las exploraciones que habrían de hacerse.
Al comienzo de 1699, Salvatierra y varios soldados salieron hacia un lugar con mucha población de gentiles al que los nativos llamaban Londó (ver F17), a unos 28 kilómetros al norte noroeste de Loreto. Como sucedería en muchos casos semejantes, los indios huyeron al ver a los españoles, por lo que el misionero se regresó con algún desconsuelo; sin embargo, al poco tiempo logró acabar con la desconfianza de los nativos con regalos y buen trato, regresó a Londó y permaneció allí algunos días, bautizando el lugar con el nombre de San Juan Bautista Londó, en donde poco después se fundaría la misión de ese nombre. El establecimiento de esta misión se retardó porque, al viajar Salvatierra a Londó por tercera ocasión, los indios de la región pelearon entre ellos, y tuvieron la audacia de flechar la mula del padre. Como en este caso, casi siempre los misioneros tendrían una percepción optimista acerca de la aceptación del cristianismo por los indígenas californios, la cual en la realidad nunca sería completa y constante en todos los naturales, pues en ocasiones esa aceptación era sólo una forma de conseguir comida y regalos de los españoles. Hay que admitir, sin embargo, que en algunas etnias numerosos gentiles o indios paganos sí se convirtieron al cristianismo sinceramente, especialmente entre los cochimíes.
El 1º de noviembre del mismo año de 1699, Salvatierra hizo la dedicación de la capilla de San Francisco Javier, en la misión de ese nombre que había fundado el padre Francisco María

Paisaje de La Giganta, vista desde el camino que sube hacia San Javier, al este de Loreto.
Píccolo al oeste de Loreto, y logró así que la zona de influencia misionera se extendiera hacia el oeste, por la sierra de La Giganta, en lo cual debe reconocerse la labor de exploración y convencimiento de los nativos en aquel territorio por parte del padre Juan María.
Al comienzo del año de 1700, el estado de la colonia en California se complicaba en lo económico y administrativo, pues las 60 personas que la formaban eran sostenidas por las limosnas que recibía el padre Salvatierra, además del gasto que ocasionaba la manutención de los indios mientras asistían a recibir la doctrina religiosa, a quienes además se trataba de vestirlos con algo. De los tres barcos que inicialmente servían a las misiones, sólo se contaba con el “San Javier”, pues el “San José” y el “San Fermín” se habían inutilizado. La situación hizo que en marzo, Salvatierra escribiera al virrey José Sarmiento Valladares un prolongado informe sobre lo que se había hecho hasta entonces, pidiendo ayuda para seguir con su labor. En lo que más urgía al virrey era que del real erario se cubrieran los sueldos de los soldados, pues de lo contrario abandonarían California, y los dos misioneros, Píccolo y Salvatierra, quedarían abandonados a su suerte entre muchas naciones de gentiles. Igualmente necesario era que se destinase algún barco a las misiones, pues de nada serviría conseguir donativos en Sinaloa o Sonora si no se contaba con embarcaciones seguras para su transporte. Los argumentos de Salvatierra de nada valieron, ya que el gobierno de la Nueva España se atuvo a que la licencia otorgada a los jesuitas para que colonizaran California, era a condición de que no causara erogación alguna al real erario, y aunque esto tenía su grado de verdad, Salvatierra alegaba que aquel compromiso no podía ser válido indefinidamente, en lo cual tenía razón.
Para la cerrazón que mostró el virrey a las peticiones de los misioneros, influyeron seguramente las intrigas y calumnias que desde entonces se fraguaron en contra de los sotanas negras19 por sus enemigos, quienes aprovechaban cualquier circunstancia para acusarlos de enriquecimiento y poder ilimitado. Un ejemplo de esto es la acusación que hizo en contra de los misioneros el nuevo capitán del presidio, Antonio García de Mendoza, quien sustituyó a don Luis de Torres Tortolero20 por enfermedad, y se disgustó con los jesuitas porque no le permitieron explotar a los indios para su beneficio y extraer perlas del Golfo de California. García de Mendoza había sido al principio un buen amigo de los padres Salvatierra y Píccolo, quienes reconocían su diligencia y colaboración, prueba de lo cual es que el padre Juan María le puso a una parte del camino de Londó a Loreto el nombre de “Cuesta de Mendoza”, en recuerdo del trabajo del capitán y sus hombres en la apertura de esa ruta21; pero esta vez, inconforme porque no se le concedía lo que exigía, el militar renunció a su cargo y se fue de California. Se iniciaba desde entonces una pugna entre los misioneros y el poder temporal de militares y civiles.
Salvatierra tenía la autoridad para elegir al capitán del presidio de Loreto, y otorgó el cargo al teniente Isidro Figueroa, pero éste también duró muy poco tiempo, ya que no pudo reprimir a los indios de Viggé, que habían destruido la casa y la iglesia del padre Francisco María Píccolo, lo que causó el disgusto de los colonos. Esta vez el padre Salvatierra dejó que participaran los soldados con voto secreto en la elección de un nuevo capitán, que así tendría la aceptación de sus hombres, y resultó electo don Esteban Rodríguez Lorenzo, quien sirvió fielmente a los jesuitas y su causa en California, en donde permaneció hasta su muerte. Años después, el escritor prusiano Cornelius Paw atacó a Salvatierra y demás jesuitas, acusándolos de ir a la conquista de California sólo para enriquecerse con los bienes que allí explotaban. Fue autor de la obra “Averiguaciones Philosophicas sobre la América”, y Miguel del Barco así como Francisco Xavier Clavijero rebatieron en todo al autor alemán.
En octubre de 1700 el padre Salvatierra cruzó el golfo de California hacia el puerto de Ahome, en busca de socorro en las misiones de Sinaloa y Sonora, y consiguió provisiones que sirvieron para aligerar momentáneamente la crisis en la península22. Las ideas sobre la evangelización de los indios californios que compartían Kino y Salvatierra seguían vigentes, por lo cual ya que el padre Juan María terminó de conseguir las provisiones a principios de 1701, después de haber bautizado algunos niños y obtenido una escolta de 12 hombres con don Domingo Gironza, alcalde mayor de Hermosillo, se dirigió a Caborca, en donde se encontraba su compañero de proyectos y sueños el padre Eusebio Francisco Kino.
El plan que tenían los dos misioneros era comprobar si se podía establecer comunicación terrestre entre Sonora y California, con objeto de mandar ayuda por esa ruta a las misiones que se fundaran, por lo que después de reunir lo necesario y esperar que se rechazara un ataque de los apaches en Saracatri y Cucurpe, salieron el 27 de febrero de 1701 hacia el noroeste, junto con el capitán Juan Mateo Mange, el ayudante Juan Bohórquez, 10 soldados y algunos indios pimas.
En su viaje por el desierto tocaron Quitobac, luego al Cerro del Pinacate, y ya cerca del río Colorado pudieron contemplar el remate del Golfo de California y la cordillera peninsular, estaban comprobando que California no era isla, lo que años después fue reafirmado por Kino cuando llevó a cabo otras exploraciones y se estableció la peninsularidad de aquella tierra. Todavía de este punto siguieron hacia el norte por unos 60 kilómetros, y el 31 de marzo los dos padres confirmaron su idea de que el golfo de California se cerraba y terminaba un poco al norte de donde estaban, aunque Mange no compartió del todo esta opinión. De cualquier forma, las observaciones hechas demostraron que de momento, era prácticamente imposible hacer un camino que uniera las misiones de Sonora y la lejana provincia.

Ruta aproximada de los padres Kino y Salvatierra en su viaje tratando de comprobar si la Baja California era península o isla. Adaptación en mapa de Google Earth hecha por A. Ponce Aguilar.
- Caborca.
- Quitovac.
- Cerro del Pinacate.
- Desembocadura del Río Colorado.
Probablemente fue en alguna parte alta al sur de la Sierra del Pinacate desde donde contemplaron el remate del Golfo de California.
En abril de 1701, en un esfuerzo por mantener el flujo de víveres y provisiones de Sonora a las misiones de California, el padre Salvatierra fundó la misión de San José de la Laguna23, a unos 2 kilómetros de la actual ciudad de Guaymas, en Sonora, la cual según Alegre, por orden del padre provincial pertenecería a la misión de Loreto. San José de la Laguna fue quizá la única misión con corrales muy cerca del mar, adecuados para el embarque de ganado, los cuales fueron construidos por el padre Francisco María Píccolo Por ahora, el padre Kino siguió su camino al este, Salvatierra regresó a Loreto hasta fines de abril, y tuvo entonces la gran alegría de encontrar allí al padre Juan de Ugarte, que había desembarcado el 19 de marzo24, y al poco tiempo ancló en el puerto el “San Javier” con las provisiones que el mismo misionero había conseguido desde diciembre.
Años después, en abril de 1704, Kino conduciría a más de 250 kilómetros de distancia, desde su misión de Los Dolores, un hato de ganado hasta los corrales de la misión25 San José de la Laguna destinados a las misiones de California, lo que aún en la actualidad para vaqueros modernos sería toda una proeza. Éste no fue un hecho aislado, y aquí cabe mencionar que los misioneros jesuitas y gente piadosa de Sinaloa y Sonora, incluyendo a sus gobernantes, participaron activamente en el establecimiento de las misiones en California al proporcionar la ayuda sin la cual, la reducción de los gentiles californios se habría acercado a lo imposible.
En marzo de 1703 salió Salvatierra a caballo acompañado del capitán del presidio, algunos soldados y varios neófitos a explorar la costa del Mar del Sur u Océano Pacífico, y en mayo viajó también hacia la costa pero más al norte, en busca de lugares que sirvieran de puerto, o en los que fuera factible establecer una misión, pero en ninguno de los dos viajes encontró lo deseado.
Ese año, el misionero reunió a sus compañeros en Loreto para que se celebrase con toda solemnidad la fiesta de la Eucaristía, con lo cual esperaba inculcar con mayor firmeza la fe en los indios. Como se esperaba, el acto impresionó vivamente a los nativos, pero el beneplácito de Salvatierra pronto se empañó al llegarle noticia de que un grupo de rebeldes de la misión de San Francisco Javier, encabezados por algunos gentiles que ya habían participado en una conjuración pasada, por la noche habían asesinado a casi todos los neófitos de la misión. El capitán con varios soldados salió en búsqueda de los criminales, lograron alcanzar a algunos y matar a otros, pero el principal logró escapar. Poco después, los mismos indios que habían escapado del ataque aprehendieron al cabecilla, que fue ejecutado a pesar de la intervención de Salvatierra para que sólo fuera exiliado de California.
Los primeros años que pasaron los jesuitas en California fueron de gran penuria y hambre, por lo que Salvatierra, sabiendo la gravedad en que se encontraba la colonia por la falta de provisiones, convocó en 1704 a una junta en la que planteó a los misioneros Píccolo y Juan de Ugarte, así como a los marineros y soldados el peligro en que todos se encontraban, por lo que los dejaba en libertad de decidir si dejaban la colonia. A pesar del riesgo que corrían, todos los asistentes unánimemente acordaron quedarse, y no hubo uno que quisiese usar de la libertad que se les concedió26.
Las graves y crónicas necesidades de las misiones, siempre insatisfechas, se acentuaron en 1704 porque España se había enfrascado en costosas guerras con otros países europeos; la corona exigía la remesa constante de dinero para el sostenimiento de sus ejércitos, y en las colonias españolas no quedaba nada para apoyar ya no se diga la expansión de las misiones sino su manutención. En octubre de ese año Salvatierra fue nombrado provincial de los jesuitas, y comprendió que debería hacer algo para no depender sólo de las limosnas, que aunque generosas, no bastaban para su proyecto misional.
El padre Juan María con la ayuda de Kino, logró embarcar de Guaymas a Loreto las provisiones indispensables para resolver momentáneamente el problema de la falta de bastimentos, y encontró tiempo para ir a Loreto llevando a un hermano lego, y tal parece que fue entonces cuando surgió en su mente la idea sobre la forma de asegurar el sostenimiento de las misiones: era ésta invertir buena parte de los donativos que se estaban recibiendo en la compra de haciendas ganaderas y agrícolas, cuyas ganancias se incrementarían cada vez más y harían autosuficiente la misión de la península; el nombre del organismo sería Fondo Piadoso de la California. Cabe mencionar que la institución creada fue un éxito, aunque años después, cuando el visitador José de Gálvez llegó a la Nueva España y se produjo la expulsión de los jesuitas en 1768 incautó el fondo; y posteriormente, al finalizar la guerra de México y Estados Unidos los religiosos de la Alta California reclamaron, con el apoyo del gobierno norteamericano, la entrega del fondo para el sostenimiento de sus misiones, lo cual lograron por una injusta decisión de un tribunal internacional27.
En agosto de 1704 finalmente se recibieron en Loreto las provisiones que se habían mandado de Sonora, y además, un llamado al padre Salvatierra para que se presentara en la Ciudad de México para informar sobre los asuntos de las misiones en California. El 8 de septiembre de 1704 el padre Juan María presidió los actos en la dedicación de la nueva iglesia de la misión de Nuestra Señora de Loreto, y el 1º de octubre se embarcó con destino a la capital de la Nueva España, vía Guadalajara, en donde se detuvo para hablar con algunos funcionarios sobre los temas de California. Precisamente por ese tiempo había muerto el padre provincial de los jesuitas, y al abrirse el pliego en el cual el padre general designaba al sucesor en caso de fallecimiento, se encontró que éste era el padre Salvatierra. De nada valió al misionero su solicitud para que se le eximiera de aquella responsabilidad, la cual hubo de aceptar muy a su pesar, tomando en cuenta que por temporadas se le obligaría a ausentarse de California.
Ya en México, aunque fue recibido bien por el virrey no se le concedió nada para su amada misión de California, por lo que se dedicó a su trabajo de visitar los colegios jesuitas, labor en la que se ocupó hasta 1705. El 25 de mayo presentó al virrey un memorial solicitando las cosas que con más urgencia se necesitaban en las misiones de la península, sobre todo embarcaciones; pidió además que no se independizara el presidio de la autoridad de los jesuitas; dio razones por las cuales tampoco convenía aplicar la orden de la corona para que se mandaran familias pobres de México a California, en tanto no se hallaran suficientes tierras de labor en las que pudieran trabajar y sostenerse; solicitó que se les pagase a los misioneros los $13,000.00 pesos anuales que había autorizado el rey, con lo cual se podría ahorrar dinero la corona al establecerse, en lugar de un presidio, una misión en la costa del Mar del Sur, para ayudar a los galeones que venían de Filipinas; y finalmente mencionó el estado en que se encontraban las misiones, refiriendo de paso que en aquella gran extensión territorial, cristianizada y ganada para España, se habían gastado $225,000.00 pesos, dinero obtenido casi todo por los jesuitas, ya que sólo $9000.00 provenían del real erario.
De nada sirvieron los planteamientos de Salvatierra al virrey, y aunque éste recibió de España la reiteración del monarca para que se entregaran los $13,000.00 pesos anuales a cada misionero, nunca ayudó a las misiones de California, e igual ocurrió con su sucesor el duque de Linares, aunque éste al morir, dejó a los jesuitas de la península un legado de $5000.00 pesos. Salvatierra había salido de la Ciudad de México en junio de 1705 en visita a California, a donde llegó en agosto llevando una buena cantidad de provisiones y acompañado del hermano Jaime Bravo. Encontró todo en orden gracias al trabajo del padre Juan de Ugarte y dos meses después regresó a la capital, no sin antes ordenar que se plantaran dos misiones, una en Ligüig y otra en Mulegé, y que exploraran la costa del poniente en busca de un sitio adecuado para puerto, que sirviera de escala a la nave de Filipinas en sus viajes anuales a Acapulco.

Don Fernando de Alencastre Noroña y Silva, Duque de Linares.
A pesar de la crítica situación en California por la falta de alimentos, el padre Salvatierra seguía trabajando en la expansión de las misiones. En julio de 1705, acompañado del padre Pedro de Ugarte, hermano de Juan, así como de un soldado y dos indios como intérpretes, fue a un lugar de la costa por el Golfo de California, a unos 30 Km. al sur de Loreto, llamado Ligüig o Malibat por los nativos, que ofrecía condiciones para plantar allí una misión. Al principio hubo desconfianza de los indígenas hacia los españoles, y hasta llegaron a dispararles algunas flechas, pero al escuchar el disparo de arcabuz al aire que efectuó el soldado, aceptaron escuchar al padre, quien les hizo algunos regalos y los trató con cariño.
Los guaycuras, que esa debe haber sido la nación indígena de Ligüig, aceptaron de buen grado que los misioneros les bautizaran a 48 niños, y aunque no se pudo iniciar la construcción de la iglesia y demás locales por la falta de recursos, se sentaron las bases para que poco después se levantara la misión de San Juan Bautista Malibat o Ligüig. Debe señalarse también que el misionero, a pesar de tantas necesidades, siguió dando alimentos a los indios que asistían a la instrucción religiosa que se daba en la misión y a los que trabajaban en diversas actividades; además, había observado casos en los que las mujeres que no tenían suficiente comida para alimentar a sus hijos los mataban en algunas ocasiones, por lo que ordenó que a las que acabaran de dar a luz, se les diera ración doble de alimentos cuando estuvieran en la misión28.
En septiembre de 1706 recibió Salvatierra del padre general Miguel Ángel Tamburini la aceptación de su renuncia como provincial, su lugar fue ocupado por el padre Bernardo Rolandegui, y así pudo ir a acordar en San Gregorio con el padre procurador Alejandro Romano, el envío de géneros y provisiones para California. El padre Julián de Mayorga, con unos meses apenas de haber llegado de Europa, fue encargado de llevar todo hasta Matanchel, para de allí embarcarse a Loreto. Por su parte, el padre Juan María viajó por tierra más de 400 leguas a Sinaloa y Sonora, para agradecer personalmente a sus amigos y bienhechores de la misión de California la ayuda que siempre prestaban. En diciembre de 1706 o enero de 1707, zarpó hacia California del puerto de Ahome, y después de una navegación llena de peligro por una tormenta que desvió la embarcación a la isla San José, arribó sano y salvo a Loreto29, y pudo dedicarse de lleno a su trabajo, especialmente a la fundación de nuevas misiones. Poco después llegó el padre Julián de Mayorga con las provisiones.
En septiembre de 1709, el padre Salvatierra mandó el “San Javier” al puerto del Yaqui30 para comprar $3,000.00 pesos de provisiones y equipo para las misiones, pero una borrasca llevó la embarcación a encallar en una playa a unos 250 kilómetros de su destino, muchos marineros murieron y sólo algunos que se salvaron pudieron desembarcar en la lancha del barco, y sabiendo de otro peligro que les esperaba con la presencia de los aguerridos indios seris que habitaban en aquella costa, escondieron el dinero y otras cosas de valor que habían rescatado del “San Javier”, y se reembarcaron en la lancha rumbo al Yaqui. Llegados al puerto, mandaron aviso de lo sucedido a Loreto, Salvatierra se embarcó entonces en “El Rosario” hacia Guaymas, de allí se fue por tierra acompañado por 14 guerreros yaquis hacia el lugar del naufragio por una ruta desértica y sin agua, a donde también iría “El Rosario” para tratar de poner a flote al “San Javier”. Salvatierra permaneció dos meses en aquellas costas, se hizo amigo de los seris a algunos de los cuales bautizó, logro que le devolvieran las provisiones y bienes de que se habían apoderado, y se pudo poner a flote la embarcación. Así era el temple de aquel misionero.
En 1707 Salvatierra supo por los indios californios que subiendo al oeste por la sierra de La Giganta, se encontraba un arroyo con suficiente agua en donde se podía fundar una misión, por lo que organizó una expedición a fin de reconocer el lugar31. Éste en una de las zonas más abruptas de la sierra, por lo que se pasaron muchos trabajos para llegar al sitio. El paraje causó magnífica impresión al misionero, quien se dispuso a fundar allí una misión e inició los correspondientes trabajos.
Al mismo tiempo que Salvatierra hacía su labor, unos 4 ó cinco kilómetros más abajo trabajaba sobre el mismo arroyo el padre Juan de Ugarte, de la misión de San Javier32, con el propósito de reunir allí varias rancherías en un poblado con casa e iglesia. Ugarte supo de las acciones del padre Salvatierra, se reunieron los dos y acordaron cada quién seguir con su trabajo. El pueblo que fundó allí el padre Ugarte se llamó San Miguel, y Salvatierra nombró al suyo San Ignacio. Años después, a éste poblado se cambió la primera misión de San José de Comondú, fundada en 1708 por el padre Julián de Mayorga con la ayuda de los padres Juan de Ugarte y Salvatierra, conservó el mismo nombre y el arroyo igualmente se llamó San José de Comondú. Los guaycuras del sur de la península nunca se habían mostrado enteramente receptivos a la religión traída por los españoles, lo que tal vez se debía a que los pescadores de perlas habían cometido con ellos crueles abusos, además de que aún recordaban el cañonazo con el que el almirante Atondo había asesinado a varios indígenas algunas décadas atrás. Queriendo Salvatierra convencer a aquellos agraviados californios de las bondades del cristianismo, en 1716 decidió ir a su territorio acompañado de algunos soldados del presidio de Loreto, 3 guaycuras que había comprado a unos pescadores de perlas y otros indios neófitos del presidio. La intención de Salvatierra era entregar a los indios rescatados de los pescadores a sus padres, lo que serviría para que aquellos nativos vieran la buena voluntad del misionero33. Cuando llegaron a La Paz, algunos indígenas que se encontraban allí huyeron, los neófitos que venían en la expedición los persiguieron y sólo alcanzaron a unas mujeres, a las que maltrataron gravemente, tal vez creyendo que así quedarían bien con los españoles. Afortunadamente el capitán llegó a tiempo para rescatarlas y llamó la atención a los neófitos por su abusiva conducta, pero este incidente acabó por esa vez con la posibilidad de establecer un contacto amistoso con los guaycuras. El misionero mandó con su gente a los 3 muchachos que había comprado a los perleros, con un mensaje de paz y afecto, disculpándose por lo sucedido, y se regresó a Loreto.

Detalle de la ubicación de San Miguel de Comondú (1), San José de Comondú (2), y arroyo Comondú (3). Adaptación sobre mapas de Google Earth

Los mismos lugares en relación con Loreto y la desembocadura del arroyo de La Purísima, antes Santo Tomás, en el punto que el padre Kino llamó Puerto de Año Nuevo (4).
En 1717 Salvatierra se encontraba enfermo de lo que se llamaba “piedra en la orina”, o litiasis urinaria34, lo que le obligaba a guardar reposo total, pero en marzo de ese año, el padre Nicolás Tamaral llegó a Loreto con una carta del provincial de la orden en la que le pedía viajar a la ciudad de México para rendir personalmente un informe al Marqués de Valero, el recién llegado virrey de la Nueva España, ya que el monarca Felipe V deseaba conocer el estado en que se encontraban las misiones de California. Ya muy delicado de su enfermedad que le causaba intenso dolor, Salvatierra dejó el encargo de las misiones al padre Ugarte35, y se embarcó junto con el hermano Bravo el 31 de marzo a Matanchel, a donde llegó después de 9 días en el mar. De aquí siguió a Tepic en mula, pero su malestar le impedía seguir viajando así, por lo que el hermano Bravo consiguió un propio para que fuera a Guadalajara y pidiera al rector del colegio, padre Tomás de la Jara, que se sirviera enviar alguna ayuda para hacer menos doloroso el viaje para el misionero. El rector mandó a Tepic al padre Roque de Iragorri para ayudar a Salvatierra, así como dos criados y un carruaje que se consiguieron prestados; pero los movimientos del volante de dos ruedas tirado por un caballo aumentaron los dolores del enfermo, por lo que el hermano Bravo optó mejor por ir contratando en los pueblos a varios indios, para que lo cargaran en una especie de litera llamada “tlapeztli” por los naturales, y así siguió el viaje a Guadalajara; a donde llegó probablemente el 19 de junio36, después de más de dos meses de viaje.
Aunque su destino era la ciudad de México, aquí se tuvo que detener dada la gravedad de su mal, se alojó en el colegio de los jesuitas en donde había sido maestro y rector, y allí murió, según la opinión de autores como Clavijero, el 17 de julio de 1717, y otros como el padre Jaime Bravo el 18 de julio37, siendo esta última la fecha más reconocida para el deceso del gran misionero. Sus restos fueron sepultados con los más grandes honores en la Capilla de Nuestra Señora de Loreto de Guadalajara que él había mandado construir.
Clavijero afirma en su “Historia de la Antigua…“que la muerte del padre Salvatierra fue el 17 de julio de 1717, op.cit., p. 139; en la edición de 1972 de la “Historia Natural y Crónica…” de Miguel del Barco una nota da el 18 de julio de 1717 como fecha del fallecimiento, p. 254, op.cit.; y en la “Edición Crítica de la vida del V.P. Juan María de Salvatierra escrita por el V.P. César Felipe Doria” de Alfonso René Gutiérrez, p. 232, cita 25 de “El Apóstol”, de Miguel Venegas, se expresa que …Fue su dichosa muerte por el mes de Julio del año de 1717. Quanto al día fixo no convienen todos los que han informado de su muerte. Uno dice, que esta fué por el mez de junio; otro que fue el día 8 de julio; el Padre Jaime Bravo en su apuntamiento la puso á diez y ocho de Julio; en la Historia de Californias se puso a diez y siete, notando, que fué en día Sábado á las dos de la mañana… ↩︎
Clavijero, op.cit., pp. 89-90. ↩︎
Loreto, capital de las Californias. Las cartas fundacionales de Juan María de Salvatierra. Miguel León-Portilla, México, 1997, p. 97. ↩︎
Galeota es el nombre de una embarcación de dos palos y de remos, más pequeña que una galera. ↩︎
Salvatierra era rector del Colegio de Tepotzotlán cuando don Esteban Rodríguez Lorenzo, siendo mayordomo de una de las haciendas de los jesuitas y sabiendo que el padre planeaba salir a California, le pidió que lo llevara consigo, a lo que el misionero accedió después de advertirle los grandes peligros y sinsabores que podrían esperarles. Salvatierra no se arrepintió nunca de esa decisión, pues don Esteban llegó a ser el capitán más valeroso y prudente que tuvieron los misioneros en California. ↩︎
San Dionisio fue descubierto y nombrado así por el padre Matías Goñi y el almirante Isidro Atondo y Antillón en 1685, y se encontraba prácticamente en lo que hoy es Loreto. ↩︎
Aguada: Acciones encaminadas por los marineros de una embarcación a obtener, almacenar y transportar al barco agua potable. ↩︎
Salvatierra, “Las cartas fundacionales…”, op.cit., p. 184. ↩︎
Ibid., p. 106. ↩︎
Los edúes y los monquis eran de filiación guaycura y vivían al sur de Loreto. ↩︎
Salvatierra, Cartas. , op.cit., pp. 107-108. ↩︎
El capitán indígena se llamaba Ibo o “El Sol” en su lengua, y se había hecho amigo de los padres Kino, Goñi y Copart, desde la época de la expedición del almirante Atondo, como se narra en la p. 22 de este libro. ↩︎
Indios californios de la familia guaycura. ↩︎
Lui Lui significaba “matar” en la lengua de los indios, y el padre Salvatierra fingió no entender bien, y que se referían a Luis, un muchacho indio de ellos, que se había ido con el padre Juan Bautista Copart durante la expedición de Atondo, diciéndoles que Luis estaba vivo y que vendría a visitarlos. ↩︎
Los didius eran rama de los guaycuras. ↩︎
La luneta o desjarretadora estaba formada por un palo que en su extremo tenía una especie de guadaña, pero pequeña, como media luna de acero afilado. ↩︎
“Carta del padre Juan María de Salvatierra al padre Juan de Ugarte sobre los avances de la cristianización en California”. Colecciones Mexicanas. Biblioteca Nacional de México, Colección Archivo Franciscano, 3/40.5, hoja 2. ↩︎
El padre Salvatierra había comprado en $12,000.00 pesos un barco que llegó a Loreto, pero en el segundo viaje se hundió, a pesar de que se le habían hecho composturas y mejoras gastando $6,000.00 pesos. ↩︎
Nombre dado a los misioneros jesuitas por el color característico de su hábito. ↩︎
Torres Tortolero, primer capitán del presidio de Loreto se enfermó de los ojos y tuvo que dejar el cargo para atenderse. ↩︎
“Carta del padre Juan María de Salvatierra al padre Juan de Ugarte sobre los avances de la cristianización en California, 9 de julio de 1699”, h. 18. Colección Archivo Mexicano, Biblioteca Nacional de México (3/40, f. 22- 34v.), ficha 266. México, D.F.. ↩︎
Aparte de las misiones de Sonora, Salvatierra obtuvo ayuda de Don Andrés Rezaval, gobernador de Sinaloa, y de su teniente don Pedro Lacarra. Respecto a la fecha en que Salvatierra fue a Ahome, Alegre señala en su obra que fue a principios de 1701. “Historia de la provincia de la Compañía de Jesús de Nueva-España”, Francisco Javier Alegre, Tomo III, pp. 124, 125. Edit. Ernest J. Burrus y Félix Zubillaga. 4 vols, Roma, 1956-1960. ↩︎
El nombre se debe a que la misión se construyó cerca de una laguna que se formaba con agua de las lluvias. ↩︎
Alegre dice que fue el 23 de marzo cuando desembarcó Ugarte. “Historia de la…”, Alegre, op.cit., p. 127. ↩︎
El padre Francisco María Píccolo fue misionero de San José de la Laguna, en donde se construyeron corrales desde los cuales se podían hacer los embarques de ganado para la península. ↩︎
Clavijero, op.cit., p. 119. ↩︎
Sería prolijo relatar la historia del Fondo Piadoso de la California, pero se puede resumir diciendo que fue un abuso del poderoso sobre el débil, los Estados Unidos sobre México, con la complicidad del Tribunal Permanente de Arbitraje Internacional de La Haya que dictó solución favorable a los obispos de la Alta California Thadeus Amat y Joseph Sadoc Allemany, quienes reclamaban el capital e intereses generados por el fondo para los franciscanos de la entidad norteamericana, hizo que México tuviera que pagar una cantidad millonaria al gobierno de Washington, que apoyó en todo a los obispos franciscanos. El adeudo lo acabó de liquidar el gobierno mexicano siendo Presidente de la República el Lic. Gustavo Díaz Ordaz en el año de 1967. Véase el libro en línea “Historia de Baja California, de Cueva Pintada a la modernidad”, de Antonio Ponce Aguilar, pp. 124-126. ↩︎
Barco, op.cit., p. 191. ↩︎
Francisco Javier Alegre dice que Salvatierra zarpó para California el 30 de enero de 1707, y que llegó a Loreto el 3 de febrero de 1708. Alegre, op.cit., p. 148. ↩︎
Alegre, op.cit., p. 153. ↩︎
En la p. 254 de su obra, Miguel del Barco da la adecuada ubicación para el arroyo explorado al oeste del paraje de Londó, y que fue asiento de Comondú Viejo, pero en el texto que continúa hay confusión con el arroyo de Comondú en donde se encuentra el actual poblado de San José de Comondú (Ver Julián de Mayorga). ↩︎
Ugarte salió para estas acciones del poblado Santa Rosalía, visita de San Javier. ↩︎
Este episodio histórico muestra una realidad poco mencionada en los usos y costumbres de la época: la existencia real de algunas formas de esclavitud, ejercida en agravio de los indígenas y gente de raza negra.. ↩︎
La enfermedad consiste en la formación de piedras en la vejiga o los uréteres, lo que provoca fuertes dolores. ↩︎
Clavijero y otros autores señalan a Ugarte como el misionero en quien Salvatierra confió los asuntos de las misiones en su ausencia, mientras que el padre César Felipe Doria S.J., da a entender que el encargo se lo hizo al padre Francisco María Píccolo. “Edición crítica de la vida del V.P. Juan María de Salvatierra, escrita por el V.P. César Felipe Doria”, Alfonso René Gutiérrez, p. 227. ↩︎
M. Venegas, “El apóstol Mariano representado en la vida del V.P. Juan María de Salvatierra”, pág. 446 y 448. ↩︎
Venegas, “El apóstol…”, ibíd., pág. 465. ↩︎