Antonio Ponce Aguilar

Misioneros Jesuitas en Baja California
Capítulo XIII: 
Guillén de Castro, Clemente

Clemente Guillén de Castro nació en Zacatecas en 1677 y entró al colegio jesuita de Tepotzotlán en 1696; enseñó gramática y filosofía en Oaxaca, y después de radicar por algún tiempo en Sinaloa, el provincial de la orden lo envió a las misiones de California en 1713, aunque según del Barco, el futuro misionero no había sentido un particular deseo de ir a lugar tan remoto1.

El viaje a California fue una verdadera odisea llena de peligros, en la que el misionero estuvo a punto de perder la vida. Como ya se ha mencionado, a fines de 1713 los padres jesuitas Clemente Guillén, Benito Guisi y Santiago Doye se habían embarcado en Matanchel en un navío recién construido, destinados los dos primeros a California y Doye a Sinaloa. La embarcación fue llevada por los fuertes vientos hacia San Lucas y luego de regreso a un lugar muy cercano al punto de partida. De aquí se hicieron a la vela nuevamente, y cuando tenían la playa de Loreto a la vista, una tormenta los devolvió a la costa sinaloense, naufragó la embarcación y se ahogaron seis personas, incluyendo el padre Guisi. Los veintidós náufragos restantes sobrevivieron sólo porque parte de la embarcación sobresalía del mar, y allí pudieron permanecer por algún tiempo. Después, con muchas dificultades pusieron a flote una lancha que llevaban, y en ella pudieron llegar a la costa, después de navegar a vela y remo un día y medio. En la desértica playa a la que llegaron sobrevivieron por unos días comiendo moluscos crudos, pero finalmente, después de vencer éstas y otras dificultades, llegaron a la población de Sinaloa, y de aquí Guillén viajó unos cuatrocientos kilómetros hasta el Yaqui, en donde se embarcó para su destino llegando a Loreto en enero de 1714, allí fue asignado a la misión de Liguig o San Juan Bautista Malibat, en donde permaneció por temporadas de 1714 a 1721.

La misión de San Juan Bautista Malibat fue plantada en Ligüí o Liguig por el padre Pedro de Ugarte en 1705 entre los indios monquis2, cerca de Loreto, y aunque el misionero logró contagiar su alegría y entusiasmo a los niños indígenas al enseñarles a cantar y bailar en el lodo para hacer adobes, se fue imponiendo la crudeza de un medio poco propicio para el desarrollo de la comunidad, sobre todo por la falta de agua. El padre Pedro de Ugarte se vio obligado a dejar la misión por razones de salud, y en 1709 fue adscrito a ella el padre Francisco Peralta, quien a su vez dejó California en 1714, y fue entonces que el padre Guillén tuvo que ir a San Juan Bautista a ocupar la vacante.

Hacía más de 30 años que el imperio español, gracias a los misioneros jesuitas, había penetrado en las diversas etnias de California intentando llevar el evangelio y la civilización europea a sus pobladores nativos, pero había aún fronteras interiores que se resistían al avance cultural hispano. Una de esas regiones desconocidas y que representaban un verdadero reto al avance misionero era el territorio dominado por el pueblo guaycura, cuyas numerosas rancherías se extendían por un terreno desértico y difícil de transitar desde Bahía Magdalena por el Pacífico, en una ancha franja diagonal hasta las inmediaciones de La Paz en la costa sur oriental de la península. El territorio era hostil en lo geográfico, pero 20 años después lo sería mucho más por parte de sus naturales, por ahora era necesario conocerlo para lograr su conquista y colonización.

El 5 de marzo de 1719, acatando las disposiciones del virrey y por orden directa del padre Juan de Ugarte, Guillén inició una expedición hacia la costa del Pacífico en busca de un puerto que sirviera de escala al galeón que viajaba de Filipinas a Acapulco. Salió de San Juan Bautista Malibat o Ligüig acompañado por el capitán de Loreto, don Esteban Rodríguez Lorenzo, doce soldados, quince indios armados a su modo y dos intérpretes^225^; el capitán había salido de Loreto el 3 de marzo y sólo se detuvo en la ranchería de Nautrig por las bestias necesarias para el viaje, por lo que suele decirse que la expedición comenzó ese día. Desde tiempos de Sebastián Vizcaíno se sabía de un buen puerto que se encontraba en Bahía Magdalena, por lo que hacia ese destino final se dirigieron.

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Ruta aproximada del padre Clemente Guillén en su expedición a Bahía Magdalena en 1719. Adaptación en mapa de Google Earth.

  1. San Juan Bautista Malibat o Liguig o Ligüi.
  2. Santa Cruz de Udaré.
  3. Anyaichirí, hoy rancho Andachire.
  4. Quepoh.
  5. Chiriyaqui (Después Misión de San Luis Gonzaga).
  6. Estero Grande.
  7. Bahía Magdalena.
  8. Bahía Las Almejas.
  9. Los Dolores.

El día 4, antes de llegar a la misión de Malibat que se hallaba en la costa del golfo de California a los 25° 44´ N, se cayeron tres mulas con todo y carga en el paraje llamado Cuesta de Chuenquí, lo que da idea del terreno por el que se transitaba. El 5 de marzo de 1719, al salir todos de Malibat ya con el padre Guillén incorporado, hicieron rumbo al sur sureste por una ruta que casi coincide con la actual Carretera Transpeninsular, y como a los 9 kilómetros doblaron hacia la sierra un poco al suroeste, por donde encontraron varias rancherías en las que bautizaron a algunos niños.

El 6 de marzo estuvieron en Santa Cruz Udaré, hogar de los dos intérpretes, cuyo arroyo bautizado por Guillén tenía buenas tierras, carrizales y saucedas3. El día 7 de marzo subieron por el arroyo de Santa Cruz, que corre casi paralelo y al sur del Huatamote, y al siguiente día se detuvieron en un paraje que llamaron San Juan de Dios, para celebrar al santo patrón con una solemne misa y muchos bautizos de niños de rancherías cercanas, pues el padre había invitado a los nativos de Udaré para que acudieran a San Juan de Dios Cuatiquié con sus hijos. Después de componer un malpaso que dificultaba el cruce del arroyo, prosiguieron su camino y el día 9 estuvieron en la ranchería de Anyaichirí, que con el tiempo sería el rancho de Andachire. En este paraje, relata el padre que …recogida ya la gente y velando los centinelas en sus puestos, comenzó un indio en la ranchería que estaba cerca a hacer un razonamiento con grande energía, y movimientos de arco y flechas, que gobernaba al compás de su voz. El argumento de su oración fue que tenía mucho miedo de la gente del sur, para donde nosotros íbamos. Al acabar el orador su asunto, soltó toda la ranchería un gran [ilegible], y nos dejaron descansar…4. Episodios como éste se han encontrado en varios relatos de misioneros, en donde un miembro de la ranchería comunica públicamente un mensaje importante, moviéndose rítmicamente con su arco y flechas, y aunque en casi todos los casos quien escribe el relato toma el asunto como algo risible y sin trascendencia, el padre Guillén lo refirió con toda seriedad, como una advertencia de lo que podría esperarles más adelante.

El 10 de marzo hicieron un poco más de 20 kilómetros hasta las cercanías de lo que hoy es Jesús María, casi a los 25° 20´ N y 111° 25´ W, tocando una ranchería llamada Quiairá en la que encontraron pocos indios. En este punto fue necesario que el capitán mandara varios soldados a buscar el mejor sendero para continuar la marcha hacia la costa, guiados por los naturales del lugar. Estos exploradores encontraron que la mejor ruta era hacia la ranchería llamada Quepoh rumbo al sureste, a donde llegaron los expedicionarios el día 11, aunque tuvieron que derribar algunos cardones que estorbaban el paso de las bestias. Esa noche, después de rezado el Rosario y dichas las Letanías Lauretanas se cantó El Alabado, lo que de acuerdo con Guillén impresionó agradablemente a los indios del lugar, que se acercaron al real para oír los cantos.

Después de explorar en busca del mejor sendero a seguir, el día 12 los viajeros se dirigieron a Querequaná dirigidos por guías de Quiairá y Quepoh, a quienes correspondieron en sus servicios regalándoles tabaco, cuchillos, frazadas y sayal; el lugar estaba solo. El día 13 pasaron por San Andrés Tiguaná, en donde se encontraron a la gente de Querequaná y les hicieron los regalos acostumbrados; por su parte los indios obsequiaron a los viajeros plumas, aceptaron guiarlos en lo que seguía del camino y enviaron mensajeros a las próximas rancherías avisando de su ida. Al día siguiente, en un paraje montoso al ver los nativos que los viajeros trabajaban en despejar el camino, se acomidieron en buen número y ayudaron a los españoles. El día 15 estuvieron en Codaraquí, en donde regalaron a los indios frazadas, cacles, cuchillos, sayal y comida, lo que valió a los españoles que al siguiente día los nativos los guiaran a Chirigaquí, además de que recibieron del cacique como obsequio y muestra de amistad una especie de corona o visera.

El día 16 estuvieron en Chirigaquí o Chiriyaqui, en donde años después se plantaría la misión de San Luis Gonzaga5, y aquí los españoles sintieron temor de un ataque al encontrar un nutrido grupo de indios, con sus armas escondidas en los matorrales, aunque finalmente no se registró ninguna agresión. A falta de pasto los soldados tuvieron que cortar ramas de mezquite para dar de comer a la caballada. De Chiriyaqui los viajeros siguieron hacia el sureste, y continuando por alguno de los cauces que van a dar a la parte más alta del arroyo Santa Rita, y fueron ahora descendiendo hacia el suroeste.

En ningún momento la expedición fue hostilizada por los guaycuras, aunque en ocasiones los españoles tuvieron temor de que serían atacados. El día 18 de marzo, por ejemplo, los guías desviaron la ruta con dolo^229^, según Guillén, hacia un arroyo en el que se encontraba un gran número de indios guaycuras armados, con sus mujeres situadas aparte en un lugar elevado y protegido por cantiles. Dominando su temor, los viajeros desfilaron militarmente frente a los naturales con tal compostura, yendo al frente de la columna jinetes españoles bien montados y armados, que los nativos quedaron muy impresionados con la marcial demostración, de manera que si habían pensado agredir a los intrusos desistieron de ello. Al hacer relación de cómo se componía la columna, el misionero mencionó las escuadras de indios amigos, y que además llevaban un carruaje, que debe haber sido una especie de carreta con provisiones tirada por mulas. En este paraje, el capitán, seguramente por la sugestión o con el acuerdo del padre Guillén, mandó invitar con los intérpretes a los indios para que acudieran al real con objeto de darles algunos regalos, llegaron unos 100 hombres armados, aunque dejaron sus arcos y flechas entre unos arbolillos antes de entrar al campamento, y unas 20 mujeres, que se asombraban de lo que veían, especialmente las mulas y caballos. Además de los regalos acostumbrados se les dio comida, aunque algunos no la aceptaron; aquel lugar tan poblado era la ranchería de Cuédeme. El día 20 de marzo, cerca de un lugar que Guillén llama San Joaquín, vieron cómo los indios tenían áreas cercadas con ramón y palos espinosos, hacia donde espantaban conejos, liebres y otros animales para cazarlos con más facilidad, hecho que otros misioneros también presenciaron en otras etnias muchos kilómetros al norte.

El día 21 encontraron cerca de una ranchería abandonada unos arcos ensangrentados y quebrados, así como señales de un cuerpo que había sido arrastrado, lo que confirmaba el carácter belicoso de los nativos de aquellos parajes.

El 22 de marzo los viajeros estuvieron en Tipateiguá, y después, siguiendo por el cauce de un arroyo, en el paraje llamado Arúi las avanzadas de la expedición encontraron un grupo de indios muy ocupados en cazar ratas, al grado de que se dieron cuenta de la llegada de los españoles hasta que estaban a unos diez pasos de distancia; sorprendidos y asustados los indios sonaron sus silbatos^230^ y alertaron a sus compañeros, disponiéndose a pelear, pero como era costumbre, los viajeros disiparon sus temores con algunos regalos como cuchillos y comida, y a cambio fueron retribuidos por los nativos con pieles de venado. Más adelante se hace referencia al uso de esos pitos o silbatos.

El día 23 todo el grupo expedicionario llegó a San Benito Arúi, aunque no fueron a la ranchería cercana porque en donde estaban había pasto suficiente para la caballada. El capitán mandó exploradores y guías indígenas de Arúi rumbo a la bahía que se suponía cerca, caminaron arroyo abajo por un tiempo, luego dejaron la caja del arroyo y llegaron a un estero rodeado de abundantes manglares. Ante la insistencia de los exploradores españoles de que los guías los condujeran a la bahía, éstos se negaron y solo apuntaban hacia el noroeste, luego se regresaron a su ranchería y los españoles, viendo que su paso se impediría por la abundancia de manglares siguieron el rumbo indicado por los indios, sólo para llegar a otro estero parecido al anterior, por lo que siendo ya tarde, decidieron regresar al campamento.

El día 24 el propio capitán decidió salir a explorar en busca de la mejor ruta a la bahía, y aunque los de Arúi no quisieron acompañarlo sí le indicaron el mejor camino a seguir y la ubicación de un aguaje. El capitán y algunos de sus hombres se dirigieron a la bahía por el camino indicado, pero nuevamente el espeso bosque de manglares les cerró el paso, aunque rodearon varios kilómetros tratando de encontrar una apertura que les permitiera llegar al mar no lo lograron, y obligados por la falta de agua tuvieron que regresar al real. Ese día el capitán debió haber viajado en total unos 60 kilómetros6.

Al siguiente día 25 de marzo, los guías de Arúi no aparecieron, había muy poco pasto para las bestias y no podían llegar al mar por los abundantes manglares, por lo que el capitán decidió volver sus pasos a Tipateiguá para acamparse.

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Manglares en Bahía Magdalena.

El 26 de marzo, por orden del capitán, el cabo Francisco Cortés de Monroy, acompañado por un intérprete y varios soldados viajó más de 60 kilómetros con la intención de llegar a lo alto de las serranías cercanas a la bahía y seleccionar la mejor ruta, procurando salir a la costa a la altura de la punta noroeste y buscar un aguaje. Guillén expresó en su registro del día 26 de marzo que los exploradores …siguieron su viaje en demanda de la punta de la montaña, que dirigía derechamente a la bahía, pero por montes y malezas no hallaron agua en el camino…7 Las serranías a las que se dirigió pudieron haber sido las que están muy cerca y al sureste del cauce del arroyo Santa Rita, a unos 20 kilómetros de la costa, en donde hay alturas que en partes llegan a los 100 metros sobre el nivel del mar, lo cual sin ser una altura importante debe haber sido suficiente para contemplar todo el paisaje costero, tomando en cuenta que entre estas elevaciones y la bahía el terreno es bajo y llano. En su camino encontraron unas cabañas abandonadas construidas con cardones, pero nada de agua, aunque acamparon en un lugar con algo de pasto para pasar la noche.

Finalmente el 27 de marzo de 1719, después de cabalgar quizá otros 12 kilómetros Cortés llegó a la costa probablemente en el lado opuesto de Isla Margarita, pues señala el misionero …llegó a el mar enfrente de la misma punta de las montañas que forman de opuesto con esta otra tierra la gran bahía de Santa María Magdalena en el Mar Pacífico…^233^, refiriéndose aparentemente a la montaña que se encuentra en el extremo sur de Isla Margarita^234^. Aquí contemplaron ballenas que se desplazaban por la boca que se forma entre esta isla y la llamada Creciente, lo que les hizo suponer no sin razón que la profundidad del mar era considerable, y vieron la boca de un estero que debe haber sido el que hoy se llama Estero Grande en la desembocadura del arroyo Santa Rita en la Bahía de las Almejas (ver F 57).

Explorando las playas cercanas encontraron un indio tratando de quemar unos mangles, y al ser interrogado por los intérpretes les dijo: …no entiendo esa lengua…no hay aquí gente…yo solo vivo aquí…ni hay agua ni la bebo yo aquí…^235^, pero después de ganar su confianza lograron que los llevara al aguaje de su ranchería. En ese lugar los españoles hicieron los acostumbrados obsequios a los nativos, y a cambio recibieron pescados asados y crudos, plumas y otras cosas, como una hermosa concha de madre perla procedente del Golfo que le dieron al soldado Francisco de Rojas. Al preguntarles a los indios si había agua en la isla dijeron que sí, cerca de la playa, y que ellos se acampaban allá por temporadas, costumbre que también confirmaron después nativos de otras rancherías.

Usando unos recipientes hechos de raíces y juncos que les proporcionaron los indios, los españoles sacaron de un pozo excavado en un médano cercano al estero agua para beber y dar a la caballada, aunque esto fue con gran dificultad porque se derrumbaba la arena en el pozo y sólo con un ademe podría obtenerse el líquido suficiente. El cabo Cortés no se decidió a hacer el ademe porque, con razón, pensó mejor volverse ese mismo día a Arúi por un camino más corto y allá descansar la caballada. Así lo hicieron en parte, cabalgaron favorecidos por la luna hasta ya avanzada la noche, y a unos 8 kilómetros de Arúi tuvieron que acampar debido a que en caso de seguir, un espeso pitahayal hubiera lastimado a las bestias, pero al siguiente día estuvieron temprano en la ranchería y pudieron todos calmar su sed. Después de unas horas de descanso, Cortés y su gente reiniciaron el regreso llegando por la tarde del día 28 de marzo al real en Tipateiguá, en donde los que allí habían esperado les hicieron un buen recibimiento. El cabo informó con detalle al capitán todo lo sucedido en los 3 días de viaje.

En el registro correspondiente al día 27 de marzo, refiriéndose al cabo Cortés que encabezaba la partida de exploradores que habían llegado a la bahía, y que decidió no posponer más el regreso a Arúi, el padre Guillén escribió en parte lo que sigue: …juzgó el señor cabo poder llegar hoy a San Benito Arúi, habiendo conocido menor distancia de la bahía a este aguaje de Arúi, que al de Tipateiguá, por donde ayer y hoy se ha caminado, y [no quiso alargarnos el cuidado en > que]{.underline} [estaríamos en nuestro real > todos]{.underline}…^236^, lo que parece indicar que ni el padre Guillén ni el capitán llegaron a Bahía Magdalena, y ambos formaron parte del grupo que esperó a Cortés de Monroy y su gente en Tipateiguá.

El día 29 el capitán mandó varios soldados a explorar el arroyo de Arúi corriente abajo, buscar agua, llegar a la costa y tratar de acercarse a la otra boca de la bahía. Los exploradores encontraron un aguaje bueno y luego tres pozas de agua salada, llegaron al estero, cabalgaron un

poco al sur, pero les impidió seguir una zona pantanosa impenetrable y mucho monte, por lo que no pudieron ver la bahía e iniciaron la vuelta al real en Tipateiguá, a donde llegaron a eso de las once de la noche.

Al día siguiente se inició el regreso a Loreto, pensando evitar mayor desgaste en las bestias, y también para tener tiempo de reconocer algunas tierras y arroyos por los que se había pasado antes. Esto se hizo con el mayor esmero dadas las circunstancias, explorando los alrededores de los parajes importantes y registrando todo lo que pudiera ser de utilidad en el futuro, además, refrendaron la amistad con las diversas rancherías, algunas de las cuales fueron después de Tipateiguá, Tacanoparé, Cuédene^237^, Tiguaná, Querequana, Quepoh, Aénata, Quiíra, Aquiri, Cajalchimín y Cajalloguoc. La ruta de regreso un tanto diferente a la de ida facilitó la marcha, y el día 12 de abril los expedicionarios entraron al poblado de San Pablo^238^, en donde el padre Juan de Ugarte los hospedó y regaló con caritativa largueza^239^. Para el día 13 pasaron por San Francisco Javier y el día 14 de abril de 1719 estaban de regreso en Loreto, en donde fueron recibidos con salvas y singulares demostraciones de júbilo. Si es verdad que en esta exploración no se encontró el ansiado puerto en el Pacífico en las condiciones que se requería, sí se logró entablar contacto amistoso con los guaycuras, lo que facilitaría más adelante establecer no una, sino dos misiones entre aquellos naturales. Por otra parte, se supo en forma definitiva que Bahía Magdalena, a pesar de ser un gran puerto natural, no podría aprovecharse por la falta de agua y leña, obstáculo que siguió vigente hasta tiempos recientes.

El padre Salvatierra había intentado sin resultado plantar una misión en La Paz, pero en 1720 se fueron los padres Jaime Bravo y Juan de Ugarte en la nueva balandra “El Triunfo de la Cruz” para establecerla. Fundada la misión de Nuestra Señora del Pilar de la Paz a fines de enero de 1721, el padre Bravo se quedó en ella y los demás regresaron a sus lugares de origen.

Para que se tuviera una ruta abierta entre la nueva misión y Loreto, Salvatierra dispuso que previamente el padre Clemente Guillén se fuera por tierra de San Juan Bautista Liguig a La Paz para comenzar la construcción del camino, o dicho más bien, para establecer la mejor ruta por la que se abriría el camino. Liguig o Malibat, como también se nombraba el lugar, se encontraba a menos de trescientos kilómetros, pero como se verá, Guillén tardó veintiséis días en llegar, debido a que el terreno entre los dos lugares era muy accidentado.

El lunes 11 de noviembre de 1720 salió la expedición encabezada por el padre Clemente Guillén de San Juan Bautista Malibat hacia La Paz para dar cumplimiento a lo ordenado por el padre Salvatierra. Además de tres soldados y cuatro criados, iban 13 indios de Malibat y Loreto. Se había planeado que parte de la carga que llevaban se iría por mar a bordo de canoas hasta el paraje costero de Apaté, situado a los 25º 2´ N y a los 110º 50´ W, pero el mar encrespado lo impidió, por lo que se tuvo que transportar todo a lomo de mulas, lo que causó mayores trabajos y lentitud en el viaje. El rumbo era directo hacia el sur pegado a la playa mientras las montañas no impidieran el paso.

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Rutas aproximadas en las expediciones del padre Clemente Guillén de Malibat a Nuestra Señora del Pilar de La Paz, 1720. La línea anaranjada señala la ida a La Paz, la roja el regreso a Ligüig. Adaptación sobre mapa de Google Earth, con datos de las cartas de DETENAL, “Baja California Almanac”, los diarios del padre Guillén, del padre Miguel del Barco, del diario de Esteban Rodríguez Lorenzo, probablemente escrito por Guillén; y del historiador James Arraj.

  1. Ligüig o Malibat.
  2. Acuré.
  3. Asembavichi.
  4. Apaté.
  5. Kakiwi.
  6. Santa Catalina de los Miradores.
  7. Los Desposorios de Nuestra Señora.
  8. Santa Bibiana de las Averías.
  9. San José de las Batecuas.
  10. La Paz.
  11. San Higinio del Guaycuro.
  12. San Hilario.
  13. Pacudaraquihué.
  14. Aripité.
  15. Tiguaná.
  16. Quepoh.
  17. Udare.

Al siguiente día llegaron a la ranchería de Puca Habra, en donde acababa la lengua de Malibat; por lo que muy pronto transitarían por territorio de la nación guaycura, el cual se iniciaba en Santa Daria Acuré^240^, paraje al que arribaron el jueves 14. Algunas de las rancherías que tocaron después fueron: viernes 15, San Carlos Aripaqui, en donde fueron muy bien recibidos y consiguieron dos guías para que los acompañaran el resto del camino; sábado 16, San Gregorio Asembavichi, cerca de donde hallaron un estero rodeado de tequesquite, una de las substancias que se empleaban para hacer jabón; en este lugar tuvieron que hacer algunos pozos o batequis con objeto de sacar agua para que bebiese la caballada; domingo 17, llegaron a Santa Isabel Cuhue y ese mismo día a un pequeño aguaje llamado Acui; el lunes 18 arribaron a Apaté, donde sólo había agua salada, pero los exploradores encontraron agua dulce corriente más arriba del arroyo y algunas porciones de tierra cultivable.

En este lugar llamado Nuestra Señora de Los Dolores se establecería más adelante la misión de ese nombre, aunque por lo que el padre Francisco María Píccolo expresó en su “Informe del estado de la nueva christiandad de California…”, fechado en 1702 y dirigido a la Real Audiencia de Guadalajara, al lugar ya se le daba ese nombre y reunía características de misión desde ese tiempo, habiendo mencionado que había sido dotada por la “Hermandad de la Congregación de San Pedro y San Pablo”, la cual en México recibía el nombre de “Los Dolores de la Santa Virgen”. En su relación, Píccolo mencionó los pueblos de visita que tenía la misión, por lo que no hay duda de que el establecimiento ya se había plantado casi 20 años antes de que Guillén pasara por allí. Lo que posiblemente sucedió es que, con el paso del tiempo, la misión dejó de ser atendida por un misionero, y finalmente fue abandonada.

En esta etapa cabe mencionar una aportación etnológica que hace Guillén en su diario, al registrar el día 19 de noviembre que en la ranchería de La Presentación de Devá, al ver a unos exploradores españoles que se habían adelantado para reconocer el terreno, los gentiles...comenzaron a gritarse unos a otros, y a llamar con sus pitos a los que andaban lejos. Tomaron sus armas y trataron de retirarse, mas por medio de los de Aripaqui que acompañaban a los exploradores, se apaciguaron y llegaron a hablar, recibieron algunos regalillos y seis de ellos vinieron con nuestra gente a Nuestra Señora de Los Dolores.^241^. Ésta es una de las pocas veces que se menciona en las relaciones e informes de los misioneros el uso de lo que Guillén llama “pitos”, y que debieron ser algo parecido a flautas o silbatos, tal vez de carrizo o barro, con los cuales algunas etnias de los primitivos californios se comunicaban unos a otros a regulares distancias.

Al principio, como ya se ha mencionado el viaje se hizo casi prácticamente por la costa, habiéndose encontrado con las dificultades que siempre había en las expediciones en el sur de la península: escasez o carencia de agua, lo que varias veces obligó a los españoles a excavar pozos para dar agua a la caballada; parajes de muy difícil tránsito por las empinadas cuestas, playas pedregosas, así como barrancos y montañas que impedían el paso y frecuentemente hacían rodar a las mulas con todo y carga; sin embargo, no encontraron hostilidad en los nativos de las numerosas rancherías por las que pasaron.

El problema que se presentaba en este lugar para continuar la marcha era que la sierra casi llegaba a la costa e impedía el paso con las mulas cargadas, por lo que desde aquí, aproximadamente a los 25º 5´N, los expedicionarios tuvieron que buscar camino por unos cuantos kilómetros hacia el suroeste que les permitiera subir las montañas, y continuar su avance rumbo al sureste todavía paralelamente a la costa pero ahora viajando por la serranía hacia La Paz. Después de un día de exploraciones hallaron finalmente el sitio adecuado para iniciar el ascenso de la Sierra del Tesoro, lo cual lograron después de algunos trabajos el miércoles 20 de noviembre. Ese día todos subieron la serranía y acamparon en Devá, aprovechando que había pasto para las bestias y algunas ciénegas.

La expedición siguió su marcha casi siempre con la ayuda de guías indios que se unían al grupo, y convenciendo a los nativos de las rancherías próximas que iban en plan amistoso, lo cual lograban sin dificultad con los regalos acostumbrados. Sin embargo, el viajar por la sierra se empezó a tornar para los viajeros en un problema serio, porque aun con la ayuda de los guías y la salida de exploradores para reconocer el mejor camino, se sentían casi perdidos entre aquellas montañas, y más cuando el día 23 los propios guías condujeron equivocadamente a los exploradores españoles hacia noreste, hasta una serranía desde la que alcanzaron a contemplar la ensenada de San Evaristo, a la altura del extremo sur de la isla San José y todavía distante de la bahía de La Paz; regresaron esa noche al campamento desfallecidos después de cabalgar en la ida y vuelta unos 50 kilómetros. Los exploradores, sin embargo, seguían buscando desde lo alto de las montañas la apertura que les permitiera descender hacia su destino, en jornadas en las que frecuentemente cabalgaban de 30 a 50 kilómetros, luego regresaban al real con la novedad de que no habían hallado el elusivo paso, y seguía repitiéndose la frustrante experiencia de ascender con grandes trabajos a la cima de una sierra con la esperanza de ver el mar, y al llegar a lo alto contemplar mas sierras iguales o más altas que las que habían encumbrado. Sin embargo, sobreponiéndose a la fatiga la expedición siguió su lenta marcha hacia el sur, el día 24 estuvieron en Arecu a donde llegaron por un buen camino, el lunes 25 llegaron arroyo abajo a Santa Catalina de los Miradores, aunque todavía entre montañas y barrancas; y el martes 26 hicieron alto en el paraje que llamaron Los Desposorios de Nuestra Señora.

El miércoles 27 de noviembre de 1720, los exploradores que buscaban el mejor camino para que siguieran sus compañeros, desde lo alto de la sierra tuvieron por fin a la vista la bahía de La Paz, pero a una distancia de unos cincuenta kilómetros. Algunos de los hombres no pudieron continuar la salida por el cansancio, y se quedaron con las bestias a esperar el regreso de unos cuantos que decidieron seguir a pie, a pesar de la sed y fatiga que los agobiaba. Entrada la noche y viendo los que se habían quedado a descansar que sus compañeros no volvían, regresaron al real y narraron lo sucedido.

Los que habían seguido el camino, después de muchas horas de penosa marcha comprobaron visualmente que entre La Paz y ellos se interponían barrancos y sierras infranqueables, por lo que se devolvieron hasta llegar a unos trece kilómetros del campamento. Allí se detuvieron, pues estaban desfallecidos; un indio se animó a seguir hasta el real o campamento principal y avisó lo sucedido a Guillén, quien en la madrugada envió agua y comida a los exploradores que se habían rezagado.

Repuestos en parte de sus fatigas, los hombres se reincorporaron a la expedición, aunque fue necesario descansar todo el jueves 28 para poder continuar la marcha. La salida que realizaron les permitió saber que las montañas y sus precipicios seguían siendo los principales obstáculos, pues aquellas sierras se extendían casi hasta la contracosta^242^. Tomando en cuenta la escasez de los alimentos, el padre Guillén reunió a los viajeros y pidió que acordaran si se continuaba el viaje a La Paz, o se regresaban a Loreto. La respuesta unánime fue continuar, decidiendo que en caso necesario se alimentarían de los caballos, mezcal y yuca, si es que la balandra “El Triunfo de la Santa Cruz” no estuviera en la bahía de La Paz. El día 29, varios soldados e indios fueron mandados por el cabo en busca de un portezuelo por el que se pudieran franquear las serranías, y se encontró finalmente un paso aceptable, los exploradores llevaron la buena noticia al campamento después de su salida en la que caminaron unos 45 kilómetros de ida y vuelta, y la expedición pudo finalmente seguir su camino descendiendo hacia La Paz por ese lugar.

El sábado 30 de noviembre de 1720 pasaron por la ranchería de San Andrés del Paredón, siguieron por un arroyo y buen camino hasta llegar el domingo a San Saturnino del Pedernal, el lunes 2 de diciembre estuvieron en Santa Bibiana de las Averías^243^, y aunque se tenía que seguir con la acostumbrada práctica de explorar los alrededores para escoger la mejor ruta en que hubiera agua y pasto, los viajeros pudieron seguir su camino aunque en ocasiones llegaron a la costa y tuvieron que subir nuevamente la sierra al toparse con paredones rocosos que les cerraban el paso. En Santa Bibiana perdieron mucho tiempo porque las bestias se espantaron en la noche y se desparramaron en diversas direcciones, y fue hasta el martes al medio día cuando pudieron reunirlas nuevamente.

La expedición ahora seguía un rumbo que parecería errático debido a que tenían que marchar esquivando desfiladeros y montañas; el martes 3 de diciembre caminaron al noreste, y acamparon en un paraje sin agua y con muy escaso pasto; el miércoles caminaron al norte y luego al este, y desde una loma vieron el mar, del que los separaba una profunda barranca, con muchas dificultades iniciaron el descenso y llegaron al fondo a eso de la una de la tarde, en donde había agua y pasto en buena cantidad, lo que fue de gran alivio para todos. El jueves 5 caminaron por la caja del arroyo hasta llegar a la playa, siguieron hacia el sur, ocasionalmente remontando hacia el oeste los cerros rocosos que les impedían el paso; el día 5 tuvieron que hacer un pozo alejados del mar para poder beber agua tanto los hombres como la caballada, y allí pasaron la noche. Finalmente, el viernes 6 de diciembre de 1720, entre las 3 y 4 de la tarde llegaron al bordo del estero de La Paz; grande fue la alegría de los expedicionarios cuando vieron la balandra “El Triunfo de la Cruz” anclada en la bahía, esperaron entonces en el bordo del estero que vinieran las canoas de la otra orilla, y cuando esto sucedió se pasó en ellas parte de la carga y de la caballada, y el resto al día siguiente.

El padre Jaime Bravo, fundador y encargado de la misión de Nuestra Señora del Pilar de La Paz, recibió cariñosamente a los viajeros, quienes pronto recobraron las fuerzas perdidas y pudieron sumarse durante algunos días a los trabajos que se hacían en la nueva fundación, como cercados, preparación de la tierra, excavaciones, etc..

La expedición tenía que regresar a Malibat por una ruta mejor, por lo que se hicieron varias salidas exploratorias abarcando en ocasiones hasta 40 kilómetros^244^. Estuvieron en esto hasta que se encontró el rumbo adecuado para salir de La Paz, y el viernes 10 de enero de 1721 iniciaron el regreso, bien provistos de provisiones por el padre Jaime Bravo. Una carreta que llevaban fue transportada en canoa por parte de la bahía para aliviar un poco a las mulas. El sábado 11 caminaron por el arroyo de Los Reyes, hacia el norte noroeste, el domingo siguieron y luego acamparon en la caja del arroyo, habiendo reconocido ese día parte del camino que ya habían transitado, aunque ahora llegaron a ese paraje con menos vueltas que de ida a La Paz.

El lunes 13 subieron por la serranía hasta la ranchería de San Félix de los Coras, en donde estaban cuatro indios que prontamente huyeron, dejando sólo dos muchachos y un niño. En este lugar ocurrió un incidente inesperado, cuando una mujer de edad bajó a su ranchería, mientras que los demás nativos se escondían. Guillén y los españoles hicieron pequeños obsequios a la mujer y a los muchachos, mientras que desde lo alto, los indios gritaban en su idioma cora. La mujer sabía la lengua guaycura que hablaban los indios de la expedición, por lo que pudo entenderse con ellos. Por la noche se fue llevándose a los muchachos.

El martes 14 de enero de 1721 llegaron a una ranchería de guaycuras que Guillén bautizó como San Higinio del Guaycuro, y por no haber pasto tuvieron que seguir hasta un paraje que llamaron San Hilario, por el mismo arroyo de Santa Bibiana de las Averías. Al continuar su lento avance hacia el norte, los viajeros encontraban frecuentemente huellas de los naturales, pero éstos huían y no se dejaban ver. Sin embargo, el jueves 16 de enero encontraron a unos nativos en la ranchería de San Marcelo Pacudaraquihue, a quienes regalaron tabaco, zapatos de los llamados cacles^245^, comida, cuchillos, y al capitán de los indios un plumero. Los indios correspondieron a los españoles obsequiándoles plumas, soguillas, cordoncillos con que adornaban la cabeza y pedernales.

En este lugar, Guillén narra un episodio chusco que se reproduce enseguida: ...Aun después de estas correspondencias se recataban muchos en venir a nosotros, quedándose retirados a las orillas del monte. Uno más cercano fue llamado para darle comida e instándole para que llegase a nosotros, donde había muchos de su gente; respondió que no podía porque tenía suegro en aquella ranchería; reímonos de su causal, y erramos por ventura en reírnos, si error puede llamarse el ímpetu de una natural pasión, porque después experimentamos muy adversos a estos amigos...^246^. El comentario de Guillén revela parte de su personalidad como hombre alegre y capaz de festejar un hecho hilarante como el que se narra, además de que no se escandalizó ante una situación que prácticamente aceptó como natural, como en este caso en que un muchacho indio tenía miedo de entrar a la ranchería en la que vivía el padre de su mujer, quizá porque la unión de aquella pareja no reunía los requisitos que exigían las costumbres de aquellos californios, y mucho menos las cristianas. El misionero también parece dar a entender que aquellos amigos fueron después adversos, quizá por haberse ofendido con la risa de los españoles, y conforme a lo sucedido que enseguida se narra.

Los indios de esta ranchería de Pacudaraquihué a los que Guillén llama amigos en su diario, convinieron con los viajeros en regresar al día siguiente para guiarlos por un mejor camino a Chiyá, paraje de Los Dolores, pues deseaban acortar la ruta de regreso a Malibat. Más de treinta gandules, como llama Guillén a los indios jóvenes, se presentaron el viernes 17 para cumplir lo prometido, y aunque la idea era avanzar hacia Chiyá, los guías condujeron la expedición hacia una ranchería llamada Jesús Pemeraquí, en donde se encontraba un numeroso grupo de gente. Hubo temor en los guías y los mismos expedicionarios de que pudieran ser víctimas de un ataque, pues antes de llegar al poblado los indios templaron sus arcos, avisaron a los españoles que había una junta en la ranchería y echaron a correr adelantándose y dejando solos a los viajeros. Éstos siguieron su marcha con orden y precaución, llegaron a Pemeraquí y para impresionar a los numerosos indígenas, un soldado español picó espuelas a su caballo y lo hizo saltar un matorral, logrando el efecto deseado para fortuna de los viajeros. Poco después, reconocida mutuamente la actitud amistosa de las dos partes, se hizo el acostumbrado intercambio de regalos, con la novedad de que en esta ocasión los indios de Pemeraqui regalaron a los viajeros, además de las consabidas toquillas, plumas y cordoncillos, lanzas con punta de pedernal.

Al romper el alba del sábado 18, llegaron al campamento o real de los españoles un grupo de indios, para invitar a los que viajaban con la expedición para que corrieran. Guillén aclarara en su diario que entre aquellos naturales era costumbre que, al visitarse de una ranchería a otra, los que iban a recibir a sus vecinos salían corriendo hasta encontrar a los visitantes, y entonces todos juntos, regresaban corriendo hasta la ranchería local. Sin embargo, Guillén explicó a los nativos que hacían la invitación que los indios de la expedición no podrían atender ese convite, porque estaban muy cansados de tantas leguas caminadas y otras tantas que les faltaban.

La verdad es que el misionero y los soldados sintieron temor de que todo pudiera ser una trampa para atacar al grupo de viajeros, lo cual pudo haber tenido algún fundamento, pues el grupo de indios rechazó la invitación que les hicieron los españoles para almorzar con ellos en el campamento, y muchos se mostraron recelosos. Respecto a la desviación de la ruta el mismo misionero admitió que les había convenido, pues el camino de regreso sería todavía más corto.

Después, como a la hora de haber iniciado la marcha, aquellos indios trataron de amontonarse sobre el contingente y obligar a las mulas y viajeros que siguieran otra vereda, lo cual no permitieron los soldados. Sin conseguir su propósito de hacer que la expedición modificara su rumbo, continuaron los actos hostiles contra los españoles, como picar con su arco los caballos de los jinetes, y decir a los guaycuras amigos del contingente expresiones que pretendían ofender a los españoles como: ... ¿Por qué no tienen arcos esos advenedizos? Quizá son mujeres, le añadió. Otros iban diciendo: éstos tienen miedo, si tienen miedo ¿para qué vienen a nuestras tierras?...^247^

Con tan desagradable compañía, que Guillén llama pesada carga, los viajeros llegaron a la ranchería de Aripite, en donde también se habían reunido muchos guaycuras. Con serenidad, los españoles dieron a la gente algunos regalos, aunque no recibieron nada a cambio como en las demás ocasiones; aún así los españoles fueron invitados a quedarse en la ranchería, a lo que les respondieron que ya no querían entretenerse en el camino, pero que en otra ocasión lo harían con más tiempo. Pidieron a los guaycuras locales que los guiaran a San Gabriel Cuedeme, y aunque al principio se rehusaron, después aceptaron tres que se unieron a la expedición. Los otros que habían venido hasta aquí hostilizando a los españoles, se quedaron en ese lugar, lo cual calmó los ánimos de los viajeros, aunque casi saliendo de la aldea hallaron en el camino una planta de pitahaya destrozada, cuyos pedazos estaban clavados en el suelo con estacas; la señal era clara, no eran bienvenidos, se les consideraba enemigos.

En un paraje en el que se detuvieron a descansar, algunos indios del lugar intercambiaron regalos con ellos, aunque preguntaron a los guaycuras amigos de la expedición si los españoles no querían pelear, a lo que se les contestó que ellos no peleaban con ninguno, a menos que se les quisiera hacer grave daño. Continuaron su viaje siempre en guardia y vigilantes para evitar cualquier ataque.

Ese día 18 durmieron en San Cosme Chiriyaquí, el domingo 19 y el lunes 20 de enero de 1721 pasaron por la ranchería de San Andrés Tiguaná, Quepoh y algunas otras que encontraron vacías, por ser época en que todos se iban a la sierra en busca de alimentos, sobre todo mezcal. Para el martes 21 habían alcanzado una latitud aproximada de 25 grados 23 minutos, en la ranchería de Onducháh, ya en territorio amigo. El miércoles 22 llegaron a Santa Cruz Udare, de donde eran varios de los indios amigos que formaban parte del contingente, por lo cual hubo gran regocijo, sobre todo entre los parientes de aquellos. El cacique vecino de Anyaichire que se encontraba en la ranchería en visita de amistad^248^, al saber la conducta agresiva de los guaycuras de Pemeraqui y Aripite hacia los españoles, por la noche pronunció un severo discurso de crítica en su contra. Finalmente, el jueves 23 de enero de 1721 entraron todos en San Juan Bautista Malibat en Liguí. La expedición de Guillén fue un éxito, en el sentido de que no sólo se encontró la ruta mejor para transitar entre las misiones de Nuestra Señora del Pilar de la Paz y San Juan Bautista Malibat, sino que se conoció mejor a los guaycuras del sur, lo que ayudaría en el establecimiento de otras misiones.

A pesar de la penetración misionera en el sur de la península, especialmente entre Loreto y La Paz, la enemistad entre las diversas etnias y la rebeldía hacia los misioneros no había concluido, y eran frecuentes los ataques a indios cristianos que viajaban de un lugar a otro. En el viaje de Guillén a La Paz se comprobó en varias ocasiones que la aceptación de los indios hacia los españoles no era compartida por todos, los guaycuras seguían enfrentándose a los pericúes, los nativos gentiles de las islas de Cerralbo, San José y Espíritu Santo llegaron a saquear la misión de Liguig cuando Guillén estaba ausente, y aunque estos actos se castigaron con severidad por el capitán del presidio, una sorda inconformidad continuaba. Estos hechos de los cuales había sido testigo el propio Guillén hicieron que se considerara un imperativo el plantar una o dos misiones en la zona del sur, pues se pensaba con razón que sólo con la influencia civilizadora de las misiones sobre los gentiles podría mejorarse la situación.

En aquel tiempo la población indígena de San Juan Bautista era muy poca, por lo que en caso necesario podría incorporarse sin mayor problema a la misión de Loreto. Fue por estas razones que el 17 de julio de 1721, el padre Francisco María Píccolo pidió a sus superiores que se estableciera una misión entre Ligüig y La Paz, en el paraje de Apaté que describió casi como un paraíso, sobre todo por el agua abundante que proporcionaban 9 manantiales, según lo afirmaba el misionero italiano. Tomando en cuenta que el padre Guillén conocía el lugar por los viajes que había realizado al sur, el padre Píccolo le pidió que sembrara algo de maíz en el lugar como parte de los preparativos para que se estableciera allí la misión de Nuestra Señora de los Dolores.

En realidad, Píccolo deseaba que Guillén se fuera a Loreto para que se hiciera cargo de la misión cuando él muriera, y el jesuita Cristóbal Laris fuera enviado a California para hacerse cargo de la proyectada misión^249^ en la playa de Apaté, a más de 160 Km. al sur de Loreto, pero no fue así, Laris no fue destinado a California, y finalmente toco al misionero zacatecano ser él quien fundara Los Dolores en agosto de 1721, gracias a un donativo de $10 000.00 pesos que hizo el marqués de Villapuente. Este lugar permaneció como cabecera de la misión Nuestra Señora de los Dolores durante dos años^250^, según Del Barco y otros historiadores, aunque por lo que se verá enseguida, lo más seguro es que no hayan sido 2 sino 20 años los que duró la misión en Apaté antes de mudarse a las montañas a un lugar con más agua y población indígena.

Al plantar la misión de Los Dolores en Apaté por orden del padre Juan de Ugarte, según Dunne^251^, es casi seguro que Guillén se haya llevado algunos nativos de San Juan Bautista Malibat, o más bien casi todos, pues en Malibat se hacía cada vez más difícil la vida por la falta de agua y los ataques de indios gentiles isleños y del sur. Guillén conocía la región después de sus viajes recientes a Bahía Magdalena y a La Paz, y sabía que la mayor densidad de población estaba en las numerosas rancherías que se encontraban hacia la sierra, por lo que parecería incomprensible su acuerdo con el padre Píccolo para situar la nueva misión en aquel lugar, sin embargo, debe haber sido la obediencia y respeto al anciano misionero italiano y a sus demás superiores lo que lo obligó a ubicar la misión en la desértica playa, alejada de las rancherías nutridamente pobladas que abundaban en las serranías cercanas.

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Relación geográfica de algunas misiones con Nuestra Señora de los Dolores. Adaptación en mapa de Google Earth.

  1. Loreto.
  2. San Juan Bautista Malibat o Ligüi.
  3. Los Dolores Apaté.
  4. Los Dolores en La Pasión en Chiyá o Chillá.
  5. San Luis Gonzaga Chiriyaqui.

Por otra parte, hay que aceptar que Píccolo tenía cierta razón al querer una misión cerca de la playa intermedia entre Malibat y La Paz, que sirviera como punto de apoyo y escala en los viajes a la misión del sur, en lo que el mismo Guillén había hecho 26 días de ida y 14 de regreso. La prueba de lo estratégico que resultaba la misión en Apaté se daría 13 años después, cuando desempeñó un papel vital como santuario salvador para los fugitivos provenientes del sur que trataban de escapar de la rebelión de los pericúes, tal como se narra en otros capítulos.

Durante el tiempo que la misión de Los Dolores permaneció en aquel lugar, se padecieron muchas necesidades por lo improductivo de la tierra, y sólo pudo subsistir gracias a los envíos de provisiones que se hacían desde Loreto y otras misiones. Se pensó entonces en la posibilidad de cambiarse a un sitio menos estéril, lo que se lograría posteriormente. Debe aclararse que Guillén se ausentó de Los Dolores en 1723, año en el que estuvo como misionero en San José de la Laguna, muy cerca de lo que hoy es Guaymas, Sonora^252^.

El 25 de septiembre de 1725, siendo visitador de las misiones, el padre Guillén le escribió al virrey Marqués de Casafuerte una carta en la que solicitaba otros 25 soldados para aumentar la fuerza militar sobre todo al sur de la península, ya que sabía que sólo con el respaldo de los soldados se podía lograr algo en la tarea de civilizar a los naturales^253^. El misionero era sincero, y sus experiencias con los guaycuras, que formaban una de las etnias más numerosas y con mayor densidad de población al sur de la península, le habían enseñado que la conversión al cristianismo de muchos de aquellos gentiles era con frecuencia un acto fingido, pues a algunos indígenas solamente les interesaba obtener de los misioneros lo que se pudiera, como alimentos, cuchillos, zapatos o “cacles”, y los acostumbrados cotones. Por otra parte, sí había muchos conversos sinceros que aceptaban el cristianismo, pero en ocasiones sus vidas corrían peligro en ataques que llegaban a realizar gentiles azuzados por sus guamas o “doctores”, quienes de esa forma defendían el importante papel que desempeñaban en sus comunidades.

En esta misiva, Guillén informó al virrey sobre varios encuentros armados que se dieron entre los soldados españoles y un grupo de guaycuras que habían cometido numerosos crímenes en las cercanías de La Paz; en uno de esos encuentros en el que los soldados trataban de aprehender y castigar a los culpables, el capitán Rodríguez Lorenzo resultó seriamente herido por una flecha que atravesó su casaca con seis capas de baqueta, lo que da una idea de la fiereza de aquellos indios, que no sólo peleaban contra rancherías de otras etnias, sino aun entre ellos mismos, además de los constantes latrocinios de ganado de la misión que hacían con toda facilidad, aprovechando el hecho de que los animales ordinariamente buscaban pasto en el campo y lejos de cualquier vigilancia.

No sólo los problemas constantes que tenía el padre Guillén con los indios guaycuras de la región, sino el trabajo intenso que tenía que realizar en un territorio tan extenso y difícil de gobernar, así como su edad que ya se acercaba a los 60 años, hicieron que se pensara en la necesidad de dividir la zona en dos, y fundar otra misión que anticipadamente se le dio el nombre de San Luis, en honor a su benefactor don Luis de Velasco; el lugar indicado era Chiriyaqui, pero su establecimiento tendría que esperar tiempos mejores.

Cuando en 1734 estalló la rebelión de los pericúes que afectó todo el sur de la península, era superior de las misiones de California el padre Guillén, quien residía en su misión de Los Dolores aún situada en la costa de Apaté. Sabiendo el grave peligro en que se encontraban los misioneros de San José, Santiago y Santa Rosa, les envió cartas para que se vinieran a Los Dolores para resguardarse, pero debido a que los conjurados tenían controlados los caminos las misivas nunca llegaron a su destino. Los hechos acaecidos en esta revuelta, la más importante llevada a cabo por los californios en contra de los misioneros, se narra en los capítulos destinados a los padres Lorenzo Carranco, Nicolás Tamaral y Segismundo Taraval, y aquí sólo cabe señalar que Guillén hizo lo que pudo para auxiliar a sus compañeros, y que Los Dolores fue un refugio que salvó la vida a los misioneros amenazados por los rebeldes pericúes.

En ese tiempo la misión de Los Dolores se convirtió en el cuartel general de las fuerzas que combatirían a los pericúes alzados, el movimiento de soldados españoles, indios californios leales procedentes de Loreto, así como mayos y yaquis de Sonora que habían venido a apoyar a las fuerzas leales, aumentaron el trabajo del padre Guillén, quien además se preocupaba por los rumores de que la rebelión se había extendido al territorio de su misión. Una investigación del alférez Francisco Cortés de Monroy confirmó lo que se decía, sobre todo en la ranchería de Chiyá cerca del arroyo de La Pasión. El capitán indígena de este lugar llamado Julián, que había dado pruebas de su valentía y lealtad peleando al lado de los españoles en La Paz^254^, esta vez no había podido contener a su gente, incluyendo a su hijo, que se había lanzado a la rapiña matando ganado de la misión para comérselo. Con muchos trabajos, ocho de los rebeldes fueron capturados y ejecutados el 1º de julio en la sierra, cerca de la misión, según lo expresó el padre Segismundo Taraval en su obra “La rebelión de los Californios”, de lo que puede inferirse que en ese tiempo, si aún la cabecera de la misión seguía en Apaté, ya probablemente existía cuando menos una capilla en La Pasión.

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Juan Antonio Vizarrón y Eguiarreta, virrey de la Nueva España.

Después de que fueron asesinados los padres Lorenzo Carranco, de la misión de Santiago, y Nicolás Tamaral en la de San José del Cabo, así como varios soldados y muchos neófitos que no estaban en la conjura, Guillén creyó que tenía los suficientes argumentos para que el virrey atendiera su solicitud de ayuda, y le pidió que se estableciera un presidio bien dotado en el extremo sur de la península, lo que serviría no sólo para preservar las misiones que con tanto sacrificio se habían levantado, sino para ayudar en cualquier emergencia al Galeón de Filipinas que, proveniente de las lejanas islas, viajaba cada año a Acapulco cargado de valiosas mercancías, parte de las cuales se enviaban a Europa vía Veracruz para su comercialización, y otras se distribuían en las ciudades grandes de la Nueva España. La petición de Guillén dirigida al arzobispo y virrey Antonio de Vizarrón y Eguiarreta fue contestada en términos corteses pero negando todo lo solicitado, en todo caso, decía el virrey, los misioneros de California deberían dirigir su petición al Rey.

En 1737, el padre Lamberto Hostell llegó a California y fue designado para fundar la misión de San Luis Gonzaga Chiriyaqui, pero con el fin de que aprendiera el lenguaje guaycura y al mismo tiempo ayudara al padre Guillén, se trasladó a Los Dolores en donde ya su misionero apenas podía con la pesada carga de la misión. Como se relata en el capítulo correspondiente al padre Hostell, éste fue uno de los grandes misioneros de California cuya obra tuvo, entre otros muchos méritos, el haber puesto su atención y trabajo evangelizador en los indios de la contracosta, entre la sierra y Bahía Magdalena, pero esto lo hizo apoyado en las experiencias que el padre Guillén había tenido en esa región cuando realizó su expedición en 1719, lo que muestra cómo sólo con la labor conjunta y sucesiva de varios misioneros llevada a cabo durante años, se podían lograr aunque fuera en parte los objetivos deseados.

Finalmente, después de reducidos casi todos los gentiles de la zona costera, con objeto de que pudieran llegar con más facilidad a la misión los naturales del interior, y con la esperanza de que en el nuevo lugar se pudiera aprovechar mejor la tierra, la misión de Los Dolores se fue cambiando a un sitio de la sierra llamado por los nativos Tañuetía, Tagnuetía o Tagnuetiá^255^, hacia la sierra y al oeste de su ubicación en Apaté. Según un informe de 1730, en este año Guillén todavía se encontraba en Apaté, lo que dataría el cambio de la misión a una fecha posterior al año mencionado. Otra prueba de que Guillén aún se encontraba en Apaté en los años treinta, es el relato que hizo el padre Segismundo Taraval sobre la rebelión de los pericúes en 1734, en el cual menciona el movimiento de fugitivos y soldados que por mar, en canoas, se hizo desde la isla Espíritu Santo a la misión de Los Dolores^256^, que obviamente no se ubicaba en la sierra, sino en la costa.

Por este tiempo, de acuerdo con lo expresado en una carta del padre Jaime Bravo, la salud del padre Guillén debe haber decaído, porque en marzo o abril de 1731 salió de Los Dolores a Loreto en una canoa con la esperanza de llegar con vida respecto de un grave accidente que le sobrevino…^257^, de lo cual se repuso y pudo volver pronto a Los Dolores. Es claro entonces que si llegó en canoa a Loreto no procedía del interior sino de la costa, en donde aun se encontraba su misión en ese año de 1731.

Por todo lo dicho, se puede suponer que después de realizar las labores previas acostumbradas, el 7 de septiembre de 1741 la misión de Nuestra Señora de los Dolores se cambió a Tañuetía, unos cuantos kilómetros al oeste. Debe señalarse que el cambio quizá se efectuó paulatinamente en un proceso que duró años, lo cual en parte explicaría la confusión sobre la fecha en que se hizo el movimiento.

La región de Tagnuetía era conocida por los españoles desde los primeros tiempos como “La Pasión”^258^, situada en el arroyo del mismo nombre llamado Chiyá o Chillá por los guaycuras, por lo que Los Dolores se conoció también como ese nombre de La Pasión; Guillén no pensó entonces que radicaría allí 25 años de su vida. El misionero tuvo que reunir a los gentiles de la región en nueve poblados, tres de los cuales se sumaron años después a la misión de San Luis Gonzaga^259^, que se fundó en 1740. Clavijero afirma que todos los nativos del extenso territorio que de costa a costa abarcaba la misión fueron cristianizados^260^, aunque la tarea civilizadora fue limitada por las carencias de alimento y vestuario en aquella zona desértica, en la cual la región de Apaté era uno de los pocos lugares en que se podía sembrar aunque en muy reducida escala.

Para 1741, ya en Tagnuetía, los pueblos en que Guillén logró reunir a los guaycuras del territorio de La Pasión fueron: Los Dolores o La Pasión como cabecera, Inmaculada Concepción, Encarnación, Trinidad, Redención y Resurrección, cuya ubicación se desconoce. El exceso de trabajo en aquel enorme territorio, yendo en busca de los indígenas a sus remotas rancherías, enseñándoles el español para que ellos a su vez lo hicieran con otros, atendiendo enfermos, confesando y auxiliando a moribundos, formando poblados, y haciendo exploraciones importantes por las montañas y los desiertos, se sumó a la indiferencia del gobierno virreinal, al que parecía no preocuparle la estabilidad en la lejana California, y todo esto repercutió en la salud del anciano misionero, que casi ciego, cumplía con su deber lo mejor que podía.

A pesar de tantas contrariedades, en un informe fechado en 1744 el padre Guillén muestra su satisfacción porque finalmente, los guaycuras de su misión, sin el uso de la fuerza o inducidos por otros medios han escuchado el evangelio, ya no hay guamas o doctores, se han acabado las guerras constantes que antes practicaban, oyen misa, han renunciado a la poligamia y ya no hay hechiceros que usen las capas de cabellos y tabletas que empleaban en sus ritos. Es seguro que se habían operado cambios favorables entre los guaycuras de Los Dolores, pero la percepción del padre Guillén sobre los progresos logrados con los indígenas era un tanto exagerada.

Aunque esta obra se refiere a los misioneros de California, antes de terminar este capítulo cabe hacer una descripción física de los indios guaycuras, espléndidos en muchos aspectos, con los que convivió tantos años el padre Clemente Guillén según la percepción del padre Juan Jacobo Baegert, siempre parco y no muy dispuesto a aceptar alguna cualidad en los indios californios:

El pelo es negro intenso y lacio…todos carecen de barba y tienen cejas poco pobladas…Sus dientes son tan blancos como el marfil aunque nunca se los laven…Los ángulos de sus ojos hacia la nariz no están en punta, sino como arco…Los indios son gente bien proporcionada y de buen cuerpo, muy flexibles y ágiles…Con muy pocas excepciones todos caminan perfectamente erguidos, aun cuando estén en avanzada edad…ninguno de ellos es conspicuamente gordo, la causa de lo cual puede ser que corran y caminen mucho…^261^.

Respecto a su carácter decía Baegert entre otras cosas: …Son audaces y al mismo tiempo tímidos. Treparán a lo alto de un tembloroso cardón sin dudarlo, o montarán un caballo mal amansado, y sin rienda y montura, cabalgarán en él en la noche, por caminos que a mí me causarían temor en el día. Caminan por los más miserables andamios de un edificio alto con la facilidad de los gatos, o se aventuran una o dos horas en el mar abierto sobre un atado de tules o en el delgado tallo de una palmera sin considerar el peligro. Sin embargo, un disparo los hace olvidar sus arcos y flechas, y media docena de soldados son capaces de mantener en orden a varios cientos de indios…^262^.

En relación con sus armas, basta considerar el caso en el que la flecha disparada por un indígena le entró por la boca a uno de sus enemigos y le salió cerca de la oreja para reconocer la capacidad de penetración de sus proyectiles. Sobre este particular, el padre Baegert escribió: …Los arcos y las flechas son las únicas cosas que han sobrevivido y retenido por todos los indios californios porque necesitan estas armas para su protección y para obtener su comida. Los arcos de los nativos miden más de seis pies de alto [unos dos metros, generalmente más altos que un hombre], ligeramente curvos, y son comúnmente fabricados de la raíz del sauce. Son redondos, de unos cinco dedos de grueso en el centro, y se hacen gradualmente delgados y en punta hacia los extremos. La cuerda está hecha de tiras de intestinos de animales. Las flechas son de varas comunes enderezadas con el calor del fuego y de más de seis palmos^263^ de largo. En el extremo inferior tienen una muesca para detener la cuerda, y tres o cuatro plumas tan largas como un dedo, que no se proyectan mucho y se encajan en ranuras hechas con ese propósito. En el otro extremo se inserta un trozo picudo de palo duro, de palmo y medio de largo, llevando en su punta un pedazo de pedernal, de forma triangular, casi parecido a la lengua de una víbora, aserrado en los bordes como un serrucho. Practican con el arco y la flecha desde la niñez. Consecuentemente, se encuentran muchos expertos flecheros entre ellos…8

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Ruinas de Nuestra Señora de los Dolores en Chiyá. Fotografía de Eduardo S. Ponce Trujillo.

En 1746 el padre Clemente Guillén dejó la misión de Los Dolores debido a su avanzada edad, más de 70 años, y pasó a descansar a Loreto; entonces tomó su lugar el padre Lamberto Hostell, quien desde años atrás ayudaba en todo al anciano misionero. En su retiro, Guillén se conservó activo hasta el final, ya que ayudaba sobre todo confesando a los indígenas, hasta que murió en Loreto en 1748, en donde fue sepultado.

Por el tiempo en que falleció, estudiaba una lengua indígena de una ranchería lejana de la cual había venido una india anciana que buscaba la doctrina cristiana y deseaba confesarse, por lo que el venerable padre decidió estudiar su lenguaje para poder instruirla.

La historia del padre Clemente Guillén reviste interés por ser una representación general de la epopeya y tragedia de los misioneros jesuitas en la península de Baja California, especialmente de quienes ejercieron su ministerio en el sur.

Su extraordinaria labor con los naturales de la región en el orden religioso y civilizador, se exalta al tomar en cuenta que la llevó a cabo en una de las zonas más estériles de la Baja California, y sobre uno de los grupos indígenas que se caracterizó por su franca rebeldía y oposición a la intervención europea en su territorio. Humanista, con sentido del humor, quien consideró a los peligrosos guaycuras como sus amigos, al igual que los demás jesuitas de su tiempo, nunca pudo penetrar totalmente en la psicología indígena, pero es uno de los que más se aproximó a ello.

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Arriba, silbato de hueso de pelícano encontrado en la isla Espíritu Santo, tal vez como los que Guillén vio que usaban los indígenas en la ranchería de Devá, de lo que se habla en páginas anteriores. Tomado de “Settlement Patterns on Espíritu Santo Island, Baja California Sur”, Harumi Fujita y Gema Poyatos de Paz. Pacific Coast Archaeological Society Quarterly, Vol. 34, 4, Fall 1998, f. 12 p. 81. Abajo, panorama de Los Dolores en Chiyá.


  1. Barco, op.cit., p. 266: ...No había tenido el padre Guillén inclinación particular a las remotas misiones de indios, mas viendo que, sin intervención suya, le destinaba el superior para ellas, obedeció pronto... ↩︎

  2. Indígenas que habitaban muy cerca de Loreto, del tronco lingüístico guaycuriano. ↩︎

  3. Guillén, “Expedición a la nación guaicura…”, op. cit..p. 2. ↩︎

  4. Ibid., p. 3. ↩︎

  5. San Luis Gonzaga Chiriyaqui se encuentra a los 24º 55´N., y a los 111º 17´ W.. ↩︎

  6. El señor capitán determinó tomar la vuelta de San Benito Aruí, a donde llegó sobre tarde, habiendo caminado en la expedición como 15 leguas…Guillén, “Expedición a la nación guaycura…”, op.cit., p. 21. ↩︎

  7. Ibid., p. 22. ↩︎

  8. Baegert, op.cit., p. 64. ↩︎