Antonio Ponce Aguilar

Misioneros Jesuitas en Baja California
Capítulo I: 
Kino, Eusebio Francisco

El padre Eusebio Francisco Kino nació en Segno, en los Alpes italianos, el 10 de agosto de 1645 según los registros de los jesuitas; su documento bautismal escrito en latín se encuentra en el cercano poblado de Torra, y en él se establece lo siguiente:

“En el 10 de agosto de 1645, Eusebius, el hijo de Franciscus Chinus y su esposa Donna Margherita, fue bautizado en la presencia de los padrinos, el rector, el muy reverendo Padre don Arnoldus Thay, y Donna Rosa, esposa de Don Eusebius Chinus de Segno”. 1

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Eusebio Francisco Kino, concepción artística

De lo anterior se infiere que Kino era italiano por nacimiento, y que el apellido Kühn que algunos le atribuyen no es el de su registro bautismal, además de que su lengua nativa era el italiano. Sin embargo, Trento fue incluido en la Provincia Jesuita de Alemania Alta, y si a esto se agrega que el futuro misionero pasó muchos años en Bavaria, se entiende por qué llegó a decir que él se sentía alemán, y varias veces con algunos de sus compañeros jesuitas se refirió a ellos y a él mismo diciendo nosotros los alemanes2 Se ha descrito al padre Kino como un hombre de 1.67 m. de estatura, de constitución física fuerte, nariz ancha, de piel morena y pelo negro ondulado3, aunque las pinturas y estatuas del misionero generalmente lo presentan de manera un tanto idealizada, de constitución delgada y rubio.

Desde muy joven, Kino se fue a Trento, en Austria, para ingresar a un colegio jesuita con el apoyo del cura de su pueblo, y desde esa temprana edad destacó por su facilidad en el estudio de las matemáticas y la astronomía. Poco después, estando en el colegio jesuita de Hall, cerca de Insbruck, se enfermó de gravedad, al grado de que prometió a su santo patrono Francisco Javier, que si se aliviaba se iría de misionero a algún lugar remoto de China. Recuperada su salud, se fue a Landsberg, Alemania, en donde ingresó a la Compañía de Jesús el 20 de noviembre de 1665, de allí en adelante estudió en la universidad de Fribourg, en Suiza, así como en Ingolstadt, Insbruck, Munich y Oettingen. Fue en la Universidad de Ingolstadt, Bavaria, donde estudió Teología, filosofía, geografía y matemáticas.

Desde que terminó sus estudios en 1667, Kino pidió ir a China, pero a pesar de su insistencia, en 1678 fue enviado a La Nueva España, lo cual se decidió, según se dice, en un sorteo en el que perdió con el padre Antonio Kerschpamer. El puerto europeo del que los misioneros jesuitas acostumbraban zarpar hacia Veracruz era Cádiz, lugar al que llegó Kino con retraso por contratiempos que se presentaron en el viaje. Fue por eso que él y otros tres jesuitas que lo acompañaban no alcanzaron el barco que los transportaría a su destino, y tuvieron que pasar muchos meses en España, esperando que algún navío pudiera llevarlos.

En julio de 1680 se presentó la oportunidad cuando el barco “El Nazareno” debía transportar a la Nueva España al nuevo virrey Conde de Paredes. Los noveles misioneros abordaron el navío, que al poco tiempo de hacerse a la vela encalló, y aunque sus tripulantes se salvaron no sucedió lo mismo con sus pertenencias, que se perdieron en el mar. Tuvieron los religiosos que esperar seis meses para que se presentara otra oportunidad, hasta que el 27 de enero de 1681, pudieron embarcarse en un viaje que duraría 96 días para llegar a Veracruz, a donde arribaron a principios de mayo, y después a México en los primeros días de junio. Al igual que los demás misioneros no españoles que llegaron a la Nueva España, Kino decidió castellanizar su nombre con el que se le conocería universalmente: Eusebio Francisco Kino.

Por aquel tiempo, el gobernador de Sinaloa Isidro Atondo y Antillón planeaba una expedición a California sufragada por el gobierno, cuyos objetivos eran establecer una colonia en La Paz, iniciar la evangelización de los nativos y extraer perlas del Golfo de California. Para llevar a cabo la empresa, Atondo ordenó la construcción de tres navíos en Nío, a orillas del río Sinaloa, y los padres Kino, Matías Goñi y fray José de Guijosa, éste perteneciente a la orden de San Juan de Dios y con el cargo de cirujano de la expedición4, recibieron el encargo de ir en el viaje en cual Kino sería Cosmógrafo Real5. El padre Antonio Suárez de San Luis Potosí, fue nombrado capellán de las embarcaciones, pero no pudo llegar a tiempo a Sinaloa por enfermedad.

A mediados de octubre de 1681 Kino salió de la ciudad de México a Guadalajara, en donde obtuvo su licencia como Juez Eclesiástico Vicario de California en representación del obispo, en el mismo documento también se otorgaba autorización al padre Matías Goñi para ir en la expedición como asistente de Kino. Después el misionero viajó a Nío en el otoño de 1682, cuando ya las tres embarcaciones se encontraban listas para el viaje; los nombres que les puso Atondo fueron “La Almiranta” o “San José y San Francisco Javier”, al mando del capitán Francisco de Pereda y Arce; “La Capitana” o “La Limpia Concepción”, cuyo capitán era don Blas de Guzmán; y “La Balandra”, comandada por el capitán Parra. De Nío el padre Eusebio tuvo que viajar nuevamente a Guadalajara para resolver algunos problemas pendientes, algunos de tipo de jurisdicción y hasta políticos entre los obispos de Guadalajara y Durango, y luego nuevamente a Nío vía El Rosario, en donde se detuvo un tiempo.

El 28 de octubre de 1682 zarparon las naves hacia el puerto de Chacala a donde arribaron el 3 de noviembre, para recoger provisiones, equipo y el resto de la tripulación. En “La Almiranta” se encontraba Kino y en “La Capitana” Atondo y su amigo personal el padre Matías Goñi. Es probable que Guijosa también estuviera a bordo de “La Capitana”. Cabe señalar que Chacala y Nío se convirtieron en aquella época en puertos en auge, por el gran movimiento que provocaron los preparativos de la expedición, ya que hasta ellos llegaban constantemente largas recuas de mulas procedentes algunas desde el lejano puerto de Veracruz, de México o de Guadalajara cargadas con todo lo que se necesitaría en el viaje y la colonia que se establecería en California. Las dos fragatas eran de 60 y 70 toneladas, y llevaban más de 100 hombres a bordo entre los que se incluían unos 30 soldados, indios de Sinaloa, mujeres indígenas para hacer tortillas y otras labores de cocina así como el lavado de ropa, monturas, herraduras, cañones, arcabuces, pólvora, 80 barriles con agua, palas, picos, animales domésticos como borregos y gallinas, etc.. De este puerto de Chacala una vez más regresó Kino a Guadalajara y por fin, después de atender los asuntos pendientes cabalgó de regreso a Chacala.

El 17 de enero de 1683 a la media noche, “La Almiranta” y “La Capitana” se hicieron a la vela desde el puerto de Chacala6, en donde el veedor7 del rey apellidado Moraza se tuvo que quedar por enfermedad. Las embarcaciones navegaron casi siempre contra el viento perdiéndose con frecuencia una de otra por varios días, se reencontraron el 4 de febrero en Mazatlán y por fin llegaron a las bocas del río Sinaloa, muy cerca de Nío en donde se habían construido las embarcaciones. Aquí se detuvieron 10 días durante los cuales Atondo y Kino todavía recibieron la ayuda que algunas misiones vecinas que les mandaron sobre todo alimentos. Por fin, al ponerse el sol el 18 de marzo de 1683 zarparon de Nío ahora sí rumbo a California, y después de casi dos semanas de navegación obstaculizada por fuertes vientos entraron a la bahía interior de La Paz. “La Balandra” se retrasó por lo que se explica más adelante.

Antes de que nadie desembarcara, el almirante hizo público un bando real para lo cual convocó a toda la gente a son de cajas y a voz de pregonero8, primero en “La Capitana” y después en “La Almiranta”, por medio del cual el escriba real Diego de Salas leyó en voz alta y clara las disposiciones de Su Majestad, cuya desobediencia podría causar pena de muerte. De las numerosas prohibiciones destacan las relativas a no vejar o maltratar a los indios, no comerciar con ellos, no quitarles sus perlas, etc. Sin embargo, si los indios querían de su voluntad obsequiar oro, perlas o ámbar, los regalos se guardarían en el cofre real cerrado con tres llaves. Además, aunque no se trataba de una expedición en busca de perlas o metales preciosos, cualquiera podía dedicarse a su búsqueda con sus propios medios, en el entendido de que se destinaría el quinto acostumbrado al rey. Es indudable que el rey trataba de lograr la colonización de California convenciendo a los naturales, tratándolos bien y sin quitarles sus pertenencias con engaños. Sin embargo, se verá que nada de esto se cumplió de parte de los españoles, especialmente por Atondo.

Los principales hechos ocurridos entonces los narra el padre Kino en una carta dirigida a un amigo, que en parte dice: ...Al siguiente día, 1º de abril, entramos, navegando hacia el sur hasta la boca del puerto de La Paz. Algunos de los hombres fueron a tierra y encontraron un hermoso aguaje, mucha leña, un pantano, un bosquecillo de palmas y muchas huellas de indios.….El lunes comenzamos a construir una pequeña iglesia y un pequeño fuerte o Real de Nuestra Señora de Guadalupe, y desde este día comenzamos a vivir y a dormir en tierra…El miércoles en la mañana, cuando casi todos los hombres estaban limpiando de monte una pequeña elevación y cortando palos para nuestras edificaciones oyeron algunos gritos. Inmediatamente todos los soldados tomaron sus armas. Los indios llegaron dando alaridos, armados con arcos y flechas, pintados en señal de guerra, cuando menos defensiva, y haciendo señas de que debíamos dejar sus tierras...„Auric, auric, Váyanse, váyanse‟, gritaban...El padre Goñi y yo fuimos entonces hacia ellos, les dimos maíz, panecillos, y cuentas de vidrio, que ellos rehusaron tomar de nuestras manos, pidiéndonos que las dejáramos en el suelo; pero después comenzaron a tomarlas directo de nuestras manos. Ahora comenzamos a ser muy amistosos y familiares y ellos nos dieron cabezas de mezcal tatemado que estaban muy buenas, pequeñas redes muy bien hechas, y plumas de pájaros que usaban en sus cabezas. 9.

Con base en lo expresado al principio del párrafo anterior, se ha dicho que Kino cambió el nombre de La Paz por el de Nuestra Señora de Guadalupe, lo cual es inexacto, pues el misionero se refería sólo al fuerte que se estaba levantando. Poco después intentó rebautizar a California nombrándola Carolinas en honor al rey, aunque ambos nombres no fueron perdurables. En las primeras tres semanas se exploró la bahía, se empezó la construcción de una iglesia y un fuerte, “La Capitana” fue carenada antes de que saliera rumbo al Yaqui para conseguir caballos y provisiones, se hicieron algunas siembras, y algunos hombres se dedicaron a cazar venados y otros animales del monte para alimentarse.

Mientras se atraía a los nativos con alimentos, dádivas y buen trato, y se les enseñaba a hacer la señal de la cruz, algunos soldados hicieron exploraciones por los alrededores pero al parecer no encontraron ningún lugar que superara las condiciones que se tenían en La Paz. Venegas afirma que en una salida hacia el suroeste, Atondo se hizo acompañar del padre Fray José de Guijosa, y a principios de junio realizó otra exploración ahora hacia el oeste, al país de los coras10, que eran enemigos de sus parientes los guaycuras, llevando esta vez al padre Matías Goñi que estudiaba la lengua de aquellos indios, así como algunos soldados. Aunque a raíz de esta exploración los coras empezaron a frecuentar el Real español, los guaycuras siguieron llevando mezcal, pitahayas y hasta pequeñas perlas, a cambio de lo cual recibían las dádivas acostumbradas. Tal parece que el padre Kino no fue excepción al magnetismo que las perlas californianas ejercían sobre todo aquel que llegaba a La Paz, pues en una carta a un amigo, le mencionó que se habían juntado muchas y que más de doscientas habían sido entregadas como limosna a la Virgen, de las cuales él era el custodio11.

Los hombres que paseaban por la playa encontraron unas cuevas con huesos de seres humanos, lo que seguramente constituiría el descubrimiento de sepulcros de los primitivos californios, pero no se hizo ningún estudio de los hallazgos.

Mientras que Goñi se especializaba en la lengua de los coras, Kino estudiaba otra variante de los guaycuras12, a los que describió remarcando sus cualidades, en lo físico por su buena estatura y vigor, y en el carácter por lo amigables, joviales y risueños. En otra interesante aportación etnográfica, el misionero refiere que en la guerra, los jefes guaycuras llevaban flautas colgando del cuello que usaban sólo cuando entraban en combate. Quizá esto tenía que ver con el hecho de que no gustaban de las arpas y guitarras españolas.

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Mapa F7

Rutas aproximadas seguidas por el padre Eusebio Francisco Kino en sus viajes por mar al hacer su expedición a California en 1683. La línea negra con guiones indica el viaje del Golfo al Pacífico. Adaptación en mapa de Google Earth.

  1. Mazatlán.
  2. Nío.
  3. La Paz.
  4. San Lucas, hoy Agiabampo.
  5. San Bruno.
  6. San Isidro.
  7. Conunchó o Conchó.
  8. Yaqui.
  9. San Juan Bautista en la actual Bahía Kino.
  10. Isla del Carmen.
  11. Puerto de Año Nuevo o Boca de San Gregorio.
  12. Isla de Tiburón. Las flechas de llegada y regreso en la esquina inferior derecha indican procedencia de Chacala y rumbo al sur a ese puerto.

A pesar del ambiente aparentemente de tranquilidad, los españoles consideraron que algunos indios se estaban conduciendo insolentemente, por lo que Atondo organizó una demostración del poderío de las armas de fuego que traían para disuadirlos de cualquier posible agresión. Kino narró con detalle las acciones, que resumidamente consistieron en comparar el efecto causado por flechas disparadas por algunos guerreros guaycuras contra un escudo de cuero, y el que produjo el disparo de un arcabuz español. Los nativos se asombraron al ver que las flechas sólo habían rasgado ligeramente el escudo, que estaba recargado contra unos huesos de ballena, y que la “bola” del arcabuz había hecho pedazos el escudo y parte del hueso. Atondo creyó que con esto se reducirían las libertades que se estaba permitiendo los nativos, pero se equivocaba.

A fines de junio de 1683, la situación de los colonos se empezó a tornar difícil, sobre todo por la escasez de alimentos, pues aunque los barcos habían salido a la contracosta para traer víveres, pasaban los meses y no regresaban. Además, la falta de experiencia de los soldados los volvía desconfiados, y mostraban abiertamente su temor de que los nativos los agredieran masivamente y los asesinaran. En una ocasión, un indio disparó un dardo contra un soldado, y aunque ni siguiera le sacó sangre, el almirante ordenó que se le encadenara en el calabozo del barco. Fue por estas razones que Atondo convocó a un “Consejo de Guerra” para que se tomara una decisión: regresarse a lo que llamaban la tierra firme, o quedarse y afrontar la difícil situación lo mejor que se pudiera. Los únicos que votaron por permanecer en California fueron Kino y Goñi.

Por aquel tiempo, el “tambor” mulato de la expedición se desertó, y no se supo de él hasta que los coras fueron con Atondo a informarle que los guaycuras lo habían asesinado en una ranchería en la que le habían recibido. Aunque esto era una mentira, Atondo no se preocupó por comprobar la veracidad de lo dicho por los coras, y el nervioso almirante planeó un cobarde golpe contra los guaycuras.

Aproximadamente el 3 de julio de 1683, según informe del propio Atondo13, dieciséis guerreros guaycuras llegaron al campamento español, mostrando señales de paz. El almirante, temeroso de que todo fuera un engaño para rescatar a un compañero que se encontraba en el real, tramó y ejecutó el asesinato de aquellos nativos de la siguiente forma: para no despertar la desconfianza de los visitantes, ordenó que se les invitara a comer y se les diera atole de maíz; los nativos, sin desconfianza alguna, se sentaron en el suelo a tomar sus alimentos en determinado lugar. Atondo ordenó entonces que se disparara al grupo de guaycuras con un pequeño cañón que ya estaba preparado, y como resultado de ello quedaron tres nativos muertos y los demás escaparon, algunos de ellos heridos14. Atondo quizá no pensó entonces que acababa de sembrar la semilla de un rencor feroz entre los naturales del sur de la península contra los europeos, algunos de los cuales serían asesinados con lujo de crueldad 5 décadas después.

El almirante quería mandar la lancha de “La Almiranta” a las costas de Sinaloa, para que trajera provisiones y la embarcación que no regresaba aún, pero la mayoría de los hombres le pidieron que aguantara una semana con la esperanza de que llegaran los ansiados víveres. Pero ya el temor de que los guaycuras armaran un ataque en su contra por el asesinato de sus compañeros y la falta de comida convencieron a todos de que lo mejor era irse de aquellas tierras. El 13 de julio se cumplió la semana, el 14 los 83 colonos se embarcaron en “La Almiranta”, y el 15 zarparon, cruzaron sin dificultad el Golfo de California y fondearon al norte del río Fuerte, en la actual bahía de Agiabampo, llamada en aquel tiempo Nueva Bahía de San Lucas.

Cuando los expedicionarios encabezados por Atondo y Kino regresaban a Sinaloa a mediados de julio de 1683, “La Balandra” bajo el mando del capitán Parra, que se había retrasado en el viaje a California por múltiples y graves problemas15 apenas se dirigía a California, y cuando después de tocar varios puntos de la costa el 19 de julio llegó a La Paz, al saltar a tierra sus tripulantes se sorprendieron al ver que la colonia estaba abandonada y saqueada por los indios. Parra y sus hombres volvieron a navegar cerca de la costa, desembarcando en varios lugares en los que llegó a tener contacto con los nativos, siempre indagando por el paradero de los expedicionarios, pero todo en vano, y después de seis meses de infructuosa búsqueda, presionado por el descontento de los marineros Parra ordenó el regreso, a los pocos días desembarcaron cerca de la boca del río Sinaloa, y sin saber que Atondo estaba en ese momento a unos kilómetros al norte zarpó hacia Mazatlán. Poco después el fiscal que leyó el informe de Parra en la ciudad de México, le otorgó el crédito de considerar los resultados de su expedición más prometedores que los del almirante Atondo. En aquel juego de esconderse y buscarse con Atondo, Parra había invertido más de 6 meses, y “La Balandra” había quedado casi inservible.

Kino y Atondo no habían renunciado a la colonización de California, y cada quién por su lado hacía las gestiones necesarias para lograr aquel fin, actividades en las que también participaba el padre Matías Goñi. Kino escribió cartas no sólo a autoridades y amigos de la Nueva España, sino a España, en donde una aliada fuerte era la duquesa de Aveiro y Arcos16, a quien mandó mapas de California, pidiéndole su ayuda e intervención para poder continuar las exploraciones, cuyo fracaso inicial se lo achacaba a la mala influencia del cometa que después se llamaría Halley.

Un mes después de que había llegado “La Almiranta” a San Lucas en la costa sinaloense, arribó “La Capitana” bajo el mando del capitán Blas de Guzmán, quien poco después se reunió con Atondo y narró cómo tres meses antes, el 25 de abril de 1683, había zarpado rumbo a El Yaqui para conseguir bestias, 140 cabezas de ganado y provisiones, que llevaría rumbo a la colonia establecida por Kino y Atondo en La Paz, o Nuestra Señora de Guadalupe, como le llamaban algunos. Sin embargo, las tormentas y otros infortunios retrasaron la llegada del navío a su destino hasta el 8 de mayo, después de varios fallidos intentos por desembarcar y después de haber tenido que tirar al agua buena parte del ganado cerca de Isla Coronados17, para no naufragar. Este episodio debe recordarse como ejemplo de tantos otros semejantes ocurridos en tiempos de la California jesuítica, y en él se puede imaginar a los marineros en medio de las embravecidas aguas del Golfo luchando con las aterrorizadas reses para aventarlas al mar por la borda a una muerte segura, con objeto de salvar sus propias vidas.

Aunque no había sido su plan, Guzmán había reconocido varios puntos de la costa en su búsqueda tratando de localizar al almirante. En una ocasión unos pescadores le informaron que Atondo se había ido a San Lucas en la costa sinaloense, por lo que regresó, se reunió con el almirante y le narró todo lo sucedido haciendo mención especial del Río Grande, un lugar apenas al norte de la isla Coronados, en donde habitaban muchos gentiles amistosos. Atondo, Kino y Goñi se dedicaron frenéticamente a buscar ayuda, Kino lo hizo en Sinaloa y Goñi se fue a caballo hacia el norte hasta la misión de Conicari en busca de víveres y trabajadores mayos, el virrey apoyó la magna empresa, Atondo vendió hasta parte de su ropa para obtener dinero, y Kino lo autorizó para que hiciera lo mismo con la que se llevaba destinada a los indios.

Después de todos los preparativos para el nuevo intento colonizador, reunidos hombres, provisiones, caballada, reclutas, navíos carenados debidamente, arcabuces, tortilleras, muchachos sirvientes y esclavas18, el 29 de septiembre de 1683 zarparon de San Lucas hacia “la isla más grande del mundo”, como le decían a California. Kino, como cosmógrafo mayor de la expedición, viajó a bordo de “La Almiranta” al mando del capitán Pereda, mientras que Goñi iba en “La Capitana” con Atondo, en donde también deben haber ido fray José de Guijosa y el médico Castro. Esta vez el rumbo no fue hacia La Paz, sino al noroeste, a la boca del río Grande hoy arroyo de San Bruno, un poco al norte de isla Coronados, a donde llegaron el 5 de octubre de 1683 (ver F 7).

Ese día, según el acta levantada en esa fecha, los expedicionarios tomaron posesión del lugar situado en la costa a los 26º 13´ 38.10¨ N, y 111º 23´41.19¨ W, al que se bautizó como San Bruno por ser los festejos del santo en ese día. Las expectativas eran muchas y el optimismo se notaba en todos, en parte tal vez porque en esa época del año el gran valle estaba verde, había árboles, aparte de que empezaron a llegar nativos amistosos y amables. Las etnias vecinas de San Bruno eran los didius al norte y los edúes al sur. Éstos fueron visitados por el capitán Guzmán el 9 de octubre, y por celebrarse ese día la fiesta de San Dionisio, llamó con ese nombre al cacique de la ranchería, que en su lengua se llamaba “Ibo”, o El Sol19.

El cacique fue descrito por el padre Kino de la siguiente forma: …El capitanejo de aquellos que hablan la lengua noe, que son los edúes, es llamado Dionisio. Es un hombre de muy elevada estatura y es muy pacífico…20 La amistad con Ibo sirvió mucho a los españoles, pues el cacique llevó a casi toda su gente a San Bruno, y muy cerca del real estableció una ranchería; y con sus hombres ayudó a la construcción de un fuerte y de la iglesia. La colonia se estableció en una mesa un poco más de 4 kilómetros arroyo arriba, y para el 30 de octubre el padre Kino dijo la primera misa en la iglesia, en cuyo altar puso una estatua de la Virgen de Guadalupe. La relación con los nativos siguió siendo amistosa, muchos de ellos aprendieron a montar a caballo, como lo hacían los indios mayos cristianos que el padre Goñi había reclutado en Gonicari, lo que les permitió ayudar más a los españoles en los trabajos de la colonia.

El consumo de alimentos y otros bienes que hacía el numeroso grupo de colonos, hizo que pronto se tuvieran que enviar “La Almiranta” a Matanchel y “La Capitana” al Yaqui en busca de víveres, ésta última regresó el 20 de noviembre. El día 30, fiesta del apóstol San Andrés, el padre Kino bautizó la nueva provincia con ese nombre.

Kino y Atondo hicieron una primera “entrada” o exploración inicial hasta unos 25 kilómetros al noroeste del real, al paraje nombrado en los mapas de la época “Llanos de San Pablo”21, junto con 6 hombres a caballo y 6 a pie, encontraron aguajes y también nativos, algunos de los cuales acompañaron al misionero y al almirante a la colonia; en ningún lugar vieron a los indios noys o edúes, enemigos de los nativos locales según lo dicho por el cacique Ibo.

El padre Kino era generoso y amable con los naturales de la región, sobre todo con los niños. A veces subía a éstos a su caballo y cuando sus padres los llamaban no querían irse; el misionero sabía que esa relación atraería más a los indios. A pesar de la buena relación con los naturales, extrañamente Kino no logró que aceptaran plenamente el cristianismo, pues en un año y medio sólo pudo bautizar a 11 niños, y el padre Goñi debe haber tenido resultados parecidos. Hay que señalar que los misioneros estudiaron la lengua de los nativos, y con mucho esfuerzo fueron poco a poco rompiendo la barrera del lenguaje, tal como se explica en el capítulo destinado al padre Juan Bautista Copart.

La segunda entrada que se hizo hacia el interior fue el 1º de diciembre de 1683, iban 25 soldados, bastantes indios incluyendo algunos mayos, 14 caballos y 6 mulas con provisiones para 12 días. El padre Goñi y el capitán Guzmán se quedaron en la colonia, así como 14 marineros de La Capitana que se resguardaba en isla Coronados. La expedición se dirigió al oeste noroeste, tocaron San Isidro, en donde después se fundaría la misión de San Juan Bautista Londó22, a unos 10 kilómetros de San Bruno, y luego directo al oeste hacia la sierra de La Giganta.

La subida de la sierra fue muy difícil, los exploradores que se adelantaban para buscar el mejor paso mandaron decir a Atondo que sería imposible ascender con los caballos, por lo que al siguiente día se tuvieron que quedar 6 hombres cuidando las bestias, los demás todos tuvieron que continuar a pie cargando su propia mochila por la escabrosa y empinada pendiente, y en ocasiones el corpulento y pesado almirante tuvo que ser prácticamente izado con riatas para poder ascender por rutas casi verticales.

Al llegar a lo alto, Kino bautizó la sierra con el nombre de La Giganta, ...por ser tan alta, que al atardecer puede ser vista desde Yaqui, y así mismo porque hace unos días algunas personas dijeron y creyeron que en estas tierras de los noys había gigantes. Nombramos a la cordillera La Giganta...23. En otros capítulos se verá que la idea de que habían existido gigantes en California motivó a algunos misioneros a realizar una investigación sobre el tema.

Desde aquel tiempo, Kino dio muestra de su afán por ver “qué hay más allá del horizonte”, y su gran capacidad física para llevar a cabo jornadas a caballo o a pie que para otros eran extenuantes. En esta ocasión, Atondo se quedó a reponer fuerzas a orillas de un lago que llamaron Santa Bárbara, mientras que el misionero y otros 18 hombres continuaron la exploración. Al poco tiempo

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Algunos puntos relacionados con las exploraciones terrestres del padre Kino y misiones fundadas después.

Adaptación en mapa de Google Earth.

  1. Loreto.
  2. San Bruno.
  3. Arroyo San Juanico.
  4. Arroyo Bombedor, continuación del San Juanico.
  5. Comondú Viejo.
  6. Río Santo Tomás o Cadegomó, hoy R. La Purísima.
  7. San Miguel de Comondú.
  8. San José de Comondú.
  9. La Purísima Vieja.
  10. La Purísima.
  11. Puerto de Año Nuevo.
  12. Río San Gregorio.

encontraron tierras fértiles y algunos indios, que casi siempre huían al ver a los hombres blancos y las bestias; desde lo alto de una cima pudieron ver otro lago y un hermoso valle, cuyos detalles apreciaron mejor con la ayuda de un catalejo. Habían viajado hasta un lugar cercano tal vez a lo que hoy es Comondú Viejo, y se hallaban a unos kilómetros al noroeste de donde se había quedado el almirante. Kino se hacía acompañar de un pequeño indio de nombre Salvador, y por eso pusieron al lago ese nombre.

Poco más allá del lago, los españoles se sorprendieron al ver que diecisiete indios venían de lo alto de un cerro armados con arcos y flechas, comandados por un jefe de gran estatura; los soldados prepararon sus armas, pero Kino se les adelantó, ofreciendo como obsequio a los visitantes pañuelos rojos y cuentas de vidrio. Los nativos se aproximaron, pusieron sus armas en el suelo en señal de paz, y el misionero les puso los pañuelos en la cabeza y les colgó collares en el cuello, lo que acabó con cualquier recelo entre aquellos hombres. Los indios informaron a Kino que cerca estaba un río, el cual debe haber sido el que hoy lleva por nombre La Purísima.

Para el día 6 de diciembre, los exploradores regresaron a donde los esperaba Atondo, y de allí volvieron a San Bruno a donde llegaron a eso de las 4 de la tarde. Aquellas “entradas” que los misioneros y soldados hacían hacia lo desconocido en las que tanto esfuerzo y dinero se gastaba, tenían, como se sabe, el propósito de buscar sitios adecuados para establecer poblados, misiones o puertos, pero además, abrir las rutas por las que sería más fácil viajar hacia esos sitios, entre serranías y cauces secos de arroyos, con frecuencia muy parecidos unos a otros.

Todavía hoy, quien atraviesa la sierra de La Giganta, encuentra frecuentemente bifurcaciones del camino en donde no se sabe cuál es el principal, o cerros cubiertos de multitud de piedras volcánicas muy semejantes unos a otros que fácilmente confunden al viajero. Debe pensarse entonces lo importante que debe haber sido para aquellos exploradores registrar con el mayor cuidado datos topográficos, hidrográficos, así como las mediciones de la latitud y longitud de los puntos por los que pasaban. Fue por eso que Kino, basado en sus observaciones y registros, elaboró un mapa de la región explorada el cual tiene fecha 21 de diciembre de 1683. Por otra parte, hay que recordar que las coordenadas geográficas eran medidas con instrumentos poco exactos, lo que causaba dificultades a quienes interpretaban los mapas de la época. Respecto a los nombres de santos de los lugares por los que pasaban, debe entenderse que no eran necesariamente poblados, y si acaso había ocasionalmente alguna ranchería24.

El 21 de diciembre de 1683 fue un día de mucha actividad en el real de San Bruno, pues “La Almiranta” zarpó por esa fecha hacia la costa de Sinaloa para traer provisiones, y el padre Kino salió en otra expedición, una tercera entrada cuyo objetivo era buscar una ruta mejor que permitiera el paso de las bestias hasta lo alto de La Giganta. El rumbo inicial fue al noroeste, acompañado de Nicolás Contreras, el hombre que primero había escalado la sierra de La Giganta, ocho soldados a caballo y cuatro indígenas: Vicente, Simón, Francisco, y un muchacho de 10 ó 12 años llamado Eusebio. Llevaban provisiones para 4 días, y esta vez Atondo prefirió quedarse.

Después de pasar por San Isidro, en donde se les unieron 15 indios más, llegaron a una aldea abandonada llamada San Pablo a unos 20 kilómetros de San Bruno, en donde descansaron unas horas. Por la tarde al reanudar la marcha, sólo dos indios siguieron acompañándolos, Vicente y Eusebio, además de un cuervo manso que los seguía. Viajaron entonces hacia el norte, con la sierra a la izquierda, hasta que llegaron a un arroyo que los naturales llamaban “Bunmedejol”, y aunque en esa época no llevaba corriente sí tenía en varias partes grandes pozas de agua buena, el nombre actual de esa corriente es Bombedor. En su narración, Kino llama al referido arroyo Santo Tomás por haber llegado allí ese día, y después da el mismo nombre al actual río La Purísima, lo que puede causar confusión al lector. En este lugar acamparon los viajeros y el misionero señala que los caballos no se encontraban cansados, aunque no dice cómo se sentirían los dos muchachos indígenas que quedaban en el grupo, el pequeño Eusebio y Vicente, quienes ese día habían caminado o trotado más de 40 kilómetros25.

Al siguiente día los exploradores subieron hacia el oeste por el cauce del mismo arroyo, con álamos y un manantial abundante, después de refrescarse siguieron el ascenso al poniente hasta que encumbraron la sierra; por fin habían encontrado la ruta deseada. Kino y su gente estaban en el cauce seco donde empieza a formarse la parte alta del arroyo Comondú, que es afluente del río La Purísima, aproximadamente a los 26° 22’ N, y los 115° 50’ W. Continuaron su camino, ahora descendiendo, y pronto encontraron huellas numerosas, veredas, y tierra fértil. Cuando oscurecía llegaron a un punto desde el que vieron fogatas cercanas, pero no quisieron asustar a los nativos y se regresaron para poner su campamento en un lugar sin agua.

Al día siguiente, Kino y su gente vieron una gran ranchería muy poblada de indios, reiterando el misionero en su relato la característica de aquellos naturales de que eran muy altos y de buena figura. Cuando el capitán de los indios vio los 10 jinetes que se acercaban a su ranchería, sintió temor y mandó que las mujeres y los niños se retiraran. El misionero pronto acabó con cualquier recelo que tuvieran aquellos indígenas de la etnia de los didius, hablándoles en su idioma y regalando al jefe pañuelos brillantes, piloncillo y pinole. Al ver eso, unos 50 nativos se acercaron y también recibieron los regalos acostumbrados: navajas, espejos, cuentas de vidrio, tijeras, faldas, etc., pero todo se lo daban a su jefe. De cualquier forma, Kino logró la amistad de los nativos no sólo con sus dádivas, sino con su trato amable, satisfaciendo con calma la curiosidad y las múltiples preguntas que hacían.

En vista de que estaban sobre el tercer día de su salida, el misionero ordenó el regreso a San Bruno, satisfecho de haber encontrado por fin una ruta que permitía el paso con bestias al oeste de La Giganta. El viaje de regreso fue rápido, pues guiados por unos diez nativos locales encontraron un portezuelo en la sierra que les permitió acortar el camino, y a las diez estaban en San Bruno.

Después de la noche de navidad de 1683, que se celebró con tres misas, cantos y bailes, los expedicionarios hicieron varios reconocimientos por los alrededores, se ocuparon en hacer adobes para levantar más viviendas, el padre Goñi había reclutado en Sonora a un grupo de indios mayos para la expedición, y ahora sus mujeres eran las cocineras, sembraron maíz y trigo, y la vida parecía llevar un curso normal. Sin embargo, se empezaron a presentar algunos indicios que presagiaban dificultades serias. Los indios dejaban a sus hijos en la colonia para recibir la doctrina por parte del misionero, pero cuando por alguna razón se disgustaban se los llevaban; además, constantemente se robaban lo que podían, desde una balsa, como lo hicieron unos indios mayos para cruzar el Golfo de California, hasta una borrega para comérsela; el escorbuto hizo su aparición en varios soldados, y el almirante castigaba los delitos aplicando severas varizas a los infractores, incluido un soldado español que en una ocasión apedreó a un nativo. En el terreno espiritual, había un mínimo de bautizos, lo que parece inexplicable dado el carácter amistoso de los indios.

El temperamento a veces cruel de Atondo afloró nuevamente en la colonia cuando, ufanándose de su supuesta valentía, afirmó que él solo podía matar a doce o quince indios, y para demostrarlo puso manos a la obra y asesinó a un nativo inocente. No hay registros que indiquen que los misioneros hayan reprobado su bárbara acción, y sólo se tiene el comentario de Kino que expresó: ...El almirante consideró lo que había hecho como un logro valiente y de hombre...26.

Kino y los otros misioneros quizá tomaron aquel crimen como un incidente que no convenía magnificar, pues seguramente pensaron que una discrepancia seria entre el militar y ellos perjudicaría la disciplina y tranquilidad en la expedición, pero quedaron en duda su piedad hacia los indios, y las mismas órdenes reales que disponían claramente que no se ejercería acción armada alguna contra los naturales salvo en el caso de peligro de la vida. En todo caso, debe haberse hecho difícil una congruencia total entre la disciplina dentro de la expedición, las relaciones personales y jerárquicas entre los jefes del grupo, y los principios religiosos de los misioneros.

La existencia en la colonia se empezó a tornar cada vez más complicada, aunque los indios colaboraban casi siempre de buen grado en el trabajo que se le asignaba, sobre todo acarreando piedras y batiendo lodo para las paredes de las barracas y demás construcciones27, y llegaron a hacer una expedición pesquera que proveyó de buen pescado a todos los colonos para su alimentación. Por algunos de los acontecimientos narrados, los indios decidieron mudar su aldea más allá del fuerte, aunque siguieron trabajando y ayudando a los españoles a cambio de comida, que era su pago.

Los barcos de la expedición se habían ido meses atrás a las costas de Sinaloa a traer provisiones y no regresaban; el agua que sacaban del cauce del río Grande empezó a acabarse, y la cosecha de las siembras consistió apenas en unos cuantos nabos y calabazas, y un poco de maíz y frijol. Al llegar el verano había grave escasez de comida, y cuando la situación parecía insostenible, el 10 de agosto de 1684 “La Almiranta” ancló cerca de la costa, trayendo no sólo las ansiadas provisiones sino a 20 hombres más y al padre Juan Bautista Copart, en lugar del padre Suárez, que había tenido dificultaos don el capitán Diego de la Parra. El día 15, el padre Kino hizo sus votos finales en presencia del recién llegado religioso.

Los 25 soldados que llegaron se agregaron a los 61 habitantes de la colonia, y más que ayuda fueron una carga para la misma, pues venían harapientos, eran inexpertos en la milicia, y ahora se sumaban a las bocas que debían alimentarse. Hay que agregar que Atondo recibió un extrañamiento severo del virrey por su cruel actitud, ya que la noticia del asesinato del nativo en San Bruno se supo en la ciudad de México, así como su intervención indebida en conflictos internos de los indios.

El 29 de agosto de 1684, el padre Kino zarpó en “La Almiranta” rumbo a El Yaqui en procuración de más provisiones y bestias, pues se proponía hacer una entrada hacia el Océano Pacífico. Después de esta fecha se hicieron otros cuatro viajes con el mismo propósito y sostener la colonia en buen estado, lo que ya hacía evidente su incapacidad para mantenerse autónomamente. En el último viaje Kino mandó al padre Juan Bautista Copart para que fuera hasta la ciudad de México a solicitar más ayuda, y de parte del almirante que se mandaran buzos para sacar perlas que mucho servirían para sufragar tantos gastos.

El almirante y Kino mantenían su proyecto para explorar la costa del Pacífico, pero antes decidieron cambiarse a San Isidro, un poco al oeste y norte de San Bruno, no sólo como respuesta a las peticiones de los indígenas sino porque allí sí había agua suficiente y la tierra era más productiva; de inmediato, todos empezaron a levantar las construcciones indispensables, y pronto San Isidro fue el poblado alterno de San Bruno, y con ventaja.

Una interesante aportación etnológica la hizo Atondo en un informe al virrey, al describir una ceremonia que llevaron a cabo unos dos mil quinientos indígenas, según reporte de dos testigos aunque Bolton se muestra escéptico respecto a la cifra mencionada. El acto que se inició el 6 de noviembre como al medio día, fue presenciado por dos soldados que cuidaban los caballos en San Isidro, quienes narraron en síntesis lo siguiente: la ceremonia consistió esencialmente en rendir veneración a un ídolo, dirigido todo por el jefe de los didius, que vestía una red cubierta de cabellos que iba desde los hombros hasta los pies, un adorno de plumas en la cabeza caídas hacia los hombros, en su mano derecha un palo blanco de un metro de largo y en la izquierda arco y flecha.

La reunión ceremonial abarcó dos días e incluyó danzas, cánticos con gritos, procesiones llevando la estatua, subidas corriendo a una colina por parte de algunos de los participantes, y comida de “medesé”, el grano que hay en las vainas del mezquite. Tiempo después de realizada la fiesta ceremonial, el jefe Leopoldo, que había sido de los personajes centrales en la fiesta, fue a San Isidro y pidió comida al cabo Bojórquez, quien aprovechó la ocasión para preguntar al jefe indígena qué representaba la estatua, a lo que contestó que era el dios que les daba su comida, bajando del cielo cuando llovía para darles pitahayas y “medesé”.

Como buen cristiano de la época, el cabo dijo al indio que ese ídolo no les daba nada y que la cruz era mejor, pues esa sí les daba comida y traía a los barcos con ayuda. Leopoldo replicó entonces, apuntando con su dedo, “dile a esa cruz que nos dé algo de comida”. El cabo se desconcertó pero logró salir del atolladero asegurando al jefe que cuando se terminaran las provisiones le pedirían que mandar más...Es difícil creer que el jefe didiu haya sido convencido. El almirante aseguró al virrey en su informe que el ídolo mencionado era el demonio28.

Estimulados nuevamente por informes de que más allá de las montañas había grandes ríos y comunidades en las que se sembraba maíz y frijol29, Kino y Atondo revivieron sus planes para cruzar La Giganta y llegar al litoral del Océano Pacífico en lo que sería su última entrada importante al interior de la península. El entusiasmo del misionero era grande al pensar en el gran número de gentiles que podría convertir, y en la posibilidad de elaborar un mapa de Carolina, como llamaba él a California.

El visitador e inspector Moraza se encontraba en San Bruno y con algo de razón se oponía a que se hiciera la expedición, faltaban herraduras para las bestias, algunos de los soldados no tenían ni camisa y otros ni siquiera sabían disparar un arcabuz, los indios soportaban los efectos de una sequía y era probable que robaran los caballos a los viajeros para comérselos, pero a pesar de tan ominosas advertencias, finalmente, después de recibida la ayuda enviada de Sinaloa, Atondo y Kino cabalgaron a San Isidro, de donde se partiría.

Formaban parte de la expedición el almirante Atondo, el padre Kino, el cirujano Dr. Castro, 29 soldados, dos arrieros, nueve indios de la tierra firme, y un grupo de californios que servirían de guías. Kino llevaba sus instrumentos como cosmógrafo de la expedición, los soldados llevaban sus cueras o casacas de cuero de toro, escudos, arcabuces, una libra de pólvora cada uno, cien balas de arcabuz y una calabaza para tomar agua. Iban también cinco caballos armados, 32 con cueras, 30 mulas cargadas, dos en que montaban los arrieros y 22 bestias de relevo.

El 14 de diciembre, “La Almiranta” zarpó hacia “tierra firme”, ese día Atondo y Kino cabalgaron a San Isidro, y el 15 de diciembre de 1684 salió la expedición hacia la sierra de La Giganta. Aunque los viajeros tuvieron algunos problemas en varias rancherías, la marcha se hizo sin incidentes mayores mientras se ascendió a las montañas por la ruta establecida en el viaje anterior.

A los 4 días llegaron al arroyo Bombedor que Kino había nombrado Santo Tomás, aproximadamente a los 26º 24´ de latitud norte, aunque esta vez el paso se dificultó por el gran número de bestias que llevaban, por lo que el ayudante Chillerón, 10 soldados y 4 indios de Sinaloa arreglaron el camino con picos y hachas. Por entonces Leopoldo, el jefe que había presidido la ceremonia indígena de que se habla en párrafos anteriores, se presentó en el campamento y se aprovechó su estancia para mandarlo como emisario de paz a las rancherías por las que se pasaría.

El día 19, cabresteando las bestias a ratos lo que no impidió que algunas rodaron al vacío, subieron lo que Kino llamó “la cuesta trabajosa”, y después de unos 25 kilómetros de caminata llegaron al arroyo que los nativos llamaban “Comondé”, el actual Comondú, afluente del arroyo La Purísima que Kino llamaba Santo Tomás30, tal como aparece en el mapa de 1701 hecho por el misionero; cerca de allí tocaron una ranchería en la que los reconocieron por haber llegado a ella en el viaje del año anterior.

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Mapa de California elaborado por el padre Eusebio Francisco Kino en 1701

Por tres días los expedicionarios descendieron hasta alcanzar el cauce principal del río La Purísima, y durante ese tiempo llegaron al campamento indígenas didius en plan amistoso, incluyendo, según palabras de Atondo ...cinco preciosas muchachas... traídas por Leopoldo. Es ésta una de las pocas ocasiones en que se registra una opinión de un español sobre una indígena que puede considerarse de encomio, aunque Bolton implícitamente parece considerarla lasciva31.

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Ruta seguida por el padre Eusebio Francisco Kino y el almirante Isidro Atondo y Antillón en su expedición del litoral del Golfo al Pacífico.

NOTA: las líneas verdes no indican corrientes constantes de agua, sino casi siempre intermitentes. Adaptación en mapa de Google Earth.

  1. San Bruno.
  2. Arroyo de San Bruno.
  3. Misión de San Juan Bautista Londó establecida posteriormente.
  4. San Isidro.
  5. Ruta al arroyo Bombedor.
  6. Actual arroyo San Juanico.
  7. Arroyo Bombedor, parte alta del San Juanico.
  8. Paso de la sierra por donde cruzaron de la parte alta de un afluente del Bombedor a la parte alta de un afluente del arroyo La Purísima.
  9. Comondú Viejo.
  10. Tasajera.
  11. Ojo de Agua. Antes y un poco al este de aquí acamparon en un lugar que llamaron La Tebaida.
  12. Noche Buena.
  13. Cerro El Pilón.
  14. La punta de la flecha negra indica la Misión La Purísima establecida después.
  15. La Purísima Vieja.
  16. Río Santiago o actualmente San Gregorio.
  17. Los Inocentes.
  18. Arroyo La Purísima, llamado Santo Tomás por el padre Kino.
  19. Santo Tomás.
  20. Santiago.
  21. Ruta hacia el sur, a la desembocadura del río.
  22. Boca del río La Purísima, llamada Puerto de Año Nuevo por Atondo y Kino.
  23. Ruta de exploración hacia el norte.
  24. San José de Comondú establecida después.
  25. San Miguel de Comondú.

El mismo 19 estuvieron en el sitio que después sería Comondú Viejo32, y siguieron encontrando indígenas amistosos con quienes intercambiaban regalos; continuaron bajando por el arroyo y días después llegaron al punto de unión de varios afluentes del río La Purísima, en donde hallaron abundante agua en manantiales y aguajes, a pesar de que no había llovido en 14 meses; aquí hombres y bestias pudieron calmar la sed que ya se había tornado insoportable. El lugar, todavía llamado El Ojo de Agua, está casi a los 26° 20’ N y 111° 58’ W. De Comondú Viejo al Ojo de Agua se viaja en dirección noroeste y luego suroeste, pero de aquí buscando los mejores pasos tomaron un poco rumbo al sur, por terreno muy quebrado, pues el río corría en partes por el fondo de barrancos de más de 300 metros de hondo; cinco caballos rodaron al abismo, y el cirujano Castro fue uno de los que por poco se ahogan.

El 24 de diciembre de 1684 llegaron a un lugar que llamaron Noche Buena, hoy El Zacatón, y allí acamparon; según Atondo los indios locales consideraban dioses a aquellos extranjeros, les pedían que produjeran lluvia, y no aceptaron la comida que les ofrecieron por temor a que estuviera envenenada. El día 26 bajaron hasta el fondo del arroyo con grandes trabajos, en donde enormes piedras les dificultaban el paso33, algunos jinetes cayeron al agua así como la carga de algunas bestias, pero siguieron su avance ahora hacia el suroeste hasta que llegaron muy cerca de lo que después sería La Purísima, en donde acamparon. Al siguiente tuvieron a la vista el cerro El Pilón, que llamaron “Sombrerete de San Juan”, estaban en lo que después sería la misión La Purísima. Ese día bajaron hasta un lugar que llamaron Los Inocentes, unos 18 ó 20 kilómetros río abajo, y allí dejaron a los animales más lastimados de las pezuñas o los que no tenían herraduras, a cargo de un soldado, para que se repusieran aprovechando el buen pasto que había.

El 29 de diciembre de 1684, el padre Kino y Atondo, con 18 soldados, 3 indios y cargando dos mochilas con provisiones siguieron bajando, acamparon en un paraje que llamaron Santo Tomás Cantuaria, y el sábado 30 estuvieron en donde se une a la corriente de La Purísima el actual arroyo San Gregorio, lugar que los viajeros llamaron Santiago y el mismo nombre asignaron al río; aquí había agua y una aldea recién abandonada, de lo que se percataron porque aún había fogatas encendidas. Cruzaron luego unos médanos hacia la playa y doblaron al sur, hasta que llegaron a la desembocadura de los dos ríos, llamada hoy Boca de San Gregorio que se encuentra a los 26º 02´N. Aunque la fecha era 30 de diciembre de 1684, el lugar fue bautizado entonces con el nombre de Puerto de Año Nuevo. Explorando la playa encontraron unas conchas de abulón que las describieron como muy hermosas, así como huesos de ballenas, Atondo ordenó a algunos hombres que trataran de cruzar el estuario hacia el sur en los mejores caballos pero no pudieron hacerlo por lo profundo del agua. De aquí viajaron al noreste, siguiendo el cauce del río y encontraron que los nativos bloqueaban en partes la corriente para atrapar pescado, los exploradores regresaron a Santiago y allí acamparon. Los indios que encontraron eran muy desconfiados, y aunque aceptaron algunos regalos del padre Kino, hicieron saber a los forasteros que debían dejar su aguaje, luego partieron y no regresaron al campamento34.

Al siguiente día, domingo 31 de diciembre de 1684, el almirante, Kino y algunos hombres volvieron a la costa y viajaron por unos 20 kilómetros hacia el norte, encontraron algunos indígenas que huían al verlos, una salina con sal de buena calidad, y sin más novedades se regresaron al campamento en Santiago.

El lunes 1º de enero de 1685 se inició el regreso de la expedición aproximadamente por la misma ruta de venida, y para el día 13 de enero de 1685 estaban de vuelta en San Bruno. En su informe al virrey Atondo señaló que ninguna de las tierras reconocidas en el viaje servía para el cultivo, pero la importancia de la expedición estuvo en haber vencido las grandes dificultades que presentaba la sierra de La Giganta y de que sus integrantes fueron los primeros hombres blancos que cruzaron las desafiantes montañas. Hay que considerar, además, que los mapas que el padre Kino elaboró con base en las exploraciones realizadas, fueron tal vez la referencia geográfica más útil para los jesuitas de aquel tiempo, que años más tarde plantarían misiones en la zona reconocida como San Javier, Comondú y La Purísima. También debe señalarse que, sorprendentemente, las rutas abiertas en aquel tiempo, frecuentemente basadas en las veredas de los indios, coinciden en muchos trechos con los actuales caminos que unen las comunidades de esta parte de la sierra, por todo lo cual debe considerarse el viaje como un gran esfuerzo, cierto que muy costoso, pero que produjo beneficios importantes a los pueblos de la región.

El 16 de febrero de 1685, Atondo y el padre Matías Goñi encabezaron una expedición con la intención de llegar a Bahía Magdalena, mientras que Kino permanecía en San Bruno. El contingente lo formaban 21 soldados, un arriero y herrero, un esclavo, cuatro indios cristianos de tierra firme, varios nativos de San Bruno y mulas cargadas con provisiones para 25 días, pero después de 5 difíciles jornadas, al no poder franquear acantilados y profundos barrancos que les cerraban el paso, tuvieron que regresar a Ligüí (ver F43), en donde tenían su base de operaciones.

Uno de los pocos ataques de los indios a las expediciones llevadas a cabo en aquellos años se dio en esta entrada de Atondo y Goñi, cuando en la playa unos nativos dispararon sus flechas contra los caballos de la retaguardia e hirieron a dos. Los soldados dispararon a los indios, que eran unos 40, mataron a uno y los demás escaparon. Para el día 28 de febrero Atondo y sus hombres estaban en San Dionisio, y de aquí se dirigieron a San Bruno por una ruta cercana a la costa que años después usaría Salvatierra frecuentemente; el 6 de marzo la expedición llegó de regreso a San Bruno. Aunque en el informe de Atondo se dice que no hay lugares con agua y tierras fértiles suficientes, el almirante mencionó que en los cerca de 160 kilómetros recorridos, encontraron 25 rancherías, todas muy pobladas, que vivían en pequeños jacales de ramas. Como en otros relatos, describió a los naturales como corpulentos, robustos y de buena presencia35.

Aunque Kino no participó en la expedición, relató el viaje tal como se lo contaron los expedicionarios cuando regresaron, en su “Relación de la segunda entrada de las Californias o Carolinas, de este año de 1685 hacia el Sur”. Como ya era la costumbre, las embarcaciones de la colonia se pasaban casi todo el tiempo en la contracosta procurando provisiones o reparándose, y esta vez, “La Balandra” no había aparecido, “La Capitana” o “Concepción” tenía más de un año reparándose en Matanchel, mientras que “La Almiranta” o “San José” había zarpado hacia Matanchel desde el 14 de diciembre de 1684. Las provisiones ya empezaban a escasear, cuando el 6 de marzo fondeó “La Balandra” en la bahía de San Dionisio procedente de Matanchel, lugar por el que Atondo acababa de pasar en su regreso a San Bruno.

Estando San Dionisio a unos kilómetros al sur de San Bruno, el capitán de “La Balandra” desembarcó a un hombre para que llevara un mensaje escrito a la colonia, avisando de su llegada. Kino relató que, a pesar de que los indios habían sufrido el asesinato de uno de sus hermanos a manos de los soldados apenas unos días antes, esta vez, en lugar de cobrar venganza con el mensajero que se dirigía solo a San Bruno, le ayudaron en todo, lo acompañaron en el camino, y cuando no pudo seguir por el cansancio y la sed, ellos, los naturales, siguieron hasta el Real en donde informaron lo sucedido y pidieron agua para llevarle. Éste es uno de muchos casos en que los nativos, llamados frecuentemente “bárbaros” por los españoles, mostraron no sólo sentimientos de piedad hacia ellos, sino la capacidad para perdonar y no guardar rencor a quienes los ofendían gravemente36. Pocos días después, “La Balandra” ancló frente a las costas de San Bruno, y el 25 arribó “La Capitana”, llevando no sólo provisiones, sino 4 buzos pescadores de perlas, que el almirante había pedido. Atondo no perdía de vista la posibilidad de enriquecerse, además de pensar que si se encontraban perlas, la corona favorecería la colonización de California.

El mismo Kino no escapó a la tendencia general de exagerar las potencialidades del Golfo de California en sus yacimientos perlíferos, y en una carta que dirigió al padre Martínez tiempo atrás le expresó: …Estoy dejando con el padre Rentero, vicerrectror de Sinaloa, doce grandes conchas de madreperla. Puesto que su Reverencia dijo que no le mandara ninguna a menos que fuera gigantesca. Las estoy mandando de inmediato a su Reverencia en México, pues en las Californias hay montañas de ellas y muchas con perlas…37. Sin embargo*,* el gobierno de la Nueva España no estaba muy satisfecho con los resultados obtenidos hasta entonces con las expediciones encabezadas por Atondo y Kino, y así se los había hecho saber; el padre Copart gestionaba frenéticamente ayuda en la ciudad de México38, la sequía se había extendido ya por 18 meses, el escorbuto afectaba a muchos colonos, la tierra no producía nada, y ya se habían registrado varios fallecimientos, en el terreno espiritual, Kino casi no había llevado a cabo bautizos y se había gastado un enorme capital.

En aquel contexto en el que sobresalían la falta de recursos y la incapacidad para convertir al cristianismo a muchos de los gentiles, a pesar de su carácter amistoso, Atondo convocó a una reunión para tomar una decisión, entregó preguntas por escrito y pidió respuestas en la misma forma, y a excepción de Kino, todos los demás estuvieron de acuerdo en abandonar momentáneamente la colonia y regresar cuando los enfermos se hubieran curado, pero no a San Bruno, sino a otro lugar mejor39, en el nuevo plan Atondo y Goñi en “La Blandra” buscarían perlas mientras Kino y Guzmán en “La Capitana” tratarían de encontrar un lugar mejor que San Bruno. Kino insistió en quedarse diciendo que él cuidaría de los enfermos mientras llegaba ayuda, pero su opinión fue rechazada.

El 6 de mayo, los barcos estaban cargados, varios indígenas habían ayudado a traer agua desde San Isidro y sólo faltaban 20 caballos y mulas, los mejores fueron subidos a los navíos al siguiente día, algunas bestias se dejaron a los nativos quienes probablemente se las comieron. Kino esta vez abordó “La Capitana” del capitán Guzmán acompañado de siete muchachos californios, lo cual aceptó Atondo a regañadientes, y al siguiente día, cinco de ellos fueron bajados en la playa. Hubo lágrimas de parte de muchos nativos y deseos de acompañar a los españoles, lo que conmovió a los misioneros. Atondo abordó “La Balandra” el día 8, y esa tarde zarpó hacia Sinaloa, llegó el 17 a San Ignacio, Mientras que “La Capitana” lo hizo en la noche con rumbo al norte, y el 10 de mayo ancló en la desembocadura del Yaqui, varios enfermos fueron llevados por Kino y Guzmán a Tórim, en donde fallecieron tres.

Después de 35 días de preparación para reiniciar el nuevo viaje, y habiendo recibido la ayuda generosa de las misiones cercanas, el 13 de junio de 1685 Kino y Guzmán zarparon en “La Capitana” desde la boca del Yaqui hacia California, pero después de varios días de navegación, y por temor de encallar en los bajos de Salsipuedes, se devolvieron hacia la costa de Sonora, y el 19 de junio anclaron en lo que hoy lleva el nombre de Bahía Kino, y que entonces el misionero y Guzmán llamaron San Juan Bautista. Allí permanecieron 50 días, tiempo que ocuparon en intentar nuevas salidas y exploraciones pero los prospectos de viajar al norte no fueron alentadores. En ese tiempo Kino visitó a los seris de aquella costa y se ganó su amistad. El 9 de agosto los exploradores pudieron iniciar el retorno a Yaqui, a donde llegaron el 12 de agosto de 1685, de donde Kino y el capitán Guzmán zarparon hacia Matanchel vía California, acompañados de varios soldados, tocaron San Bruno y allí desembarcaron a dos muchachos indios que los habían acompañado.

Mientras tanto Atondo había diferido su salida por mal tiempo, pero el 14 de julio lo hizo y llegó a La Paz el 16. El almirante llevaba cuatro buzos para extraer perlas, que de inmediato se pusieron a hacer su trabajo, con el barco anclado en la isla Santo Tomás. Kino y Guzmán se reunieron después con el almirante y lo acompañaron en algunas de sus salidas por el Golfo de California y obtuvieron algunas perlas de calidad. Tal vez los misioneros pensaban que si se reportaban a la corona hallazgos perlíferos importantes, el erario real apoyaría definitivamente la colonización de California.

A pesar de que navegaron en “La balandra” y “La Capitana” por muchos sitios considerados por otros exploradores y por los nativos como yacimientos perlíferos, nunca obtuvieron ni en cantidad ni en calidad lo que esperaban. Las boxoo, como llamaban los indios a las perlas, se estaban agotando. Las mejores perlas eran llamadas taladros, las de menor calidad aljófares, y las que estaban todavía por debajo de éstas berruecos. Los buzos indígenas sacaban entre 100 y 300 conchas, pero sólo una pequeña parte de ellas tenían perlas, casi todas aljófares o berruecos. Las mejores perlas que obtuvo Atondo fue por trueques realizados con indígenas de lo que hoy sería Puerto Ballena; allí los nativos se aglomeraban en sus pequeñas balsas alrededor de La Balandra, cada uno trayendo un paquete del tamaño de una nuez envuelto en piel de conejo. Aquí, el almirante consiguió a cambio de cuchillos 15 granos de taladros.

Finalmente, Kino y el capitán Guzmán regresaron a Matanchel el 17 de septiembre después de no pocos incidentes en el mar, todavía con la esperanza de rehacerse para una enésima expedición a California. Atondo llegó a Matanchel el 8 de octubre, obligado por el mal tiempo y las protestas de los marineros; Goñi prefirió quedarse en Sinaloa, por su parte Copart se fue a Guadalajara con sus niños indios, y de Matanchel, Kino también se fue a Guadalajara, y aunque tal vez presentía que jamás podría reiniciar la evangelización en California, argumentó ante las autoridades más con entusiasmo que con fundamentos razonados, los beneficios que se tendrían con otra expedición. Atondo, con el deseo de seguir en su incansable búsqueda de perlas, aunque siempre con pobres resultados, se dirigió a México a insistir en sus gestiones.

Ante los argumentos del padre Kino para que se autorizara el establecimiento de misiones en California, el virrey Paredes accedió el 3 de julio de 1685, pero el misionero no supo esta determinación hasta principios de noviembre, cuando a su regreso de Guadalajara se encontró con el almirante cerca de Compostela, cuando se dirigía a México. El 12 de noviembre llegó Kino a Matanchel, y efectivamente encontró allí la disposición favorable a sus anhelos colonizadores. Sin embargo, aunque el panorama parecía mejorar para las aspiraciones del misionero, por esos días el virrey tuvo noticia de que un barco pirata esperaba al “Galeón de Manila” para asaltarlo cerca del puerto de Navidad, por lo que ordenó a Atondo que de inmediato navegara con su pequeña flota hacia el encuentro del Galeón, para advertirle del peligro y escoltarlo con sus navíos hasta Acapulco. Parte del mensaje del virrey decía: ...ayer llegó un reporte de que los tres barcos de la Armada de Californias estaban en el puerto de Matanchel, con nada que hacer en la empresa de la conquista para la cual la armada fue constituida, habiendo dejado esas islas porque eran inhabitables, es ahora posible ordenar que esta pequeña flota pueda ir proteger la Nao de China...40

La expresión que usó el virrey de “inhabitables” al referirse a California hizo comprender a Kino que aquella empresa ya no prosperaría. El almirante y el misionero zarparon el 29 de noviembre de 1685 y al siguiente día encontraron al galeón, al que escoltaron hasta Acapulco pero por una ruta alejada de Navidad, lo que evitó el encuentro con los piratas.

De Acapulco, Kino y Atondo se fueron a la Ciudad de México, y después de que el almirante entregó las pocas perlas que llevaba al virrey, ambos rogaron al gobernante que les permitiera su regreso a California. La petición fue autorizada en principio, pero se confirmaría por el rey cuando se tuvieran $30 000.00 pesos que se necesitaban para los gastos. Por ese tiempo llegó a la capital una recua de mulas procedente de Zacatecas con una carga de $ 80 000.00 pesos de plata, lo que llenó de optimismo al misionero y a Atondo. Sin embargo, en esa época se tenía que dominar una posible rebelión en Nueva Vizcaya, seguir con la campaña en la Tarahumara, y gastar en las frecuentes guerras que sostenía el imperio español, por lo que la corona decidió suspender por tiempo indefinido la colonización en California, lo cual se estableció formalmente en una cédula real el 22 de diciembre de 1685.

En lo espiritual y en lo material podría decirse que los viajes de Kino y Atondo a California fueron un fracaso por las siguientes razones: a pesar de las relaciones amistosas entre Kino y los indígenas, estos se mostraron hasta cierto punto indiferentes a la conversión religiosa, lo cual era el objetivo principal de la penetración a los territorios de gentiles, prueba de lo cual es el mínimo número de bautizados que hubo durante su estancia en la península; las colonias establecidas en La Paz, San Bruno y San Isidro tuvieron que abandonarse al no poderse sostener autónomamente, perdiéndose todo lo invertido en ellas; en la exploración que se hizo a la costa occidental de la península no se encontró un lugar adecuado para establecer un buen puerto, sobre todo por la falta de agua y leña; la cosecha de perlas en el Golfo de California fue muy reducida, y nunca se acercó en valor a los gastos realizados; y finalmente, las relaciones con los indios guaycuras de La Paz fueron desastrosas por la crueldad del almirante Atondo, lo cual se repitió aunque en menor grado en San Bruno.

Sin embargo, es indiscutible que gracias a estas primeras exploraciones se conoció mejor la lengua de los naturales de aquel territorio; se establecieron rutas que servirían a otros misioneros en la fundación de varias misiones; y se hicieron mapas que serían de incalculable valor para otros exploradores. Además, el sólo hecho de que Kino y Atondo hayan sido los primeros europeos en cruzar la sierra de La Giganta los convierte en figuras destacadas en la historia de Baja California.

El padre Kino abandonó California definitivamente, pidió ser destinado a Sonora, y llegó a Cucurpe el 13 de marzo de 1687, en donde realizó su aspiración de catequizar a miles de indígenas, sobre todo en la Pimería Alta, y fundar numerosas misiones en una labor que se le reconoce internacionalmente. Ha sido sin duda el misionero que cabalgó una mayor distancia que cualquiera otro de su tiempo, bautizando, civilizando a los naturales, y plantando misiones en las sierras y desiertos de Sonora. En la Pimería Alta cabalgó unos 30 000 kilómetros, desempeñándose no sólo como evangelizador, sino como civilizador y científico, acompañado siempre de su astrolabio y su brújula para registrar los datos astronómicos que le permitieron elaborar los primeros mapas en los que la Baja California aparece como península.

Quizá el éxito de su extraordinaria labor en Sonora se debió en parte a las experiencias obtenidas en California, de las cuales dedujo y aplicó siempre tres principios básicos: mantener su labor misionera apartada, hasta donde fuera posible, de los mandos del ejército español; no insistir en hacer de los indios hombres “diferentes”, y trabajar con ellos y por ellos sin descanso. Aun así, el padre Kino tuvo enemigos que intentaron desacreditar su trabajo en Sonora, como sucedió en el caso del asesinato del padre Francisco Javier Saeta, a quien mataron unos pimas rebeldes en la Semana Santa de 1695.

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Territorio de la Pimería Alta, destino del padre Kino.

En esa ocasión, cuando los culpables fueron capturados y se hizo una sangrienta represión por los soldados en contra de muchos pimas inocentes, Kino tuvo dos actitudes que fueron severamente criticadas por algunos de sus compañeros: primero ordenó la captura y traslado de dos de los cabecillas culpables a su casa en donde los encerró con guardia que los vigilara; y segundo, intervino para que se les perdonara y concediera su libertad, lo que logró. Su primera acción provocó la furia de algunos misioneros, sobre todo del padre Campos, pues en aquel tiempo era considerada una falta gravísima que un misionero interviniera en asuntos no religiosos, y menos como “alguacil”, según se dijo. Por otra parte, la gestión con éxito a favor de los pimas culpables a quienes se dejó en libertad también causó la ira de otros misioneros, aunque debe entenderse que con el perdón a los culpables, Kino estaba tratando de asegurar una relación pacífica con aquellos indios en el futuro.

En 1711 Kino se dirigió a Magdalena, Sonora, con el fin de hacer la dedicación de una capilla a su santo patrono. El poblado se había preparado para festejar aquel acontecimiento, el acto religioso se había iniciado, y cuando el misionero cantaba la misa de dedicación repentinamente se sintió mal. Poco después de la media noche del 15 de marzo de 1711, murió a pesar del auxilio que trató de darle el padre Campos, su amigo y colaborador por 18 años. Kino falleció casi a los 66 años de edad, su lecho mortuorio fueron dos pieles de becerro como colchón, dos cobijas de las que usaban los indios y se dice que una silla de montar como almohada. Fue sepultado abajo de los escalones que llevan al altar. El registro de su deceso hecho por el padre Agustín de Campos dice:

Padre Eusebio Francisco Kino

En 15 de marzo [de 1711] poco antes de media noche, recibidos los Santos Sacramentos, murió con grande sosiego y edificación en esta casa y pueblo de Santa Magdalena, el padre Eusebio Francisco Quino, de edad de setenta años, Misionero casi veinte y cuatro de Nuestra Señora de los Dolores fundada por el mismo Padre, el que trabajó incansablemente en continuas peregrinaciones y reducciones de toda esta Pimería. Descubrió la Casa Grande, Ríos Gila y Colorado, islas, naciones Cocomaricopa y Sumas y los Guizamaopa de la Isla, y descansando en el Señor está enterrado en esta capilla de San Francisco Xavier al lado del Evangelio donde caen la segunda y tercera silla en ataúd. Fue de nación alemán de la provincia que pertenece la Baviera, habiendo sido antes de entrar en la Pimería misionero y cosmógrafo en la California en el tiempo del Almirante Don Isidro de Otondo.

Agustín de Campos, IHS.

En 1965, el embajador de México en los Estados Unidos asistió a una ceremonia en la que el ilustre misionero fue incorporado, como fundador del estado de Arizona, al “National Statuary Hall Collection” en el Capitolio de Washington. Al saber del acto, el presidente de México

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Diorama del padre Kino en “Tumacácori National Historical Park”

Gustavo Díaz Ordaz ordenó al Secretario de Educación Pública Agustín Yáñez que se localizaran los restos del padre Kino. Yáñez encargó al antropólogo Wigberto Jiménez Moreno la importante tarea la cual culminó exitosamente el 19 de mayo de 1966. Poco después los restos del primer misionero colonizador de Baja California fueron sepultados en la plaza de Magdalena, que desde entonces lleva el nombre de Magdalena de Kino, Sonora.


  1. “Rim of Christendom. A Biography of Eusebio Francisco Kino, Pacific Coast Pioneer”, New York. The Macmillan Company, 1936, p. 28. ↩︎

  2. Ibid., p. 30. ↩︎

  3. Datos tomados de Trumacácori National Park; Mission 2000 Database, Searchable Spanish Mission Records, ID. número 3673. ↩︎

  4. Bolton, Herbert Eugene. “Rim of Christendom”, The MacMillan Comnpany, New York, 1936, p. 100. ↩︎

  5. Clavijero, Francisco Xavier. Historia de la Antigua o Baja California. Edit. Porrúa, S.A., México, 1990, p. 133. ↩︎

  6. Puerto que se ubicaba entre lo que hoy son los estados de Nayarit y Jalisco. ↩︎

  7. El veedor real era un oficial de la corona que se encargaba de vigilar personalmente que se cumplieran las disposiciones reales. ↩︎

  8. A son de cajas significa a toque de tambor, que en este caso estaba a cargo del mulato Juan de Zavala. ↩︎

  9. Bolton, op.cit., pp. 106,107. ↩︎

  10. Nativos del sur de la Península de filiación guaycura. ↩︎

  11. Ibíd., p. 115. ↩︎

  12. Kino refirió que el idioma guaycura no era muy difícil de aprender, y que tenía todos los sonidos del alfabeto, excepto s y f↩︎

  13. El informe lo escribió Atondo en San Lucas el 25 de septiembre de 1683. ↩︎

  14. Bolton, op.cit., pp. 117-118. ↩︎

  15. La Balandra quedó destrozada en Chametla, y Parra tuvo que regresar a Chacala por otra embarcación, la que compró con dinero que consiguió en el curato de Compostela, luego tardó 30 días en llegar a Mazatlán ya con el padre Suárez a bordo, aunque después se quedaría en tierra por temor. ↩︎

  16. Doña María Guadalupe Láncaster, (o Aláncaster, o Aláncastre), Duquesa de Aveiro, de Arcos y de Maqueda, (1630-1715), fue una dama rica y poderosa que además de ser famosa mecenas, aportó importantes cantidades de dinero para ayudar a la causa de las misiones. ↩︎

  17. En el mapa F7 la isla Coronados aparece como una manchita clara en el mar entre los números 2 y 3, en la punta de la flecha que llega a San Bruno. ↩︎

  18. Bolton, “Rim of...”, op.cit., p. 126. De toda esta ayuda recabada por Atondo en su mayor parte en el presidio de San Felipe, es notoria la presencia de algunas esclavas que, aunque los relatos del viaje no se especifica su función, seguramente servirían en los quehaceres más humildes como el lavado de ropa, entre otras. ↩︎

  19. Guzmán no sólo bautizó a Ibo como Dionisio, sino que también dio ese nombre al estuario cercano, en donde años después se fundaría Loreto. ↩︎

  20. Bolton, op.cit., p. 131. ↩︎

  21. El paraje donde después se estableció San Juan Bautista Londó queda entre San Bruno y Llanos de San Pablo. ↩︎

  22. Los edúes llamaban al lugar Londó, y los didius Cathemeneol. ↩︎

  23. Bolton, op.cit., p. 146. ↩︎

  24. Barco, Miguel del., “Historia natural y crónica de la Antigua California”. Edición, estudio introductorio y notas de Miguel León-Portilla, IIH, México, 1973. ↩︎

  25. Bolton, op.cit., p. 154. ↩︎

  26. Bolton, op.cit., p. 160. ↩︎

  27. Es increíble qué tan duro trabajaron estos indios nativos, mujeres y hombres, trayendo y acarreando piedras y zoquete para las paredes de la fortificación y para los bastiones… (palabras de Kino), Bolton, op.cit., p. 161. ↩︎

  28. “Rim of Christendom…”, Bolton, op.cit., pp. 175-178. ↩︎

  29. Ibíd., p. 178. ↩︎

  30. Conviene aclarar que el río Comondé, el arroyo de Cadegomó, el Comondú y el Santo Tomás, son la misma corriente que hoy recibe el nombre de La Purísima, aunque los tres primeros se aplican a la parte alta cercana al nacimiento del río. ↩︎

  31. Bolton, op.cit., p. 184. El autor señala que la presencia de las muchachas creó un problema de disciplina para Atondo, y que el padre Kino se mantuvo discretamente en silencio. ↩︎

  32. Comondú Viejo está apenas arriba de los 26º 21´de latitud norte, y 111º 50´de longitud. ↩︎

  33. Casi todos los lechos de arroyo en el sur de la Península tienen grandes piedras ↩︎

  34. First from the Gulf to the Pacific, Isidro Atondo y Antillón, Trad. y Edit. Por W. Michael Mathes, 1969. ↩︎

  35. Bolton, op.cit., p. 193. ↩︎

  36. Kino dice: …los indios demostraron su gentileza y libertad del espíritu de la venganza… ↩︎

  37. Bolton, “Rim of…”, op.cit., p. 123. ↩︎

  38. El padre Copart se había llevado a tres muchachitos indios a la Nueva España, quizá para exhibirlos como muestra de los logros evangelizadores en California, y aunque los muchachos eran muy inteligentes según la opinión de Ceballos en un reporte al virrey, no se permitió que Copart los llevara a la ciudad de México y tuvieron que quedarse en Guadalajara. ↩︎

  39. Los asistentes fueron Kino, Goñi, Guzmán, Lascano, Moraza y Contreras. ↩︎

  40. Bolton, “Rim of…”, op.cit., pp. 220, 221. ↩︎