Antonio Ponce Aguilar

El Coronel Esteban Cantú en el Distrito Norte de Baja California. 1911-1920
 
A manera de introducción

Esteban Cantú Jiménez es tal vez la personalidad más polémica en la historia de Baja California, aunque esta idea sólo es aplicable a historiadores e intelectuales, porque para el pueblo en general, sobre todo las nuevas generaciones, el perfil del militar neoleonés es difuso, si es que se percibe, tal vez porque poco se habla de él en los modestos cursos de historia regional que se imparten en las escuelas, y las referencias que se encuentran sobre su persona en bibliotecas y librerías son muy pocas. De cualquier forma, la opinión general de quienes han sabido algo sobre Cantú como gobernante, sobre todo por medio de la tradición oral popular es favorable, especialmente entre los antiguos residentes del Valle de Mexicali, aunque seguramente no ocurra lo mismo en Ensenada por razones que se irán mencionando más adelante.

Este libro es una sencilla narración sobre las acciones de Cantú como comandante militar y gobernante del Distrito Norte de Baja California, desde su llegada en 1911 hasta 1920 cuando tuvo que dejar el gobierno. Su participación en los principales hechos históricos con que se inició el arranque de Baja California hacia la modernidad es indiscutible, si como elementos de ésta se incluyen los cambios sucesivos por los cuales una sociedad se hace comercialmente abierta, un gobierno autocrático se hace más democrático, la educación se populariza, una economía de ubicación local se internacionaliza, una población eminentemente rural tiende a la urbanización, el fenómeno migratorio se intensifica motivado por las nuevas condiciones, y las comunicaciones favorecen las relaciones de todo tipo entre la población; pero sobre todo, los integrantes de un pueblo se sienten por primera vez con la posibilidad de intervenir en el futuro de su propio destino. Todo lo dicho, en algún grado, sucedió durante el gobierno del Coronel Esteban Cantú.

Lo que sigue también es la historia del comienzo de una relación internacional muy complicada con los incómodos vecinos del norte en las dos primeras décadas del siglo XX, al iniciarse una época en que se dan hechos que afectan a las poblaciones de ambos lados de la frontera en Baja California, obedeciendo más que a las voluntades de los gobernantes, a tendencias sociales, económicas y políticas que se han ido generando en una dinámica binacional de la actividad humana, que busca la superación en todos los órdenes. Ejemplo de lo dicho es que desde entonces, se fue integrando una misma región económica con los poblados de las dos naciones, unidos para bien o para mal por la situación geográfica y los problemas semejantes que los afectaban.

También se encuentra en este libro algo sobre la historia de una simbiosis económica laboral injusta y dispareja si se quiere, entre la “Colorado River Land Company” y el pueblo del Distrito Norte de Baja California. A pesar de que la corporación extranjera ha sido vista por muchos mexicanos como una villana o protagonista malvada de la historia, debe reconocerse que aportó los gigantescos capitales necesarios para echar a andar la economía de Mexicali aprovechando las aguas del río Colorado, lo que permitió décadas más tarde convertir la delta del gran río en uno de los más grandes distritos de riego del país.

Por su parte, los capitalistas extranjeros lograron ganancias nunca imaginadas gracias a sus inversiones en el Distrito Norte de Baja California, y a que una buena cantidad de mexican greasers1 o “mexicanos grasosos”, como despectivamente llamaban los extranjeros a los trabajadores nacionales locales y venidos de otras entidades, aportaron su trabajo no sólo en territorio mexicano, sino también en el naciente Valle Imperial al norte de la frontera, que en años posteriores llegaría a ser una de las zonas agrícolas más productivas del mundo. Además, como se explica al interior de esta obra, las aguas del Colorado fluyeron por primera vez a los canales de riego en los Estados Unidos gracias al río Álamo, que por territorio mexicano llevó el líquido como un canal natural a los campos agrícolas norteamericanos, lo que de otro modo hubiera resultado casi imposible o muy oneroso por las dificultades topográficas.

Las aguas canalizadas del río Colorado se distribuyeron por primea vez en el Valle Imperial en 1902, y aunque con descalabros iniciales dio comienzo la etapa de desarrollo en la región incluyendo las comunicaciones, pues el ferrocarril “Southern Pacific” construyó un ramal de Niland, situada a tres kilómetros al sur de la Depresión Salton, el cual llegó ese mismo año a Caléxico, el poblado fronterizo al norte de Mexicali.

Seguramente el lector encontrará en este libro mayor número de temas relacionados con Mexicali y su valle que con las demás ciudades de la entidad, lo cual es consecuencia de que, aunque el Coronel Esteban Cantú ejerció su mandato sobre todo el Distrito Norte, fue en la zona norte donde se realizaron las transformaciones más importantes en materia económica, incremento poblacional y cambios urbanos2, sobre todo por la vecindad y relación económica con las ciudades norteamericanas de California, así como por la posibilidad de contar con agua potable para el desarrollo

Los fines de semana, en las tórridas tardes del desierto del Colorado3, después de terminar sus labores en los campos agrícolas, en los canales en construcción, o en el mantenimiento de la vía del tren, una singular estirpe de rudos y sudorosos trabajadores entre los que había mexicanos, norteamericanos y chinos, tostados por el ardiente sol en la región de Imperial, al norte de Mexicali, con la paga semanal en sus bolsillos, se acercaban a un vagón del ferrocarril que desde hora temprana se encontraba en un ramal desocupado de la vía, a olvidar su cansancio y aturdirse con el “whiskey” frecuentemente adulterado que allí se les vendía; y es que con buen olfato para los negocios, algunos empresarios habían acondicionado dos o tres vagones del tren para convertirlos en bares circulantes, y se situaban en lugares estratégicos para atender a los sedientos parroquianos que llegaban en busca de diversión.

Los “floating saloons” o salones flotantes, como eufemísticamente les decían los americanos, satisfacían una necesidad imperiosa de aquellos peones, que hacían un trabajo extenuante durante toda la semana en uno de los climas más secos y calientes del mundo. Sin embargo, aquella válvula de escape que les permitía salir por un rato de la agobiante realidad cotidiana, el esperado día en el que podían gastar su dinero bebiendo una copa con sus amigos, o jugando baraja, o en la compañía de alguna muchacha que encontraba allí la oportunidad de ganar algunos dólares, pronto desaparecería por algún tiempo.

Adelantándose 20 años a la época de la prohibición, cuando en los Estados Unidos se proscribió la producción y comercialización de bebidas alcohólicas, importantes sectores de la sociedad norteamericana consiguieron desde entonces que las cantinas rodantes de Imperial fueran desterradas, ya que se consideraban generadoras de las peores degradaciones humanas. Las peticiones al gobierno norteamericano hechas por asociaciones religiosas, así como de distinguidas damas y prestigiados grupos civiles del sur de California tuvieron éxito, los vagones-cantina ya no llegaron a su destino, y pareciera que los trabajadores del desierto estarían condenados a no disfrutar del esparcimiento semanal que tanto apetecían.

Sin embargo, los dueños de los bares rodantes y otros muchos empresarios dedicados al mismo ramo encontraron la solución para poder seguir con la actividad de sus negocios, la cual consistió en establecerlos en el naciente poblado de Mexicali, o en cualquier otro lugar al sur de la frontera4, en donde prácticamente no había restricción alguna y sólo se tenían que pagar puntualmente los impuestos señalados por el gobierno del Distrito Norte de la Baja California. Y lo que fue inicialmente el cambio de residencia de algunos expendios de bebidas alcohólicas del norte al sur, se convirtió en una verdadera avalancha que fue vaciando a las poblaciones americanas de buena parte de sus establecimientos indeseables.

Para 1904, ya funcionaba un ramal del Ferrocarril “Southern Pacific” de Imperial a Caléxico, y esto formalizó el inicio de un auge económico en Mexicali, ya que muchos norteamericanos consideraron al poblado fronterizo, hermano de Caléxico, como su sitio de recreo predilecto para divertirse los fines de semana, al que ahora se podía llegar con más facilidad desde los pueblos cercanos como Calipatria, Brawley, El Centro y Holtville. Con diversas variantes, algo semejante sucedió en los demás pueblos mexicanos de la frontera, especialmente Tijuana, a los cuales también fueron trasplantándose casinos, cantinas y prostíbulos procedentes de los Estados Unidos5. Los “floating saloons” evolucionaron al sur de la frontera adquiriendo formas más estables y una clientela diversificada proveniente ya no sólo de California sino de distantes lugares.

Lo anterior es paradigmático de los hechos que por décadas se siguieron dando en la Baja California, y que dieron lugar a la llamada “leyenda negra” con que se caracterizó nacionalmente a los poblados fronterizos, especialmente Tijuana, ciudad a la que se describía en una evidente exageración como una moderna Sodoma en la que supuestamente toda la población vivía de la explotación del vicio. Tuvieron que pasar años para que las principales fuentes de ingresos del gobierno dejaron de ser las contribuciones de cantinas, casinos y lupanares, al irse creando penosa y lentamente, verdaderas fuentes de trabajo para el pueblo, que le dieron vida propia al norte peninsular. Lo anterior no significa, por supuesto, que el vicio con sus múltiples variantes hubiera desaparecido como parte del movimiento económico fronterizo, pero sí que la región se fuera convirtiendo en un polo de desarrollo nacional gracias a la mejor oferta de trabajo, lo que produjo un flujo migratorio constante procedente de todas partes del país, y que se sostiene hasta la fecha.

Pero lo mencionado hasta ahora es sólo parte de un complicado contexto social, político y económico que prevalecía en Baja California durante la época del coronel Cantú, a lo que habría que agregar la presencia de los inmigrantes chinos, el uso y comercialización del opio, el auge de la educación y las comunicaciones, un incipiente reparto agrario que desafiaba a las poderosas compañías extranjeras, así como las ambiciones por el poder y el actuar político de Cantú sobre el filo de la navaja en el trato con los Estados Unidos y con el gobierno de la República, éste con todos sus vaivenes políticos en plena época revolucionaria, y aquel, con la ancestral aspiración de buena parte de sus políticos de apoderarse de la Baja California.

Lo que innegablemente ha trascendido del gobierno de Esteban Cantú hasta nuestros días en lo que hoy es el Estado de Baja California es su extraordinaria acción educativa popular y el inicio formal de las comunicaciones modernas, pero además, se debe recordar el vigor con que defendió la dignidad del gobierno ante la soberbia de las compañías extranjeras que nunca escondieron sus ambiciones territoriales, y la defensa que siempre hizo de los intereses del pueblo. Por otra parte, al igual que muchos gobernantes en otros tiempos y lugares, seguramente Cantú llegó a pensar que sólo él podía mantener la paz y el progreso en la región, que su presencia en el gobierno era indispensable, y es probable que aun se haya vislumbrado a sí mismo como Presidente de la República en un futuro no lejano, organizando un país en el que todo sería paz, trabajo productivo y felicidad.

El particular pragmatismo del coronel Cantú, sus personales ambiciones de poder, un sistema educativo accesible a todos los niños del Distrito, y un ambiente de paz que propiciara el trabajo fueron parte de las aspiraciones que marcaron su existencia como gobernante, y pensando que los fines justifican los medios, para la realización de su proyecto no dudó en procurarse el capital necesario de los impuestos que fijó su gobierno a los centros de vicio que operaban en la entidad, se atrevió a deslindarse de las facciones políticas de la época revolucionaria haciendo del Distrito Norte una entidad casi autónoma para mantener la tranquilidad social, y legalizó la comercialización del opio que se efectuaba entre ciudadanos de origen chino.

Algo que hasta cierto punto empaña la vida política del coronel Cantú es que, después de que tuvo que ceder el gobierno del Distrito Norte de Baja California al señor Luis M. Salazar el 18 de agosto de 1920 y se exilió en los Estados Unidos, promovió desde este país pequeños ataques armados contra Tijuana, que en lo militar y político carecieron de importancia, pero que hicieron ostensible la incongruencia de todo su decir y actuar en el gobierno del Distrito Norte a fines de su mandato, cuando siempre sostuvo que para él lo más valioso era la paz social.

Tome en cuenta el lector que a continuación, se pretende describir la obra del coronel Esteban Cantú en la Baja California, aceptando que como a cualquier personaje histórico las acciones de su vida fueron afectadas por luces y sombras; y que en este relato como en cualquier otro, la objetividad total no existe, porque siempre permanecen agazapadas en algún rincón de la mente de quien escribe valoraciones y simpatías o antipatías que inconscientemente influirán en su narración. En este libro, en cierto grado algo así ha de suceder; sin embargo, las abundantes citas bibliográficas, la tradición oral de testigos privilegiados que vivieron algunos de los hechos, fotocopias de documentos sacados del Archivo Histórico del Estado de Baja California, y las transcripciones parciales de fuentes originales serán útiles para reducir al mínimo el riesgo mencionado. Por otra parte, el autor vivió su infancia en Tijuana y Mexicali, a poco más de una década después del final del régimen de Cantú, cuando aún se percibía algo de la estructura política, económica y social de su tiempo, lo que dejó algunos imborrables recuerdos.


  1. Britannica World Languaje Edition of Funk & Wagnalls Standard Dictionary, V. 1, p. 553. ↩︎

  2. Después de 1920, el incremento poblacional fue aumentando más en Tijuana que en las demás ciudades del Distrito, y para las últimas décadas del siglo XX, la urbanización también se dio en mayor grado en esta ciudad. ↩︎

  3. El Desierto del Colorado es una división del gran Desierto de Sonora, del cual forma parte en su región noroeste, y abarca la zona sureste del estado norteamericano de California. El Desierto de Sonora comprende la mitad occidental del Estado de Sonora, casi toda la península de Baja California con excepción del noroeste, el suroeste de Arizona y el sureste de California. ↩︎

  4. “The Journal of San Diego History”, “The Wild Frontier Moves South…”, Lawrence D. Taylor, verano 2002, Vol. 48, No. 3. ↩︎

  5. Tecate escapó a esta proliferación de centros de vicio por su escasa población que era de carácter eminentemente rural. ↩︎