Antonio Ponce Aguilar

El Coronel Esteban Cantú en el Distrito Norte de Baja California. 1911-1920
Capítulo VIII: 
El vicio y la economía en el Distrito Norte de Baja California

A un poco menos de cuatro años antes de que Cantú llegara a la Baja California, la falta de fuentes de recaudación en el Distrito motivó el decreto del 12 de octubre de 1907 para tener efecto a partir del 8 de febrero de 1908, por el cual el presidente Porfirio Díaz autorizó el establecimiento de juegos de azar en Tijuana, con la esperanza de atraer al turismo norteamericano para que ayudara a mejorar la economía en la región. Desde entonces se empezaron a escuchar voces de descontento de los grupos moralistas que se iban formando en el sur de California, los cuales veían en esas actividades en los poblados mexicanos fronterizos la negación de los valores morales que supuestamente eran la base de su sociedad1. cambiaron sin ninguna dificultad a territorio mexicano.

La traducción del letrero destinado al turismo en camino a la garita fronteriza es: ‘¿Por qué irse?, Tú volverás’

Faltaban todavía 13 años para que se aprobara en los Estados Unidos la prohibición de los expendios de licor, pero ya los gobiernos de algunos estados norteamericanos empezaban a considerar indeseable y aun ilegal el funcionamiento de cantinas, así como casas de juego y de prostitución, sobre cuya operación se dictaron medidas cada vez más restrictivas hasta acabar por prohibirlas. Pero aun recibiendo con frecuencia las protestas de las organizaciones moralistas norteamericanas, el gobierno mexicano permitió que se estableciera ese tipo de negocios en los poblados del norte. Desde entonces, al tener que clausurar sus negocios en el sur de California, algunos americanos los

Los moralistas estadounidenses sintieron que su obligación era llevar su lucha hasta el territorio nacional fronterizo, pues buena parte de la juventud del sur de California se volcaba en él los fines de semana. Los escritos de protesta contra el vicio en todas sus formas, además de las corridas de toros, peleas de box y de gallos, fueron llevados por comisionados norteamericanos hasta la ciudad de México para solicitar del gobierno acciones concretas con el fin de suspender esas actividades, lo cual desde aquel tiempo fue una constante por muchas décadas en las relaciones de los dos países.

Aquí cabe aclarar que los norteamericanos atacaron el problema del vicio en su país sólo suprimiendo los establecimientos donde se explotaba comercialmente, pero sin remover las causas sociales y económicas subyacentes que generaban tales actividades, como la pobreza y la falta de fuentes de trabajo. Además, se manejaba en la gran nación una doble moral, pues algunos de los capitalistas que tenían en México casinos, cantinas y demás negocios que ahora se prohibían en los Estados Unidos, eran allá figuras sociales respetables. Algunos norteamericanos que llegaron a tener diversos negocios en los poblados mexicanos de la frontera pero prohibidos en su país fueron John E. Rusell, que obtuvo permiso para establecer las carreras de perros; y J. L. Smith para una plaza de toros, además de Marvin Allen de quien se habla más adelante.

Como tema relevante a lo que aquí se menciona debe recordarse que a mediados del S. XIX, la Gran Bretaña sostuvo guerras con China, cuyo gobierno se oponía a la introducción del opio por la potencia europea en el país, y en estas acciones también lucraron comercialmente muchos ciudadanos norteamericanos.2

La cruzada moralista de los americanos logró la paulatina desaparición de casinos y la venta de bebidas embriagantes en su país, lo cual culminó finalmente con la Ley Volstead, por la que se prohibió la producción y venta de bebidas alcohólicas, medida que fue aprobada por el Congreso de los Estados Unidos el 18 de octubre de 1919 para hacerse efectiva el 1º de febrero de 1920, poco antes de que Cantú dejara el gobierno del Distrito Norte de Baja California. Una de las primeras organizaciones que realizó gestiones para que se prohibieran los espectáculos mencionados fue el “Progressive Movement”, a la que se sumaron otras y cuya acción culminó con la promulgación de la ley señalada.

Desde 1913 se hizo famosa en Mexicali la cantina y salón de baile El Tecolote, cuyo dueño fue originalmente Marvin Allen. Ya durante el gobierno de Cantú, el fuerte temblor de junio de 1915 derribó el edificio de la cantina, que rápidamente fue reconstruido ahora con el nombre de Teatro El Tecolote, pero siguió con las mismas funciones que tenía antes, aunque destacó también como casa de juego. Por varios años fue el centro de diversión preferido por los peones y trabajadores agrícolas del sur de California, y en su orquesta llegó a tocar en 1921 Jack Tenney, quien después en otro lugar llamado “Imperial Cabaret” se hizo célebre por su composición musical titulada primero “El Vals”, y nombrada después “Rosa de Mexicali”.3

Después de caer la dictadura de Díaz, recuérdese que la turbulencia revolucionaria por la que pasó el país y el endeudamiento continuo del gobierno federal, impedía el envío regular de los fondos que el lejano distrito necesitaba para su sostenimiento. Cuando en 1915 el Coronel Esteban Cantú asumió oficialmente la gubernatura del Distrito, encontró que las arcas estaban vacías, con el agravante de que se debían salarios por muchos meses a los maestros y soldados.

Ya se dijo que el nuevo gobernante aprovechó el momento de su inicio en el puesto para pedir de inmediato, un préstamo forzoso a los vecinos, sobre todo a los comerciantes, que sería pagadero en un plazo de 28 días. No faltaron quienes, con justificada razón, pensaron que Cantú haría lo que casi todos sus predecesores: quedarse con todo el dinero posible y luego huir a los Estados Unidos. Sin embargo, para sorpresa de todos lo primero que hizo Cantú con el dinero recabado fue precisamente pagar sueldos vencidos a soldados, maestros y empleados del gobierno. Cuando personalmente se trasladó a Tecate, Tijuana y Ensenada causó la alegría general al hacer entrega de los haberes que ya se consideraban perdidos, además de que con esta acción, se robusteció su carismática personalidad como gobernante.

El coronel se dio cuenta que para iniciar su proyecto de gobierno en el que se contemplaban esencialmente comunicaciones, escuelas, urbanización y actividad agropecuaria, todo en un ambiente de paz social, era indispensable una estructura económica autosuficiente cuyo arranque requería de una buena cantidad de dinero.

Por otra parte, había cuatro condiciones sociales imperantes en el Distrito Norte que hacían cada vez más real el peligro de una anexión de la Baja California a la Unión Americana: primero, la escasa población que se daba en tan extenso territorio, en donde faltaban colonos mexicanos y sobraban terratenientes norteamericanos; segundo, la pobreza general que afectaba al pueblo; tercero, una precaria paz social que podía romperse en cualquier momento; y cuarto, la hegemonía que las compañías e inversionistas extranjeros ejercían sobre pueblo y gobierno del Distrito al ser dueños de enormes extensiones de tierra.

Cabe mencionar en relación a este último aspecto, la frecuencia con que el jefe político en turno acudía a las oficinas de la “Colorado River Land Company” para tratar asuntos diversos en lugar de que los representantes de la corporación extranjera fueran al despacho del gobernante, lo que es muestra del grado de abyección al habían llegado las autoridades locales.

Los problemas mencionados podían resolverse en buena parte con suficiente dinero y voluntad política, lo que hizo que el Coronel decidiera reanudar la legalización de los juegos de azar, y aprovechar los impuestos pagados por esos negocios casi siempre de dueños norteamericanos, en la construcción paulatina de una estructura económica capaz de llegar algún día a la autosuficiencia, ya sin necesidad de las aportaciones del vicio. La voluntad política mencionada tenía que ser resultado del proyecto de gobierno de Cantú, apoyado totalmente por su equipo de trabajo, lo que no siempre logró el nuevo mandatario. Sobre este particular, debe señalarse que como era natural, el Coronel siempre trató de que sus subordinados en los puestos clave del gobierno fueran personas afines a la política de su gobierno, lo cual no siempre logró particularmente en Ensenada.

Aparte del turismo norteamericano, otro elemento cada vez más importante en la economía local era el comercio del opio ejercido por los inmigrantes chinos que, provenientes en gran número de los Estados Unidos o del interior del país, llegaban al Distrito a trabajar como peones agrícolas en la Colorado. Muchos de los orientales consumían la droga cotidianamente, lo que decidió al Coronel a incorporar tales actividades a la legalidad, a lo que habría que sumar el cobro que se les hacía por el derecho a entrar al territorio nacional. Cabe mencionar que en muchos países modernos, actualmente se han dado debates en los que personalidades destacadas de la sociedad consideran válido promover cierta forma de legalización de algunas drogas, como la mariguana.

Ya durante el gobierno de Cantú, dos de los capitalistas americanos que decidieron invertir en negocios en el Distrito Norte, particularmente en Tijuana, fueron James W. Coffroth y Baron H. Long, quienes adquirieron el Jockey Club de Baja California e inauguraron un hipódromo el día primero de enero de 1916. Esto fue motivo para que ocurriera la primera avalancha turística a Tijuana en el siglo XX, a pesar de que los moralistas de San Diego prohibieron el anuncio de las carreras de caballos. Por esta época, en un solo día llegaron a visitar Tijuana más de 10 000 turistas, y para 1919, al finalizar la primera guerra mundial y después de terminado el ferrocarril San Diego-Arizona, llegaron a visitar la ciudad 22 000 turistas en un fin de semana atraídos principalmente por las carreras de caballos y los juegos en los casinos.

El 15 de julio de 1915, el empresario minero Antonio Elosúa, cuñado del ex presidente Francisco I. Madero, logró que el gobierno de Cantú le otorgara un permiso para establecer negocios de juegos de azar en Tijuana, y ese mismo día el inversionista inauguró La Feria Típica o Feria de Tijuana, cuyo edificio principal sería después el palacio municipal. En la feria se ofrecían a los turistas corridas de toros, carreras de caballos, peleas de gallos, juego en los casinos y peleas de box profesional, lo cual estaba prohibido en California. Además de ese negocio, Elosúa también estableció el “Casino Monte Carlo”, lo que lo convirtió por un tiempo en uno de los empresarios mexicanos más importantes en el ramo turístico en la frontera.

Feria Típica de Tijuana en el año de 1915, situada en lo que hoy es la Calle 2ª.

El auge económico en Tijuana disminuyó momentáneamente al terminar las festividades de la feria, pero cuando en 1917 el gobierno de San Diego prohibió los bailes en cabarets, la ciudad volvió a atraer a decenas de miles de turistas, muchos de ellos procedentes desde Hollywood, a tres horas de viaje, y otras ciudades lejanas hasta donde había llegado la fama de los centros de diversión que había al sur de la frontera.

Curiosamente, a pesar de las campañas en contra, al aproximarse el día de la inauguración del hipódromo la compañía del ferrocarril tuvo que aumentar sus corridas diarias de treinta minutos a la frontera para satisfacer la demanda de pasajes a Tijuana. Por otra parte, a las protestas de las diversas ligas y grupos moralistas se sumaron las quejas de algunos periódicos como el “Los Angeles Morning Tribune”, que atribuyó un importante descenso del público que antes asistía a la Exposición Panamá-California de San Diego de 1915-1916, y el presidente municipal de Los Ángeles informó a la prensa que había pedido al Presidente Woodrow Wilson que ordenara el cierre de la frontera con México, sobre todo por los actos de robo y prostitución que se daban en el poblado fronterizo.

Cantú no podía ver con indiferencia la posible pérdida o disminución de aquel enorme flujo de visitantes que producía un importante ingreso económico en su gobierno, y pensó que debía contrarrestar de algún modo la campaña norteamericana en contra de los “centros de diversión” locales que tanto atraían a los americanos. Por otra parte, el propio pueblo fronterizo criticaba frecuentemente la descarada presencia del vicio en el Distrito, aunque justo es aclarar que esos negocios se ubicaban en zonas determinadas fuera de los barrios residenciales. Además, aun en los periódicos de la capital del país se aludía a estos hechos, siempre con el acostumbrado morbo que exageraba el aspecto negativo de la situación. Fue por esas razones que el Coronel ordenó a la policía limpiar las calles de Tijuana y Mexicali de estafadores, rufianes y prostitutas callejeras, muchos de los cuales fueron expulsados del país y otros metidos a la cárcel.

Aunque la medida calmó momentáneamente la avalancha de críticas que hacía la prensa extranjera a la administración de Cantú, al poco tiempo se reanudó con la fuerza acostumbrada. De todos modos, el gobierno del Distrito y las secciones municipales siguieron cobrando a las casas de juego y demás centros de vicio establecidos las acostumbradas cuotas mensuales, sin contar los ingresos por concepto de la inmigración china y los derechos por la comercialización del opio4. Cancelar esos arbitrios hubiera significado la paralización de todas las actividades que en obra social y material realizaba el gobierno.

La manera como la administración de Cantú calmó por un tiempo las fuertes críticas en su contra sería después copiada por los gobiernos posteriores en Baja California, los cuales periódicamente hicieron campañas contra el vicio para aplacar aunque fuera por un tiempo las críticas en su contra. Esto no fue impedimento para que en ese tiempo se iniciara la llamada “Leyenda Negra de Tijuana”, aludiendo a la percepción que en toda la república se tuvo de esa ciudad y toda la frontera norte de Baja California, como una moderna Sodoma o región de la perdición.

A pesar de lo expresado, aun en la época de mayor auge de ese turismo que venía en busca de lo prohibido en su país, la mayor parte de los habitantes de la frontera se dedicaban como en cualquier poblado, a actividades productivas honestas, y sólo un puñado de personas se involucraban directamente en actividades conectadas con el funcionamiento de las cantinas, lupanares y casinos. Por otra parte, las actividades delictivas eran mínimas.

Debe admitirse sin embargo, que el dinero que dejaban los visitantes en hoteles, restaurantes y demás negocios, beneficiaba indirectamente a la clase trabajadora del Distrito, al fortalecer la economía de patrones y empresarios, pero algo que Cantú no pudo hacer en los primeros años de su gobierno fue lograr que esa derrama económica beneficiara directamente y en forma más amplia a las clases populares, ya que la mayor parte del dinero iba a dar a los bolsillos de los dueños y empleados principales de los centros de vicio, quienes vivían en San Diego, Los Ángeles o Caléxico. Los vendedores mexicanos de artesanías y curiosidades eran de los que aprovechaban más el movimiento turístico, pero aún así, se quejaban de que los visitantes eran atraídos al hipódromo y a los casinos norteamericanos en perjuicio de sus negocios.

Tradicionalmente, la corrupción de los jefes políticos y funcionarios del Distrito desde la época porfiriana que hacían uso indebido de los impuestos recabados, impedía la justa y suficiente aplicación de los mismos en obras de beneficio popular. En 1890, durante el gobierno del General Luis Emeterio Torres, quien en lo personal tuvo fama de ser un hombre honrado5, varios oficiales de su gobierno estuvieron dispuestos a apoyar a las compañías extranjeras en su intento de independizar a la Baja California a cambio de beneficios económicos, según lo que después reportó el principal conspirador Walter G. Smith, lo cual es un ejemplo del extremo al que llegó la corrupción imperante en muchos funcionarios.

En tiempos del gobierno de Cantú, en dos o tres años fueron traídas a Mexicali y Tijuana unas 700 prostitutas norteamericanas, las que se ubicaron de inmediato en diversos lupanares de los poblados fronterizos. En Mexicali se hizo famoso el centro de vicio llamado “El Tecolote”, mencionado en páginas anteriores, en donde unas 175 mujeres pagaban al gobierno por el derecho a ejercer sus actividades de trece a quince mil dólares mensuales. Fue en esa segunda década del siglo XX cuando los norteamericanos sedientos de licor y otros placeres cruzaban del Valle Imperial a Mexicali, y de San Diego a Tijuana, en donde dejaban grandes cantidades de dinero que iba a parar en buena parte a los empleados americanos y a los dueños de los negocios, y en menor proporción a trabajadores mexicanos de segunda categoría. Hay que admitir, sin embargo, que también muchos de esos dólares llegaban a las arcas del gobierno del Distrito, que así podía realizar las obras que tanto se necesitaban.

Hasta el ayuntamiento de Ensenada se beneficiaba directa o indirectamente de los ingresos obtenidos en los centros de vicio de Tijuana, y prueba de esto fueron las quejas que varias veces interpuso ante el jefe político, protestando porque gran parte de esos fondos que se obtenían en el poblado fronterizo que políticamente pertenecía al municipio de Ensenada, iban a dar a Mexicali y aun de Tecate. Además, en el puerto también operaban centros de vicio aunque no tan numerosos como en Tijuana y Mexicali, y una buena cantidad de opio llegó a ser distribuido en el resto del distrito desde esa ciudad. Debe aclararse que una razón por la cual el vicio no proliferó en Ensenada tanto como en Tijuana y Mexicali, fue que el bello puerto se encuentra a poco más de cien kilómetros de la frontera, y el transporte por tierra desde San Diego no era fácil.

Pero aun con todas las protestas de los moralistas estadounidenses, y a pesar de las críticas constantes que hacía la prensa nacional sobre la forma como se sostenía el Distrito Norte, se inició lentamente una etapa que comparada con lo que ocurría en otros estados de la República, era de franco progreso y estabilidad, lo que se comprobaba con el flujo constante de migrantes provenientes de diversos estados de la república.

Fotografía antigua de la Cantina Hussong, de Ensenada, fundada en 1892 por el inmigrante alemán Johan Hussong.

Tarjeta postal de Tijuana en las primeras décadas del siglo XX.

El turismo era fuente indirecta de ingresos económicos para el gobierno. El nombre Ti juan que aparece en la tarjeta es el mismo que tenía la ranchería indígena kumiay en donde se levantó el rancho de don Santiago Argüello, antecedente de la ciudad de Tijuana


  1. La verdad es que desde aquella época, la oferta en el lado mexicano de la frontera de diversión no aceptable para la sociedad norteamericana inició el mito indebidamente generalizado de que los peores vicios se encontraban en México los cuales debían suprimirse, sin destacar los hechos de que quienes hacían uso de aquella oferta eran en muy elevado porcentaje los norteamericanos que venían en su búsqueda, y que muchos de los propietarios de esos negocios eran estadounidenses con residencia en el país del norte. Una parecida reedición del mismo tema, pero ahora con el narcotráfico, se da en la actualidad. ↩︎

  2. Los ingleses promovieron la producción y consumo del opio en China, y su adicción afectó gravemente a un buen sector del pueblo en aquel país. En Mexicali, a pesar de que en la abundante población china el opio era de uso común, los mexicanos tenían prohibida su entrada a los fumaderos, mientras los norteamericanos sí tenían acceso al enervante. ↩︎

  3. La composición se popularizó mundialmente con el nombre de “Mexicali Rose”. ↩︎

  4. “The Journal of San Diego History”, verano del 2002, Volumen 48, número 3, Lawrence D. Taylor, citando al San Diego Union del 1o de enero de 1917, del 28 y 29 de abril de 1915, y del 109, 16 y 17 de junio de 1916; así como a James A. Sandos en “Northern Separation during the Mexican Revolution: An Inquiri into the Role of Drug Trafficking, 1910-1920”, The Americas, 41, Oct. 1984*.* ↩︎

  5. El General Luis Emeterio Torres, después de una carrera política y militar desempañada en diversos lugares del país, murió pobre, habiendo dejado a su familia al morir una modesta casa, hipotecada. ↩︎