Antonio Ponce Aguilar

El Coronel Esteban Cantú en el Distrito Norte de Baja California. 1911-1920
Capítulo III: 
Primeros días en Mexicali. Gallego y la colorado

La expedición militar llegó a Caléxico California, el 26 de junio de 1911, y a las 7 horas cruzaron la frontera a Mexicali. El largo viaje se había realizado sin novedad, la caballada en la que se incluía “El Travieso”, de Cantú, se encontraba en buen estado. El Coronel Fidencio González le entregó al mayor sus órdenes, que consistían esencialmente en guarnecer la plaza de Mexicali, que estaba enteramente libre, mientras que él seguiría a Tijuana.

Mexicali a la izquierda, y Caléxico a la derecha en 1911. La arboleda se encuentra en línea con la frontera internacional. En el fondo se alcanza a apreciar borrosamente el Cerro del Centinela.

Lo primero que vieron los oficiales en las calles de Mexicali fue a algunos hombres portando de mala manera sus armas 30-30 y 30-40. Esto podía significar para cualquier oficial con experiencia dos cosas: indisciplina entre la tropa y tolerancia indebida del oficial al mando. Por estas razones el Mayor Cantú le pidió a su superior, el Coronel Fidencio González, que esperara dos horas antes de seguir a Tijuana, mientras valoraba la situación que se notaba un tanto irregular, y de ser necesario tomar juntos la mejor decisión en el caso de un problema imprevisto. Sin embargo, por razones desconocidas el coronel no aceptó la petición del mayor y siguió a su destino.

Es difícil saber por qué motivo sucedió esto, pero es posible que el coronel sintiera que su dilación en la prolongada marcha a lomo de bestia que le esperaba todavía para llegar a Tijuana, constituyera en sí un riesgo, por la posibilidad de que alguna fuerza antagónica al gobierno supiera de su llegada y perpetrara algún hecho violento en aquella población. Fue en esas condiciones de relativa inseguridad que Cantú desembarcó rápidamente su tropa mientras que su asistente se encargaba de su caballo, se alojó en la sala de espera del ferrocarril1, y la tropa en un cuarto grande de adobe frente a la estación, con el Capitán 1º. Gabriel Rivera al mando. Tan pronto como pudo, Cantú preguntó al primer hombre armado que encontró quién era su jefe, el soldado contestó que el comandante local era Rodolfo Gallego, por lo que Cantú le mandó decir que viniera a hablar con él, pues ahora tenía bajo su mando la guarnición de la plaza.

Técnicamente no debería existir ningún problema para que el Mayor Cantú tomara a su cargo la comandancia militar de Mexicali, pues el acto de rendición de los magonistas, cuyo comandante local era Francisco Quijada, se había llevado a cabo sin problemas el 17 de junio de 1911 ante la presencia de numerosos negociadores entre los que estaban Rodolfo Gallego, el mencionado jefe magonista Francisco Quijada, quien según lo dicho por Cantú, había pasado su gente con todo y armas a Gallego por un pago aproximado de $ 7 000.00 dólares, el cónsul de México en Los Ángeles Antonio Lozano, y el acaudalado comerciante Aurelio Sandoval. Como resultado del pacto, deberían quedar en Mexicali sólo 50 hombres al mando de Gallego, pero poco después de su llegada, Cantú descubriría según su propio dicho, que se le había mentido al Gobierno de la República, pues había en la plaza 385 hombres armados.

Lo expresado por Cantú en sus Apuntes Históricos difiere algo con lo dicho por el investigador norteamericano Lowell Blaisell, quien en su libro “La revolución del desierto. Baja California, 1911”, expresa respecto a la rendición de Mexicali: …Además del general Quijada y sus hombres, entre otros participantes estaban Rodolfo Gallegos, un ex liberal que acababa de organizar un grupo de vigilantes2 cuyos miembros provenían en parte del ejército magonista; Benigno Barreiro, comerciante español de Mexicali; Antonio Lozano, cónsul mexicano en Los Ángeles; Alberto Andrade, del Ferrocarril Southern Pacific; Aurelio Sandoval, rico comerciante peninsular, Carlos Bernstein [o Beristáin], joven maderista recién llegado de Sonora; y…el ex General Leyva, que acababa de llegar de Ciudad Juárez…Cada hombre recibió diez dólares…Los mexicanos se dispersaron lo mejor que pudieron. A los norteamericanos se les dio su primera comida completa en varios días en un restaurante chino de Caléxico, y después fueron llevados a la vía del tren y se les dijo que se separaran antes de llegar a El Centro3. Según el autor citado, prácticamente no quedaron norteamericanos en Mexicali, lo cual tal vez era cierto si no se toman algunos extranjeros que posiblemente militaban entre los “vigilantes” de Gallego, los cuales ya no eran magonistas. Gallego no era un simple cacique o jefe militar, y pronto fue nombrado Subprefecto político en lugar de Francisco Terrazas, depuesto por los insurrectos al tomar Mexicali. En un ejercicio de incipiente democracia sin precedente en el Distrito, El Jefe Político Celso Vega había ordenado a Cantú que los ciudadanos de Mexicali votaran para designar al nuevo subprefecto político del poblado. Se nombró una comisión que se entrevistó con Vega en Ensenada, y de todo esto, en julio de 1911 resultó nombrado Subprefecto Polìtico de Mexicali Rodolfo Gallego.

Fotografía de Rodolfo Gallego ya con el grado de general, años después de salir de la Baja California.

La experiencia de Cantú le aconsejaba que, desconociendo el número real de tropas que había en la plaza, y las intenciones del jefe de las mismas, era necesario proceder con seriedad y energía, pero al mismo tiempo con precaución para evitar una sorpresa desagradable. Había que demostrar quién tenía el poder de las armas, y de esto Cantú no tenía la seguridad absoluta, pues pensar que solo había 50 hombres con Gallego, y suponer que la filiación política e intenciones de éste eran afines al maderismo podía ser una ficción peligrosa.

Quizá por estas razones, dio instrucciones a Rivera de que en caso de ser interrogados, dijera que las fuerzas recién desembarcadas sumaban 400 hombres y dos ametralladoras, y que esperaban refuerzos de Ensenada.

Montando al Travieso, Cantú revisó el perímetro de Mexicali apenas en cincuenta minutos, y se dio cuenta que había unas 300 trincheras a lo largo de la margen derecha del Río Nuevo que circundaba el poblado, cada una con bombas de dinamita improvisadas. No encontró otras cosas significativas en relación con la situación militar, y a eso de las once de la mañana regresó a la sala de espera del ferrocarril, que desde ese momento y no habiendo otras construcciones adecuadas en Mexicali, hizo las funciones de su alojamiento, oficina de la guarnición, cárcel y guardia de prevención.

Rodolfo L. Gallego, quien ocupó el puesto de Subprefecto Político en Mexicali desde 1911 hasta 1912, era según la descripción hecha por Cantú, un hombre como de 40 años de edad, de corpulencia robusta, que tendría aproximadamente un peso de 110 kilos, era nacido en Los Ángeles, California e hijo de padres mexicanos. En su temprana edad se dedicó al abigeato y al contrabando de drogas que practicaba en territorio mexicano. Fue aprehendido por dichos delitos y consignado al Ejército en la época del General Sanguinéz [sic.], habiendo sido puesto en libertad por comprobar ser ciudadano norteamericano4.

Documento firmado por Rodolfo Gallego como Subprefecto de Mexicali, en 1911.

Gallego o Gallegos5, como también se le conocía, había cambiado de bandera política según las circunstancias. Cuando los liberales tomaron Mexicali el domingo 29 de enero de 1911, vivía en el poblado y era amigo de Gustavo Terrazas, acaudalado empleado del gobierno, por quien sirvió de rehén cuando éste fue aprehendido por los magonistas y tuvo que ir a conseguir quinientos dólares a Caléxico para que se le dejara en libertad. Sin embargo, pronto abrazó la causa de los liberales, aunque no sería por mucho tiempo.

Algún tiempo después, cuando gracias a las negociaciones promovidas por Madero y León de la Barra se logró la rendición de Mexicali, el comandante rebelde de la plaza, como ya se ha mencionado era Francisco Quijada, y ostentándose como un nuevo maderista apareció Rodolfo Gallego. Lograda la paz, formó un cuerpo armado con antiguos magonistas, y esos eran los hombres que ahora Cantú veía con sus 30-30 en las calles del poblado, a los que Blaisdell se refiere como “vigilantes”. Más adelante, Gallego se haría carrancista, y finalmente moriría en batalla como cristero.

Tan pronto como Gallego recibió el mensaje de Cantú para conferenciar con él, se dirigió a la improvisada comandancia militar, y entonces tuvo lugar un diálogo que se desarrolló más o menos de la siguiente manera:

- Mayor, vengo a saludarlo, me dicen que me mandó llamar.

- Señor Gallego, dígame usted por qué está aquí con su gente, pues traigo órdenes del Gobierno General de ocupar esta plaza que consideran absolutamente libre.

- Pues mire Mayor, nosotros somos maderistas, esto es todo lo que le puedo decir.

- Magnífico, señor Gallego, para bien de nuestro país, todos somos ahora maderistas. El Gobierno General me ha nombrado Jefe de la Guarnición de esta plaza y para cumplir con dar garantías, tanto a usted como a los demás habitantes que hubiera en esta región, me es indispensable que no haya más gente armada, que la fuerza que el Gobierno ha confiado a mi mando y, en vista de esto, espero que esté usted de acuerdo en entregarme sus armas, para cuyo efecto doy a usted dos horas de plazo y enseguida licenciar a su gente, de todo lo cual daré cuenta tanto al C. Jefe Político y Comandante Militar en Ensenada como a la Secretaría de Guerra y Marina y al C. Presidente de la República.

- Oiga Mayor, yo creo que no van a querer los muchachos.

- Esto sería muy perjudicial para todos, porque me obligaría usted a salir con mi fuerza a recoger su armamento a como diera lugar, advirtiéndole que no me agradan los mitotes, y menos aquí junto a la línea divisoria.6

Gallego se despidió de Cantú, y en los oídos de éste quizá resonaron por algún tiempo las amenazadoras palabras del caudillo local, creía que no iban a querer [entregar sus armas] los muchachos. Como quiera que sea, el mensaje del nuevo jefe era muy claro: dando cumplimiento a sus órdenes, o los hombres de Gallego entregaban sus armas pacíficamente, o los soldados de Cantú se las quitarían por la fuerza.

Rodolfo L. Gallego vivía en Caléxico, al igual que su primer ayudante Jesús Hernández**,** y tal parece que era simpatizante de los políticos y capitalistas americanos que buscaban la separación de Baja California del resto del país. Cuando menos, a pesar de contar con un buen número de hombres armados, no hacía nada por limitar aunque fuera un poco las arbitrariedades de los terratenientes norteamericanos en Mexicali.

Según Cantú, había un movimiento anexionista bien organizado, que mantenía comederos gratuitos en los poblados intermedios entre Caléxico y Los Ángeles, y también en el camino de San Diego a aquella ciudad. El requisito para comer gratuitamente en esos lugares era que el interesado se afiliara al movimiento, a cambio de una gratificación de un dólar diario. No sería remoto que Gallego estuviera metido en esa organización; además, sigue narrando Cantú, del norte se infiltraban constantemente espías que, entre otras cosas, trataban de convencer a los soldados de la tropa mexicana para que se desertaran, a pesar de que el Capitán 1º. Gabriel Rivera y demás oficiales trataran de impedir la comunicación entre sus hombres y la gente de Gallego.

Dados los antecedentes mencionados, es sólo natural que Gallego, ante la nueva situación que se presentaba con el arribo a Mexicali de las tropas del gobierno, cruzara la frontera para consultar en aquel país con las personas de quienes seguramente recibía órdenes sobre la inesperada situación que podría amenazar un estado de cosas controlado hasta ahora por él, y favorable a los intereses de las compañías extranjeras dueñas de la región. De acuerdo con lo dicho por Cantú en sus Apuntes Históricos, a Gallego le ordenaron que fingiera acatar la orden de entregar las armas, pero que a las doce de la noche atacara sorpresivamente a la nueva guarnición del poblado para seguir siendo el hombre fuerte en el Distrito, y así poder apoyar en el futuro un nuevo filibusterismo en la frontera.

Se podría pensar que Cantú veía “monos con tranchete”, y que era una exageración la percepción que tenía sobre los potenciales peligros que se generaban en la región fronteriza del Distrito; pero tres cosas eran una realidad: primero, Gallego controlaba un grupo incondicional de hombres armados y sin bandera, los “vigilantes” supuestos controladores del orden y ejecutores de la justicia en Mexicali; segundo, quedaban pequeños grupos remanentes del magonismo que se dedicaban al asalto de ranchos y pequeños comercios sobre todo en el área de la sierra y sur de Ensenada, aunque su audacia los llevó a cometer tropelías en lugares cercanos a la frontera, como fue el caso de robos a la compañía americana que trabajaba en la construcción del ferrocarril entre Tijuana y Tecate; y tercero, se daba en todo el Distrito un contubernio del que ya se ha hablado entre las compañías extranjeras y las fuerzas de Gallego y a veces con el propio jefe político en turno, en perjuicio de los rancheros y colonos que vivían en la región.

Cantú tomó con toda seriedad la amenaza de un ataque que según sus informantes se llevaría a cabo a la media noche sobre la guarnición local, pero por lo pronto, decidió proceder al desarme de las tropas ilegales con la mayor seguridad posible. Para esto, se puso de acuerdo con el Capitán 1º. Gabriel Rivera de la siguiente forma: se prepararía un grupo de dos oficiales, dos sargentos segundos, dos cabos y treinta soldados, y si al llevarse a cabo la entrega de las armas por los hombres de Gallego se notaba algún movimiento sospechoso, a una señal convenida, Cantú le indicaría que debían avanzar y tomar posiciones de la siguiente manera: dos hombres se situarían en cada puerta para impedir la salida, y el resto en los lugares más altos y a cubierto para estar preparados en caso de darse un tiroteo7.

Cantú fue al cuartel de Gallego para desarmar a sus hombres y ordenó que se formaran en varias filas, al poco tiempo arribó éste, acompañado por el joven Carlos Bernstein, maderista con poco tiempo en la región que había participado activamente en las negociaciones para que se rindieran los magonistas el 17 de junio, y dijo representar a un Coronel Lomelí de Sonora, además venían dos cónsules mexicanos que estaban en Caléxico.

Los primeros en hablar fueron los cónsules, quienes exhortaron a todos para que contribuyeran a la conservación de la paz y del orden; luego Bernstein, quien pidió 50 hombres para someter a algunas partidas que merodeaban por la sierra. Cantú sabía que no le convenía compartir su autoridad con nadie, por lo que tajantemente le replicó que él, como comandante militar de la plaza, se encargaría de cumplir con las órdenes que ya traía al respecto, y que el Coronel Lomelí no tenía por qué intervenir en esto. Después de esas aclaraciones, Cantú invitó a Gallego a que hablara, y que pusiera el ejemplo entregando sus armas y municiones, y dio las gracias a los demás por su ayuda para conservar el orden y la paz en el poblado. Gallego expresó lacónicamente: No tengo nada que decir…, y puso sus armas y cananas en un mostrador grande que había en el lugar. Los soldados empezaron a seguir su ejemplo, entregando sus fusiles y dispersándose.

Eran 385 hombres, según la cifra que da el coronel en sus Apuntes Históricos, aunque en un telegrama mandado de Caléxico el 26 de junio de 1911 al General de División Secretario de Guerra y Marina, dice textualmente: Hónrome participar usted haber ocupado Mexicali con cuatro oficiales, cien tropa, seis acémilas, diecisiete Batallón. Pusiéronse desde luego mis órdenes noventitrés hombres armados y municionados doscientos cartuchos cada uno al mando Rodolfo Gallego, treinta de ellos montados. Vecinos piden nuevos Subprefecto y Juez de Primera Instancia, oponiéndose tomen posesión los antiguos. Respetuosamente pido instrucciones. Mayor Esteban Cantú. No sólo hay una diferencia de 292 hombres entre lo dicho en el telegrama transcrito y lo señalado por el coronel en sus Apuntes Históricos, sino también en la fecha, que es del día 27 de junio según el libro escrito por Cantú. En párrafo posterior se pretende explicar la diferencia mencionada.

Cantú, desconfiado por naturaleza, sintió extrañeza por la rapidez con que se iban haciendo las cosas en la operación del desarme. Cuando faltaban 57 hombres por entregar sus armas, salió a la calle e hizo la señal convenida a Rivera, quería asegurarse que los hombres de Gallego que quedaban no le jugarían una mala pasada. Cuando entraron los soldados de Cantú a la sala en que se hacía el desarme, se sorprendieron todos, y lanzaron exclamaciones de inconformidad en su contra, Este mayor tal por cual nos ha traicionado…8, exclamó sin recato uno de los soldados. Al mismo tiempo, otro de los más audaces y blasfemos se lanzó a una de las puertas, pero los soldados de Cantú lo abatieron a culatazos en la cabeza; por la otra puerta quiso entrar un hombre de Gallego a la fuerza y se le dio un balazo en el cuello, aunque no de gravedad, que lo hizo caer de boca bañado en sangre. Ambos sujetos fueron llevados a la Guardia de Prevención.

La gente enmudeció ante la rapidez con que se habían desarrollado los hechos, Cantú permaneció tranquilo y dominante de la situación momentáneamente, por lo que Gallego y su tropa no tuvieron más remedio que seguir con la entrega de sus armas sin más protestas. Para mayor seguridad, Cantú mandó un grupo de 20 soldados a recorrer el poblado para aplacar cualquier brote rebelde que pudiera darse. Tal parece que el mayor demostraba con hechos que él era el comandante militar de la zona, y que no cedería ante presiones o amenazas de los caudillos locales.

Otro incidente que presagiaba dificultades serias fue el siguiente. Gracias al espionaje de algunos fieles soldados de su tropa, Cantú recibió aviso a las ocho de la noche del 26 de junio de 1911, sobre un probable ataque que se haría contra la guarnición, y el mismo Gallego advirtió al mayor que sus hombres seguían muy agitados. Tratando de ganarse la confianza de sus enemigos, Cantú le pidió a Gallego que le mandara los 25 mejores hombres para que desempeñaran servicio de vigilancia, ante el peligro de que la plaza fuera atacada esa noche. Llegaron los soldados solicitados, se les dieron armas y parque y Cantú los distribuyó en 5 lugares estratégicos: la entrada en la línea fronteriza, El Barranco, El Bordo de Chacón, el paso en el Río Nuevo y el puente del ferrocarril.

De todos los centinelas nombrados, sólo el de la línea fronteriza cumplió sus órdenes y se mantuvo vigilante toda la noche mientras que los demás se durmieron, por lo que se les recogieron sus armas. Éstos, al relevo del servicio a las siete horas se presentaron a reclamar sus fusiles, pero Cantú los mandó de vuelta con Gallego, por inútiles. Sería por la inesperada maniobra de Cantú al solicitarle personal a Gallego para el servicio de vigilancia, o porque éste no consideró seguro el éxito del ataque planeado, lo cierto es que el asalto no se llevó a cabo esa noche.

A las 10 de la mañana del 27 de junio de 1911, Cantú empezó con un escribiente y dos oficiales a redactar y entregar los salvoconductos a los 55 mexicanos de la fuerza de Gallego para que pudieran moverse libremente en el Distrito, y de acuerdo con sus Apuntes Históricos, a los 330 norteamericanos, número que parece exagerado, a quienes dio 24 horas para que se fueran a su país9. Es difícil saber cuál era el número real de hombres armados que tenía Gallego, aunque en el caso de que el telegrama mencionado en párrafos anteriores hubiera sido enviado antes de la reunión entre él y Cantú, éste pudo haber mencionado sólo una estimación, o la cifra que no concordaría con los hombres que contabilizó después de la junta en la que extendió los salvoconductos a los mexicanos, y expulsó a los extranjeros de territorio nacional10. Por su parte, Lowell Blaisdell afirma que fueron entre 30 y 60 los magonistas que se rindieron en Mexicali el 17 de junio. Esto podría ser cierto, pero no hay que excluir la posibilidad de que después de la fecha citada, Gallego hubiera aumentado su tropa con altas locales, sobre todo tomando en cuenta la clase de caudillo que era, y que no se conformaría con quedarse sin un buen número de hombres con los cuales pudiera seguir detentando el poder que da la fuerza de las armas. Cantú diría después que casi todos los soldados de Gallego eran filibusteros que habían sido expulsados de Tijuana por Celso Vega, lo que en parte concuerda con lo dicho por Blaisdell, quien describe a Gallego como …un ex liberal que acababa de organizar un grupo de vigilantes cuyos miembros provenían en parte del ejército magonista…11.

Se ha dicho ya que aprovechando la casi nula autoridad en la zona fronteriza después del 22 de junio, tras la expulsión de los magonistas en Tijuana, grupos de hombres armados que se autonombraban exmagonistas o patriotas, se fueron al sur del Distrito pretendiendo unos continuar su lucha, y otros dedicarse francamente al saqueo.

Lo que pudiera ser un ejemplo de lo mencionado sucedió con una banda formada por unos 40 hombres, unos al mando de Óscar García y otros de Emilio Guerrero12, quienes desde las primeras semanas de junio se fueron a la región al sur de Ensenada, sin embargo, pronto renunciaron a su intento de continuar el movimiento. Según lo expresado por Cantú en sus Apuntes históricos, García y sus hombres, casi todos tejanos, se presentaron ante él y entregaron sus armas la tarde del 26 de junio de 1911, dijeron venir de Tijuana e informaron que habían tumbado con el lazo una bandera con una estrella y las barras del pendón norteamericano, por lo cual los habían perseguido los magonistas.

El Coronel Celso Vega había derrotado a los magonistas bajo el mando de Jack Mosby en Tijuana el 22 de junio, por lo que tomando en cuenta que en aquel tiempo todo movimiento se hacía a lomo de bestia, por veredas de herradura, podría ser que poco antes de la recuperación de aquella plaza por Vega, los hombres de García hubieran realizado alguna acción hostil hacia los ocupantes magonistas del poblado, para luego dirigirse al sur de Ensenada y después a rendirse a Mexicali, lo cual no es seguro. Tomando en cuenta que estos rebeldes aparentemente se fueron hacia el sur para seguir peleando antes de la toma de Tijuana, es muy probable que al comprender que la caída del poblado era inminente y que la causa magonista estaba prácticamente perdida, hayan decidido viajar a Mexicali para entregarse a Cantú.

Tal vez había algo de cierto en lo dicho por García al mayor Cantú, o sólo deseaban halagar al comandante mexicano mostrándose de su misma causa. Sin embargo, éste comprendió la intención de aquella gente, vio los fierros de los caballos y mulas que traían, así como los registros en las monturas, los cuales demostraban que las bestias y equipo pertenecían al ferrocarril en construcción que los americanos tenían en el trayecto de Tijuana a Tecate. Cantú se concretó a darles las gracias, les recogió armas, equipo y caballada que evidentemente habían robado a la compañía que tendía el ferrocarril de San Diego a Arizona, regresó todo a sus legítimos dueños, y de momento dejó en libertad a aquellos hombres creyendo que ya habían escarmentado.

Sin embargo, los miembros de la banda de García, según Cantú, siguieron cometiendo robos y abusos en las rancherías cercanas a Mexicali, por lo que ordenó su aprehensión, los tuvo unos días encerrados en unos calabozos improvisados en lo que quedaba de la plaza de toros, esto en pleno verano mexicalense lo que significaba temperaturas en extremo elevadas, y poco después los mandó con una escolta a las afueras de Mexicali. Los tejanos no tuvieron duda alguna sobre su destino, habían abusado de la confianza de Cantú y pensaron que su muerte era segura. Ya en pleno desierto pero cerca de la frontera, un soldado de la escolta que los llevaba les desató las manos, y el oficial a cargo les advirtió que si regresaban serían fusilados. Los extranjeros sintieron que volvían a nacer, y deben haber cruzado la frontera tan pronto como pudieron; un año después, le mandaron un saludo a Cantú desde Caléxico, expresando su agradecimiento porque no habían sido ejecutados.

Guerrero también se rindió pero en julio, de acuerdo con lo que expresa Marco Antonio Samaniego López en su obra El impacto del maderismo en Baja California, y lo hizo ante Rodolfo Gallego, su antiguo compañero como magonista y ahora subprefecto en Mexicali amparado en el maderismo, su nueva bandera. Gallego ayudó a Guerrero otorgándole el trabajo de policía, pero tiempo después fue acusado y juzgado en Ensenada bajo el cargo de incendio, robo y asesinato, se le sentenció a muerte y escapó cuando era conducido a una prisión del interior del país en 1913. Queda claro que el exlíder indígena del magonismo sí debe haber cometido delitos graves durante sus andanzas por algunas rancherías del sur de Ensenada.

Región de la Delta del Colorado en un mapa antiguo

  1. Caléxico.
  2. Mexicali.
  3. Río Álamo.
  4. Mesa de Andrade.
  5. Río Colorado.
  6. Estados Unidos.
  7. Valle de Mexicali.
  8. Los Algodones.
  9. San Luis, Río Colorado, Sonora.
  10. La Islita.
  11. Desierto de Altar.
  12. El Mayor

Volviendo al primer día de la llegada de Cantú a Mexicali, ya para entrar la noche del día 26 de junio de 1911, se presentaron ante él varias familias, que eran los únicos mexicanos que habitaban en todo el Valle: el viejito Fonseca, de El Paso de las Abejas en el Río Colorado; Jesús Loroña al sur de la Mesa de Andrade; Agustín Beltrán del norte del canal Solfatara (o Sulfatara), y Manuel Cabrera, de El Mayor, en la margen derecha del río Hardy. Se quejaron de que Francisco Manso, mayordomo de la “Colorado River Land Company”13 les había quemado sus casas y les había recogido su ganado; si eran reses menores de dos años, no las pagaban, y por lo demás les daba de supuesta compensación lo que a ellos se les antojaba, y con insultos los corrían y amenazaban para que se fueran de su posesión de tierra. Cantú les dijo que informaría a Ensenada y a México, para ver qué podía hacerse. Mientras, para ayudarlos económicamente, nombró a los hombres hábiles policías auxiliares de la guarnición, con la orden de que desarmaran a cualquier individuo que portara arma sin permiso.

Aquellos humildes pioneros del Valle de Mexicali, antes impotentes para luchar en contra de los abusos de la poderosa compañía americana, que se dedicaba esencialmente al arrendamiento de tierras de riego a diversas compañías y personas, sintieron por primera vez que no estaban solos, y un apoyo oficial, antes inconcebible, podría darse en cierta medida con el nuevo Comandante Militar de la región.

Mexicali sólo estaba ocupado por los 385 hombres de Gallego, pues las familias del poblado se habían ido a Caléxico, y sólo unas cuantas vivían en el Valle. Cantú sabía que el aislamiento en que se encontraba en medio de elementos armados y hostiles estaba en su contra, por lo que además de comunicar la situación al Jefe Político y Comandante Militar del Distrito, Coronel Celso Vega, se dirigió a la Secretaría de Guerra y Marina pidiendo que se abriera al servicio el puerto de San Felipe, por ser éste la opción más viable en caso de tener que recibir de urgencia refuerzos desde Manzanillo. Por otra parte, pidió a quienes habían dejado Mexicali para irse a Caléxico que regresaran a su terruño en donde habría trabajo y seguridad.

El papel del Jefe Político Coronel Celso Vega en estos días de la llegada de Cantú al Distrito Norte fue prácticamente irrelevante, pues con fecha 23 de junio le fue enviado un mensaje oficial procedente de la Ciudad de México en el cual se le informaba que el General Manuel Gordillo Escudero había sido designado nuevo Jefe Político del Distrito Norte, y que llegaría muy pronto a Yuma, Arizona, para entrar por Los Algodones, y terminaba con la orden de que se presentara ante el general y se pusiera a sus órdenes. Cuando Gordillo arribó a Ensenada, Vega le hizo entrega del gobierno y se dispuso a viajar a México, tal como se le ordenaba. El nuevo funcionario no imaginó entonces que su duración en el gobierno de aquella frontera sería muy breve.

Margarita Ortega

Gallego siguió en la subprefectura de Mexicali con la anuencia del General Gordillo Escudero, cargo que desempeñó durante toda su administración. Finalmente, saldría del Distrito y moriría años después combatiendo como cristero en el Estado de Jalisco. Siendo Gallego subprefecto de Mexicali, cuando ya había renegado de su filosofía anarquista que por un tiempo abrazó al tomar los magonistas la región fronteriza del Distrito Norte, ocurrió un hecho histórico que muestra claramente su carácter sanguinario, y que se narra enseguida.

Margarita Ortega fue una mujer que desde su juventud se afilió al Partido Liberal Mexicano, y durante la intervención magonista de 1911 en Baja California participó activamente como fiel militante de los liberales. Ese año se había separado de su esposo porque éste no quiso acompañarla en la lucha en contra del maderismo, por lo que junto con su hija Rosaura Gortari participó en las acciones revolucionarias del Partido Liberal.

Gallego supo de la estancia en el poblado de las dos mujeres, por lo que, ansioso de hacer méritos ante el nuevo régimen, las expulsó de la ciudad de forma que prácticamente las condenaba a morir, pues fueron llevadas hasta la zona desértica del Colorado. Corriendo graves peligros, Margarita y su hija Rosaura caminaron por las arenas del desierto y pudieron llegar en condiciones deplorables a Yuma, Arizona, y aquí fueron arrestadas por las autoridades norteamericanas.

Con el auxilio de algunos amigos y corriendo graves peligros, las mujeres pudieron escapar a Phoenix, Arizona, en donde Margarita cambió su nombre por el de María Valdez, y a su hija le puso Josefina, tratando de evitar una nueva aprehensión por las autoridades migratorias norteamericanas. Poco tiempo después murió Rosaura, probablemente como consecuencia de las grandes penalidades sufridas en su largo viaje por el desierto, y entonces la infatigable Margarita se fue a Sonoyta a seguir desde allí su lucha contra el gobierno mexicano. Al poco tiempo la guerrillera y su compañero Natividad Cortés cayeron presos en manos de Gallego, que ahora se encontraba en esa región; el hombre fue fusilado en el acto y la mujer fue trasladada a Mexicali, en donde nuevamente fue abandonada en un lugar del desierto en donde con seguridad sería descubierta por soldados huertistas. El 20 de noviembre de 1913 fue nuevamente arrestada cerca de Mexicali, se le encerró en un calabozo y fue bárbaramente torturada por cuatro días, hasta que el día 24 fue fusilada en la noche, en el desierto.

El Jefe Político del Distrito Norte en ese tiempo era el General Francisco Vázquez, decidido huertista recién nombrado en octubre de 1913, y tal parece que Gallego, entonces carrancista14 y técnicamente enemigo del presidente Huerta, llevó a Margarita desde Sonora hasta un lugar cercano a Mexicali para que el trabajo sucio del asesinato quedara en las manos de los huertistas.

¿Qué causó el rencor de Gallego hacia aquella mujer? Pudo haber sido el temor a las conspiraciones y revueltas en que participó Margarita, primero liberales, y después anarquistas, que lucharon contra Madero, después contra Carranza y también contra Victoriano Huerta, todo esto combinado con su afán de hacer méritos en acciones fáciles, así se tratara de asesinar a una mujer.

Es necesario aclarar que durante la época en que se desarrollaron los hechos narrados, Cantú sufría el acoso del Jefe Político del Distrito, Francisco Vázquez, lo cual culminó con el asesinato de algunos de sus más fieles soldados, y finalmente, con su salida del Distrito a los Estados Unidos para salvar la vida por la orden de ejecución que había en su contra, lo cual se explica más adelante.

Fotografía antigua de Caléxico

Varios de los datos de este relato fueron tomados de un artículo de la publicación oficial del Partido Liberal “Regeneración”, fechado el 13 de junio de 1914 y firmado por Ricardo Flores Magón. Cierto que el apasionamiento político del autor es notorio en el estilo del texto, pero aún así, admitiendo las exageraciones que pudieran darse en la narración de los hechos, queda claro que Gallego intervino en la tortura y asesinato de Margarita Ortega.

Los partes a Ensenada y a México los tenía que enviar Cantú desde Caléxico, en donde los americanos le permitían entrar sin ningún problema y lo atendían con cortesía. Cantú aprovechó sus idas al poblado del norte para seguir comunicándose con los mexicanos que se habían exiliado allá, tratando de convencerlos de que regresaran a Mexicali. Algunos de los empleados que vivían del lado americano eran el administrador de la aduana, el cabo Contreras, cuatro celadores, dos de a pie y dos de a caballo, y el juez de primera instancia. Es pertinente aclarar que la costumbre de algunos funcionarios del gobierno de Baja California de vivir en ciudades norteamericanas como Caléxico o San Diego se dio por muchos años como algo frecuente, y aun en los tiempos actuales no se erradica.

Harrison Gray Otis, accionista principal de la Colorado River

A las 7 de la mañana del día 27 llegaron Francisco Manso, uno de los mayordomos de la Colorado, y el gerente de la compañía, Walter Bowker15 a hablar con Cantú. En lugar de escucharlos, el mayor le preguntó a Manso en tono severo: “¿Es cierto que usted recogió el ganado de Fonseca, Cabrera, Beltrán y Loroña?”, a lo que el capataz contestó: “Si, señor Mayor, lo hice por órdenes aquí de mi patrón”. Encendido el ánimo, Cantú le recalcó a Manso las siguientes palabras: “Pues dígale a su patrón que si de la investigación que se está haciendo resultan ustedes responsables del delito de robo e incendiarios, los mandaré amarrados para México”, y la entrevista concluyó sin que los interpelados pudieran decir una palabra.

Poco después, Bowker y su compañía pusieron precio a la cabeza de Cantú16, y éste, sin amilanarse, procedió a desarmar a los vaqueros de la Colorado, y a clausurar un paso que sin ninguna autorización usaban los trabajadores de la compañía para cruzar mercancías y ganado sin ningún control aduanal. Esto último debido a que las compañías, además de pasar a territorio nacional todo tipo de insumos para sus actividades agropecuarias sin pagar los impuestos correspondientes, acostumbraban que sus vaqueros recogieran el ganado cimarrón que encontraban en toda la delta del Colorado, y lo arriaban a territorio norteamericano por el paso mencionado para su comercialización, sin ningún control del gobierno local. El consorcio seguía el principio general que guiaba la conducta de las compañías extranjeras: explotar al máximo todos los recursos que pudieran rendir un beneficio económico, corromper a las autoridades burlando las leyes para su beneficio y pagar lo mínimo a los trabajadores locales.

Hay que admitir, sin embargo, que las acciones de Cantú no tuvieron la trascendencia deseada, pues los guardias blancas de la compañía siguieron actuando después de su gobierno, según numerosos testimonios. Walter Bowker era en 1911 administrador de la “California-Mexicali Land Company”, propiedad de Otis, y filial de la “Colorado River Land Company”, aunque Cantú siempre se refirió a él como Mr. Boker, gerente de la Colorado. Años después ocurrió el incidente que se menciona a continuación.

En 1914 o 1915, Bowker organizó en los Estados Unidos un grupo de120 hombres armados con rifles 30-30 y 30-40 para que penetraran a suelo nacional, sin que se los impidiera el destacamento fronterizo de 900 soldados de caballería del ejército norteamericano, a pesar de que se violaban las leyes de neutralidad de aquel país. En esa ocasión, el ya gobernador del Distrito tuvo que emplear la fuerza armada para desalojar a los intrusos de suelo mexicano, lo que se relata enseguida.

Cantú tuvo conocimiento de una casa que, muy cerca de la línea fronteriza, servía de almacén a los mercenarios para guardar una buena cantidad de armas y parque, por lo que al frente de 50 soldados y dos oficiales del 25º Batallón de Infantería se dispuso a recoger el armamento, previniendo antes a sus hombres para que, de iniciarse un tiroteo, no fueran a disparar hacia la línea divisoria por obvias razones17.

Para impedir que la tropa mexicana llegara al depósito de sus armas, los hombres de Bowker abrieron las compuertas de riego con objeto de inundar todos los alrededores del almacén, que además les serviría de cuartel. La inundación así provocada sí dificultó el avance de los soldados, pero no fue suficiente para impedirlo del todo, pues lo llano del terreno sólo causó la elevación del nivel del agua unos cincuenta centímetros en lo más hondo. Los extranjeros, al ver que los soldados avanzaban con el pantalón remangado entre el agua y con seguridad llegarían al lugar, huyeron hacia territorio norteamericano, por lo que el jefe mexicano y su gente pudieron llegar a la casona, y asegurar sin ningún problema 80 rifles Winchester, 30-30 y 30-40, 14 cajas sin abrir con 12 de las antiguas pistolas Colt del “caballito”, 30 000 cartuchos de rifles 30-30 y 30-40, y 10 000 para pistolas calibre 44; además, había allí una bandera roja y un caballo ensillado en el corral.

Pistolas como esta “Colt” 45 que hoy sólo se encuentran en colecciones privadas eran muy usadas por filibusteros y delincuentes de la frontera. El “caballito” se encuentra en la parte superior de la cacha.

Cantú se apostó con parte de su tropa a unos 15 metros de la línea divisoria, y esa noche, desde el lado americano se hicieron descargas de fusilería contra el lado mexicano, pero no lograron causar ninguna baja entre los soldados nacionales, quienes se apartaron oportunamente de la línea de tiro de los agresores.

Un capitán 1º de las fuerzas de caballería norteamericanas que estaban cerca de los hechos se aproximó a los atacantes, les advirtió que no había nadie hacia donde disparaban, y todos se retiraron a sus casas en Caléxico, California. Una vez más quedaba manifiesta la tibieza con que actuaban las tropas norteamericanas cuando se generaban agresiones contra el territorio nacional desde el lado americano, al no aplicar las leyes de neutralidad de aquel país.

Cantú había dejado al Capitán Ramón Baca con 20 hombres vigilando el botín recogido en la casa cuartel de los extranjeros, y para las seis de la mañana llegaron al cuartel mexicano las armas y municiones del enemigo en dos carretas tiradas por mulas.

A las 8 de la mañana, cuando Cantú patrullaba personalmente a caballo la línea internacional, se encontró con el capitán norteamericano que comandaba la fuerza destacada en la frontera de Caléxico, quien agradeció al oficial mexicano el no haber disparado hacia los Estados Unidos durante el incidente que había ocurrido la noche anterior. Además, aseguró a Cantú que mandaría a la prisión a los participantes en el ataque, y los iría soltando después de varios días, como escarmiento. Así terminó este intento de Bowker por intimidar a la fuerza mexicana y tal vez provocar una expedición militar contra México en el Distrito Norte de la Baja California

La Comandancia Militar de Mexicali en 1911

Volviendo al año de 1911, Cantú sabía que la mayor parte de los soldados eran leales, pero el 17º Batallón estaba formado por tropas procedentes del Cuerpo de Operarios de Quintana Roo, en donde militaban asesinos y ladrones quienes sin mejor alternativa se habían dado de alta, así como ex presidiarios de San Juan de Ulúa. Quizá por esto y la labor de convencimiento que gente de Gallego realizaba sobre los soldados, fue que pronto ocurrieron 20 deserciones. Cantú pidió refuerzos que le llegaron 8 meses después, probablemente en febrero o marzo de 1912, los cuales consistieron en 80 hombres del 8º. Batallón de Infantería y pocos días después 250 del 25º Batallón de Infantería. Mientras tanto, el Capitán Rivera y Cantú tuvieron que aguantar la presión que de diversas formas manifestaban algunos de los hombres de la tropa, incluyendo un intento de asesinato.

A finales de junio de 1911, un soldado chamula de Chiapa de Corzo que era asistente de Cantú, le advirtió a quema ropa: ¡Oye mi Mayor! ¿Ya sabes que te van a matar esta noche?18 Aunque sorprendido por lo intempestivo de la advertencia, Cantú interrogó calmadamente a su asistente, y gracias a él se enteró que esa noche, varios hombres iban a tratar de asesinarlo. Los conjurados eran dos sargentos segundos, dos cabos y dieciocho soldados; quienes planeaban asesinar a los ocho oficiales de la guarnición y a Cantú. El crimen lo ejecutarían a la media noche, al escuchar cinco disparos en la línea divisoria, que los haría un tal Jesús Hernández, quien era el primer ayudante de Gallego.

La situación era grave, y el mayor pensó que aprehendiendo a los conjurados, saldría sólo momentáneamente del problema, por lo que era necesario tomar otra decisión. Después de pensarlo un poco, mandó llamar y armó a los 22 conspiradores, a pesar de la manifiesta desconfianza del Capitán Rivera, y esa noche los puso de guardia en la Jefatura de la Guarnición ubicada en la sala de espera del “Ferrocarril Intercalifornia”. Su intención era, por una parte, desactivar cualquier proceso de amotinamiento general entre las tropas separando a los promotores, y por otra, dar a éstos una última oportunidad, e intentar convencerlos, al otorgarles su confianza, de que la indignidad que pretendían cometer era de lo más ruin y podía ser castigada con la muerte. Por supuesto que tomó las providencias con el Capitán Rivera para que en caso de que fracasara en su intento y se llevara a cabo el atentado, se ejecutara a los culpables. En la página 21 de sus Apuntes históricos, Cantú narra parte de lo que entonces sucedió de la siguiente manera:

Los puse en marcha entrando a la sala y haciendo alto frente a un escritorio viejo que me habían prestado, teniendo como trofeo un tintero vacío y en él una pequeña bandera de nuestro país de las que vendían en la ciudad americana de Calexico a quince centavos moneda americana y que me habían regalado. Al hacer alto, mandé descansar las armas, permaneciendo en la posición de firmes. Di varias vueltas al frente de ellos y en medio de mi ira no hallaba la manera de dirigirles la palabra. En una de las vueltas que di clavé la vista en la banderita tricolor que estaba en el tintero, y empuñándola y mostrándoselas al frente les pregunté:

"¿Conocen esta bandera, hijos de su …? Sí, mi jefe, contestaron. Pues si la conocen, ¿por qué tratan de traicionarla?…".

Después de esta introducción, Cantú les dirigió un emotivo discurso, hablándoles de la patria y el cumplimiento del deber como los valores más importantes en un soldado, y acto seguido los nombró como su escolta personal por aquella noche, asignándoles lugar y responsabilidad específica a cada quien.

El asistente chamula tendió el catre de Cantú, quien antes de acostarse le recordó al Capitán Rivera que tuviera lista a su tropa para que, en caso necesario, reprimiera cualquier insubordinación y castigara a los culpables. Eran las 9:30 de la noche, y a poco el amenazado comandante de la guarnición se durmió. A las doce de la noche, según le reportó al siguiente día su asistente y demás subordinados, sonaron los cinco disparos, que eran la señal para el atentado, pero ninguno de los conjurados hizo caso, ni dieron después muestra alguna de tramar algún alzamiento. Lo relatado por Cantú podría tener toques de exageración y fantasía, pero fue un hecho real, documentado en lo que se llamaba entonces Secretaría de Guerra y Marina, hoy Secretaría de la Defensa Nacional, y muestra cómo el comandante militar de Mexicali, en un gesto de audacia, nulificó la intentona criminal de varios soldados que se habían dejado convencer por sus enemigos para traicionarlo y posiblemente asesinarlo.

Cantú pensó que en lo adelante podrían repetirse actos como el que se ha narrado, pero con éxito; el comandante mexicano sabía que en los próximos días su vida estaría en constante peligro.


  1. La empresa norteamericana del ferrocarril otorgó de buen grado todas las facilidades a Cantú para que se alojara en la sala de espera. ↩︎

  2. El término vigilante en el idioma inglés significa: persona perteneciente a un grupo que se encarga de mantener el orden y aplicar una justicia sumaria en comunidades donde falta la autoridad. ↩︎

  3. Blaisdell, op.cit., pp. 246-247. ↩︎

  4. Cantú, op.cit., p. 13. ↩︎

  5. En este libro se emplea el apellido Gallego tomando en cuenta que esta persona así firmaba documentos oficiales. ↩︎

  6. Cantú, op.cit.., p. 13. ↩︎

  7. De los pocos hombres en los que el mayor podía confiar estaban el mencionado capitán Rivera, Manuel Campos, el sargento Salvador Ramírez, y su asistente el indígena Jacinto Mora. ↩︎

  8. Cantú, op.cit.., p. 15. ↩︎

  9. En la p. 84 de su obra “Origen de Mexicali”, el historiador Adalberto Walther Meade afirma que sí eran 385 hombres bajo el mando de Rodolfo Gallego los que había en Mexicali a la llegada de Cantú. ↩︎

  10. Cantú, op.cit.., p. 17 ↩︎

  11. Blaisdell, op.cit., p. 246. ↩︎

  12. Guerrero fue uno de los líderes de los indígenas en la tropa magonista, y su salida hacia el sur pudo deberse a las difíciles relaciones que tenía con los norteamericanos, o a órdenes de Ricardo Flores Magón. ↩︎

  13. Manso era empleado de Bowker, y éste gerente de la California-Mexicali Land Company, filial de la “Colorado River Land Company”, de lo que se infiere que Manso dependía de la compañía que se menciona primero. ↩︎

  14. Desde el 20 de febrero de 1913, Carranza desconoció a Victoriano Huerta, lo que se hizo oficial y definitivo el 26 de marzo de 1913 con el Plan de Guadalupe. ↩︎

  15. Bowker era gerente de la Compañía California-Mexicali Land Company, filial de la Colorado, pero Cantú siempre se refirió a él como Mr. Boker, gerente de la Colorado River Land Company. ↩︎

  16. Al día siguiente del encuentro con la gente de la Colorado, circuló la oferta de $30 000.00 dólares por la cabeza del Mayor Cantú. Cantú, op.cit., p. 17. ↩︎

  17. Ya de todos era conocido el peligro de que las fuerzas militares norteamericanas, aprovechando cualquier pretexto, penetraran a territorio nacional para la defensa de sus intereses. ↩︎

  18. Cantú, op.cit.., p. 20. ↩︎