Aparte de las cualidades que un hombre pueda tener para lograr el éxito en sus actividades de gobierno, está la simpatía que despierte en el pueblo, o lo que también se ha llamado “la buena imagen”. Es indudable que Cantú tenía dotes personales que atrajeron a mucha gente. Cierto que también tuvo enemigos, especialmente en Ensenada, pero en lo general, antes, durante y después de su administración gozó de la admiración y respeto de casi todos los civiles y militares que lo conocieron, incluyendo muchos norteamericanos del estado de California.
Las dos principales razones por las cuales Cantú no tuviera una buena aceptación en la población de Ensenada fueron de tipo económico y político**.** Por una parte, los ensenadenses exigieron siempre que los gobernantes del Distrito Norte fueran personas de la región y no impuestas desde la ciudad de México, pero además, que los jefes políticos no metieran las manos en las elecciones de la ciudad con objeto de favorecer con el poder del Gobierno a hombres de su preferencia; y por otra, que los ingresos por concepto de impuestos que se obtenían por la explotación de casinos y cantinas de Tijuana, que era parte de la Municipalidad de Ensenada, se repartieran más equitativamente, pues buena parte de ellos habían dejado de llegar al ayuntamiento porteño al canalizarse casi todos a Mexicali. El principal líder de la oposición al régimen de Cantú, como lo había sido con los anteriores gobernantes, fue don David Zárate.
Algo que empañó la imagen pública del Coronel Cantú fue el nepotismo en su gobierno que favoreció de muchas formas a miembros de la familia de su esposa, lo que era notorio para todos. Su hermano José T. Cantú fue de los pocos mexicanos que pudo rentar tierras a la Colorado River Land Company, gracias a la influencia del Coronel; y los abusos y prepotencia de sus cuñados, y aun de su suegro, fueron motivo para que se le criticara hasta donde era posible en aquel régimen de gobierno.
El 1º de noviembre de 1916, por ejemplo, causó alta como Jefe de la Policía Montada del Hipódromo su cuñado José Dato, con un respetable sueldo sin duda gracias a la influencia del gobernador, y en 1917 resultó electo para diputado federal su hermano José T. Cantú, en cuyo caso cabe aclarar que poseía los merecimientos necesarios como auténtico revolucionario al servicio de Carranza. Hay que admitir que el nepotismo sigue siendo en muchos gobiernos modernos un vicio criticable, lo que no es razón para exonerar a la administración cantuista de tan censurable tendencia.
Así y todo, la simpatía que despertaba se debió a esa especie de carisma del que se ha hablado, pero sobre todo a las muchas acciones de su gobierno que propiciaron el progreso del Distrito, y otras más que repercutieron directamente en favor de la economía del pueblo, como el abaratamiento de la energía eléctrica y del agua que se consumía, al participar directamente el gobierno en las empresas que tenían a su cargo esos servicios. Por otra parte, fue un hecho que al irse constituyendo el Distrito Norte en un polo de atracción para miles de mexicanos que trataban de escapar de la devastación y miseria que dejaba la revolución en otras regiones del país, y al encontrar esos inmigrantes en la Baja California mejores oportunidades de vida que las que tenían en su terruño, deben haber sentido cierto reconocimiento para el gobernante.

Fiesta en honor del Coronel Esteban Cantú, efectuada en el Cuartel Ignacio Zaragoza
El ingreso de los Estados Unidos a la Primera Guerra Mundial en 1917, fue motivo para que algunos comerciantes elevaran desmesuradamente los precios de los alimentos importados. Ante esta situación el gobierno promovió la formación de una junta reguladora de precios que, de acuerdo con los comerciantes, tomó las medidas para evitar la especulación. Las clases populares desde luego que aplaudieron la medida.
Pero Cantú también supo manejar las relaciones públicas locales e internacionales, e informar al pueblo de las realizaciones que se iban logrando en su administración. Gustaba el gobernante de ofrecer banquetes y festividades a empleados, maestros, así como a los miembros de la tropa; las graduaciones escolares, los desfiles militares, las prácticas públicas del entrenamiento de las fuerzas castrenses, y su asistencia a eventos sociales y festividades en los municipios del Distrito satisfacían enormemente a la mayoría del pueblo, acostumbrado a la austera severidad de los gobiernos anteriores.
Un ejemplo de la sensibilidad del Coronel hacia asuntos que en ese tiempo carecían de importancia, como lo era el equilibrio ecológico, y que provocó respeto entre algunos de los intelectuales y personas con interés en los temas científicos, fue lo que enseguida se narra.
Edward William Funcke fue un famoso explorador y cazador quien, por sus frecuentes recorridos por desiertos y sierras de Baja California, conoció mejor que nadie en su época la geografía de la región. De origen alemán y escocés, nativo de Australia1, el aventurero fue amigo personal de Cantú, cuyo gobierno concedía las autorizaciones correspondientes para la práctica de la caza. En la delta del Colorado había una numerosa población de cierto tipo de garzas2 no muy comunes en otras partes del Distrito, y los indios cucapás, quienes por cierto llevaban una relación muy amistosa con Funcke, tenían la mala costumbre de matar las garzas viejas, lo que provocaba que las crías murieran en sus nidos por falta de alimento3.
El cazador informó a Cantú del peligro en que se encontraba la especie, lo que hizo al gobernante dictar medidas inmediatas para proteger a las hermosas aves. En 1915 el coronel expidió una ley prohibiendo estrictamente la cacería generalizada de garzas antes de julio, época en la cual las crías no podían sobrevivir solas, y nombró a una persona para que hiciera cumplir la disposición en la colonia en que se llevaba a cabo la matanza de esas aves. La atención que puso para resolver problemas ecológicos como el mencionado, muestra un Cantú vanguardista en ese tema, cualidad que rara vez se encuentra en los gobernantes aun en los tiempos actuales.
El primer periódico que se publicó en Mexicali fue “El Noticioso del Distrito”, aunque sólo salieron unos tres números y su impresión se realizó en Imperial, California, habiendo sido su director el señor Gustavo Becerra. El 5 de mayo de 1916 apareció “El Tricolor”, revista que sólo contenía temas de publicidad. En 1917, pensando Cantú en contar localmente con un periódico de calidad y leal al gobierno, invitó a un grupo de intelectuales de su estado natal para que publicaran un periódico semanal en la capital del Distrito, pero que tuviera circulación en todas las ciudades fronterizas, incluyendo a las norteamericanas de San Diego y Caléxico.
Además de satisfacer las necesidades que cualquier órgano informativo cumple en una sociedad, el propósito de la publicación se resumía en los siguientes objetivos: ser la voz pública de sus acciones de gobierno y aplaudir a la administración por todo lo que hacía; favorecer el surgimiento paulatino de una identidad en el pueblo del Distrito Norte; ofrecer a la sociedad la versión del gobierno sobre los acontecimientos que ocurrían en el resto del país, siempre y cuando éstos no fueran en su contra; y defender periodísticamente al gobierno local cuando se le atacaba en los diarios de la ciudad de México. El primer número del periódico semanario se publicó desde el 14 de octubre de 1917 con el nombre de “La Vanguardia”, con un costo de diez centavos oro americano, sus principales redactores eran el doctor Ignacio Roel y el Lic. Héctor González, cuya obra periodística puede decirse que trascendió como un legado a posteriores generaciones. Sobre la calidad intelectual de González, basta decir que en 1918 publicó un libro sobre la vida y obra de José Vasconcelos, además de una traducción del poema de Edgar Allan Poe “The Raven”, o “El cuervo”.
Aparte de edictos y proclamas del gobierno, se daban, como es natural, informaciones policíacas, sociales, anuncios de todo el Distrito y de comercios establecidos en los poblados norteamericanos, algunas noticias sobre los principales hechos de armas sucedidos en el interior del país siempre que no fueran muy alarmantes, la obra material que llevaba a cabo el gobierno local en comunicaciones, educación y urbanización; y una sección cultural que incluía poesía y literatura en general. No se puede decir que hubiera una franca censura sobre el periódico por la sencilla razón de que se trataba de una publicación identificada plenamente con la administración del Coronel.
Quizá como un reflejo del valor que Cantú otorgaba a la tranquilidad social, está lo que decía La Vanguardia en uno de sus artículos y que enseguida se transcribe:
…Hemos tenido otra satisfacción, la de todos los que hacen una obra meritoria: la satisfacción de que lo nieguen y muerdan… en este caso algunos dizque peritos en periodismo y en finanzas, personajes de vecindad, que se mofan de que no escandalicemos, semana por semana, con artículos amarillos, y de que la salida de nuestro periódico no cause en Mexicali la sensación de la llegada de una verdulera borracha.
Nuestro periódico no es de escándalo… Nuestro periódico es para gente serena, que gusta de aislarse de las rudezas de la vida diaria en el placer espiritual de la lectura; es para el pueblo, que quiere que se le instruya y se le marquen caminos y que alguien se preocupe de hacerle bien.
No nos hemos ocupado ni nos ocupamos de pequeñeces de vecindad, ni de atizar la guerra civil de México, porque creemos que eso no es patriótico…4
En honor a la verdad, hay que reconocer que este periódico se parecía mucho a “El Progresista”, que se publicó en Ensenada durante el régimen porfirista, en el sentido de que en ambos se intentaba ignorar los hechos sangrientos y desalentadores que acontecían en el interior del país, y por otra parte, en las dos publicaciones se hacía gala de las tendencias literarias y artísticas de aquel tiempo. Aunque “La Vanguardia” dejó de existir junto con la administración cantuísta, Ignacio Roel y Héctor González, siguieron con bastante éxito en la actividad periodística y aun en la política, apoyados siempre por su coterráneo Esteban Cantú.

El Coronel Esteban Cantú en un acto público
En el aspecto religioso, Cantú siempre tuvo cuidado de no caer en radicalismos en los que frecuentemente se encontraban las facciones revolucionarias, y aunque en lo general favoreció el laicismo en el Distrito, sobre todo en la educación que se impartía en las escuelas5, nunca dictó medidas represivas en contra de la iglesia. El disimulo de Díaz ante la constante violación de las Leyes de Reforma no fue modelo a seguir por Cantú, pero ni la abierta colaboración de la iglesia con el tirano Victoriano Huerta en 1914, ni el Estado Laico que se definía a partir de 1917, lo motivaron para actuar represivamente en contra de los católicos. En 1917, don Felipe Hernández, nativo de León, Guanajuato, y propietario de varios lotes y casas sobre la Ave. Reforma, donó a un grupo de damas el terreno donde hoy está la Catedral de la Virgen de Guadalupe, en donde se construyó por aquel tiempo el primer templo católico de Mexicali. El primer párroco fue Juan Rossi y se abrió al pueblo religioso el 16 de noviembre de 1917, se hicieron festejos durante todo el mes, y el 12 de diciembre se efectuó una solemne misa por ser el templo dedicado a la Virgen de Guadalupe.

Festival en el onomástico de Cantú. Asistieron entre otros el Ing. Rafael Alducín y José T. Cantú
Finalmente, hay que resaltar un hecho poco común en gobernantes que han sido calificados de autócratas o antidemocráticos, especialmente en la época revolucionaria como es el caso de Cantú, y es que durante su gobierno nunca se cometieron acciones criminales contra los enemigos de su administración, y si algunos de sus opositores como don David Zárate se exiliaron en los Estados Unidos, lo hicieron por voluntad propia, y cuando lo estimaron conveniente regresaron al Distrito sin sufrir ningún ataque o acción violenta de parte del gobierno. Podrán hacerse muchas críticas a la administración del Coronel, pero nunca se dirá que su gobierno fue manchado con la sangre de sus adversarios.

Antigua Iglesia de Guadalupe en Mexicali.
Edward William Funcke nació en Ballarat, Australia, el 20 de febrero de 1865, habiendo sido sus padres Charles Philipp Funcke y Jane Riddle. Algunos descendientes de Edward William viven actualmente en Baja California. ↩︎
Ardea alba y Egretta thula. ↩︎
A fines del siglo XIX y principios del XX, la moda en los sombreros de las damas consistía en usar plumas de garzas, lo que provocó la cacería indiscriminada de las aves. En un tiempo, se llegaron a pagar entre 50 y 60 dólares por onza de plumas, para lo cual se necesitaban las de 6 garzas. Los cazadores que especialmente en el río Hardy cazaban las aves recibían $3.00 dólares por pieza. ↩︎
Gabriel Trujillo Muñoz, Mensajeros de Heliconia, Capítulos sueltos de las letras bajacalifornianas. 1832-2004. UABC. Mexicali, B.C., 2004, p. 44. ↩︎
Las escuelas del Distrito fueron de las primeras en el país que adoptaron la educación con grupos mixtos de niños, a diferencia de la costumbre conservadora de mantener en los planteles grupos separados por sexo. ↩︎