…La expansión económica de los Estados Unidos siguió a la colonización masiva de sus tierras antes desiertas, en México haremos algo semejante para que se produzcan riqueza y bienestar. 2
La colonización. ¿Panacea o maldición?
Se ha dicho que una de las preocupaciones que tuvieron todos los gobiernos de México, y aun los de la Nueva España, fue la falta de población en vastas zonas de la península que estaban expuestas a la penetración de personas que representaban intereses extranjeros, cazadores de fortuna y filibusteros, además de los grupos indígenas rebeldes que frecuentemente asaltaban los pequeños y más alejados poblados, principalmente al noroeste del país. Desde el siglo XVIII se promovió la colonización de la Alta California entregando tierra y ganado a los soldados que, con sus familias, aceptaran establecerse en aquella provincia, y a principios del siglo XIX, como ya se ha mencionado, bastaba que un solicitante se declarara mexicano y católico para que se le entregaran, en ocasiones, enormes extensiones de tierras, como en el caso de John A. Sutter, cuya inmensa propiedad en el Valle Central de la Alta California fue el centro alrededor del cual giraron muchas de las acciones que culminaron con la penetración de los colonos norteamericanos a la región y su apropiación por los Estados Unidos.

Rufus K. Porter exportaba sal de Baja California a San Francisco desde 1856, teniendo sus oficinas en El Suzal.
En el México independiente, la proclividad del gobierno a buscar en modelos y estrategias del extranjero la base para el progreso de la nación, los llevó a pensar que si en los Estados Unidos se habían llevado a cabo grandes movimientos migratorios y colonizadores, y luego había venido el progreso, igual ocurriría en México, olvidándose que en las naciones, como en las personas, las potencialidades que se tienen se desarrollan en forma diferente, además de que en México, esas potencialidades no eran tan grandes como en la Unión Americana; y es que desde principios del siglo XIX, después de que al Varón de Humboldt se le ocurrió decir que a México le esperaba un gran futuro tomando en cuenta sus enormes riquezas, se siguió promoviendo el mito de que el país era como un cuerno de la abundancia, esto en alusión a la forma del mapa de México, y que sólo faltaba que vinieran colonos con algunos recursos económicos y deseos de extraer y aprovechar esas riquezas, aunque Justo Sierra haya tenido el valor de hacer pública la falacia de tales afirmaciones3.

Salinas en Isla del Carmen, explotadas desde 1881, aprovechando las facilidades otorgadas por el gobierno.
El 13 de marzo de 1861 se publicó un decreto cuyo artículo primero decía, entre otras cosas, que todo extranjero o sociedad de extranjeros que adquirieran terrenos para trabajos agrícolas, quedarían exceptuados por cinco años de toda clase de contribuciones, y era tal la ansiedad del gobierno por que se poblaran las zonas desiertas del país, que el 25 de agosto de 1862, Benito Juárez dispuso que los reos de sexo masculino que se pudieran trasladar con sus familias a estos lugares, recibieran 2 reales por 6 meses y vivieran con total libertad. El 20 de julio de 1863, la misma administración promulgó la ley sobre ocupación y enajenación de terrenos baldíos, que en parte de su artículo 2º. decía: Todo habitante de la República tiene derecho a denunciar hasta 2 500 Has….; quince años después, Guillermo Andrade, representando a la Compañía Mexicana Agrícola Industrial y Colonizadora de los Terrenos del Colorado4, y a la Compañía J. Kelly obtuvo 300 000 hectáreas para medir y colonizar terrenos en las márgenes del río Colorado5. Otro de los extranjeros que obtuvieron concesiones del gobierno para el deslinde de terrenos en Baja California fue Jacob Primer Leese6, a quien se le otorgó en 1864 una superficie que comprendía casi las dos terceras partes de la península, aunque al no cumplir con lo establecido en el compromiso con el gobierno de México, en 1866 tuvo que traspasar la empresa a otros concesionarios.
En 1875 se había promulgado una ley de colonización, la cual se amplió el 15 de diciembre de 1833 siendo presidente de la República don Manuel González, y por la importancia que reviste como el precepto en el que se apoyó el gobierno durante muchos años para prácticamente entregar gran parte del territorio nacional, incluyendo la Baja California, a compañías casi siempre extranjeras; se transcriben enseguida dos de sus artículos más importantes:
Art. 18. El Ejecutivo podrá autorizar a compañías para la habilitación de terrenos baldíos con las condiciones de medición, deslinde, fraccionamiento en lotes, avalúo y descripción, y para el transporte de colonos y su establecimiento en los mismos terrenos.
Art. 21: En compensación de los gastos que hagan las compañías el Ejecutivo podrá concederles hasta la tercera parte de los terrenos que habiliten. 7

Mapa de algunas concesiones otorgadas por el gobierno a compañías deslindadoras en la segunda mitad del S. XIX
- Luis Huller y Cia.: //////// (verde)
- Flores Hale y Cia.: /////// (rojo)
- Gobierno: [ ] (blanco)
- A. Bulle: ====== (rojo)
El 25 de marzo de 1894, se modificó la ley con objeto de favorecer aún más a los socios de las compañías deslindadoras, al ampliar su libertad de acción y permitirles que pasaran sobre anteriores disposiciones relativas al límite de las enajenaciones8. Era entonces secretario de fomento el Ingeniero Manuel Fernández Leal, quien justificaba estas concesiones diciendo que los nuevos inversionistas necesitaban libertad para llevar a cabo sus actividades productivas, o de lo contrario no vendrían a movilizar la riqueza del país.
Baja California no fue la excepción de este movimiento de entrega, que en aquella época pudo obedecer a sinceras motivaciones patrióticas, pero que, en lo general, trajo consecuencias desastrosas para la economía y progreso del pueblo, como el citado caso de Jacobo P. Leese, cuya autorización para el deslinde y colonización abarcaba desde el paralelo 31º hasta los 24º 20’ de latitud.

Jacobo Primer Leese, uno de los primeros beneficiados con concesiones del gobierno mexicano para el deslinde y colonización de tierras en Baja California.
El ingeniero norteamericano George Sisson se asoció con Luis Hüller, ciudadano mexicano de origen alemán que residía en la ciudad de México y que contaba con amigos influyentes en el gobierno, para deslindar y colonizar casi todo lo que hoy es el Estado de Baja California; la autorización oficial para que la compañía iniciara sus trabajos se dio el 21 de julio de 1884, incluyéndose derechos sobre las explotaciones minera y pesquera. Para obtener el capital necesario, Sisson formó la Compañía Internacional de México, o “The International Company of Mexico”, con sus oficinas centrales en Hartford, Connecticut, y la firma se registró en México el 19 de marzo de 1885. La compañía compró entonces a través de Maximiliano Bernstein a don Pedro Gastélum Duarte lo que quedaba del predio de Ensenada9, quien ya había vendido algunos terrenos. Para 1884, las compañías Hüller10, Bulle, Flores Hale y Macedo, a las que deben agregarse las concesiones a Andrade y Kelly, sumaban once millones quinientas mil Has., de las poco más de catorce millones de Has. que forman toda la superficie de la Península de Baja California.
Con frecuencia, las compañías deslindadoras se vendieron o traspasaron, cambiaron de nombre, y hasta se hipotecaron, pero siempre tuvieron las siguientes características:
- 1º. Los directos beneficiarios de la comercialización de las tierras y sus productos siempre fueron los socios de las compañías.
- 2º. Era común que las compañías deslindadoras, no sólo se apoderaron de baldíos, sino también de tierras ocupadas por ranchos y comunidades. Es verdad que algunos de los modestos ranchos que se ubicaban en las serranías de la península, sobre todo al noroeste, rara vez fueron afectados por aquellas corporaciones, pero no por generosidad, sino porque no tenían valor comercial y se encontraban muy lejos de los caminos.
- 3º. Las protestas que llegaron a hacer algunos legítimos propietarios o posesionarios de tierras por los abusos de las compañías no tuvieron eco, ya que éstas se avenían fácilmente con el gobierno.
- 4º. Nunca produjeron el esperado arribo masivo de colonos que aplicarían modernos métodos de cultivo en tierras mexicanas, ni los supuestos beneficios para su población. Debe aceptarse, sin embargo, que por un tiempo un cambio modernizador transformó para bien las poblaciones de Ensenada, San quintín y Santa Rosalía, con infraestructura y fuentes de trabajo que de alguna forma beneficiaron al pueblo, tema que se amplía más adelante; particularmente Ensenada, tuvo el beneficio de una urbanización real y de elevada calidad.
Desde 1906 se habían ido disolviendo las compañías deslindadoras, casi siempre debido a su mala administración, falta de capital y pocos compradores; luego vendría la revolución mexicana, y cuando en 1917 se promulgó la nueva constitución política del país, sus operaciones se redujeron más aún, al irse aplicando la prescripción VII del artículo 27 que en parte decía: Se declaran nulas todas las diligencias, disposiciones, resoluciones, y operaciones de deslinde, concesión, composición, sentencia, transacción, enajenación o remate….Se declaran revisables todos los contratos y concesiones hechos por los gobiernos anteriores desde el año de 1876, que hayan traído por consecuencia el acaparamiento de tierras…..por una sola persona o sociedad , y se faculta al Ejecutivo para declararlos nulos….
Aun con esto, pasarían muchos años para que algunas empresas creadas por las compañías deslindadoras fueran desapareciendo, como la “Colorado River Land Company”, que controlaba las fértiles tierras irrigadas por el Río Colorado en el Valle de Mexicali11; la Compañía Minera de El Boleo, S.A., en Santa Rosalía, y la compañía minera que explotaba oro en El Arco12.
El Boleo
Quizá el ejemplo más importante de la explotación sin límite de los recursos naturales en el sur de la península, así como de los abusos contra los obreros y pueblo en general que llegó al borde del esclavismo, fue la compañía francesa de “El Boleo”, en Santa Rosalía.
En 1868, un campesino de Santa Águeda, José Rosas, descubrió sobre la superficie de la tierra masas esféricas de cobre nativo13, y para 1870, el geólogo francés Cuminges14 , dio a conocer en Europa la potencialidad de los ricos yacimientos. En julio de 1885 se fundó la “Compañía El Boleo, S.A.”, destinada a la explotación del cobre en Santa Rosalía, Baja California, inicialmente con una superficie concesionada de veinte mil hectáreas, y con la exención de pagos por derechos de exportación durante cincuenta años; más adelante la compañía francesa detentaría hasta 600 000 hectáreas, no sólo por diversas enajenaciones de tierras que otras compañías hicieron en su beneficio, sino por los despojos de sus predios a rancheros de la región.
Era tal el poder político y económico de la compañía que prácticamente llegó a crear una especie de estado independiente dentro de la Baja California, al adueñarse de grandes extensiones de tierra por precios irrisorios, incluyendo ranchos, caminos y manantiales; por mucho tiempo llegó a tener sus cárceles propias, y las autoridades policíacas y de gobierno eran prácticamente impuestas por los directores de la compañía; se llegaron a traer indios yaquis de Sonora casi en calidad de esclavos, y la diferencia entre los trabajadores mexicanos de la compañía y los empleados franceses se reflejaba en las zonas en que vivían: la Hondonada México, con humildísimas viviendas, y la Mesa Francia, con elegantes residencias; estaba prohibido que los franceses se casaran con mexicanas, aunque la disposición fue burlada muchas veces; el agua se les llegó a racionar a un balde diario por familia, y en el periódico de Mazatlán “Correo de la Tarde” se publicó el 19 de mayo de 1889 una advertencia a quienes pensaran enrolarse para ir a trabajar a Santa Rosalía en relación con las pésimas condiciones laborales que allá se daban. Un líder obrero apellidado Gómez, se atrevió a desafiar los poderes omnímodos de los franceses, y logró que se suprimiera el castigo de cárcel que se imponía a los mineros que faltaban a sus labores, pero casi todas sus conquistas se perdieron cuando la compañía compró a otros dirigentes para neutralizar los avances conseguidos por Gómez, quien terminó sus días en La Castañeda.15

Oficinas centrales de la Compañía ‘El Boleo’, en Santa Roalía, 1910. Los trabajadores que se observan esperan su pago
El juez de paz de Santa Rosalía tenía un sueldo de treinta pesos mensuales, pero también era empleado de la compañía que le pagaba doscientos pesos, lo que da una idea de por qué sus decisiones, en casos de litigios de tierras y otros que se dieran entre la empresa extranjera y los rancheros nativos se inclinaban a favor de aquella. Otro empleado incondicional de la compañía fue Silverio Romero, quien tuvo el cargo de subreceptor de rentas de Mulegé y siempre estuvo en contra de los trabajadores y rancheros, prestándose a lo que fuera necesario para despojarlos de sus bienes y servir a sus patrones franceses, al grado de que el subprefecto del Partido Centro advirtió al Jefe Político en febrero de 1909 sobre la posibilidad de que los rancheros, agraviados por tantas injusticias, podrían asesinar a Romero16. Cabe mencionar que la empresa buscaba por los medios que fueran necesarios la posesión de los ranchos establecidos, para producir los alimentos que necesitaban los mineros y tener en su venta otra fuente de ingresos y control sobre ellos. Para 1910 la población de Santa Rosalía era de 10 172 habitantes, a pesar de las elevadas tasas de mortalidad por tuberculosis, cólera, fiebre amarilla y tifoidea.17
En tiempos del director Nopper, que estuvo en el cargo por 35 años, se inició la decadencia de los yacimientos y del poder de la compañía; en el aspecto laboral, el proyecto casi esclavizante implementado por los franceses con los trabajadores mexicanos se redujo, al ser acotado por las nuevas leyes mexicanas; con la segunda guerra mundial hubo un repunte en la actividad minera de la compañía, pero al finalizar el conflicto bélico y bajar los precios del cobre, la producción se se redujo, la prolongada explotación de los yacimientos del mineral y la antigüedad de las instalaciones y equipo se tradujeron en la franca decadencia de la actividad minera, y para el 1º de febrero de 1954 la “Compañía Minera El Boleo” terminó sus actividades en Baja California.
Aunque al irse los franceses los trabajadores mexicanos se organizaron para continuar la explotación del cobre, el mineral se acabó, y aunque se siguió procesando mineral traído de Chile y Perú, ya fue inevitable el final de la explotación minera del cobre; para 1986 los pocos trabajadores de la fundición y otros empleados que quedaban y que recibían subsidios del gobierno fueron dados de baja.
Los franceses dejaron algunas huellas culturales de su presencia en Santa Rosalía, y aun hoy, en algunos hogares del pueblo se pueden encontrar reproducciones de Monet, Degas o Seurat; la repostería francesa es conocida por algunos panaderos mexicanos de la ciudad, y la iglesia de Santa Bárbara es única por su arquitectura y origen. Por el año de 1896, algunas damas del pueblo pidieron a la señora LaForgue, esposa del director de la compañía, que la empresa hiciera una iglesia católica. Estando el señor LaForgue en Bruselas en 1897, vio una iglesia diseñada por Gustave Eiffel que se llevaría a África, hecha de metal para evitar ser devorada por las hormigas blancas de aquel continente. Al saber que por alguna razón el edificio no sería llevado a su destino, lo compró y lo envió a Santa Rosalía. Pero tan fuertes como la influencia francesa en el pueblo de Santa Rosalía, han quedado las características de una sociedad que se dedicó al trabajo, al trabajo duro, y que a pesar de tantas adversidades mantuvo su alegría por la vida que se manifestó en tradiciones como la celebración del carnaval, el gusto por la música y el baile, y la elección de la reina de Santa Rosalía18.
Las compañías deslindadoras en el sur de la península. Imágenes de Las Californias en la segunda mitad del siglo XIX
En 1865 tomó posesión como jefe político y gobernador del Territorio de la Baja California el señor Antonio Pedrín en substitución de Félix Gilbert, y muy pronto recibió la visita de exploradores norteamericanos que se entrevistaron con él, con objeto de obtener la autorización oficial para recorrer el territorio a fin de conocer las potencialidades de la región. Aunque Pedrín recibió con toda cortesía al Profr. Grabb y Mr. Brooks, representantes de los extranjeros, no se anduvo con circunloquios políticos, y después de las presentaciones y saludos de rigor, les preguntó si venían a recibir posesión de las tierras que se habían concedido a una compañía norteamericana para su colonización, a lo que los visitantes respondieron que no, pero le informaron que Jacob P. Leese, representante de los inversionistas beneficiarios de la concesión, pronto vendría a recibir las tierras19.
El jefe político expresó abiertamente su desacuerdo en la colonización extranjera con las siguientes palabras: Los hijos del país son gente sencilla, de hábitos primitivos, satisfecha con su actual condición. La incrustación gradual de una población de norteamericanos esencialmente diferente al pueblo nativo, sólo traerá consecuencias desventajosas para él20. Un ejemplo muy claro, señaló Pedrín, fue lo sucedido en la Alta California: antes de 1849 los mexicanos eran dueños de extensos ranchos y grandes hatos de ganado, y ahora no tenían nada; todas sus propiedades habían quedado en manos de los norteamericanos. Aquí la cosa sería peor, ya que los habitantes no tenían nada de sobra y la mayoría de ellos eran pobres. Además, Pedrín expresó su temor de que los extranjeros hicieran sus propias leyes y establecieran un gobierno independiente dentro de los límites del territorio nacional. La comisión visitante expresó al gobernador que ellos sólo venían a hacer un reconocimiento del territorio con objeto de evaluar sus recursos minerales y la calidad de la tierra, y agregó: Con el permiso de su excelencia, sin embargo, señalaría que el apoyo para la colonización se ha dado por la mayor parte de los funcionarios y ciudadanos del Territorio…no vienen como invasores del país, sino a colonizar y trabajar en armonía con la población nativa…por invitación especial del Gobierno…21 A la franqueza de Pedrín, los yanquis prácticamente replicaban que no venían a pedirle permiso, pues ya tenían la autorización del gobierno de México.
Debe señalarse que por aquel tiempo, muchos incautos norteamericanos compraron tierras a compañías sin escrúpulos que les vendían en el Territorio de Baja California, según lo dicho en los impresos de propaganda, fértiles tierras de cultivo en hermosos paisajes, con abundante agua y otros recursos; sin embargo, los colonos que llegaban a los supuestamente paradisíacos lugares, al poco tiempo tenían que conseguir trabajo en las minas de El Triunfo u otros lugares para poder costearse su pasaje de regreso a San Francisco; por otra parte, algunos capitalistas norteamericanos perdieron fuertes sumas de dinero, sobre todo en inversiones mineras que nunca produjeron los beneficios esperados. Aun así, tomando en cuenta lo sucedido en los siguientes cincuenta años, puede decirse que los temores de Pedrín eran fundados, pero la anuencia del Supremo Gobierno estaba dada, y éstos eran sólo los prolegómenos de una serie de acciones por las cuales Juárez y Díaz entregarían a las compañías deslindadoras y de colonización prácticamente todo el territorio de Baja California.
Después de la visita al gobernante, los exploradores estadounidenses viajaron por buena parte del sur de la península, especialmente de Bahía Magdalena hacia el sur, resultado de lo cual hicieron un relato sobre las costumbres observadas en los habitantes de poblados y ranchos por los que pasaron, así como de los paisajes que les causaron viva impresión, todo lo cual se dio a la luz pública en el “Harper’s New Monthly Magazine”, publicado por Harper & Brothers Publishers de Nueva York en 1868 y 1869, algunas de cuyas ilustraciones, que dan idea de varios usos y costumbres de aquel tiempo en la apartada región, se agregan a continuación22.

Don Antonio Pedrín, Jefe Político de Baja California, recibiendo al Profr. Grabb y Mr. Brooks.

Un sudcaliforniano de La Paz en 1868. Abajo, vendedor de agua en La Paz.

Vendedor de agua en La Paz

El poblado de San Antonio.

Abrevadero en un rancho del desierto, en el que se aprecian las características del ganado sureño: cornamenta grande, corpulencia y huesos prominentes.

A unos 18 Km. al norte de San José del Cabo, rancho de don José Carrillo en Santa Anita, del cual escribirían los extranjeros: ‘..No hay otro lugar más hermoso en Baja California…’ (J. Ross Browne, p. 584).

Vaquero o ‘mozo’ del sur dela península. Obsérvense las amplias chaparreraspara protegerse de las plantas espinosas del campo; casi todo su atuendo era de piel.

Abajo, vaquero arriando ganado en el Rancho Colorado, cerca del lugar que hoy se conoce como Las Pocitas, unos 65 Km. al norte de La Paz.Cornell University Library

Vista de La Paz

Molinos de la compañía minera en El Triunfo, de capital norteamericano, a unos 8 km al norte de San Antonio. Se extraían oro y plata. (Imágenes Cornell University Libtrary)

Arriba, un fandango característico de las frecuentes celebraciones en los poblados de la Alta California.

Carruaje del gobernador de la provincia. Los carruajes con los arneses necesarios para que un conductor arreara a las bestias desde el asiento eran raros aun en la Alta California, y era frecuente que tuvieran que ser jalados por uno o dos hombres a caballo. (Imágenes: Cornell University Library)
Más sobre las compañías deslindadoras al final del capítulo que sigue. ↩︎
Con base en razonamientos simplistas, desde tiempos de Benito Juárez hasta el porfiriato, y aún con algunos gobiernos postrevolucionarios, se tuvo como un imperativo lograr la colonización de las zonas desiertas del país, aunque fuera con extranjeros, lo que supuestamente traería progreso económico. ↩︎
El agrarismo mexicano y la reforma agraria; Fondo de Cult. Económica, 1980; J. Silva Herzog, p. 112. ↩︎
La Compañía Mexicana Agrícola, Industrial y Colonizadora de Terrenos del Colorado se formó en enero de 1874 en San Francisco, aunque para satisfacer la ley mexicana, el domicilio oficial era Guaymas de Zaragoza. Guillermo Andrade y el desarrollo del delta mexicano del Río Colorado; 1874-1905. UABC, 1996; William O. Hendricks; p. 56. ↩︎
Por este tiempo, el norteamericano Jacob Primer Leese obtuvo la concesión de unas 46 800 millas cuadradas, en Baja California, comprendidas entre los paralelos 24 y 31 de la península. Leese se casó con Rosalía Vallejo, hermana de Mariano Guadalupe Vallejo, mujer admirable y patriota por su carácter decidido y opuesta siempre a los norteamericanos invasores de California. ↩︎
Leese era cuñado de Mariano Guadalupe Vallejo, Comandante Militar de las fuerzas mexicanas en California cuando los norteamericanos invadieron esa provincia. ↩︎
Silva Herzog, op.cit., p. 114. ↩︎
Ibíd., pp. 114-116. ↩︎
Bernstein compró a Gastélum 3 511.22 Has. a nombre de la Compañía Internacional de México. ↩︎
Hüller le compró a Adolfo Bülle las 702 268 Has. que detentaba a la mitad de la península, por lo que sus posesiones llegaron a los seis millones de hectáreas en la Baja California. Tiempo después, el gigantesco latifundio, por sucesivos traspasos, pertenecería a la Compañía Inglesa, de la cual se habla en el Capítulo Ensenada, subcapítulo San Quintín. ↩︎
La Colorado River Land Company funcionó en el Valle de Mexicali desde 1902 hasta 1946. Hendricks, Op. cit., p. 10. ↩︎
El tema de las compañías deslindadoras y de colonización se sigue tratando en el siguiente capítulo. ↩︎
Rosas envió muestras a Guaymas para su análisis, que resultó positivo para elevado porcentaje de cobre. ↩︎
Cuminges (o M. Cumenge) y M. Fuschs, calcularon que había 700 000 Ton. de mineral con una pureza del 12%. ↩︎
El Otro México, Biografía de Baja California; SEP-UABC, 1997. Fernando Jordán, p. 290. ↩︎
Gonzalez Cruz, Edith, La expansión territorial de El Boleo: 1901-1913., p. 15, ↩︎
Gil, Juan Romero, Población, pp. 8, 9 y 10. ↩︎
Novelo, María Eugenia B. de. A History of Santa Rosalía in Baja California, “The Journal of San Diego History: Winter 1989. Vol. 35 No. 1. ↩︎
Browne, J. Ross; New York, D. Appleton Company, 90, 92 & 94 Grand Street. fragmentos tomados de las pp. 79-81 de Resources of the Pacific Slope.…with a sketch of the settlement and exploration of Lower California. La “Lower California Company” se formó para recibir la concesión del gobierno de México, y que comprendía todo lo que se abarcaba en la península, entre los paralelos veinticuatro grados veinte minutos y los treinta y un grados latitud norte. La superficie concedida era de 46 800 millas cuadradas, ya que las concesiones previas hechas por el gobierno mexicano se habían cancelado por incumplimiento de contrato, según decreto fechado el 14 de marzo de 1861. Originalmente la concesión se hizo a capitalistas norteamericanos de California representados por Jacob P. Leese, de San Francisco, pero al no cumplir con las condiciones fijadas dentro del plazo prescrito, durante el gobierno del presidente Benito Juárez, se transfirió la referida concesión a la compañía extranjera mencionada según decreto del 4 de agosto de 1866. Una copia del contrato quedó en manos del secretario de estado norteamericano, con el propósito de que, si el gobierno reconocido de México fuera suplantado por otro, la compañía pudiera solicitar al gobierno de los Estados Unidos la protección de sus intereses en la concesión. Algunas de las cláusulas del contrato eran las siguientes 7ª. Dentro del término de 5 años, contados desde el día de la aprobación de este proyecto de colonización, los empresarios introducirán en el territorio doscientas familias de colonos cuando menos. 8ª. Las salinas de Ojo de Liebre y San Quintín, que al presente son rentadas por el gobierno, cuando el contrato existente haya expirado, serán rentadas a dicha colonia por el término de veinte años, con la condición de que serán pagados al gobierno veinte reales por tonelada de sal que sea exportada 10ª. Los colonos serán independientes en su administración municipal, en virtud de lo cual se les otorgará el poder para organizar libremente todas las instituciones que consideren adecuadas. 16ª. El empresario adelantará la suma de cien mil dólares a cuenta del precio de las tierras que van a colonizar, entregando, al término de ciento veinte días después de firmarse el acuerdo, la dicha suma de oro mexicano en San Francisco, California, al cónsul mexicano en ese puerto.…. ↩︎
Browne, J. Ross, “Explorations in Lower California”, segunda parte, Harper’s New Monthly Magazine, diciembre de 1868. p. 740. ↩︎
Ibíd., p. 741. ↩︎
Tomado de “Cornell University Library”. ↩︎