…Sigamos a Boton y Chicorí, mataremos a todos los soldados y a los misioneros, y quemaremos las iglesias, así podremos seguir con nuestras costumbres…
Segismundo Taraval
Algunos historiadores han dividido la estancia jesuítica en Baja California en 3 etapas: la 1ª, de exploraciones o apertura, que va de 1697 a 1730; la 2ª, que comprende las sublevaciones de 1730 a 1740, y la 3ª, un período de decadencia de 1740 a 1768, año en que se cumplió la ley de expulsión de los jesuitas. Lo anterior debe considerarse sólo como referencia general, ya que los hechos así clasificados se traslapan frecuentemente en otro período, además de que se excluye la etapa exploratoria del padre Kino.
Enseguida se hace relación de algunas de las exploraciones más importantes, pero posteriores a las fechas que incluyen el primer período.
Segismundo Taraval, nacido en 1700 en Lodi, Milán, fue enviado a la misión de La Purísima Concepción en substitución del padre Nicolás Tamaral, quien había ido a fundar la misión de San José, cerca de Cabo San Lucas. En 1732 hubo de encargarse de San Ignacio, en Kadakaamán, ya que el padre Sistiaga saldría a visitar las misiones con su carácter de superior en California, y un año después llegaron al lugar algunos gentiles procedentes de Isla de Cedros, a pedirle que fuese a su país a enseñarles la nueva religión. El misionero aceptó, hizo los preparativos necesarios y en poco tiempo llegó a la costa, caminó 6 días hacia el noroeste, y finalmente, la pequeña expedición llegó a un punto desde el cual se contemplaban varias islas.
Para hacer la travesía marítima hasta dos de ellas, tuvieron que construir balsas al estilo de los nativos, exploraron Afeguá o Aseguá, Isla de los Pájaros, y Huamalguá (Amalguá o Guamalgá), Isla de las Neblinas, hoy Isla de Cedros. La primera estaba desierta y sin agua pero con abundancia de aves; la segunda con bastante agua y una fauna variada, desde venados y conejos hasta lobos marinos, así como lo que el misionero llamó “pequeñas ballenas” que pudieron haber sido delfines, a los cuales mataban los aborígenes con una especie de tridente de palo y los subían a sus pequeñas embarcaciones.
Todos los residentes de Huamalguá, navegando en sus balsas, se fueron a la península acompañando al padre Taraval hasta Kadakaamán, en donde se incorporaron, junto con otros gentiles procedentes de lugares muy lejanos a la población de la misión de San Ignacio.
Es digno de mención un episodio trágico ocurrido cuando los nativos de la isla navegaban en sus balsas tierra a tierra por la costa acompañando al misionero: un guama, el que más se había resistido a viajar a San Ignacio, en un momento dado quiso matar un lobo marino que estaba en un banco de la playa, pero en su intento fue atrapado por un tiburón que lo llevó a lo profundo del mar causando su muerte.
En 1733 regresó el padre Sistiaga, por lo que Taraval pudo cumplir su deseo de plantar la misión de Santa Rosa en el país de los pericúes, en Todos Santos, muy cerca del Océano Pacífico. En 1751 se fue a Guadalajara, en donde murió en 1763. Entre las obras que escribió destaca su “Diario”, con 324 párrafos que abarcan de julio de 1734 a enero de 1737.
Exploraciones del padre Fernando Consag.
Fernando Consag estaba encargado de la misión de San Ignacio junto con el padre Sistiaga, y en 1746 y 51, acatando las disposiciones del visitador Juan Antonio Baltazar, quien a su vez obedecía la orden del padre provincial Christóbal de Escobar, hizo tres viajes hacia el norte, el primero por mar a la desembocadura del Río Colorado, y después dos por tierra en busca de lugares propicios para establecer misiones e ir buscando la conexión terrestre con las de Sonora; además, se pretendía determinar la naturaleza geográfica de California1, reconocer la costa oriental de la península, y localizar el Estrecho de Anián, cuya existencia, inexplicablemente, aun se aceptaba como una posibilidad muy real.
Después de los preparativos necesarios, sobre todo recabar provisiones de las misiones cercanas, el primer viaje se inició el 9 de junio de 1746 en cuatro barcos abiertos pero con una vela, que zarparon de San Carlos, el puerto más cercano a San Ignacio; integraban la expedición el padre Consag, 30 indios incluyendo algunos yaquis que eran buenos marineros; y 6 soldados españoles; navegaron hacia el norte haciendo el registro de los accidentes geográficos y topándose varias veces con nativos que rara vez mostraron hostilidad, finalmente los expedicionarios o algunos de ellos llegaron a la desembocadura del gran río el 14 de julio de 1746; por 10 días hicieron exploraciones en los alrededores, incluyendo las islas que allí se encuentran, intentaron navegar río arriba pero se los impidió la fuerza de la corriente, perdieron un barco por el fuerte oleaje e iniciaron el regreso a San Carlos el 25 de julio, registrando todos los accidentes geográficos de la costa2. De esta exploración, Consag escribió un diario o derrotero3 y elaboró un mapa que tituló Seno de California y su costa oriental nuevamente descubierta y registrada desde el cabo de las Vírgenes hasta su término, que es el río Colorado, año de 1747, por el Pe. Ferdinando Consag de la Compa. de IHS Misionero en la California4. Su trabajo fue usado por otros cartógrafos hasta el siglo XIX, habiendo confirmado definitivamente que California era una península, lo cual sintetizó el misionero explorador en una carta a sus superiores fechada el 31 de octubre de 1746 en San Ignacio.

Viajes de Consag, Taraval y Link. Hay exploraciones de Linck que no aparecen en este mapa
Se utilizaron algunos datos del mapa que se incluye en Wenceslaus Linck´s Reports & Letters. 1762- 1778. Traducido por Ernest J. Burrus, S.J.

La flecha blanca punteada indica el posible término de la expedición en lo que después fue Santa María de los Ángeles, cerca del arroyo Cabujakaamang. El óvalo blanco punteado indica el área en que se encuentra el lugar del cual, según lo registrado por Linck en su diario, se devolvió el padre Consag en 1751.
- San Ignacio.
- San Carlos, 9-VI-1746.
- Canal de Salsipuedes.
- San Rafael, 15 y 16-VI.
- Las Ánimas, 18-VI.
- Bahía de Los Ángeles, 20-VI.
- San Luis Gonzaga, 29-VI.
- San Estanislao (probable), 1-VII. (Los puntos 8, 9 y 10 están en los mapas de la siguiente página)
- La Visitación (probab.), 4-VII.
- Isla San Luis.
- Puertecitos, 8-VII.
- San Felipe, 9-VII.
- San Buenaventura, 13-VII.
- Marismas y pantanos.
- Boca del río Colorado, 18- VII.
- Is. Montague, 18-VII.
- Golfo de Santa Clara.
- Santa Gertrudis.
- Calmallí Viejo.
- Río Paraíso.
- El Marmolito.
- San Borja.
- Bahía Blanca.
- Laguna Chapala.
- Kadazyiac.
- Kalvalaga.
- Santa Inés.

- San Luis.
- San Estanislao.
- La Visitación.
- Is. San Luis.
En esta expedición el padre Consag, a causa de una tormenta, tuvo que devolverse a San Buenaventura desde muy cerca de la desembocadura del Colorado, pero algunos hombres que iban en las otras canoas no lo acompañaron y prefirieron esperar algún tiempo en una playa cercana a las bocas del río. Después, algunos indios de este grupo se devolvieron a pie hasta San Buenaventura, y tras ellos dos soldados, los cuales estuvieron a punto de perecer de sed. Miguel del Barco narra en su obra esta parte del viaje, la cual se transcribe a continuación con objeto de que el lector tenga una idea más clara de lo ocurrido en aquella extraordinaria aventura, sobre todo porque el documento escrito por Consag es confuso en algunas partes según lo dicho por el propio Miguel del Barco5.
…Es preciso confesar que el padre Consag se explicó con poca claridad en la conclusión de su derrotero y relación de este viaje. Y por haberme yo hallado en aquel tiempo de misionero en la California y haber tenido comodidad de informarme de todo lo que pasó por los mismos que hicieron el viaje, luego que volvieron de él; porque no se pierda esta memoria, diré lo siguiente en confirmación y explicación de lo que requiere el citado derrotero. Con el recio temporal, que el día 12 de julio padecieron hacia el fin de los pantanos [se refiere a la zona pantanosa de llanuras de lodo y de salinas que hay pegada a la costa al norte de San Felipe, quizá desde los 31º 15´ hasta las bocas del gran río, señalada en el mapa 40 con el No. 14], se separaron las canoas. La mayor, en que iba el padre Fernando Consag, después del trabajo y peligro grande de naufragar en que estuvo, como se refiere en el derrotero, aplacado el mar, salió del pantano mar afuera, y así se halló más cerca de la costa de la otra banda que de la California y, no obstante, determinaron volver a ésta; porque siendo necesario sacar a tierra a orear la ropa y bastimentos mojados en la tormenta (por no tener cubiertas las canoas), se juzgó por más segura la de la California…. Así lo hicieron y, declinando los pantanos, llegaron la mañana del día trece a San Buenaventura en treinta y dos grados de latitud, paraje al norte de San Felipe de Jesús y a no mucha distancia de él. Allí sacaron a tierra la carga, la tendieron para que se secara, y vararon la canoa. Alguna gente de ella salió a registrar la tierra y buscar aguajes que no pudieron hallar Mas, en fin, el día catorce se halló agua bebediza, derrame del río Colorado. Este día llegó la canoa menor a este paraje, la cual, viendo que no parecía la mayor en que iba el padre, determinó el salir a buscarla y la halló con mucho consuelo de una y otra gente. La que iba en ésta dio noticia al padre y a los demás que las otras dos canoas, aunque mojada la gente y la carga el día del temporal, tuvieron la buena suerte, después de montada la punta del pantano, de hallar una orilla en qué abrigarse en el mismo desemboque del río Colorado. Y habiendo ayudado el quince y el dieciséis a los de la canoa mayor en la faena de hacer aguada, se restituyó en diecisiete al paraje donde estaban las otras cerca de la primera isla del citado río.
Por este medio supieron los que allí estaban que la canoa mayor con el padre, y toda su gente, quedaban salvos en San Buenaventura, con lo cual salieron del cuidado en que estaban por esta causa. Estas canoas, luego que llegaron al desemboque y el tiempo les dio lugar, sacaron a tierra su carga y ropa para secarla. Entretanto salieron algunos el día catorce a registrar aquellos contornos, y hallaron mucha huella de gente y de caballadas6. En los días siguientes, hasta el veinticuatro, permanecieron en el río haciendo los esfuerzos que pudieron para subir con las canoas río arriba, mas su rápida corriente con que descarga en el golfo, no les permitió subir mucho. En fin, en estos días descubrieron las tres islas, que están en la caja del río y sucedió lo demás que refiere el derrotero. Trece indios californios7, de los que habían ido en las canoas (acaso cansados de tanta detención en el río, o por no volver tanta gente en las dos canoas que quedaban después de la pérdida de la tercera), sabiendo que el padre Fernando estaba en San Buenaventura, determinaron caminar allá por tierra, dejando la canoa en el río con la demás gente de ellas, no dudando que, caminando desde allí por la orilla del mar…, llegarían a San Buenaventura sin haber mar, ni otra cosa que les embarazase el paso, como los que navegando por los pantanos, hasta el remate del golfo, habían visto que su tierra se continuaba sin interrupción alguna hasta el mismo río. Así lo ejecutaron poniéndose en camino sin más prevención que dos o tres botas de agua. Poco después, siguió este ejemplo un soldado llamado Felipe Romero, tan confiado de que el viaje sería breve que ni aun llevó consigo un poco de agua para apagar la sed, de que tuvo bien que arrepentirse, porque el camino era realmente mucho más largo de lo que él se había imaginado, y caminando por aquellos dilatados arenales en seguimiento de los indios que habían salido primero, y que no pudo alcanzar, comenzó a ser fatigado de la sed, la que por instantes se iba aumentando con el calor y la fatiga del camino. Llegó a tanto que le pareció ya desfallecer, que le era imposible el proseguir y necesario morir allí. Con este pensamiento escarbó un poco la arena y se acostó en aquel pequeño hoyo para que le sirviera de cama y de sepultura. Mejor lo ordenó la Divina Providencia, disponiendo, para su remedio, que a otro soldado, de los que quedaban en el río, llamado N. Melgarejo (extremeño de Badajoz o sus cercanías), se le antojase también él volverse a pie hasta San Buenaventura por el mismo rumbo que tomaron los que habían salido primero. Y sin prevención alguna comenzó a caminar siguiendo las pisadas de aquellos.
Después de mucho caminar con no pequeña fatiga, llegó al sitio donde estaba Romero y viéndole tendido con visos de enfermo o de moribundo, le preguntó. ¿qué hacía allí?, ¿qué le había sucedido? Respondió Romero que, por la intolerable sed que padecía, y por el cansancio, no pudiendo pasar adelante, se quedó a morir allí. Oyendo esto Melgarejo, comenzó a exhortarle con cuantas razones pudo que se animase a proseguir en su compañía lo restante del camino. No tuvo agua ni otra cosa con que socorrer al descaecido, pero sus ruegos y razones fueron bastantes para que se alentase a caminar, y en fin llegaron los dos al término deseado en donde pudieron resucitarse y recobrar las fuerzas perdidas. Antes que éstos, habían llegado los indios que salieron primero del Colorado, y unos y otros dieron razón al padre Consag y a sus compañeros, de sus trabajos, del curso que trae el río en las cercanías de su desemboque, El día veinticinco del mismo julio llegaron después, según se refiere en el diario o derrotero, a San Buenaventura las canoas con la gente que había quedado en el río, y confirmaron lo que habían dicho los que venían por tierra, añadiendo lo que les sucedió después, según se refiere en el diario o derrotero8…

Mapa elaborado por el padre Fernando Consag, publicado en la edición que se hizo en Madrid de la “Noticia de la California y de su conquista temporal y espiritual hasta el tiempo presente”, Madrid, 1757.
Como ejemplo del error por exceso en la latitud, nótese el caso de San Luis Gonzaga que aparece aquí a los 31º N, y que debería ser 29º 47´ N.; y el de San Felipe, situado aquí por Consaga los 32º N y debe ser a los 31.
Antes de terminar su Derrotero, Consag hizo algunas advertencias a los buscadores de perlas, en los siguientes términos:…es necesario no den en el extremo de darles a los gentiles maltratamientos, de hacerles el más grave e injusto daño de hurtar, y llevar sus criaturas, de ir a sus rancherías a abusar de sus mujeres…Deben los armadores mostrarse por una parte cristianos y por otra, celosos del honor de la nación española…El año pasado en San Rafael, huyendo de ellos…Después de haber los bárbaros muerto a traición a un buzo a vista de los mismos armadores, quitaron la vida a otro, y en vez de salir a defenderlo, se levaron, huyendo la presencia de los indios…así quedan orgullosos y atrevidos para ejecutar lo mismo con otros…9 El jesuita advertía a quienes buscaban perlas que no debían abusar de los indios, ni ser tan cobardes como para permitirles que asesinaran a los buzos sin defenderlos.
Por múltiples datos del Derrotero escrito por Consag, aunque no lo diga explícitamente, se llega a la conclusión de que el misionero no acompañó a sus hombres en los intentos que hicieron en las maltrechas canoas por remontar la corriente del Colorado, como cuando en su registro del día 18 de julio, expresa: …se halló la gente en la isla, y a un mismo tiempo se vio cogida de dos corrientes impetuosas de agua, la una del río que llegó crecido, y la otra del mar que no subió con menor ímpetu y fuerza, escapó toda la gente aunque de ella se vieron algunos en mucho peligro de perecer ahogados…10, en lugar de decir …nos vimos cogidos de dos corrientes…, y en las anotaciones correspondientes al día 25 de julio de 1746 señala … Concluida la expedición del registro del Seno o Mar de Californias hasta su último término, se dirigieron las proas…11, en lugar de usar la primera personas y decir …dirigimos las proas… Por otra parte, en ningún lugar de la narración señala que haya salido él hacia el norte desde San Buenaventura, lo que posiblemente hizo suponer a Barco que en ese lugar, Consag, después de devolverse, esperó a unos 60 kilómetros o algo más de las bocas del Colorado el regreso de las canoas que se encontraban en el norte, intentando una y otra vez navegar río arriba.

Bocas del Río Colorado. La flecha indica la ruta de las canoas.
- San Buenaventura.
- Boca del Colorado La Baja.
- Isla Montague.
- Isla Pelícano.
De lo registrado el día 9 de julio en su Derrotero del viaje, Consag dice: …Día 9 [de julio de 1746]: Cuando ya estaba crecida la marea salimos como a las dos de la tarde, y no obstante para pasar el banco fue necesario que toda la gente se pasase a la proa. Después se sigue la ensenada de S. Felipe de Jesús, cuyas puntas corren sur norte. La del sur es de médanos altos de arena. La del norte acaba en unos cerros prietos. Por lograr el viento favorable que soplaba nos pasamos, dejando su registro para la vuelta. 12. La descripción que se hace no corresponde a un lugar al que el misionero hubiera puesto nombre, pues como lo hizo en otros casos, lo hubiera mencionado diciendo que él había bautizado el lugar. Por lo anterior, no puede asegurarse que haya sido Consag quien primero llamó San Felipe de Jesús al puerto mencionado, pues en este viaje pareciera que ya el lugar era conocido con ese nombre. Por su parte, Barco tampoco dice en su obra que haya sido el misionero croata quien bautizó el referido puerto de San Felipe, de lo que puede inferirse que Ugarte fue quien lo hizo en su viaje de 1721 en la balandra “El Triunfo de la Cruz”.
Consag no encontró lugar alguno propicio para la fundación de misiones, pueblos o presidios, pero se demarcó la costa oriental de la península y se estableció una relación amistosa con los cochimíes en donde pudieron desembarcar, además de que el misionero elaboró un mapa que se utilizó muchos años por exploradores y navegantes. Cuando los informes del viaje de Consag llegaron a Madrid, no faltaron en la corte las críticas acostumbradas de navegante y geógrafos de la época sobre la conclusión de que California era una península, como fue el caso del prestigiado marino Juan de Ulloa; sin embargo, se tuvieron que aceptar como concluyentes las pruebas aportadas, tal como lo expresó por aquel tiempo el padre Jacobo Sedelmayer, misionero de la Pimería, en una carta dirigida a su rector José de Echeverría y que en parte expresaba: … El Padre Fernando. (Konschak) nos suministró la información deseada que California es una península. Si bien el Padre Eusebio Francisco Kino vio y constantemente afirmaba lo mismo, porque el Padre Agustín de Campos le contradecía, la cosa quedó en duda, lo que ahora está solucionado…13
Una importante observación que se hizo el 19 de julio ya cerca de la Delta del Colorado en esta región, fue que del lado de California, por ser tierra muy baja, con las avenidas del río se inundaba la tierra hasta el pie de las montañas, quedando basuras y materiales diversos que arrastraban las aguas; pero además, registró:…se notó también una especie de eras aunque pequeñas, en que los naturales del país limpian o desgranan una especie de semilla semejante al trigo pero tan menudo como el anís14. Lo dicho por Consag es la única referencia hecha por un misionero, en el sentido de que los antiguos californios al sur de la delta del Colorado utilizaban su tierra húmeda para obtener un grano comestible, aunque entre los yumas que vivían en la confluencia del Gila y el Colorado el cultivo de maíz, melones y calabazas era una práctica común. La descripción hecha por el religioso hace pensar que una partida de exploradores de la expedición bien pudo adentrarse hacia el oeste y conocer las semillas que menciona.
Otra aportación sobre la cultura de los californios del norte la expresó Consag en su registro del 30 de junio de 1746, en el cual refirió que en un lugar de la costa, al salir en busca de agua algunos hombres del grupo expedicionario, encontraron un aguaje y volvieron acompañándose de un viejo…que traía un cantarillo de barro, el cual saben beneficiar bien para su uso. 15. El lugar en que se encontraban debe corresponder a algún paraje cercano a la bahía de San Luis Gonzaga, pues el 26 estuvieron en lo que Consag llamó Bahía de San Juan y San Pablo, la cual aparece en el mapa hecho por el misionero apenas al sur de aquella. La importancia que tiene la aseveración de Consag radica en que todos los misioneros jesuitas, excepción hecha del padre Wenceslao Linck, aseguraron siempre que los indios californios desconocían la cerámica, y lo narrado en el Derrotero obliga a pensar que, cuando menos algunos de los cochimíes del norte, sí supieron usarla para hacer recipientes diversos.
En 1751 arribó a Loreto el padre Jorge Retz, que de inmediato fue destinado a acompañar a Consag en su misión de San Ignacio mientras aprendía el cochimí, para estar en posibilidad de fundar la misión de Santa Gertrudis rumbo al norte.

Cirio, cerca del centro de la península, a la altura de bahía El Rosario
Gracias a la ayuda que el padre Retz le daba en el trabajo propio de la misión, en mayo de 1751 Consag tuvo el tiempo necesario para salir con un nutrido contingente en otra expedición a la región del norte de la península, esta vez por el oeste de la sierra, en busca de lugares propios para fundar misiones. Ya el padre provincial Juan Antonio Baltazar había dado la orden para este viaje desde la conclusión de la expedición por mar en 1746, pero por las enfermedades entre los indios y la falta de suficiente equipo y provisiones el proyecto se había demorado. Finalmente, el grupo expedicionario se integró con el nuevo capitán don Fernando Javier de Rivera y Moncada y 5 soldados del presidio de Loreto, así como 100 indios a pie, casi todos de la región de San Ignacio. El gran número de personas tenía el propósito de desanimar cualquier intento de ataque de nativos que pudiera presentarse, así como para arreglar rápidamente el terreno para el paso de las bestias donde fuera necesario. Reunidos todo el personal, víveres, equipo, y bestias de carga, la tarde del 22 de mayo de 1751 salieron de La Piedad, en donde después se establecería Santa Gertrudis, tomando nota de que el pequeño arroyo del lugar había desaparecido al cegarse su fuente por una avenida causada por las fuertes lluvias.
Iniciaron la marcha con rumbo aproximado a lo que hoy es Calmallí16, y viajaron dos meses por la vertiente occidental de los montes, sobre todo de la Sierra de San Borja y Columbia, hasta llegar al mar a los 29° 47’ de latitud según su reporte. Si la latitud registrada por Consag fuera verídica, ese lugar de la costa correspondería casi a la Bahía del Rosario, apenas a un poco más de 30 Km. al sur del arroyo El Rosario, que hubiera sido motivo e incentivo suficiente para que los indios guías hubieran informado a los españoles la existencia de la importante corriente que pasaba cerca de allí, y que la expedición viajara unas horas más para llegar hasta ella. Por otra parte, la ubicación geográfica de los distintos parajes por los que pasaron se dificultaba por la constante neblina que propiciaba una reducida visibilidad. Consag afirma que de aquel lugar, en o cercano a la costa, siguieron hacia el noreste a un río del cual los nativos expresaban que traía un gran caudal, y al que después los españoles bautizaron como río Paraíso, como ironía cuando constataron que la afamada corriente era sólo un modesto arroyo que aún conserva ese nombre. La corriente desciende intermitente desde la sierra La Libertad, aproximadamente a los 28º 35´ N.17, y se dirige al suroeste hasta aproximarse a la costa a los 28º 18´ N., casi coincidiendo con el actual poblado de Villa de Jesús María, unos 38 Km. al norte de Guerrero Negro. Cerca del arroyo había algo de tule y una especie de palmeras que producían un fruto parecido a los dátiles, aunque de menor calidad. En este lugar, los nativos que encontraron eran pacíficos, y pidieron al padre que mandara la caballada a pastear más cerca de su ranchería para que sus familias conocieran las hermosas bestias para ellos nunca antes vistas.
La posición del arroyo Paraíso hace pensar que los viajeros, si tocaron la playa, tuvo que ser a una latitud menor que la mencionada de 29º 47´ N. a la que supuestamente llegaron, pues de ese lugar continuarían hacia el noreste rumbo al arroyo citado, cuyo nacimiento o parte alta está al sur del punto costero al que supuestamente llegaron. Debe recordarse que un error por exceso de un grado o más fue frecuente en los mapas del siglo XVIII.
Del arroyo Paraíso siguieron hacia el noreste hasta el lugar que hoy se conoce como El Marmolito, a los 28° 32´ de N. y 113° 55´ O., distante unos 20 kilómetros, en donde el misionero mencionó el hallazgo de lo que llamó “mármol blanco transparente”. En esta expedición Consag vio en la región arriba de los 28° 30´, hasta el área de lo que después fue San Borja, unas plantas que bautizó con el nombre de cirios, dada la forma cilíndrica y elevada que tienen. Actualmente, los soberbios vegetales que los cochimíes llamaban milapa se encuentran en una zona protegida llamada Valle de los Cirios que se extiende hasta los 30 grados de latitud norte, en varias partes de la región central de la península18.
En cierta ocasión, la poca visibilidad y lo difícil del terreno hicieron que la expedición se entrampara en un lugar de la sierra del cual parecía no haber salida y al que habían llegado abriendo camino para las bestias, algunas de las cuales rodaron al abismo. Se encontraban en el fondo de una barranca rodeada de pendientes graníticas por las que no se podía ascender, y aunque había agua y pasto, no podían permanecer allí por mucho tiempo. El capitán Fernando Javier de Rivera y Moncada fue enviado a explorar los alrededores en busca de una salida pero no la encontró; finalmente, gracias a la orientación que les dieron algunos nativos, dirigiéndose primero al suroeste y luego al norte, aunque venciendo muy difíciles obstáculos pudieron por fin salir del profundo paraje y el 8 de junio de 1751 llegaron a la costa del Pacífico después de 18 días de viaje. Un hecho que llamó la atención de todos fue que un día después de arribar a la costa, ocurrió un fuerte sismo que causó temor entre los viajeros19.
Adelantándose algunas leguas, una avanzada de exploradores llegó a una ranchería llamada Kadazyiac, casi en la costa occidental de la península, a los 29° 47´ N. según la observación que hicieron; habían encontrado en el camino una pitahaya atravesada por una flecha rota, lo que entre aquellos gentiles significaba rechazo a los intrusos. El capitán Rivera llegó con toda precaución hasta la aldea, pero sus hombres habían huido y sólo se encontraban algunas mujeres, niños y viejos que intentaron escapar. El oficial los trató bien y pudo llevarlos a su campamento, a donde arribaron dos días después el padre Consag con el grueso de la expedición. En la ranchería los españoles encontraron algunos objetos que deben haber sido usados por los doctores o hechiceros de los gentiles, que consistían en algo así como muñecos hechos con zacate seco amarrado alrededor de un palo, pequeños palitos como las orejas y una tabla plana de unos 15 centímetros de largo como los hombros. La cabeza era una especie de gorra bien tejida con plumas negras que parecía una peluca, de la cual en algunas colgaban cabellos torcidos y con nudos, también encontraron una especie de cuervo en miniatura o muñequitos toscos como los que usan los niños. Relató el padre que en esta región, los caciques de las rancherías y casi todos los hombres tienen cada uno su ídolo personal20. Los guerreros jóvenes usaban a manera de corona un adorno hecho de plumas, y otros adornos eran hilos que pasaban por una serie de conchas pequeñas.
A estas alturas, avanzar hacia el norte era cada vez más difícil por la fatiga de hombres y animales, y la falta de guía que los llevaran al aguaje más próximo era un grave problema, pues los nativos que encontraban huían al ver la comitiva, las enfermedades minaban la resistencia de los hombres y las mataduras en las bestias les dificultaban la marcha. Haciendo un gran esfuerzo, parece que desde Kadazyiac todavía viajaron por dos días más hasta la ranchería de Kalvalaga que los gentiles habían abandonado, la cual debe haberse encontrado ya muy cerca del poblado que hoy es El Rosario, a una latitud probable de 29º 50´ N., que corresponde a la mitad de la bahía de ese nombre, en donde se acamparon a unos 9 kilómetros de la costa.
Cerca de las últimas rancherías a las que llegó la expedición, fueron advertidos por el capitán de un grupo de indios que más adelante no encontrarían agua en tres días de camino. Es difícil, no imposible, que esta advertencia haya sido válida si hubieran estado entonces cerca de El Rosario, pues el importante arroyo que corría en este lugar debió haber sido conocido por los indígenas que hablaron con el padre si se hubieran encontrado cerca de él.
De cualquier forma ya era muy complicado seguir viajando, por lo que en la tarde del 17 de junio de 1751, después de recoger de las rocas bañadas por el oleaje conchas de moluscos, que pudieron ser choros o mejillones y abulones como provisión para el viaje, iniciaron el regreso siguiendo una ruta paralela a la costa. Veinte hombres que se encontraban enfermos fueron enviados por delante siguiendo una ruta corta rumbo a San Ignacio, mientras que Consag y el resto de los hombres continuaron viajando al sur por la zona costera. Tal vez pasaron por la bahía de Sebastián Vizcaíno, en donde contemplaron Isla de Cedros y encontraron restos de naufragios, de allí prosiguieron hacia el sureste, buscaron los pasos de la sierra que les permitirían facilitar su ascenso, para después descender hacia la ranchería de La Piedad, hoy Santa Gertrudis, a la cual llegaron el 8 de julio de 1751, y luego a San Ignacio, después de mes y medio de haber salido.
En su viaje de regreso, en la serranía, Consag y su gente conocieron a unos indios que usaban una especie de bumerang de no retorno, de palo, que lanzaban con gran precisión a liebres y otros animales pequeños de que se alimentaban, les quebraban las patas con el golpe del bumerang, y se alimentaban con ellos, además de que seguramente usaban su piel.
El jesuita Wenceslao Linck hizo una exploración hacia las bocas del río Colorado en 1766; y escribió un diario en el cual los registros correspondientes a los días 24 y 26 dicen: …El 24 caminamos hora y media a Keda, arroyo célebre por abundar de pasto y tener algunas pozas de agua. Aquí nos detuvimos 24 horas para que se reforzaran las mulas …Este paraje es el término de la peregrinación del padre Fernando Consag, de p.m. [piae memoriae], de donde retrocedió S. Ra. bajando por la costa del Mar Pacífico21. Esta anotación la hizo el padre Linck gracias a la información que le proporcionó uno de los hombres que lo acompañaban cuando estuvo en aquel paraje que supuestamente reconoció, y si todo fuera verídico, se tendría una latitud no mayor de 29º 25´ N. para el lugar más septentrional alcanzado por Consag en este viaje.
El sitio mencionado se ubicaría en algún lugar dentro del círculo punteado blanco que aparece en el mapa 40, y lo registrado por el padre Wenceslao arroja aún más dudas sobre la mayor latitud a la que llegó el misionero croata, quien afirma haber contemplado la isla San Jerónimo, que se encuentra a la mitad de la bahía El Rosario, a los 29º 50´ N. Como referencia para el lector, tómese en cuenta que Vellicatá se encuentra a 29º 58´ N. Aquí también surge la pregunta sobre por qué razón los guías no informaron a los viajeros sobre el cercano arroyo de San Juan de Dios, afluente de la importante corriente de El Rosario, lo cual pudo deberse a que los nativos que orientaban a los exploradores no conocían esos arroyos, o no quisieron mostrárselos a los españoles, o estaban muy distantes de ellos. Finalmente, los expedicionarios regresaron el 8 de julio de 1751.
Aun con todas las dudas que existen sobre la mayor latitud alcanzada por Consag, es innegable que el misionero y el capitán Rivera y Moncada fueron los primeros hombres blancos que penetraron más al norte en un viaje exploratorio por la vertiente occidental de la península de Baja California. Del referido capitán, el jesuita se expresó con estimación y agradecimiento por no haber escatimado esfuerzo alguno para el éxito de la empresa.

En el poblado La Huerta, municipio de Ensenada, Adolfo Ruiz muestra cómo lanzaban sus antepasados el bumerang de no retorno. Cort. P.C.A.S. Quarterly, 34(3), Summer 1998
Aunque los expedicionarios no encontraron un terreno propicio para fundar una misión, sí establecieron contacto con muchos gentiles, los cuales se admiraban al ver los caballos que montaban los soldados y las mulas en que cargaban los víveres. Como ya se ha mencionado, en esta exploración, al pasar los viajeros por el norte del Desierto de Vizcaíno se conoció el cirio, cuyo nombre, según algunas opiniones le fue asignado por Consag, aunque también se atribuye a Wenceslao Link el haber bautizado a la imponente cactácea.
En la primavera de 1753 según Barco22, o en los meses de junio y julio de 1753, según Zevallos23, a solicitud del visitador Agustín Carta el padre Consag, a los cincuenta años de edad, acompañado nuevamente por el capitán del presidio de Loreto Fernando Javier de Rivera y Moncada y un buen número de indios y soldados, hizo una tercera exploración hacia el norte de la península, comenzando ahora por el lado oriental de la sierra de Calmallí y tomando el rumbo norte noreste. Después de algunos días de camino arribaron a Bahía de los Ángeles, en donde ya Consag había tocado tierra en su exploración de 1746 y fueron recibidos bien por los nativos, tanto así que en una ranchería abrieron un camino por el terreno quebrado de un lomerío, con el fin de que el padre no tuviera tantas dificultades a su paso; prosiguieron hacia el noroeste, y en un lugar situado más o menos a los 29° 25´ de latitud norte24 cerca del monte Yubai y a unos 25 Km. de la costa, encontró un manantial que brotaba abundante del paredón de piedra y bajaba hasta el arroyo, que los indios llamaban “Calañujuet” o “Calagnujuet”, castellanizado el nombre como Calamajué, con gran cantidad de carrizos y tule. Cuando los hombres se acercaron a beber algo de agua, la encontraron de muy desagradable sabor, por lo que se abstuvieron de ingerirla. Sin embargo, cuando menos al principio, se creyó que acarreando de unas pozas cercanas el agua que sí era potable, podría plantarse allí una misión. Esta sería fundada tres años después, aunque su duración sería breve por la falta de agua buena.
A diferencia de Miguel del Barco, quien asegura que del arroyo de Calañujuet se devolvió la expedición25, Zevallos afirma que todavía llegaron más al norte, lo que refiere así: …En este viaje el padre arribó a un lugar que está en el interior de la sierra y que yace opuesto a Bahía de San Luis Gonzaga, que está localizado casi a los 31 grados de latitud26. Aquí debe recordarse que las latitudes que refiere el misionero están aproximadamente un grado y varios minutos más al norte de lo real, por lo que el lugar que señala Consag y menciona Zevallos en el interior de la sierra y opuesto a la Bahía de San Luis Gonzaga debe corresponder a algún sitio al este del actual rancho de Santa Inés (Cons. Mapa 40) o lo que poco tiempo después sería la misión de Santa María de los Ángeles, casi a los 29° 45´ N. y 114° 35´ W. Allí Consag encontró agua y bautizó a muchos niños, pero el cansancio de hombres y bestias obligaron a los expedicionarios a regresarse de este punto, acompañados de algunos indios gentiles adultos que se incorporaron a la misión de Santa Gertrudis que estaba a cargo del padre Retz. Los viajeros llegaron de visita a esta misión, continuaron a San Ignacio en donde se quedó Consag, y el capitán siguió con sus soldados y varios indios hasta su presidio en Loreto.
Seis años después de su último viaje, el padre Fernando Consag, incansable explorador y misionero, murió quizá de tuberculosis a los 56 años de edad, el 10 de septiembre de 1759, tras 27 años de servir en las misiones de California, 22 de los cuales se ocupó atendiendo la de San Ignacio. Sus restos fueron sepultados en el panteón de Santa Gertrudis.
Exploraciones de Linck
Ya se ha dicho que doña Mariana de Borja, duquesa de Béjar y Gandía, tuvo información sobre la obra de los jesuitas por las pláticas de un sirviente que había sido soldado en California, lo cual la movió a dejar un importante capital destinado al establecimiento de misiones en el lejano territorio, por lo que cuando el padre Jorge Retz confirmó, por informaciones de los indios de su misión, la existencia de un manantial de agua caliente en Adac, a unos 100 Km. al norte de Santa Gertrudis, mandó abrir un camino e hizo que se comenzaran las primeras construcciones, incluyendo la iglesia, varias casas, el almacén y un hospital, y ya con esa base, el 1º. de septiembre de 1762, el padre Wenceslao Linck fundó la misión de San Francisco de Borja.
Inicialmente hubo tiempos difíciles y conatos de rebelión, que fueron sofocados con la ayuda de indios conversos fieles, poco después se localizaron buenos pasteaderos para alimentar el ganado que habían donado las demás misiones, se introdujeron los cultivos acostumbrados, y al poco tiempo se logró éxito en el terreno espiritual al evangelizar a cientos de gentiles. Debe aclararse que las misiones de Santa Gertrudis y San Francisco de Borja, fueron construidas por los jesuitas inicialmente de adobes, y que fueron los dominicos quienes terminaron los edificios de piedra que hoy se aprecian, aunque los franciscanos participaron en la construcción del pórtico de San Borja.
En 1764, Linck había recibido al padre Victoriano Arnés en San Borja para que colaborara con él en tanto no estableciera su propia misión, por lo que en 1765 tuvo tiempo de hacer exploraciones hacia el norte cuando menos hasta arriba de los 30º N, casi en la sierra de San Pedro Mártir, cerca del cerro Matomi, y a la isla Ángel de la Guarda, esta última mencionada en otro capítulo. Aunque estas entradas, como llamaban los españoles a las exploraciones que se hacían al interior de un territorio desconocido, fueron muy importantes por haberse robustecido la buena relación con los grupos de indios cochimíes que vivían al norte de San Borja, y de las cuales se pueden encontrar los detalles en la obra en línea “Misioneros jesuitas en Baja California”, el viaje que consagró al misionero checo como uno de los más grandes exploradores de la península de Baja California fue el que hizo por tierra hacia las bocas del río Colorado en 1766, ordenado por el Visitador de las misiones Lamberto Hostell27, de lo cual se habla enseguida.
En las expediciones de aquella época se acostumbraba llevar tiendas de campaña para plantarlas en lugares protegidos hasta donde era posible, lo que constituía provisionalmente el campamento o real de la expedición. En el mapa 45 de este capítulo, los puntos que aparecen en la ruta corresponden aproximadamente a los lugares en que se establecieron campamentos, aunque la precisión absoluta en la ubicación es difícil o imposible.
El 20 de febrero de 1766, el padre Link y el teniente Blas Fernández de Somera, con suficientes cabalgaduras y una escolta de 13 soldados que proporcionó el capitán Rivera y Moncada, además de competente número de indios armados de los arcos y flechas28, salieron a explorar la región norte que había reconocido por primera vez el padre Consag en 1753, con el fin de localizar algún sitio adecuado para una misión; además, deberían extender su exploración hasta la desembocadura del Río Colorado para establecer rutas que facilitaran, en lo futuro, la cristianización de los gentiles.
El 26 de febrero en la tarde, la expedición llegó a una llanura muy plana y estéril, y al ver aquel lugar que a todos pareció el fondo seco de un lago, algunos de los soldados de Nueva Galicia que iban en el grupo lo bautizaron como Chapala, nombre que el lugar aún conserva. El permanente problema de la falta de agua los hizo avanzar en su búsqueda por aquel terreno tan duro, al grado que las pezuñas de los animales no dejaban huella. Por fin hallaron un aguaje, pero con tan poco líquido que tuvieron que emplear cubetas para sacarlo y vaciarlo en una zanja de la cual pudieran beber las bestias. A pesar de los problemas mencionados, ese día los exploradores viajaron cinco horas29.
Algunos datos se tomaron del mapa que se encuentra en “Wenceslaus Linck´s Diary of his 1766 Expedition to Northern California”, elaborado por el Dr. Ives. Se han rectificado las ubicaciones de algunos puntos. Adaptación en mapa de Google Earth por el autor.

Ruta seguida por el padre Wenceslao Linck en su expedición de 1766 al río Colorado
- San Francisco de Borja.
- Vimbet.
- Punta Prieta actual y
- Yubai antiguo (muy cerca uno del otro).
- Kanin.
- Keda.
- Laguna Chapala.
- Calamajué.
- Santa Inés
- San Luis y
- Cataviña (muy cerca unos de otros).
- Santa María de los Ángeles.
- Keita.
- Vellicatá.
- San Juan de Dios.
- La Cieneguilla o La Rinconada actual.
- Agua Caliente.
- San Quintín.
- Misión de San Pedro Mártir.
- Pico de La Encantada.
- Sierra de San Felipe (son dos macizos montañosos dentro del óvalo punteado).
- San Felipe de Jesús.
- Bahía de San Buenaventura.
- Bahía de Ometepec.
- Sierra Pinta o Las Pintas, antes llamada de Los Reyes.
- Sierra Las Tinajas.
- Arroyo Grande o del Tule (línea azul entre las sierras mencionadas antes).
- La Bomba (a la derecha del número). En algún lugar dentro del óvalo punteado a la mitad del mapa debe haberse encontrado la misión de San Luis que menciona el padre Linck. (Los números 10, 11 y 12 están dentro del óvalo)
- Arriba de este número se encuentran las bocas del río Colorado. Las flechas amarillas señalan la ruta seguida por la expedición, las flechas punteadas y línea de guiones indican que son probables.
El 5 de marzo llegaron a un arroyo como a 192 Km. de Adac, con muchos pinos y guaribos en sus cercanías, lugar que los nativos llamaban Guiricatá, palabra que después los españoles convirtieron en Vellicatá o Velicatá, Linck dice en su diario que el lugar está al pie de dos picos que desde ahora se llamarán San Pedro y San Pablo, aunque los cerros de 800 m. de altura que actualmente llevan esos nombres, están a varios kilómetros al sureste de ese sitio. El sábado 8 arribaron a un lugar cercano al anterior, que llamaron San Juan de Dios por el santo cuya fiesta es ese día, en el cual había agua suficiente para un número considerable de cabezas de ganado; los dos parajes parecieron al misionero propios para plantar una misión, lo cual hizo efectivo 3 años después el padre franciscano fray Junípero Serra. Siguieron por la sierra y fueron encontrando cada vez más agua y vegetación, e indios amistosos y dispuestos a ayudarles, con una cultura más avanzada que la de los cochimíes del sur. Narraron a su regreso un episodio en el que se pone de manifiesto lo anterior: en cierta ocasión en que los gentiles de una ranchería huían atemorizados por el grupo de españoles que penetraban en sus tierras, una anciana de porte señorial, cubierta con una especie de capa de pieles, llamó a los espantados indígenas para que se esperaran a ver si los forasteros venían o no en son de paz. Obedecieron todos a la anciana y comprobaron luego que aquellos extraños visitantes eran obsequiosos y amables, y poco después, al recibir a los españoles, la dama en cuestión les otorgó un trato con tal cortesía y dignidad que todos quedaron sorprendidos, tal vez porque compararon su intervención con las condiciones de escasa participación comunitaria en que generalmente se desenvolvían las mujeres de las etnias californianas del sur.

Mapa de La Cieneguilla, hoy La Rinconada
Se aprecian los arroyos San Simón y Santa Eulalia, por uno de cuyos cauces la expedición pudo haber ascendido para cruzar la sierra de San Pedro Mártir. DETENAL
Un lugar por el que pasó la expedición el 13 ó 14 de marzo después de San Juan de Dios, y que tendría importancia en futuros viajes hacia el norte fue el paraje que Linck bautizó como “La Cieneguilla”30, hoy Valle de La Rinconada, unos 10 Km. al sur de lo que sería la misión dominica de San Pedro Mártir, casi en el mismo paralelo que San Quintín. Es muy probable que por el cauce de alguno de los arroyos que descienden de la sierra de San Pedro Mártir en dirección suroeste, los expedicionarios hayan ascendido penosamente hacia el noreste hasta llegar a lo alto de la sierra y cruzarla a su vertiente oriental, lo que efectuaron entre los días 19 y 20 de marzo de 1766. El arroyo pudo haber sido, entre varios, el Santa Eulalia o el San Simón, que río abajo se unen para formar El Bateque. El mismo jueves 13 de marzo, aparentemente estaban en el extremo sur de las estribaciones de la Sierra de San Pedro Mártir, y la expedición inició la subida a una de sus cumbres. La altura de las montañas permitió que los viajeros pudieran contemplar la costa del Pacífico, y esto los hizo pensar equivocadamente que la península se estrechaba nuevamente, lo cual, según Linck, fue “confirmado” por los nativos31; se encontraban quizá a los 30° 25’ de latitud norte, tal vez un poco al norte del cerro Matomi, cuya cima llega a los 1 800 metros de altura sobre el nivel del mar.

Ruinas de San Fernando Vellicatá, fundada por Fray Junípero Serra 3 años después del viaje de Linck. Cort. SEP
En el ascenso a la serranía pasaron por varios arroyos con agua, algunos con palmas y álamos, así como bastante pasto. Aquí llegaron muchos gentiles a visitar amigablemente a los viajeros, acompañando a uno que fue curado por Linck de una lesión no muy seria. El capitán indígena que se había hecho amigo del misionero32 regaló a éste y su comitiva diez tercios33 de mezcales tatemados.
Desde el lugar en que se encontraban, los viajeros pudieron contemplar la majestuosa sierra de San Pedro Mártir, cubierta desde las cumbres hasta lo bajo de sus laderas con pinos y cipreses, éstos llamados “tascatí” por los aborígenes. En las montañas, los expedicionarios encontraron en algunos lugares cabañas “de madera labrada”, que servían de refugio a los nativos en invierno, aquella serranía pareció al padre Link mucho más fértil y acogedora que los semidesiertos del sur, era, como se ha mencionado, lo que hoy conocemos como sierra de San Pedro Mártir. Al parecer, en esta latitud se encontraba el límite de la lengua cochimí, tomando en cuenta la dificultad de los guías para entender a los nativos del lugar*;* quizá las tribus que hablaban tan diferente lenguaje eran los kiliwas o pai-pai.
Siguieron su marcha, y cuando trataron de bajar hacia el este, lo quebrado del terreno y el gran arenal del desierto de San Felipe impidieron a la expedición el descenso. El 21 de marzo algunos valerosos indios de la expedición sí llegaron a la costa del Golfo de California a la altura de San Felipe y hasta trajeron al regreso a dos nativos del lugar, pero la columna tuvo que seguir hacia el norte, porque, de acuerdo con lo dicho por los guías locales que encontraban, sólo pegados a la sierra hallarían agua.
Retrocediendo un poco en el tiempo y por ser importante referencia que permite inferir la latitud aproximada en que se encontraba la expedición, se transcribe a continuación parte de los registros que hizo en su diario el padre Linck los días 17, 18, 19 y 22 de marzo de 1766:
…Continuamos el día 17 en subir la sierra y la hemos sentido más penosa de la que quisiéramos, gran parte del camino hemos hecho a pie, porque a caballo más cierto era el rodar que bajar. En una altura vimos distintamente la Mar del Sur, su costa que parece estar muy cerca, corría derecha del Sur al Norte……34 Sabiendo que el único tramo de litoral que va recto de sur a norte está entre San Quintín y la desembocadura del arroyo Santo Domingo, lo más probable es que la expedición estaba aproximadamente a los 30º 35´ N., lo que coincide más o menos con La Cieneguilla, hoy llamada La Rinconada (Ver mapa 45)….El 18 de marzo…Los soldados que hoy también salieron con gente de a pie a registrar la sierra volvieron tarde por haberles impedido pasar adelante un mal paso. Vieron desde allí el Seno Californio y un valle muy espacioso entre el seno y la sierra… 35 Es casi seguro que los viajeros estaban en una latitud muy cercana a la de San Felipe, y el “valle muy espacioso” seguramente era el Desierto de San Felipe.…El 19 caminamos dos horas por unas barrancas asperísimas hasta llegar al paraje de donde ayer no pudieron pasar los soldados…Gasté la tarde en subir a pie una altura para ver el Seno y el llano que ayer vieron los soldados…y teniendo delante la Relación del Viaje por mar hecho por el padre Fernando Consag (p. m.) el año de 1746 y el mapa formado sobre sus noticias, creo estar ya enfrente de la ensenada de San Buenaventura…36. Ciertamente la ensenada que menciona Linck es perceptible inequívocamente desde lo alto de la sierra, por lo que resulta difícil rechazar o dudar de su aseveración, lo que lo colocaría ese día aproximadamente a los 31º 10´ N…El día 22 registramos el arroyo…De varias fuentes manaba agua más o menos toda caliente,…Al anochecer volvieron nuestros neófitos que ayer fueron a la playa. A los más de ellos les faltó el aliento para andar todo el grande arenal. Algunos más… llegaron a la orilla misma del mar y en su playa hallaron una ranchería cercana a un pozo de agua . Los gentiles se pusieron todos en huída quedando sólo dos que a la media noche nos trajeron…37 Al señalar que las fuentes del arroyo tenían varias temperaturas, hace pensar que se trataba del Arroyo de Agua Caliente, que se forma en la sierra de San Pedro Mártir aproximadamente a los 30º 43´ N. y se dirige al sureste rumbo a Valle Chico, lo cual hace probable que las salidas hacia la costa se hayan hecho desde esta parte baja del arroyo Agua Caliente (Ver mapa 46). El aguaje que menciona Linck debe haber sido el señalado con el No. 8 en el mapa citado.
Conducidos por uno de los gentiles de San Felipe que no se escapó, el 23 y 24 de marzo siguieron el viaje hacia el norte por la vertiente oriental de la sierra. Llegaron poco después a un arroyo muy grande, pero no lo exploraron para no perder tiempo y así poder llegar a otro más lejano, viajando ahora un poco hacia el noroeste. Linck sabía que el tiempo se agotaba para concluir su empresa. Cabe aclarar aquí que las versiones de los diarios del viaje que escribieron Linck y Fernández de Somera tienen, a partir del 23 de marzo, bastantes diferencias en sus registros, y en este libro se ha seguido el documento de la Biblioteca Nacional de Madrid y el de Bancroft. Las diferencias señaladas podrían deberse a que Fernández de Somera y cuatro soldados se adelantaron en búsqueda del río el 26 o 27 de marzo, y sus aportaciones pudieron diferir de la versión autógrafa de Linck, quien quedó en el campamento con el grueso de la expedición.

Expedición de Linck, 1766. Rutas al este de San Pedro Mártir
Adaptación sobre mapa de Google Earth por el autor.
- Agua Caliente.
- Arroyo A. Caliente.
- Arrayo Parral.
- Arroyo Huatamote.
- La más probable ruta de exploradores indios del área de Agua Caliente a San Felipe.
- Otras rutas posibles.
- San Felipe.
- Aguaje en el mapa de Consag.
- Ruta bordeando la sierra de San Pedro Mártir.
- Sierra de San Pedro Mártir.
- Sierra de San Felipe. El Valle de San Felipe es una continuación hacia el norte de Valle Chico sin número en este mapa, pero que se encuentra a lo largo del arroyo Parral.
Para el día 26 de marzo la expedición se encontraba por el lado occidental y casi al pie de la Sierra de los Reyes38, la cual hoy se conoce como Sierra Pinta, que se ubica al este del extremo Sur de la Sierra de Juárez, a una latitud de 31º 30´ en su extremo meridional, aunque el misionero pensara que se hallaba a los 32º 30´ N, con error de un grado por exceso. Para ahora, según sus observaciones, y en esto no se equivocaba, la distancia que los separaba de la playa era mayor que la que había seis días antes.

Fin de la ruta de Linck
Adaptación en mapa de Google Earth
- Ruta seguida por Linck.
- Óvalo con el área en que se encuentra el punto desde el cual tuvo que devolverse la expedición, excepto Fernández de Somera.
- Arroyo Grande o del Tule.
- Sierra de Las Pintas o Los Reyes.
- Sierra Las Tinajas.
- Rutas que se presentaban como opciones posibles para continuar el viaje a las bocas del Colorado, pero que no se siguieron.
- Rutas que se presentaban como opciones posibles para continuar el viaje a las bocas del Colorado, pero que no se siguieron.
- La Bomba.
- Boca del Colorado.
- Zona de marismas e inundaciones.
- Sierra de Juárez.
- Sierra de San Felipe.

A la izquierda: las dos piezas de arriba y la izquierda de abajo son ejemplos de cerámica elaborada por tribus del bajo Colorado. El recipiente de abajo a la izquierda era de varas de sauce. Aunque las imágenes se publicaron en 1889 en “The Overland Monthly”, dan idea de la fina artesanía que llegó a mencionar Linck al referirse a las ollas de barro que los indios de la sierra de San Pedro Mártir adquirían por trueque de las etnias que habitaban la región deltaica del Colorado.
A pesar de los problemas que tendrían de seguir avanzando, don Blas Fernández decidió adelantarse tratando de llegar al río acompañado por cuatro soldados montando mulas recién herradas, tomando en cuenta que casi toda la caballada se encontraba inutilizada de sus pezuñas. Con alguna dificultad el militar convenció al misionero para que se quedara, no sólo por la escasez de bestias en buenas condiciones, sino porque debería permanecer en el real para cuidar a los enfermos, y para ahorrarse los riesgos y molestias de un viaje tan aventurado39. Linck tenía treinta años, y al igual que sus hermanos jesuitas, la fe lo sostenía e impulsaba para realizar las más arduas empresas que condujeran a la evangelización de los gentiles; además, los bríos propios de su juventud le permitían aceptar con gusto los riesgos y peligros de las exploraciones que emprendía. Sin embargo, esta vez comprendió la razón que asistía al teniente y no tuvo más remedio que permanecer en el campamento.
Según lo expresado en el diario del viaje, los expedicionarios se encontraban al sur de la ladera occidental de la Sierra de los Reyes, con la Sierra de las Tinajas40 al oeste, y en una apreciación correcta, los nativos aseguraban que siguiendo por las faldas de la serranía hacia el norte llegarían al río. Esto era cierto. Linck se enfrentó a las alternativas siguientes: seguir la ruta corta directa al este, a las bocas del río, por terrenos sin agua, o seguir un camino más largo pegado a la sierra, todavía hacia el norte, para luego bajar al punto conocido después como “La Bomba”41 del que se podía ir a la desembocadura del río, tal vez a más de 80 kilómetros de donde estaban, por un sendero que el misionero suponía menos peligroso. Linck calculó, conforme a los informes recabados de los gentiles, que en este caso emplearía de diez a quince días, o aun hasta veinte, en el viaje sencillo. La ruta larga presentaba precisamente el grave inconveniente del mayor tiempo que requería. Parte de las cavilaciones del misionero se reflejan en lo registrado en su diario cuando dice*: …Nos aseguran (refiriéndose a los guías) no retirarnos de la sierra, hallaremos agua a cada paso y pasto en abundancia, Pero esto mismo nos dio más pena porque estábamos casi seguros de que el desemboque del río Colorado está muy cerca, así de haber avanzado ya mucho de San Buenaventura como por haber pasado notable porción del gran arenal que cae ya cerca del desemboque…pero al mismo tiempo nos dijeron que por el rumbo de atravesar las marismas, nunca llegaríamos. Era pues forzoso seguir la sierra, dejar al nordeste la Sierra de Los Reyes, que ya debíamos salir de la península para topar con el Colorado y por su orilla bajar a su desemboque, lo que sería viaje de muchos días…42*
La caballada estaba casi imposibilitada por tener los cascos espiados, San Francisco de Borja, la misión frontera añorada por los viajeros, estaba a más de 450 Km. de distancia, y había algunos enfermos que hacían la marcha con gran dificultad. Linck, seguramente pensó que empecinarse en seguir con la expedición hacia el Colorado podría tener consecuencias graves, por lo que decidió que se iniciara el regreso el jueves 27 de marzo de 1766, como en efecto se hizo.
Nada especial menciona el misionero en su diario que haya ocurrido los días 28, 29 y 30 de marzo, aunque el 29 cumplió 30 años. Por ese tiempo llegaron a donde habían dejado descansando a los hombres que se habían enfermado en el viaje de ida, junto con algunos indios que los cuidarían, sin embargo, el lugar estaba solo, lo que con razón hizo suponer al misionero que todos se habían regresado a San Luis.
El martes 1º de abril necesitaban buscar un lugar adecuado para subir y cruzar la sierra hacia el oeste, por lo cual Linck y el teniente Fernández mandaron a dos soldados a hacer las exploraciones necesarias en búsqueda del ansiado paso. Al amanecer, un helado viento del oeste había traído nubes y hasta una nevada que causó el malestar de todos, pero lograron avanzar hasta el lugar por el cual iniciarían el ascenso a las montañas, y allí acamparon. El día 2 comenzaron la penosa subida, casi siempre cabresteando las bestias; alcanzaron el paso y pudieron llegar sin grandes dificultades al valle rocoso en el que habían acampado el día 19 de marzo, y de este lugar salió un grupo de tres exploradores para buscar la mejor ruta con el fin de bajar hacia la falda occidental de la cordillera. Los exploradores regresaron al siguiente día con la buena noticia de que había un camino que no les ofrecería dificultades serias43, y por allí cruzaron hcia la vertiente occidental de San Pedro Mártir, un poco al sur del punto por donde pararon en el viaje de ida.
Ese viernes 4 de abril descendieron por dos arroyos con agua y mucho pasto, y en el segundo acamparon bajo los alisos que había en las márgenes. Para el siguiente día, ya alejándose más y más del espinazo de la sierra, los viajeros fueron recibidos por los indios de una ranchería que sabían de su regreso44, con buena cantidad de mezcales tatemados, después de un breve descanso, los nativos acompañaron a la expedición hasta el lugar en el que habían acampado el día 9 de marzo en el viaje de ida, sitio que debió estar muy cerca de San Juan de Dios, en donde descansaron.
De la región de San Juan de Dios cortaron camino sin pasar por Vellicatá y se dirigieron a Keita, a donde llegaron tras dos días de viaje en el que tuvieron que soportar las molestias del viento del oeste y una constante lluvia. La fatiga de las bestias así como la falta de alimentos fueron motivo para que Linck dispusiera el regreso más directo a su base más cercana, San Luis. En Keita acamparon, escampó por la noche, y al despejarse el cielo pudieron todos ver un cometa que, según datos del Observatorio Lick, se trató del que lleva por nombre “1766 II”, también llamado Helfenzrieder, que con seguridad pudo contemplarse a la simple vista los días 7 y 8 de abril. Ya entrada la noche se volvió a nublar y regresó la lluvia con algunas rachas de nieve.
El martes 8 salieron hacia Cataviña en donde acamparon, continuaron casi directo al este, y fue hasta el jueves 10 de abril cuando llegaron a San Luis, en donde tuvieron la alegría de ver sanos y salvos a los hombres que durante el viaje se habían enfermado. Aquí dice Linck: …los indios gentiles me siguieron a la misión y ya todos han sido bautizados, refiriéndose a la misión de visita cuya ubicación no se ha definido y de la cual ya se ha hablado. Después de un buen descanso, el viernes salieron a Calagnujuet o Calamajué, a los 29° 25´ de latitud norte, a unos 25 Km. de la costa, en donde a pesar de la esterilidad general del terreno había agua, y allí acamparon. Al siguiente día reiniciaron la marcha, que se hizo sin incidentes de importancia, y el viernes 18 de abril de 1766 llegaron a casa, la misión de San Francisco de Borja, en donde los viajeros solemnemente dieron gracias a Dios por haberlos protegido de todos los peligros a los que se enfrentaron en el viaje.
Así terminó la extraordinaria exploración que Wenceslao Linck inició al salir la tarde del 20 de febrero de 1766 de San Francisco de Borja hacia el Río Colorado, tardó treinta y cinco días en el viaje de ida y veintitrés de regreso para un total de cincuenta y ocho días de marcha, al cubrir una distancia de unos trescientos setenta kilómetros de ida y otros tantos de regreso. Los datos anteriores permiten calcular un promedio de distancia diaria recorrida de algo más de doce kilómetros.
Muchas veces se refirió Linck en su diario a las atenciones y ayuda que recibieron él y sus hombres de parte de los indígenas que conocieron a lo largo de la ruta. También cabe destacar el hecho de que nunca se cometió una perfidia o traición de los nativos hacia los españoles, y en la relación que tuvieron los miembros de aquellas dos culturas tan diferentes, se evidenciaron en los indios cochimíes valores tan preciados como la hospitalidad, lealtad y dignidad, lo que hace de las etnias del norte peninsular, cochimíes y kiliwas, los grupos humanos que más se aproximaban a la civilidad concebida por los europeos, cuando menos durante la época de las exploraciones de Linck, ya que a fines del siglo XVIII y principios del XIX, todos los grupos indígenas del norte de la península mostraron una fuerte rebeldía contra los misioneros dominicos.
Muchos nativos que los viajeros encontraron acompañaron frecuentemente a la expedición por breve tiempo, sirviendo de guías hasta el más próximo aguaje y embajadores de buena voluntad con los indígenas que se encontraban más adelante. Sin embargo, a pesar de la vigilancia de los soldados y la insistencia de Linck para que permanecieran con ellos, los indios se escapaban con facilidad y regresaban a sus rancherías. Es claro que no se deslumbraban con los regalos que recibían, y preferían volver a su vida acostumbrada; por otra parte, su astucia y conocimiento de la serranía les facilitaba la escapatoria. Aunque la huída de los guías frecuentemente fue un contratiempo que retrasaba la marcha y causaba preocupación a los viajeros, también es cierto que al poco tiempo se remediaba el problema al encontrar en su camino a otros indios dispuestos a ayudarles aunque fuera sólo por pocos días.
En la última parte de su diario, Linck, después de aclarar que algunas anotaciones de determinadas fechas no se hicieron precisamente en el lugar, ya que, como lo expresa, …nuestra atención era a menudo requerida por asuntos más urgentes… hizo una descripción de animales y plantas de la región de la que destacan las siguientes observaciones: al sur de San Luis había dos clases de palmas, unas de color cenizo que también las había en el norte, sin ninguna aplicación, y que aun se les llama palmas cenizas o azules; y otras verdes y altas, más propias del sur y que eran de bastante utilidad; también describió la existencia en las cañadas que daban al Golfo de California unos árboles muy altos que se parecían a los álamos blancos, además de encinos, mezcales y los árboles “medeza” cerca del golfo. Hizo notar que las pitahayas desaparecían desde antes de llegar a San Luis, a excepción de algunas que se encontraban en algunos lugares, pero amargas. Respecto a los cardones, Linck señaló que se seguían dando hasta llegar a la sierra cubierta de pinos.
Recalcó el misionero que de San Luis en adelante había abundancia de liebres y conejos, más que en ninguna otra parte conocida de la península, por lo que los naturales tenían el alimento seguro con estos animales. Respecto a las aves, mencionó la abundancia de alondras, correcaminos o churchas, como decía él, codornices y una especie de perdiz. Un detalle interesante en esta última parte de la narración es que los indios estaban criando en una jaula un pollito de perdiz, y elaboraron con sus delicadas plumas unas especies de ramilletes, cuyos colores estaban dispuestos con maravillosa simetría45. Este episodio, sencillo en la forma como se describe, mejora de alguna manera la percepción del nivel cultural de los californios, porque demuestra que eran capaces de criar algunas aves que posiblemente les servirían de alimento; y también su capacidad artesanal, por los ramilletes de plumas que obsequiaron al misionero. Pero en la personalidad de Linck, una vez más, destaca una especial sensibilidad al ponderar la calidad estética del obsequio y haberlo considerado como algo digno de registrarse. El jesuita explorador también mencionó que de Vellicatá en adelante, las mujeres se cubrían con modestia, pero que se adornaban feamente al pintar sus caras con colores encendidos y horadarse las orejas para pasarse una varita de lado a lado. Si el misionero hubiera podido conocer las costumbres que doscientos cuarenta años después se emplearían como moda elegante, tal vez no se hubiera sorprendido tanto. Aun así, puede decirse que a diferencia de otros religiosos de la época, en lo general no se escandalizó por las costumbres de los nativos, tan diferentes al ideal civilizador que se trataba de imponerles.
Al final de su diario, Linck escribió el acostumbrado: O. A. M. D. G., Omnia ad majorem Dei gloriam, o “Todo por la mayor gloria de Dios”, y firmó Wenceslaus Linc de la Compañía de Jesús. En su firma, arriba de Linc está escrito Linck.46
Las rebeliones indígenas.
Un hecho indicador de que la estrategia empleada por los misioneros para cristianizar y españolizar a los nativos no era del todo adecuada, es que en todos los lugares a los que llegaban por primera vez eran generalmente bien recibidos, pero al poco tiempo surgían brotes de inconformidad que se convertían en rebeliones. Lo anterior lo expresaron reiteradamente los propios jesuitas en informes y cartas que mandaron muchas veces al virrey y al provincial de la orden, de lo que se infiere que su oferta cultural fue rechazada por muchos nativos, y otros simularon su aceptación sólo por conveniencia; aún así, como se ha dicho antes, es una realidad que sí hubo una importante cantidad de indios cuya conversión religiosa fue auténtica.
Otro hecho que permite considerar como frágil la conquista espiritual sobre una buena parte de los antiguos californios fue la crónica incapacidad de los capitanes generales de Loreto para integrar ya no digamos un ejército numeroso de indios conversos y fieles a los españoles, como sucedía en casi toda la Nueva España, sino un grupo de guardias armados a la usanza indígena, de unos 100 ó
200 indios flecheros que de mucha utilidad les hubieran sido47. De hecho, en Sonora y en Chihuahua era normal que las fuerzas en que apoyaban su estabilidad las misiones eran de flecheros indios, que cuando se consideraba necesario, perseguían a los sediciosos y conservaban la paz de las provincias, y en California sólo excepcionalmente se dio ese caso . Por todo lo expuesto, se comprende que el terreno era fértil para que fructificaran las rebeliones, que se dieron frecuentemente contra las misiones, desde San Diego de Alcalá y la región del río Colorado hasta San José del Cabo en el sur, las cuales afectaron en diversas épocas a jesuitas, franciscanos y dominicos.
Un ejemplo que muestra el abuso y la arbitrariedad ejercidos por los españoles contra los indios, rebasando las buenas intenciones de los misioneros, y las consecuencias que esas acciones llegaron a tener, es el episodio que se narra enseguida. En 1702, una muchacha india cristiana casada con un soldado español, atendiendo el pedido de su madre, dejó su casa en terrenos de la misión de San Francisco Javier, para asistir con sus hermanos de raza a la fiesta de las pitahayas, que se efectuaba en una ranchería cercana, sin el consentimiento de su marido. Enfurecido éste al percatarse de la ausencia de su esposa salió en su busca hacia el lugar de la fiesta, armado con su arcabuz, pero en el camino un indio anciano trató de convencerlo para que desistiera de su empeño, advirtiéndole que podría resultar peligroso. El español, en lugar de escuchar el prudente consejo de aquel hombre lo mató de un balazo, algunos nativos se percataron del crimen, y a su vez dieron muerte al soldado. Esto provocó el descontento de los indios, y en abril de 1703 atacaron la misión de San Javier y asesinaron a muchos neófitos.
Pero tal vez de todas las etnias californianas, la más rebelde fue la de los pericúes, al grado de que por varios años, especialmente de 1734 a 1737, atacaron a las cuatro misiones más meridionales sin que los aguerridos indígenas pudieran ser totalmente aplacados. Los misioneros jesuitas, en sus informes, siempre achacaron estos alzamientos a la inconformidad de los californios sureños con la monogamia que el cristianismo y la ley española les imponían, y es verdad que no aceptaron de buen grado aquella costumbre, para ellos extraña, de vivir obligadamente toda la vida con una sola mujer; pero resulta poco creíble que únicamente por esa razón, centenares o quizá miles de los indios se hayan levantado contra los misioneros, tomando en cuenta que los gentiles de las rancherías fuera de la cabecera de la misión, ubicadas frecuentemente a muchas leguas de distancia, podían practicar sus antiguas costumbres sin temor a ser sancionados por el religioso o el soldado que le hacía compañía, ya que éstos visitaban muy a lo lejos aquellas comunidades.
En otras relaciones, los jesuitas refirieron que varios representantes de los pericúes les habían solicitado que se les dieran tierras de las misiones para trabajarlas y poder vender los productos obtenidos a quien mejor les conviniese; además, pedían que se les permitiera transitar con toda libertad por aquellos territorios y viajar a las provincias de la Nueva España sin tener que solicitar autorización de nadie. Los misioneros rechazaron rotundamente las peticiones de los indios, alegando que no tenían capacidad para trabajar y producir por ellos mismos, y que cada misión contaba con espaciosos territorios para que viajaran dentro de ellos; además de que en caso especial, si hubiera una razón de peso, se les podría, autorizar para que salieran a donde fuera necesario. Los pericúes insistieron en sus peticiones, que según los jesuitas, eran instigadas por los mineros que acudían frecuentemente a Todos Santos y a Santiago a comprar víveres. Sí es posible que algunos civiles les hayan hablado a los californios sobre los derechos que tenían los indios en otras partes de la Nueva España, pero el caso es que, en su legítimo afán de ser escuchados, 20 nativos sureños se robaron el barco de la misión de Santiago y pudieron llegar hasta Ahome, Sinaloa, pero fueron reconvenidos severamente por el padre Antonio Ventura48 y regresados a su tierra en un barco que envió el capitán gobernador de Loreto. Poco después repitieron la hazaña, porque realmente lo era burlar la vigilancia de los españoles, y conducirse con el sigilo e inteligencia suficientes para robarse una embarcación, volvieron a escapar y algunos llegaron hasta Guadalajara, en donde un oidor enemigo de los jesuitas aprovechó políticamente aquella situación, y comunicó las inconformidades de los pericúes al propio monarca. Pero ni la audiencia de Guadalajara, ni el visitador general de las misiones Ignacio Lisazoaín49, que también los había escuchado, y mucho menos los misioneros de California, consideraron con seriedad aquellas peticiones, tildándolas de ridículas y fuera de la realidad. Seguramente funcionarios y misioneros tenían sus razones para no acceder a lo solicitado, pero la negativa rotunda y definitiva de todas aquellas autoridades, sin dejar posibilidades para llegar a un acuerdo, fue equivocada e injusta. Debe aclararse que esto sucedió años después de la rebelión de los pericúes, pero es ejemplo demostrativo de las inaceptables condiciones en que transcurría la vida de estos indios desde que se inició la dominación española, lo que generó el malestar causante del alzamiento en el que se perdieron muchas vidas, incluyendo las de los padres Lorenzo Carranco y Nicolás Tamaral.
Es verdad que los misioneros llegaron a conceder a los indios puestos de cierta responsabilidad, en parte obligados por la escasez de personal europeo calificado que aceptara ir a California. Por ejemplo, en el barco de la misión llegaron a desempeñarse algunos nativos prácticamente con categoría de oficiales; en las construcciones de las nuevas comunidades se llegó a encargar el trabajo a albañiles indios; en cada poblado había un “gobernador” californio; y en su actividad evangelizadora, los padres se auxiliaron frecuentemente de nativos conversos que mostraban la disposición necesaria. Pero la toma de decisiones importantes, el poder y los productos del trabajo que llegaron a generarse correspondieron esencialmente a los españoles. Este paternalismo nefasto para los nativos lo ejercieron jesuitas, franciscanos y dominicos en las dos Californias durante todo el tiempo de su labor, salvo contadas excepciones, como el caso del padre Juan de Ugarte, que llegó a concederles tierras a los indios y el derecho a disponer de las cosechas que levantaran.
La rebelión de los pericúes
El escenario en el que se produjeron los hechos violentos de 1734 y años subsecuentes fue el sur de la península de Baja California, siendo los padres Lorenzo Carranco misionero de Santiago, Nicolás Tamaral de San José del Cabo, Segismundo Taraval de Todos Santos y Guillermo Gordon de La Paz. Nicolás Tamaral nació en Sevilla el 28 de febrero de 1687 e ingresó a la Compañía de Jesús el 23 de octubre de 1704, llegó a México en 1712, hizo en Puebla su tercera
probación y en marzo de 1717 llegó a Loreto. Recién llegado ayudó al padre Píccolo en la misión de Mulegé por varios meses, poco después estuvo en el pueblo de San Miguel, de la misión de San Javier, en donde aprendió el lenguaje de los nativos y tuvo sus primeras experiencias en el arduo trabajo propio de un misionero. Después de esta iniciación, el padre Tamaral fue encargado de fundar la misión de La Purísima Concepción de Cadegomó, o La Purísima Vieja, y en 1730, por orden del procurador José de Echeverría se trasladó al sur de la península para fundar la misión de San José del Cabo, en respuesta a su propia solicitud, aprovechando el donativo del marqués de Villapuente.
Tamaral llevaba como apoyo principal para iniciar su labor los temas esenciales de la doctrina cristiana en la lengua pericú, así como varios intérpretes de la misma, lo que permitió que antes de 6 meses se hubieran llevado a cabo más de 400 bautismos50, pronto recibió de La Purísima un considerable hato de ganado mayor, el cual puede considerarse como base de la ganadería que se desarrollaría en Baja California Sur, sembró con éxito maíz en varios poblados de la misión, y todo auguraba un futuro promisorio. Sin embargo, a pesar de los logros materiales y en la conquista espiritual de los nativos de su misión, en un informe se llegó a referir a ellos como inestables, falsos, vengativos y traidores. Además, algo que no había podido conseguir con muchos de sus indios era que abandonaran la práctica del la poligamia, lo que le preocupaba grandemente. Uno de estos pecadores, según Tamaral, era Chicori o Chicorí, un mulato del cercano poblado de Yeneca a donde se había llevado a una muchacha de la misión, y cuando el padre lo visitó para tratar de convencerlo de que dejara libre a la joven, el indio le contestó que era su esposa, lo que causó serio disgusto al misionero. Aquel hecho aparentemente sin trascendencia, sería la mecha que al encenderse provocaría el estallido de la rebelión más importante que se dio en la península.
El padre Lorenzo Carranco, nativo de Cholula, Puebla, estudió en los colegios de San Jerónimo y San Ignacio de aquella provincia, y realizó su noviciado en Tepotzotlán. Carranco fue destinado inicialmente a Todos Santos como su primer misionero residente, pero cuando en 1726 el padre Ignacio María Nápoli se fue de Santiago a las misiones de Sonora, ocupó su lugar el jesuita poblano, y Todos Santos quedó convertida en una visita. A poco de asumir el cargo, el nuevo misionero nombró a un neófito hijo de mulato e india llamado Boton o Botón como “gobernador” de Santiago, tal vez porque vio en el nativo las prendas personales necesarias para representar a su pueblo, o porque deseaba atraerlo al cristianismo otorgándole aquel cargo. Sin embargo, el indígena no dejó sus costumbres antiguas, sobre todo las que el misionero calificaba de “licenciosas” al tener varias mujeres. Fue por eso que el padre Carranco le quitó el nombramiento de gobernador y fue azotado frente a los neófitos de la misión por las faltas cometidas. Boton no ocultó su resentimiento, y el padre Carranco tuvo que tomar todas las precauciones necesarias para prevenir un atentado en su contra de parte del indio o alguno de sus simpatizantes.
Inconforme con la vida que tenía que llevar en la misión, Boton abandonó Santiago y se fue a Yeneca, la ranchería de gentiles cercana a San José del Cabo acaudillada por el mulato Chicori, mencionado en párrafos anteriores y que había desafiado la autoridad de su misionero, por tener varias mujeres y haberse llevado a una muchacha de la misión de San José a su ranchería. Se ha dicho que, molestos porque los cristianos querían que dejaran una de sus tradiciones más arraigadas, Boton y Chicori convencieron a muchos pericúes de que se revelaran en su contra, y fueron las rancherías de la costa sur entre las misiones de Santiago y San José las que primero se unieron a esa causa, malvada para los misioneros, justa según los indios. Pronto la conjura se extendió al grado de incluir a muchos de los neófitos de las cuatro misiones del sur de la península51, con tal secreto que ni los misioneros ni sus neófitos fieles sabían algo en concreto.
El padre Segismundo Taraval, hijo de don Miguel Taraval, teniente general del ejército real de España, nació en 1700 en Lodi, Italia. A los 18 años entró a la orden de los jesuitas en Toledo, y cuando estudiaba filosofía en Alcalá, siendo aún un seminarista de 22 años, fue mandado a la Nueva España en donde terminó sus estudios. El padre Taraval fue un erudito estudioso de teología y materia canónica, y durante sus 12 años de estancia en Guadalajara, fue visitado por muchas personas que lo iban a consultar en diversas materias por su reconocida sabiduría. En la descripción que se hizo de Taraval al embarcarse en España se mencionó que era de piel morena y ojos negros. En 1730 llegó el padre Taraval a Loreto, y se le encomendó substituir al padre Nicolás Tamaral, que dejaba La Purísima, en 1732 estuvo a cargo de San Ignacio, y finalmente, por órdenes del padre Clemente Guillén plantó la misión de Santa Rosa en el poblado de Todos Santos, nombre con el que pronto fue conocida, olvidándose el de Santa Rosa.
El jesuita William Gordon era escocés nativo de Gapredon, hizo el viaje a América como seminarista cuando tenía 25 años de edad, junto con otros misioneros entre los que se encontraba el padre Taraval; llegó a México en 1722 y fue enviado a la misión de Nuestra Señora del Pilar de La Paz en 1729 ó 1730, en donde permaneció hasta 1734, sin contar lapsos en que estuvo en Mulegé y San Miguel de Comondú. El padre Gordon siempre tuvo un exceso de trabajo por la numerosa población del sur, pues nada más en la visita de Todos Santos cuando ésta era de La Paz, tenía que atender a 806 neófitos. Ya se mencionó que estuvo un tiempo en San Miguel, visita de la misión de San José de Comondú, y en 1733 aparece su nombre en el libro de matrimonios de Santa Rosalía de Mulegé. Durante la rebelión de los pericúes escapó de ser asesinado en La Paz, porque cuando los rebeldes llegaron a la misión, él se había ido a Loreto en busca de víveres. Curiosamente, en un reporte de Gordon al visitador Echeverría, tuvo palabras que mostraban sus sentimientos de afecto hacia los pericúes, diciendo que era un placer trabajar con ellos por su carácter dócil y afable, aunque ni ngún misionero tenía esa percepción, excepto el propio Echeverría, que no trabajaba directamente atendiendo a los nativos.
Los indios conjurados planearon el alzamiento con todo cuidado, destacando entre otras las siguientes medidas para asegurar el éxito: primero, se tuvo mucha cautela para evitar por todos los medios posibles que se descubriera la identidad de los espías sediciosos; se intimidó a los nativos que permanecían dudosos en el apoyo a la rebelión; se cortaron los caminos o veredas que comunicaban con las misiones del norte, sobre todo la de Los Dolores, a cargo del padre Clemente Guillén; y a sabiendas que las armas de fuego de los soldados eran letales, determinaron asesinar a los que cuidaban las misiones cuando estuvieran solos, en el campo, lo cual era frecuente porque tenían que campear el ganado en el monte, y no sería cosa complicada dado su pequeño número52.
A principios de septiembre se encontraba uno de los de Santa Rosa en el campo, lo que fue aprovechado por los rebeldes que lo sorprendieron y lo asesinaron fácilmente. Los sediciosos mandaron entonces un mensaje a su misionero, el padre Segismundo Taraval, diciéndole que el soldado había sufrido un accidente, por lo que urgía su presencia para que lo confesara, o que mandara a otro para que lo llevara a la misión. Sospechando que todo era una maquinación, Taraval no cayó en la celada y se salvó por entonces de una muerte segura al no acudir al llamado. El único soldado que cuidaba la misión de Nuestra Señora del Pilar de La Paz también fue asesinado, aprovechando los pericúes rebeldes que el padre Gordon había ido por provisiones a Loreto.
Por aquellos días, un soldado viajó de Loreto a San José del Cabo para hacer compañía al padre Nicolás Tamaral y aplicarle unas sangrías con las que se creía se restablecería de algunos males que le aquejaban. Al pasar por algunas rancherías, el soldado percibió el ambiente de hostilidad de todos los pericúes contra los españoles, por lo que advirtió al misionero que debería escapar a lugar seguro. Tamaral no tomó muy en serio la advertencia y decidió seguir en su misión, por lo que el militar, temeroso de lo que pudiera sucederle, dejó solo al padre y decidió regresarse por otro camino a La Paz.
Era costumbre entre los soldados que viajaban casi siempre solos o en muy pequeño número por territorios en los que no se tenía plena seguridad, hacer un disparo antes de entrar al lugar en donde se encontraba destacado algún compañero, y cuando éste contestaba la señal en la misma forma, se podía tener la casi certeza de que todo estaba tranquilo. En esta ocasión, el soldado, antes de entrar a La Paz procedió en la forma acostumbrada pero no recibió la contestación, por lo que entró al poblado con precaución. Al llegar a la casa del misionero y no encontrar a nadie afuera, ni quién contestara sus llamados, entró al silencioso lugar y vio manchas de sangre, así como la mochila del soldado destacado allí con sus pertenencias regadas en el suelo. El abandono de la misión y los indicios encontrados lo convencieron de que los pericúes habían asesinado a su compañero, por lo que espoleó su caballo y huyó violentamente a Los Dolores, en donde informó todo lo que había presenciado al padre Clemente Guillén, superior de las misiones.
El padre Guillén ya tenía vagos informes de la rebelión pero ignoraba el grado al que habían llegado los hechos, hasta que el soldado del que se habla le comunicó todo; poco después, recibió del padre Carranco una carta informándole sobre la conjura, y solicitando instrucciones sobre qué hacer, con todo lo cual estuvo seguro que la revuelta de los pericúes era un hecho y los misioneros del sur estaban en peligro de muerte; fue por eso que escribió misivas a los de Santiago, San José y Santa Rosa para que se vinieran a Los Dolores, pero las cartas nunca llegaron a su destino porque los caminos estaban cortados por los sediciosos.
Mientras tanto, el padre Carranco desde Santiago, mandó un mensaje al padre Nicolás Tamaral, que estaba solo y sin soldados en San José, para que junto con los mensajeros de que se valía, se viniera escoltado por ellos a su misión para estar juntos y tomar la decisión más conveniente. Tamaral no aceptó la invitación por considerar que él se encontraba rodeado de neófitos fieles que jamás lo traicionarían, y envió un escrito a su compañero explicándole sus razones. Con la respuesta del misionero, los neófitos iniciaron el regreso a Santiago, pero en el viaje fueron interceptados por algunos de los sediciosos y convencidos para unirse a su causa, por lo que todos se dirigieron a Santiago para matar al padre Carranco, tomando en cuenta que ya sospechaba de la conjura.
Entre las obligaciones de los soldados estaba no sólo la de proteger y acompañar a los misioneros, sino también la de administrar castigos, repartir provisiones y actuar como vaqueros cuando era necesario. Al romper el alba del día 1º de octubre de 1734, el padre Carranco, después de decir misa, estaba en su cuarto de rodillas rezando el oficio53, mientras que los dos soldados que ordinariamente le acompañaban se habían ido a campear con objeto de traer dos reses que sirvieran de alimento a la gente de la misión. En ese momento llegaron los amotinados, y astutamente hicieron entrar al aposento del padre primero a los emisarios que habían ido a San José, para que entregaran el escrito que mandaba el padre Tamaral. Mientras Carranco leía la carta entraron los otros pericúes, arrastraron al misionero al exterior y lo asesinaron a flechazos y golpes. Otra versión del crimen coincidente en lo esencial con la anterior se encuentra en un escrito anónimo en el Archivo Franciscano, en la cual se dice:
…llegaron a las seis de la mañana a las cuales horas había acabado el padre Carranco de celebrar el santo sacrificio de la misa. Estando sentado empezando a desayunarse llegaron sus indios soldados que volvían del Cabo con la respuesta del padre Tamaral, que así lo dispusieron los malhechores por no ser sentidos, y poder llegar entre los otros sin ser conocidos, y estando el padre divertido con la carta, se avalanzaron dos indiezuelos, y cogiendo al padre lo sacaron en peso para afuera, adonde lo […] y le dieron varios golpes arrastrándolo medio vivo sobre un montón de leña para quemarlo; y volteando la cara [el pericú rebelde] vio al pajecito que, por lo que hacían con su padre, estaba llorando, le dijo, “¿Por qué lloras?, anda, cuéntale ahora al padre lo que hacemos en las rancherías […] Mejor será que lo vayas a acompañar [al padre], supuesto que tanto lo quieres, pues lloras por él”, y agarrándolo al indiezuelo de los pies, lo mataron, no sé cómo [testigos dijeron que el muchacho fue azotado contra la pared], y lo arrojaron encima de la leña a donde estaba el padre, a la cual le prendieron fuego para quemar los dos cadáveres que estaban todavía semivivos…54 Sobre el mismo episodio de la muerte del muchacho que servía de criado al padre, Clavijero narra que los pericúes dijeron burlonamente:
…puesto que tanto siente este muchacho la muerte de su amo, que vaya a acompañarle…55.

Asesinato del padre Lorenzo Carranco. Dibujo en la “Noticia de la California” de Venegas
Después de quemar los cadáveres del padre y su criado, casi todos los pericúes del poblado se entregaron al saqueo y lanzaron a la hoguera todos los objetos sagrados de la iglesia, como imágenes de santos, la cruz, el misal y los vasos sagrados. Cuando regresaron los soldados mestizos que habían ido a traer las reses del campo los hicieron que las sacrificaran, y después también fueron asesinados a flechazos y golpes, para luego arrojar sus cadáveres a la hoguera.
Consumados los crímenes en la misión de Santiago, los pericúes se fueron por el padre Nicolás Tamaral en la misión de San José del Cabo, a donde llegaron la mañana del 3 de octubre de 1734. El padre había dicho misa y se encontraba en su casa cuando llegaron los alzados, y empezaron por pedirle diversas cosas, como alimentos y ropa. El misionero comprendió que los rebeldes sólo querían un pretexto para matarle, y aunque les ofreció todo lo que tenía para complacer sus exigencias, los indios lo derribaron, lo jalaron de los pies hacia fuera y lo decapitaron con un cuchillo que el propio misionero les había regalado56. Su cadáver fue arrojado a la hoguera en que quemaron objetos de la iglesia.
Hay que señalar que la misión de Todos Santos, con sus más de 800 indígenas convertidos al cristianismo, había sido penetrada por espías rebeldes, y el padre Segismundo Taraval sabía del peligro en que se encontraban él y sus neófitos fieles. Un mes antes de ocurrir los asesinatos de los misioneros, llegaron a Todos Santos un mozo y un soldado, el mozo servía al padre Tamaral y se dirigía a La Paz para recoger algunos objetos que había dejado en el barco, y el soldado se regresaba a Loreto por sentirse enfermo. El 4 de septiembre de 1734 Taraval los despachó con un hombre más para que los asistiera en el viaje, pero después de unos 90 kilómetros de caminar todos se devolvieron, y asustados dijeron a Taraval lo siguiente: Padre, ya los indios mataron al soldado que estaba de escolta y guardia en La Paz57, está la casa sola, las puertas abiertas, los trastes del soldado tirados y las manchas y señales de la sangre en el patio. No pudimos hallar el cuerpo, ni nos detuvimos mucho en eso, pues, temiendo lo que nos podía suceder también a nosotros, montamos a caballo y andando a toda prisa y de noche y por fuera de los caminos, nos hemos vuelto con el susto que se puede pensar…58
Ante las ominosas novedades traídas por aquellos hombres, Taraval había escrito sendas cartas a los padres Nicolás Tamaral y Lorenzo Carranco para que se vinieran a Todos Santos en donde estarían más seguros, pero el mensajero trajo respuesta de que se encontraban bien y se cuidarían. Sabiendo el misionero que era de vital importancia informar al capitán del presidio en Loreto cuál era la situación, y tomando en cuenta que los caminos debían estar cortados por los rebeldes, empleando al mismo mensajero le escribió al padre Carranco, de Santiago, pidiéndole que mandara en balsas a algunos de sus indios a una de las islas cercanas, y aprovechando que era época de buceo de perlas, se enviara de allí una lancha a Loreto para informar en el presidio todo lo que sucedía. Recibido el mensaje, Carranco hizo lo indicado pero los indios mensajeros pronto se regresaron, rehusándose a cumplir con la orden.
En realidad, todos los grupos étnicos del sur se habían volteado en contra de los españoles, habiendo iniciado el movimiento el grupo de los huchitíes, quienes sin dificultad convencieron a casi todos los demás para que se rebelaran. Un ejemplo fue el caso de un capitán indio que se encontraba en Todos Santos y que pidió autorización al padre para ir por un hechicero rebelde de la ranchería de los aripes, lo que fue concedido por el misionero, pero como dice Taraval, los viejos aripes lo convencieron a él…*y con él a los coras, y con ellos a los huchitíes y a todos los demás que no estaban en la misión…*Paradójicamente, los únicos que permanecieron fieles a los misioneros fueron los callejúes, a pesar de que tenían fama de ser los más perversos, según el propio padre Segismundo.
El 3 de octubre, día en que fue asesinado el padre Tamaral en San José del Cabo, en Todos Santos un capitán de los indios callejúes fieles se ofreció para ir a La Paz y de allí mandar una canoa a Loreto con la carta para el capitán; Taraval aceptó y al día siguiente escribió la misiva, preparando la salida del enviado para el siguiente día 5 de octubre de 1734. Sin embargo, el mismo día 4 bajaron por la cuesta varios pericúes que, a las preguntas que se les hacían, exclamaban ¡Mataron a los padres, mataron a los padres…!59. Interrogado por Taraval uno de los indios, contó que los pericúes rebeldes habían asesinado al padre Carranco el viernes 1º de octubre, y al padre Nicolás el domingo 3, y habiendo escuchado a los alzados que pronto vendrían por el misionero de Todos Santos, se había escurrido sin ser notado para correr hasta la misión y prevenir al padre, la tragedia la resumió uno de los indígenas con las siguientes palabras que escribió Taraval:…Padre, me dijo por último, los que más los padres querían fueron peores…60, significando con esto que los indios que más crueldad mostraron en los asesinatos y posterior profanación de los cadáveres, fueron algunos de quienes menos se hubiera sospechado por una aparente docilidad y buena relación que habían tenido con los misioneros.
Al saberse de la tragedia, los indios de Todos Santos se apostaron armados frente a la casa del padre Taraval para defenderlo. Uno de los más resueltos defensores del misionero fue el capitán Juan, de Egui, a quien Taraval le había quitado el puesto por hechicero, supersticioso y embustero61, ayuda que en su relato de los hechos, el misionero reconoció y agradeció62.
El padre Segismundo pensó descansar esa noche y tomar una determinación sobre qué hacer hasta el siguiente día, pero los soldados, que ya tenían bestias preparadas, lo convencieron de escapar esa misma noche antes de que pudiera ser muy tarde. A eso de las siete u ocho Taraval y los 3 soldados, seguidos por bastantes indios a pie, principalmente mujeres, niños y ancianos que temían por sus vidas salieron a lomo de bestia con rumbo a La Paz; a donde llegaron sin haber encontrado gente en su camino. Allí el padre quiso esperar a los nativos que se habían rezagado, pero fue convencido por los soldados para que de inmediato prosiguiera su escapatoria hacia la isla de Espíritu Santo, y un soldado avisó a los que pudo que los que fueran llegando deberían acercarse lo más posible a la isla, que fue clave en la ruta de escape. Después de buscar canoa para seguir la huída, un indio encontró una en buen estado, se embarcaron el misionero y cinco personas más, con algunos alimentos y agua, lo que puso en peligro a la pequeña embarcación por la sobrecarga que llevaba. Después de desembarcar momentáneamente en una playa, comieron algo de maíz tostado pero el agua se les acabó. Siguieron navegando hacia el norte y llegaron a Pichilingue, en donde desembarcaron y hallaron agua potable. Después de un breve descanso, el día 6 de octubre pudieron navegar hacia la isla de Espíritu Santo, y allí permanecieron varios días durmiendo en el suelo, y alimentándose de pescado y maíz. Después de reparar la lancha, un soldado y 3 indios pericúes se embarcaron y salieron hacia Los Dolores con el fin de avisar de todo al padre Clemente Guillén.

Ruta seguida por el padre Segismundo Taraval en su escape de los pericúes rebeldes en 1734
Adaptación en mapa de Google Earth, A.P.A..
- Todos Santos (antes Santa Rosa)
- La Paz.
- Pichilingue.
- Isla Espíritu Santo.
- San José del Cabo.
- Santiago.
Para mejor navegar, improvisaron una vela con una frazada y así pudieron llegar a territorio de la misión; vieron en la playa una canoa grande con varios soldados, y al hablar con ellos supieron que venían de Los Dolores mandados por Guillén, y casualmente se habían encontrado con ellos. Enterados los soldados de los asesinatos de los padres, mandaron un mensajero para informar de todo al padre Guillén.
Pero, ¿Cómo había sabido éste sobre el estallido de la rebelión? Se recordará que el padre Lorenzo Carranco inicialmente no había podido mandar las cartas a Los Dolores. Buscó a otros mensajeros, quizá más confiables y determinados, y éstos se fueron a principios de septiembre a buscar al armador de un campo de buceo cercano, pero al no encontrarlo navegaron ellos mismos en sus balsitas hasta Los Dolores, y así conoció Guillén la tragedia ocurrida. Un comentario que hace el padre Taraval al narrar estos hechos, se refiere a la capacidad de los indígenas como marineros, pues navegar tan grandes distancias en sus balsas por aquel mar no era cosa pequeña. Al respecto dice: …Verdad es que como los unos son pescadores, otros buzos, y todos grandes nadadores, con la misma facilidad con que la mar les voltea la balsa, la vuelven ellos a poner en su lugar…63.
El padre Guillén recibió la carta un mes después de haberla mandado el padre Carranco, a principios de octubre, cuando ya tal vez la tragedia se había consumado. Al saber lo que sucedía, despachó a dos soldados y algunos indios en la canoa de la misión, pero afortunadamente se encontraron con la de los 3 indios y el soldado procedentes de la isla Espíritu Santo. Éste se embarcó con sus compañeros de la canoa grande, y continuaron la navegación hacia la isla, en donde esperaban ansiosos el padre Segismundo y la demás gente.
El 12 de octubre, los aterrorizados fugitivos vieron desde una parte alta de la isla una canoa que se aproximaba, era la canoa de Los Dolores, con los 3 soldados incluyendo el que había ido, y varios indios. Para entonces ya habían llegado a la isla en sus balsas unos 50 indígenas que se habían rezagado en el viaje de escape procedentes de Todos Santos, y poco después llegó otra canoa con más indígenas que se habían retrasado en el camino, trayendo además algunas reliquias del templo. Aunque estos indios fieles pudieron escapar de los rebeldes, no sucedió lo mismo con 27 neófitos que fueron asesinados, aunque la cifra llegó a 49, según autores como Dunne64. Al siguiente día, llegó otra pequeña embarcación, ésta con provisiones y equipo, enviada por el capitán del presidio de Loreto don Esteban Rodríguez Lorenzo, quien ya se encontraba en Los Dolores con una escuadra de indios flecheros y soldados escopeteros, preparándose para salir por mar y tierra hacia el sur.
El 15 de octubre finalmente, el padre Taraval, acompañado por los tres soldados pudo salir de la isla para Los Dolores en donde se repusieron y descansaron. El día 24 salieron de esta misión rumbo a la isla Espíritu Santo, por mar 20 hombres entre soldados y mozos, y 25 flecheros yaquis bajo el mando del capitán del presidio, mientras que por tierra también salieron soldados a caballo y algunos indios con el mismo destino. Después de 4 días de navegación debido al mal tiempo, llegó el capitán y sus hombres a la isla, habiendo encontrado a los refugiados en buen estado. El 29 salieron hacia Pichilingue, a donde llegaron al siguiente día, y para el 31 estaban en La Paz, en donde encontraron todo quemado. Aunque los soldados salieron en busca de los rebeldes de momento no los encontraron, y sólo un indio yaqui se topó con varios pericúes de los alzados; intercambiaron flechazos y pudo huir herido. Poco después llegaron 80 refuerzos más provenientes de Los Dolores, y siguieron la búsqueda de los pericúes rebeldes en tierra firme y en las islas, pero estaba claro que los alzados, conociendo el poder de las armas de fuego de los españoles, habían planeado hacer una guerra de guerrillas, lo cual les dio buen resultado cuando menos durante algún tiempo. En las salidas en busca del enemigo, los soldados sólo tuvieron algunos encuentros menores, y el día 14 de octubre fueron asaltados al amanecer en su propio real, habiendo resultado de ese ataque 7 hombres heridos, incluyendo al capitán. La desesperación debe haber ido surgiendo en los soldados y sus indios, además de que tenían temor de que en sus propias filas hubiera espías de los pericúes. Poco después volvieron éstos a atacar el real en que estaban los españoles en dos ocasiones, en una de ellas combatieron por 4 horas, y aunque tuvieron que huir por los disparos de los soldados, causaron 16 heridos, uno de ellos con una flecha que le entró por la boca y le salió por la oreja. Todavía arribaron con ayuda más soldados, 55 flecheros yaquis y caballos, pero la rebelión estaba muy lejos de ser controlada.
Lo ocurrido con la tripulación del patache65 “San Cristóbal”, procedente de Manila con destino a Acapulco, que seguramente iba por plata del real situado destinado a las Islas Filipinas66. El tornaviaje se haría después de efectuada la feria en aquel puerto 67
Habiendo quedado abandonada temporalmente la misión de San José del Cabo por la rebelión de los pericúes, establecida la misión de Santiago desde tiempo atrás y funcionando como puerto San Bernabé, en el extremo sur de la península, muy cerca de San José del Cabo, se acostumbraba que los grandes barcos procedentes de las Islas Filipinas rumbo a Acapulco, llegaran a ese paraje para hacer aguada, descansar un poco los pasajeros, y recibir sin ningún costo las atenciones del misionero de Santiago, quien generosamente se preparaba con anticipación para tener alimentos y alojamiento disponible para los visitantes. Aquella costa cercana a San José era conocida como “Aguada Segura”, porque las tripulaciones de los diversos navíos, desde embarcaciones piratas hasta los gigantescos galeones de Manila, sabían que allí siempre encontrarían agua para surtir sus barriles. La cita entre el misionero anfitrión e invitados de la embarcación era posible por dos causas: la primera, que aquel sabía de la fecha aproximada en que pasaría la embarcación por San Bernabé, especialmente tratándose del galeón, y la segunda, el padre tenía vigías en la costa, quienes tan pronto como veían el barco mandaban un mensajero que daba la noticia al misionero de Santiago, quien personalmente se trasladaba al puerto llevando verduras y fruta fresca, carne y hasta animales en pie. En 1733, el galeón de las Filipinas había llegado al puerto de San Bernabé con enfermos y sin víveres; y cuando el padre Tamaral se enteró por unos pescadores de las dificultades en que se encontraba la tripulación, fue hasta allá y atendió a los marineros del galeón, enfermos y con hambre, algunos de los cuales tuvieron que permanecer en la misión reponiéndose de sus males por algún tiempo.
A principios de 1735 sucedió un hecho importante relacionado con la rebelión de los pericúes y la llegada de un barco español a aquellas costas, cuyo relato permite ampliar el contexto histórico de aquella turbulenta época en el sur de la península. Se narran enseguida dichos acontecimientos que en parte se conocen gracias a una carta escrita por el protagonista principal de ellos, el General Matheo de Zumalde68, capitán del barco “San Cristóbal”.
En enero de 1735 llegó a San Bernabé69 procedente de las Islas Filipinas el patache “San Cristóbal” falto de agua, leña y lastre, pero además de las necesidades expresadas iban a bordo varios hombres delicados de salud que ameritaban pronta atención, por lo que el General Matheo de Zumalde a cargo del patache, acordó con sus oficiales mandar hombres a tierra en las proximidades del río San José, para que reconociesen y sondeasen la ensenada, y dejaran a ocho enfermos con objeto de que a su tiempo, fueran atendidos por el misionero de San José del Cabo, como había sucedido en ocasiones anteriores con marineros del galeón de Manila. Por supuesto que Zumalde ignoraba lo acaecido con las misiones del sur al rebelarse los pericúes.
Cuando el piloto tercero al mando de la lancha regresó al “San Cristóbal”, informó a Zumalde lo siguiente. Estaba en la playa un gran número de indios cuyo líder, de nombre Jerónimo y el más “ladino”, informó a los españoles que el misionero se encontraba ausente visitando a un compañero enfermo, y que él tenía la comisión de estar vigilante en la playa para cuando avistase al galeón avisara de inmediato al padre, a fin de ayudar en lo que fuera necesario. Viendo el piloto tercero que por el mal tiempo y la fuerte marea podían lesionarse los enfermos si intentaba llevarlos de regreso al barco en la lancha, y creyendo en las palabras de Jerónimo, optó por dejarlos en la playa para recogerlos después, o tal vez pensando que al pronto regreso del padre misionero de San José serían atendidos. Al no poder fondear en aquella ensenada, Zumalde dirigió el “San Cristóbal” a Cabo San Lucas en donde ancló sin mayor dificultad, y de aquí mandó en la lancha a tres hombres y otro más que se ofreció de voluntario, para que fueran a San José y pidieran al misionero que enviara los enfermos hasta aquel lugar. En este paraje, los marineros se encargaron de buscar y cargar agua en el barco, y al poco tiempo se aproximaron tres indios, entre los cuales venía el llamado Jerónimo, quienes informaron a don Matheo Zumalde que el padre pronto estaría allí con la gente enferma, y que su retardo se debía a que había llegado algo indispuesto, además de que necesitaba la confirmación de Jerónimo de que el patache se encontraba en Cabo San Lucas, por todo lo cual no le mandaba ningún papel escrito.
Al transcurrir el tiempo y no aparecer el misionero con los enfermos, don Matheo empezó a recelar de los indios, y mandó fusileros suficientes para que vigilaran el trabajo de quienes hacían aguada. La previsión tomada por el general Zumalde no fue en vano, pues al día siguiente vio desde el navío cómo se aproximaban unos seiscientos indios armados, y desde la playa se acercaron al “San Cristóbal” Jerónimo y otros 7 compañeros, quienes ya a bordo dijeron al general que esa tarde llegaría el padre Tamaral con los enfermos, y que ellos se habían adelantado para ayudar en lo que fuera necesario. Zumalde no creyó del todo a los indios, y ordenó que se les detuviera en el barco para mayor seguridad, además de reforzar a los de tierra con otros doce fusileros al mando de un capitán, con la orden de que al llegar el padre misionero con los doce españoles de inmediato se ayudara a los enfermos para que abordaran el barco.
Mientras tanto, de los ocho indios que se hallaban detenidos en el “San Cristóbal”, repentinamente cinco se aventaron al mar, uno fue recapturado y los otros cuatro escaparon a nado hasta la playa. En esta situación, Zumalde ordenó que todos los españoles en tierra se embarcasen de inmediato, lo que pudieron hacer aunque los indios atacaron al grito de ¡Jerónimo! y les lanzaron gran cantidad de flechas e hirieron a dos marineros, pero finalmente fueron rechazados por descargas disparadas por los fusileros desde la lancha, habiendo quedado un indígena muerto y varios heridos. Al interrogar a los indios prisioneros en el barco, don Matheo Zumalde obtuvo la confesión completa de los crímenes cometidos con los padres Nicolás Tamaral y Lorenzo Carranco, ministros de los pueblos de La Soledad y de Santiago70, a quienes mataron a flechazos y luego los quemaron, y aunque quisieron hacer lo mismo con el padre Segismundo Taraval, éste había escapado en una balsita acompañado por un cabo de escuadra del Real. Los prisioneros admitieron que de los asesinatos cometidos sólo reservaron a una mujer española llamada María, a su hermana y a sus dos hijas. Según lo informado por los prisioneros, María era mujer del soldado Santiago Villalobos, quien había ido acompañando a un religioso de la orden de San Agustín, pasajero del Galeón, que el año anterior había sido dejado en el pueblo de La Soledad por estar enfermo. Respecto a los marineros españoles que se quedaron en San José, todos fueron asesinados por los pericúes, después se encontraron en el camino a los que iban a ese poblado y corrieron la misma suerte que sus compañeros. Agregaron los prisioneros que la gran cantidad de indios que se habían visto en la playa iban con la intención de acabar con todos los españoles que allí se encontraban porque los habían visto desarmados.
Jerónimo pidió repetidamente a don Matheo que lo dejaran en tierra junto con sus otros tres compañeros, lo cual no consiguió y fueron conducidos a Acapulco en grilletes. Al término de la misiva dirigida al virrey, Zumalde concluye diciendo en relación con los pericúes prisioneros*…los traigo con ánimo de entregar al Castellano de este puerto, interín Vuestra Reverencia* [ilegible] providencia lo que deba ejecutar con ellos. A bordo del Patache Capitana San Christoval y enero 4 de 173571. Don Matheo Zumalde.
Los hechos narrados por el general Don Matheo de Zumalde pueden conducir a diversas conclusiones, una de las cuales es que los rebeldes contaban con una organización y se conducían con gran astucia y atrevimiento, al grado de que algunos de ellos abordaron el barco de los españoles fingiéndose amigos, con el fin de dar cumplimiento a sus planes, y la otra, que de momento ni hechos como éste harían al virrey tomar medidas serias para ayudar a los misioneros de California y apaciguar definitivamente la península, ya que la expedición punitiva a cargo del gobernador de Sinaloa Manuel Bernal de Huidobro se efectuaría hasta meses después. Queda claro también que no fue un galeón de Manila, sino el patache San Cristóbal el que llegó a San José en enero de 1735.
La noticia de la rebelión había llegado a Sonora, de donde también se recibieron refuerzos, como el caso de Francisco Cortés Monroy, quien de estar trabajando una mina en El Yaqui, se fue a Loreto y de allí en canoa a La Paz. Para mediados de enero de 1735, todavía llegaron más soldados a La Paz, pero la campaña contra los rebeldes no daba resultado, aunque en los encuentros que se tenían con ellos de vez en cuando les mataran algunos hombres. Varias escuadras de soldados recorrieron la zona devastada por los pericúes, y sólo encontraron ruinas y destrucción, pues ni siquiera los cadáveres de los padres asesinados pudieron localizar.
El padre Guillén había mandado una carta al capitán que combatía a los rebeldes pidiéndole que mandara de regreso a algunos soldados, porque ya se escuchaban voces de rebeldía en su misión, por lo que se devolvieron 25 flecheros yaquis y varios militares. Para el mes de marzo de 1735, la comida ya escaseaba en el frente del sur, pero para fortuna de todos, llegó una embarcación procedente de Los Dolores, que además de alimentos trajo la buena nueva que todo estaba bajo control en los establecimientos del norte.
Cansados de buscar y perseguir a los pericúes rebeldes, los soldados e indios leales regresaron a Los Dolores en abril, así como 5 canoas cargadas con lo poco que se pudo rescatar de las misiones destruidas, y luego se dirigieron a Loreto a donde llegaron sin novedad.
El padre Jaime Bravo, con su carácter de procurador, el padre Clemente Guillén, visitador y superior de las misiones, y el capitán del presidio de Loreto, pidieron ayuda al virrey Juan Antonio de Vizarrón, quien lo más que hizo fue autorizarlos para que reclutaran soldados en la contracosta, que incautaran canoas u otras embarcaciones, y compraran provisiones para cortar el mal que amenazaba extenderse en las misiones de California.
Las hostilidades no se detuvieron por completo, pues se siguieron dando encuentros esporádicos entre los soldados o indios fieles y los pericúes alzados, en Los Dolores fueron capturados 8 de los cabecillas y ejecutados sumariamente. A principios de agosto de 1735, se supo en la misión que los pericúes habían matado a 29 callejúes y se habían llevado a sus mujeres, lo que el padre Taraval consideró como castigo de Dios porque aunque estaban bautizados, no eran buenos cristianos. Sobre esto comentó Taraval: …uno había que estaba continuamente amancebado; el decir que se apartase era hablar para que se riese y lo hiciese con más descoco. Lo que no pudo conseguir el padre, hicieron los apóstatas quitándole la manceba y matársela a su vista, y después quitarle a él también la vida…72. Hay que admitir y subrayar que el comentario de ninguna manera enaltece al misionero, pero también debe entenderse que posiblemente en aquel ambiente de violencia, los rencores y odios con matices étnicos y religiosos no prevalecían sólo en los nativos rebeldes, o bárbaros como los llamaban los españoles, sino también en los europeos o “gente de razón”, cuya percepción del mundo arrastraba lastres de intolerancia y prejuicios propios de la época medieval. Otro comentario de Taraval relacionado con la política de convencimiento y regalos a los rebeldes seguida al inicio de la campaña, que pone de manifiesto un aspecto de su carácter fue el siguiente: …Yo siempre había vituperado y vituperaba esos perdones en que se perdía el decoro a la justicia, el miedo a las armas y el amor a los padres y a Cristo, pues veían que la justicia convidaba con el perdón al mayor delincuente…73
Como en todas las guerras hubo acciones de crueldad y desplantes de valor en ambos bandos. En una ocasión en que los soldados capturaron a dos rebeldes, hechicero uno de ellos y muy anciano, como estaba muy viejo y acostumbrado a mandar no quiso caminar, entonces los españoles lo arrastraron, lo mataron y colgaron su cadáver de un árbol. En otra, varios pericúes fueron capturados por los soldados, y su cabecilla les dijo: …¿Cuándo nos sacan a matar?, ¿Qué esperan?, ¡Acaben ya de matarnos! En otra ocasión en que llevaban los españoles a dos indios rebeldes amarrados, uno delante del otro, y ambos jalados con una cuerda por un indio fiel, el prisionero que iba adelante pidió permiso para apoyarse en un palo usándolo como bastón, y cuando lo tuvo en su mano lo empleó como lanza y atravesó la oreja del indio fiel que los conducía, después de lo cual un soldado lo mató con su pistola. El que quedó atrás les dijo a sus captores: ¿Para qué me llevan? No me lleven, mátenme a mí también y váyanse74.
En marzo de 1735 el padre Guillén ordenó la evacuación de La Paz, pensando tal vez que era más prudente retirarse hacia el norte, rehacer sus fuerzas y posiciones, y librarse de un posible asalto masivo de los rebeldes. Esta acción ha sido criticada por algunos historiadores75 que la consideran una franca y cobarde retirada, lo cual levantó el ánimo de los pericúes, pero el padre Clemente tenía sus razones para ser prudente, y no es justo hacer señalamientos y críticas sin haber estado en el escenario de los hechos y sin haber tenido la grave responsabilidad de la seguridad misma de todas las misiones de California y su gente.

Arzobispo Juan Antonio de Vizarrón y Eguiarreta, virrey de la Nueva España de 1734 a 1740
Ese año el capitán Rodríguez logró algunas victorias sobre varios grupos rebeldes y los cabecillas fueron ejecutados, pero aun así los alzados siguieron cometiendo actos desafiantes como el robo y sacrificio de ganado y el ataque a indios fieles. Al pasar los meses sin que los pericúes dieran muestras de rendición, el virrey y arzobispo Juan Antonio Vizarrón, a pesar de su franca indiferencia hacia los jesuitas y sus problemas, tuvo que actuar, y ordenó al gobernador y capitán general de Sonora y Sinaloa don Manuel Bernal de Huidobro, que fuera a California con su propio ejército para aplacar definitivamente la rebelión, solicitud que ya había hecho el padre Jaime Bravo desde Loreto. El gobernador obedeció de inmediato, y con cien indios yaquis y 50 soldados españoles, acompañado además por el padre Ignacio María Nápoli, cruzó el Golfo para cumplir la orden del virrey, pero se enemistó con los jesuitas al no atender sus sugerencias sobre la táctica a seguir en contra de los pericúes, pues en lugar de buscar una batalla formal definitiva, el gobernador usó métodos conciliatorios como regalos y ofertas de perdón, lo que fue tomado por los rebeldes como debilidad o temor, y para colmo, no aceptó la opinión del capitán Rodríguez a quien siempre relegó a un segundo lugar de mando después de uno de sus lugartenientes. Taraval siempre culpó a Bernal de Huidobro de que tardara tanto en la represión de los rebeldes, y en su relato de los hechos, tratando de no dar crédito al militar, jamás escribió su nombre, y sólo se refirió a él como “el señor comandante”.
En una salida a Las Palmas, Bernal de Huidobro fue acompañado por el padre Nápoli y al llegar a la bahía, los indios saludaron cordialmente al misionero, a quien conocían, pero luego se fueron y no regresaron, mientras que el gobernador y Nápoli siguieron repitiendo el fallido estilo tratando de someter con obsequios y perdones a los feroces pericúes. Finalmente, el 12 de octubre de 1736, en la fiesta en honor de Nuestra Señora del Pilar, tanto en La Paz como en Santiago se combinaron el fervor religioso y la decisión de acabar con la situación imperante, al siguiente día se recibieron refuerzos y provisiones de Loreto y de Yaqui, y el mismo comandante pareció contagiado con el entusiasmo para lanzarse en busca de los rebeldes y enfrentarlos en batallas decisivas. El 17 de octubre dos escuadras que habían salido separadamente, una por la costa y la otra por el interior, se unieron en un punto cerca de donde se había detectado la presencia de los rebeldes, en el fondo de una barranca. Los españoles posiblemente bajo el mando ahora sí del capitán Rodríguez atacaron, y sin sufrir una sola baja mataron a todos los enemigos que alcanzaron. Esta acción inclinó la balanza de los acontecimientos a favor de los españoles, pues poco después el propio Huidobro alcanzó otra victoria resonante sobre los alzados de quienes se tomaron muchos prisioneros.
En 1737, Bernal de Huidobro mandó a 25 de los rebeldes capturados presos a la ciudad de México, pero nunca llegaron a su destino, explicando después los soldados encargados de custodiarlos que al haber intentado amotinarse los prisioneros, habían tenido que pasarlos a cuchillo, aunque pudo haber sido un asesinato colectivo de los indígenas alzados para evitar el problema de tener que vigilarlos día y noche. Todavía se dieron brotes de rebeldía, sobre todo en rancherías de Santiago y San José, pero finalmente los nativos insurrectos que quedaban fueron reprimidos. Para febrero del año citado, la paz por fin reinaba en California. Bernal de Huidobro permaneció en la región hasta fines de 1737.
Ya se ha mencionado que la sola prohibición de la práctica de la poligamia por los misioneros jesuitas a los nativos californios, no pudo ser la única razón que motivó el alzamiento de 1734. Además, no hay que olvidar que durante los primeros contactos que los europeos tuvieron con pericúes y guaycuras en el sur de la península, tal como lo relatan los padres Ignacio María Nápoli, Clemente Guillén y el visitador José de Echeverría entre otros, rara vez fueron hostilizados por los naturales, y contrario a esto, con frecuencia recibieron obsequios de alimentos como mezcal y pescado, y para sus exploraciones consiguieron ordinariamente y sin dificultad guías nativos para seguir su camino hasta el aguaje más próximo. Realmente, el rechazo de los nativos a los europeos se debió en buena parte a factores que fueron surgiendo poco a poco en la interrelación de blancos e indios, consecuencia de la coexistencia obligada entre una raza conquistadora y otra vencida, de la cual no se reconoció algún rasgo cultural digno de conservarse, todo esto a pesar de la piedad de los jesuitas y su honesto afán evangelizador. Quizá hubo otras razones, como la influencia sobre los californios sureños76 que ejercieron los buzos y otros trabajadores que venían de Sinaloa, a quienes les empezaron a “calentar la cabeza” con ideas emancipadoras, pero lo que resulta inadmisible es que el movimiento rebelde haya sido motivado porque un indio se incomodó al prohibírsele que tuviera varias mujeres.
Segismundo Taraval, el jesuita explorador y erudito, también puede recordarse como el religioso de carácter frío y valeroso, que burló a los pericúes rebeldes viajando de noche por escondidas veredas, soportando la sed y alimentándose de pescado semicrudo y maíz tostado hasta lograr ponerse a salvo. En 1751 el padre Taraval dejó California y se fue a Guadalajara en donde pasó los últimos 12 años de su vida, habiendo sido educador en el colegio de los jesuitas, así como vicerrector y prefecto de la congregación. En esa ciudad murió en 1763. Además de obras de carácter histórico, el padre Segismundo Taraval escribió La rebelión de los californios, el más valioso testimonio sobre la revuelta, que relata los hechos según la forma como los percibió al haberlos vivido directamente.
Durante la rebelión, y en otros hechos, fue notoria la indiferencia y aun la animadversión del virrey Juan Antonio de Vizarrón y Eguiarreta, contra los misioneros de California, aunque bien puede ser que esa abulia para resolver tan graves problemas fuera sólo parte de su ineptitud general como gobernante, ya que fue considerado como el virrey menos capaz en la historia de la Nueva España77.
Aunque nunca se repitió un alzamiento como el de 1734, en la misión de San Francisco de Borja llegaron a realizarse ataques feroces por gentiles del norte contra los indios conversos; y en el sur, los uchitíes, de filiación guaycura, fueron perseguidos a muerte por el teniente de San José debido a que guerreaban contra los indígenas cristianos de la región.
En medio de tanta calamidad, los misioneros fueron alentados por la actitud favorable de Felipe V hacia ellos, quien en 1741 ordenó que se pagaran los gastos de la guerra con cargo al real erario, y después, en cédula del 13 de noviembre de 1744, de acuerdo con propuestas del Consejo de Indias, dispuso que se fundaran más poblados y presidios, que se duplicara el número de misioneros, y se fundaran misiones desde el Colorado hacia el sur hasta llegar a las ya establecidas, aunque casi todos estos proyectos, por utópicos, nunca se realizaron. A la muerte de Felipe V, su hijo Fernando VI continuó apoyando el trabajo de los jesuitas y ratificó las disposiciones de su padre; fue por esto que en esa época el provincial de la orden pidió al padre Fernando Consag que realizara una nueva exploración hacia el Río Colorado, a efecto de cumplir con la orden real, de lo cual ya se ha hablado.
El tema de las rebeliones indígenas en la península de Baja California se amplía en este libro en los capítulos destinados a los misioneros franciscanos y dominicos, en cuyas épocas se realizaron crímenes perpetrados por indígenas en agravio de misioneros españoles, además de la llamada masacre de los yumas, en la cual se registró el mayor número de asesinatos de españoles ejecutados por indios yumas, incluyendo soldados, civiles y misioneros, y aunque los hechos ocurrieron parcialmente en lo que hoy es la ciudad de Yuma en territorio de los Estados Unidos, es seguro que también participaron nativos de la delta del Colorado, en lo que hoy es Mexicali.
Padre Clemente Guillén de Castro, un gran explorador mexicano
Casi todos los misioneros jesuitas llevaron a cabo exploraciones generalmente con los propósitos comunes de localizar parajes propios para el establecimiento de misiones, o para encontrar algún lugar en la costa del Mar del Sur que sirviera como puerto de escala a los navíos procedentes del oriente, como el Galeón de Manila. El objetivo general de este libro no es referir cada una de esas exploraciones o entradas traspasando las fronteras conocidas por los españoles en los siglos XVII y XVIII, y sólo se han relatado al principio del capítulo algunas de las más importantes, como lo son las tres de Fernando Consag hacia el norte, dos de Wenceslao Linck, una al norte y otra a la isla Ángel de la Guarda; y la del padre Segismundo Taraval a la Isla de Cedros, Sin embargo, no se pueden dejar de mencionar aunque sea someramente los viajes realizados por el jesuita zacatecano Clemente Guillén de Castro, años antes que se hicieran las exploraciones ya mencionadas, uno hacia la costa del Pacífico, a lo que hoy es Bahía Magdalena, y el otro al territorio habitado por los guaycuras, en el sur de la península. Ambas “entradas” se conocen en detalle gracias a los diarios escritos por el misionero, y son documentos de incalculable valor para el estudioso de la historia de Baja California, especialmente en el aspecto etnológico. Aunque en este trabajo se resumen los datos esenciales de las citadas exploraciones, si el lector desea conocer los detalles lo puede hacer consultando el libro en línea “Misioneros jesuitas en Baja california, 1683-1768”.
La primera de estas expediciones la inició Guillén saliendo de San Juan Bautista Malibat el 5 de marzo de 1719, conforme a disposiciones del virrey y acatando la orden directa del padre Juan de Ugarte. El misionero debería dirigirse a Bahía Magdalena, en busca de un puerto que sirviera al Galeón de Filipinas como escala en su viaje a Acapulco. Además del padre Guillén, formaban parte del contingente el capitán del presidio de Loreto don Esteban Rodríguez Lorenzo, doce soldados, quince indios armados a su modo y usanza, y dos intérpretes78. El capitán había salido de Loreto el 3 de marzo, y sólo se había detenido en la ranchería de Nautrig para llevarse las bestias que necesitaría en el viaje; el 4 llegaron a la misión de San Juan Bautista Malibat, en donde estaba listo el padre Guillén, y para el 5 de marzo salieron todos hacia el suroeste.
Los incidentes del viaje mostraron, como en casi todos las exploraciones, la disposición de los nativos para auxiliar a los viajeros en la búsqueda de agua, en proporcionar alimentos para su subsistencia, sobre todo mezcal tatemado, y en permitirles el paso sin agredirlos, aunque los españoles algunas veces tuvieron temor de ser atacados, como sucedió el 18 de marzo, después de pasar por Chiriyaqui, cuando los indios desviaron la ruta con dolo79, según Guillén, hacia un arroyo en el que se encontraba un número de indios guaycuras armados, con sus mujeres situadas aparte en un lugar elevado protegido por cantiles. Esa vez, dominando su temor, los viajeros desfilaron militarmente frente a los naturales con tal compostura, yendo al frente de la columna jinetes españoles bien montados y armados, que los nativos quedaron muy impresionados con la marcial demostración, de manera que si habían pensado agredir a los intrusos, lo cual es dudoso, desistieron de ello.
Al hacer relación de cómo se componía la expedición, el misionero mencionó las escuadras de indios amigos, y que llevaban un carruaje que debe haber sido una especie de carreta con provisiones tirada por mulas. En este paraje, el capitán, seguramente por la sugestión o con el acuerdo del padre Guillén, mandó invitar con los intérpretes a los indios para que acudieran al real con objeto darles algunos regalos, llegaron unos 100 hombres armados, aunque dejaron sus arcos y flechas entre unos arbolillos antes de entrar al campamento, y unas 20 mujeres, que se asombraban de lo que veían, especialmente las mulas y caballos. Además de los regalos acostumbrados se les dio comida, aunque algunos no la aceptaron; aquel lugar tan poblado era la ranchería de Cuédeme. El día 20 de marzo, cerca de un lugar que Guillén llama San Joaquín, vieron cómo los indios tenían áreas cercadas con ramas y palos espinosos, hacia donde espantaban conejos, liebres y otros animales para cazarlos con más facilidad, hecho que otros misioneros también presenciaron en otras etnias muchos kilómetros al norte.
Los espesos bosques de manglares en la costa, el monte en los cauces de los arroyos, la falta de aguajes de fácil acceso, y una cierta indiferencia de los nativos respecto a la búsqueda de Guillén y sus hombres por una ruta que los llevara hasta la bahía, dificultaron y retrasaron el acceso a ésta.
Finalmente, el 27 de marzo de 1719, después de cabalgar quizá 12 kilómetros y dejando acampado al grueso de la expedición cerca de la ranchería de Tipateiguá, El cabo Francisco Cortés de Monroy y algunos hombres llegaron a la costa probablemente en el lado opuesto de Isla Margarita, pues señala el misionero: …llegó a el mar enfrente de la misma punta de las montañas que forman de opuesto con esta otra tierra la gran bahía de Santa María Magdalena en el Mar Pacífico…80, refiriéndose aparentemente a la montaña que se encuentra en el extremo sur de Isla Margarita. Aquí contemplaron ballenas que se desplazaban por la boca que se forma entre esta isla y la llamada Creciente, lo que les hizo suponer, no sin razón, que la profundidad del mar era considerable, y vieron la boca de un estero que debe haber sido el que hoy se llama Estero Grande en la desembocadura del arroyo Santa Rita, en la Bahía de las Almejas81.

Ruta aproximada del padre Clemente Guillén en su expedición a Bahía Magdalena en 1719
Adaptación en mapa de Google Earth
- San Juan Bautista Malibat o Liguig o Ligüi.
- Santa Cruz de Udaré.
- Anyaichirí, hoy rancho Andachire.
- Quepoh.
- Chiriyaqui (Después Misión de San Luis Gonzaga).
- Estero Grande.
- Bahía Magdalena.
- Bahía Las Almejas.
- Los Dolores.
Explorando las playas cercanas encontraron un indio tratando de quemar unos mangles, y al ser interrogado por los intérpretes les dijo: …no entiendo esa lengua…no hay aquí gente…yo solo vivo aquí…ni hay agua ni la bebo yo aquí…82, pero después de ganar su confianza lograron que los llevara al aguaje de su ranchería. En ese lugar los españoles hicieron los acostumbrados obsequios a los nativos, y a cambio recibieron pescados asados y crudos, plumas y otras cosas como una hermosa concha de madre perla procedente del Golfo que le dieron al soldado Francisco de Rojas. Al preguntarles a los indios si había agua en la isla dijeron que sí, cerca de la playa, y que ellos se acampaban allá por temporadas, costumbre que también confirmaron después nativos de otras rancherías. Usando unos recipientes hechos de raíces y juncos que les proporcionaron los indios, los españoles sacaron agua de un pozo excavado en un médano cercano al estero, para beber y dar a la caballada, aunque esto fue con gran dificultad porque se derrumbaba la arena en el pozo y sólo con un ademe podría obtenerse el líquido suficiente.
El cabo Cortés no se decidió a hacer el ademe porque, con razón, pensó mejor volverse ese mismo día a Arúi por un camino más corto y allá descansar las bestias. Así lo hicieron en parte, cabalgaron favorecidos por la luna hasta ya avanzada la noche, y a unos 8 kilómetros de aquel paraje tuvieron que acampar debido a que en caso de seguir, un espeso pitahayal hubiera lastimado a las cabalgaduras, pero al siguiente día estuvieron temprano en la ranchería y pudieron todos calmar su sed. Después de unas horas de descanso, Cortés y su gente reiniciaron el regreso llegando por la tarde del día 28 de marzo al real en Tipateiguá, en donde los que allí habían esperado les hicieron un buen recibimiento. El cabo informó con detalle al capitán todo lo sucedido en los 3 días de viaje. En el registro correspondiente al día 27 de marzo, refiriéndose al cabo Cortés que encabezaba la partida de exploradores que habían llegado a la bahía, y que decidió no posponer más el regreso a Arúi, el padre Guillén escribió en parte lo que sigue:
…juzgó el señor cabo poder llegar hoy a San Benito Arúi, habiendo conocido menor distancia de la bahía a este aguaje de Arúi, que al de Tipateiguá, por donde ayer y hoy se ha caminado, y _no quiso alargarnos el cuidado en que estaríamos en nuestro real todos…83_, lo que parece indicar que ni el padre Guillén ni el capitán llegaron a Bahía Magdalena, y ambos formaron parte del grupo que esperó a Cortés de Monroy y su gente en Tipateiguá.
El día 29 el capitán mandó varios soldados a explorar el arroyo de Arúi corriente abajo, buscar agua, llegar a la costa y tratar de acercarse a la otra boca de la bahía. Los exploradores encontraron un aguaje bueno y luego tres pozas de agua salada, llegaron al estero, cabalgaron unpoco al sur, pero les impidió seguir una zona pantanosa impenetrable y mucho monte, por lo que no pudieron ver la bahía e iniciaron la vuelta al real en Tipateiguá, a donde llegaron a eso de las once de la noche. Al día siguiente se inició el regreso a Loreto, pensando evitar mayor desgaste en las bestias, y también para tener tiempo de reconocer algunas tierras y arroyos por los que se había pasado antes, además de refrendar la amistad con las diversas rancherías, algunas de las cuales fueron después de Tipateiguá, Tacanoparé, Cuédene84, Tiguaná, Querequana, Quepoh, Aénata, Quira, Aquiri, Cajalchimín y Cajalloguoc.
La ruta de regreso un tanto diferente a la de ida facilitó la marcha, y el día 12 de abril los expedicionarios entraron al poblado de San Pablo85, en donde el padre Juan de Ugarte los hospedó y regaló con caritativa largueza86. Para el día 13 pasaron por San Francisco Javier y el día 14 de abril de 1719 estaban de regreso en Loreto, en donde fueron recibidos con salvas y singulares demostraciones de júbilo. Si es verdad que en esta exploración no se encontró el ansiado puerto en el Pacífico en las condiciones que se requería, sí se logró entablar contacto amistoso con los guaycuras, lo que facilitaría más adelante establecer no una, sino dos misiones entre aquellos nativos. Por otra parte, se supo en forma definitiva que Bahía Magdalena, a pesar de ser un gran puerto natural, no podría aprovecharse por la falta de agua y leña, obstáculo que siguió vigente hasta tiempos recientes.
La otra expedición de Guillén fue motivada por los siguientes hechos. En 1720 los padres Jaime Bravo y Juan de Ugarte salieron de Loreto rumbo al sur en la nueva balandra “El Triunfo de la Cruz”, con el propósito de fundar una misión en la bahía de La Paz, pero además, se envió por tierra al padre Clemente Guillén para que encontrara la mejor ruta terrestre de San Juan Bautista Malibat al nuevo establecimiento, y así pudiera viajarse de Loreto a la nueva misión, y aunque la distancia entre los dos puntos por la costa es menor de 250 Km., caminando por el interior el misionero tardó 26 días en llegar a su destino, lo que da una idea de las dificultades que tuvo que vencer por lo escabroso del terreno.

Rutas aproximadas en las expediciones del padre Clemente Guillén de Malibat a Nuestra Señora del Pilar de La Paz, 1720
Adaptación sobre mapa de Google Earth, con datos de las cartas de DETENAL, “Baja California Almanac”, los diarios del padre Guillén, del padre Miguel del Barco, del diario de Esteban Rodríguez Lorenzo, probablemente escrito por Guillén; y del historiador James Arraj.
La línea anaranjada señala la ida a La Paz, la roja el regreso a Ligüig.
- Ligüig o Malibat.
- Acuré.
- Asembavichi.
- Apaté.
- Kakiwi.
- Santa Catalina de los Miradores.
- Los Desposorios de Nuestra Señora.
- Santa Bibiana de las Averías.
- San José de las Batecuas.
- La Paz.
- San Higinio del Guaycuro.
- San Hilario.
- Pacudaraquihué.
- Aripité.
- Tiguaná.
- Quepoh.
- Udare.
El lunes 11 de noviembre de 1720 salió la expedición encabezada por el padre Clemente Guillén de San Juan Bautista Malibat hacia La Paz para dar cumplimiento a lo ordenado por el padre Salvatierra. Además de tres soldados y cuatro criados, iban 13 indios de Malibat y Loreto. Se había planeado que parte de la carga que llevaban se iría por mar a bordo de canoas hasta el paraje costero de Apaté, situado a los 25º 2´ N y a los 110º 50´ W, pero el mar encrespado lo impidió, por lo que se tuvo que transportar todo a lomo de mulas, lo que causó mayores trabajos y lentitud en el viaje. El rumbo era directo hacia el sur pegado a la playa mientras las montañas no impidieran el paso.Cuando la expedición llegó aproximadamente a los 25º 5´ N., tal como se temía la sierra casi llegaba a la costa, lo que dificultaría grandemente el viaje si se continuaba igual, por lo que desde aquí se desviaron un poco hacia el suroeste en busca de un lugar que permitiera el ascenso a las montañas, para después seguir otra vez hacia el sureste, casi en línea paralela a la costa, con rumbo a La Paz. Cuando se encontraron en plena sierra, los problemas de los expedicionarios se empezaron a agravar, ya que en ocasiones se sintieron perdidos, como cuando el 23 de noviembre los mismos guías nativos condujeron equivocadamente a varios exploradores españoles hasta unas cumbres al noroeste de donde estaban, y aunque desde allí contemplaron la ensenada de San Evaristo, tuvieron que regresar al campamento viajando unos 50 Km. de ida y vuelta para informar a Guillén que La Paz estaba muy lejos aún.
Después de innumerables intentos fallidos, el 29 de noviembre algunos exploradores encontraron un portezuelo por el que aseguraron que podría iniciarse el descenso hacia la bahía de La Paz, todavía la expedición siguió un rumbo que parecería errático debido a que tenían que marchar esquivando desfiladeros y montañas; el martes 3 de diciembre caminaron al noreste, y acamparon en un paraje sin agua y con muy escaso pasto; el miércoles se dirigieron al norte y luego al este, y desde una loma vieron el mar, del que los separaba una profunda barranca, con muchas dificultades iniciaron el descenso y llegaron al fondo a eso de la una de la tarde, en donde había agua y pasto en buena cantidad, lo que fue de gran alivio para todos. El jueves 5 caminaron por la caja del arroyo hasta llegar a la playa, siguieron hacia el sur, ocasionalmente remontando hacia el oeste los cerros rocosos que les impedían el paso; el día 5 tuvieron que hacer un pozo alejados del mar para poder beber agua tanto los hombres como la caballada, y allí pasaron la noche. Finalmente, el viernes 6 de diciembre de 1720, entre las 3 y 4 de la tarde llegaron al bordo del estero de La Paz; grande fue la alegría de los expedicionarios cuando vieron la balandra “El Triunfo de la Cruz” anclada en la bahía, esperaron entonces en el bordo del estero que vinieran las canoas de la otra orilla, y cuando esto sucedió se pasó en ellas parte de la carga y de la caballada, y el resto al día siguiente. Ya en la misión, el padre Bravo atendió solícitamente a los fatigados viajeros, quienes a los pocos días, ya recobradas las fuerzas, ayudaron al padre en los trabajos de la misión que apenas se empezaba a establecer.
En el viaje de regreso, la expedición tenía que regresar a Malibat por una ruta mejor, por lo que se hicieron varias salidas exploratorias abarcando en ocasiones hasta 40 kilómetros87. Estuvieron en esto hasta que se encontró el rumbo mejor para salir de La Paz, y el viernes 10 de enero de 1721 iniciaron el regreso, bien provistos de provisiones por el padre Jaime Bravo. Una carreta que llevaban fue transportada en canoa por parte de la bahía para aliviar un poco a las mulas. El martes 14 de enero de 1721 llegaron a una ranchería de guaycuras que Guillén bautizó como San Higinio del Guaycuro, y por no haber pasto tuvieron que seguir hasta un paraje que llamaron San Hilario, por el arroyo de Santa Bibiana de las Averías. Al continuar su lento avance hacia el norte, los viajeros encontraban frecuentemente huellas de los naturales, pero éstos huían y no se dejaban ver. Sin embargo, el jueves 16 de enero encontraron a unos nativos en la ranchería de San Marcelo Pacudaraquihue, a quienes regalaron tabaco, zapatos de los llamados cacles88, comida, cuchillos, y al capitán de los indios un plumero. Los indios correspondieron a los españoles obsequiándoles plumas, soguillas, cordoncillos con que adornaban la cabeza y pedernales.
En sus encuentros con los indios de las rancherías que encontraron en el viaje de regreso, hubo muy diversos e interesantes episodios que terminaron en comidas en común, así como en regalos que mutuamente se entregaban, con el evidente propósito de demostrar su confianza y amistad. Cabe destacar que sólo en una ocasión hubo francos intentos de los nativos para provocar a los españoles, cuando un buen número de guaycuras de las rancherías cercanas que se habían unido al contingente como amigos, procuraron intencionalmente estorbar la marcha del grupo metiéndose desordenadamente en la columna de los caballos para hostigar abiertamente a jinetes y bestias. Al respecto Guillén dice en el registro de su diario del sábado 18 de enero de 1721 lo siguiente:
…sin que pudiera nuestra gente, por instancias que les hizo, que se fueran delante, para no embarazar: antes ellos, viendo que nuestra gente iba repartida en orden…porfiaban por que fuésemos por su vereda, lo que no convenía…porque nos iban acordonando por todos lados. Uno porque el cabo español le pedía fuere delante, de enfadado dio con su arco un piquete al caballo del cabo. Lo mismo hizo otro indio con el caballo de otro español. Los que nos acompañaban preguntaron a uno de nuestros indios amigos, guaycuro como ellos, ¿Por qué no tienen arcos estos advenedizos? Quizás son mujeres, le añadió. Otros iban diciendo, éstos tienen miedo, si tienen miedo ¿para qué vienen a nuestras tierras?…Con tan pesada carga llegamos a Aripite…89
Con tan desagradable compañía*,* los viajeros llegaron a la ranchería de Aripite, en donde también se habían reunido muchos guaycuras. Los españoles dieron a la gente algunos regalos, aunque no recibieron nada a cambio como en las demás ocasiones; aún así fueron invitados a quedarse en la ranchería, a lo que les respondieron que ya no querían entretenerse en el camino, pero que en otra ocasión lo harían con más tiempo. Pidieron a los guaycuras locales que los guiaran a San Gabriel Cuedeme, y aunque al principio se rehusaron, después aceptaron tres que se unieron a la expedición. Los otros que habían venido hasta aquí hostilizando a los españoles, se quedaron en ese lugar, lo cual calmó los ánimos de los viajeros, aunque casi saliendo de la aldea hallaron en el camino una planta de pitahaya destrozada, cuyos pedazos estaban clavados en el suelo con estacas; la señal era clara, no eran bienvenidos, se les consideraba enemigos.
Los viajeros continuaron su camino, prevenidos contra cualquier posible ataque, lo que nunca sucedió, muchas de las rancherías por las que pasaron estaban vacías por ser la época de irse a la sierra a recolectar algunos alimentos, sobre todo mezcales; para el día 21 llegaron a territorio habitado por indios amigos en la ranchería de Onducháh, y el 23 de enero de 1721 entraron a San Juan Bautista Malibat, culminando así una de las exploraciones más difíciles y peligrosas llevadas a cabo por los sotanas negras, aunque tal vez Guillén y sus acompañantes españoles exageraron un tanto la gravedad de la hostilidad de los nativos
Dalmatians from Croatia and Montenegrin Serbs in the West and South. R & E Res., 1971. Adam S. Eterovich; p. 79. ↩︎
“History of the North Mexican States and Texas”. San Francisco: Bancroft, 1886. Hubert H. Bancroft, pp. 463-464. ↩︎
Consag, Fernando. *Derrotero del viaje que en descubrimiento de la costa oriental de California hasta el Río Colorado…hizo el padre Fernando Consag…por orden del padre Cristóbal de Escobar…*Archivo Franciscano, ficha 301, (4/66.1, f. 1-14v.). Bibl. Nacional de México. ↩︎
“Lower California, an Island”; Peter Masten Dunne; pp. 60-61. ↩︎
Barco, Op.cit., p. 368. ↩︎
Consag refiere el hallazgo de las huellas de caballos en la h. 25 de su Derrotero, sin formular hipótesis alguna sobre su origen, lo que hace pensar que pudo haber sido una confusión, ya que no se ha sabido de jinetes españoles que cabalgaran por esa región en aquel tiempo. ↩︎
En el derrotero de Consag dice que fueron 15 hombres. Consag, op.cit., hoja 26. ↩︎
Barco, Op.cit., p. 370. ↩︎
Consag, Derrotero…, Op.cit., h. 27. ↩︎
Consag, Derrotero…, Op.cit., h. 25 ↩︎
Ibíd., h. 26. ↩︎
Ibíd., h. 22. ↩︎
Documentos para la Historia de México, series III, tomo 1, pp. 481. ↩︎
Consag, Derrotero…, h. 25. ↩︎
Ibíd., h. 16. ↩︎
Calmallí se encuentra a los 28º 6´ N. y 113º 25´ W. ↩︎
La parte alta del arroyo Paraíso está a unos 20 Km. al sur de lo que después sería la misión de San Borja. ↩︎
Estas plantas sólo existen en Baja California y en pequeñas áreas de Sonora. ↩︎
Peter Masten Dunne. “Black Robes in Lower California”, p. 327. ↩︎
“Black Robes…”, Op.cit., p. 328. ↩︎
Linck, Wenceslao. Diario del viaje que se hizo en la Provincia de California al Norte de esta Península por Febrero de este año de 1766. Biblioteca Nacional de Madrid. Ms. 19266. Papeles referentes a California (h. 121-165 y 257-271). S XIX. 24 cm.. ↩︎
Barco, Op.cit., p. 285. ↩︎
Zevallos, Op.cit., p. 64. ↩︎
Barco, con el error acostumbrado en las latitudes, lo señala a los treinta y medio grados, en la p 346 de su obra, y en la 285 da el dato de 30° 54´ para el mismo sitio, ↩︎
Barco, op.cit., p. 285. ↩︎
En la p. 66 de la obra de Zevallos debe decir 29° 48´. ↩︎
En un informe a Jorge Retz así lo informa Linck, pero en otro reporte del 20 de noviembre de 1765 dirigido al tesorero de las misiones Juan de Armesto, dice que fue éste quien dio la orden de hacer la magna exploración. Burrus, Op.Cit., p. 32. ↩︎
Linck, Wenceslao. Diario del viaje que se hizo en la Provincia de California al Norte de esta península por febrero de este año de 1766, p. 2. Biblioteca Nacional de Madrid. Ms. 19266. Papeles referentes a California (h. 121-165 y 252-271). ↩︎
Ibíd., *Diario del viaje que se hizo…,*pp. 4, 5. ↩︎
Palou, Francisco. “…Continuó la expedición su camino…que era el mismo que tres años antes había andado el padre Wenceslao Linc, según dijeron los soldados que lo acompañaron en la expedición al Río Colorado, hasta un lugar que el citado padre nombró La Cieneguilla, distante de la nueva misión de San Fernando en Vellicatá veinticinco leguas al rumbo del norte…”. “Relación histórica de la vida y apostólicas tareas del venerable padre fray Junípero Serra”, p. 59. ↩︎
Linck, Wenceslao, Op.cit., *Diario del viaje que se hizo…,*p. 17: … Comenzamos a subir el día 13 una alta sierra y extendida de playa a playa por lo que nos pareció vuelve otra vez a estrecharse la tierra y lo mismo dicen los naturales… ↩︎
Nuestro amigo gentil, escribió Linck en su diario. Op.cit., registro del día 13 de marzo. ↩︎
Cada una de las dos mitades de la carga de una acémila cuando va en fardos. ↩︎
Linck, Diario del Viaje…, Op.cit., p 18. ↩︎
Ibíd., p. 19. ↩︎
Ibíd., p. 20. ↩︎
Ibíd., p. 21. ↩︎
Esta sierra, llamada también Las Pintas o Pinta, está enclavada en la zona desértica del noreste de la península, tiene elevaciones promedio de 400 a 700 m. sobre el nivel del mar, y termina en el norte en La Ventana. Carece de vegetación. ↩︎
En el diario de Linck, no se menciona el resultado de la exploración de Don Blas Fernández hacia el Colorado, ni si acaso llegó a la desembocadura del río. ↩︎
La sierra de Las Tinajas está al oeste de la sierra Pinta o de Los Reyes, entre estos dos bloques montañosos está el cauce del Arroyo Grande o del Tule, orientado hacia el norte noreste, que en la época en que Linck hizo su viaje pudo haber tenido agua en algunos trayectos. ↩︎
La Bomba es un embarcadero que hasta hace algunas décadas se encontraba muy cerca de la desembocadura del Colorado, casi donde se empieza a abrir el caudal para terminar en el golfo. ↩︎
Linck, Diario del viaje…, Op.cit., pp. 24, 25. ↩︎
Es lógico que de regreso, la expedición haya viajado con mayor velocidad que de ida, ya que el terreno era conocido; del punto en que primero cruzaron la sierra hacia el este el 19 de marzo hasta el final de su camino hacia el norte tardaron 8 días, y para regresar al mismo punto hicieron 4 días. Sin embargo, tal parece que no subieron por el mismo lugar por el que habían bajado la sierra; quizá porque no es lo mismo abrirse camino por el monte de la sierra en ruta hacia abajo que en camino hacia arriba, así es que tuvieron que localizar otro lugar más propicio para el ascenso. ↩︎
Los primitivos californios acostumbraban comunicarse las novedades desde grandes distancias, sin que estas fueran recorridas por un solo comunicador o correo. Es seguro que de una ranchería salía un corredor a la próxima y comunicaba la noticia, y de aquí partía otro a la siguiente, y así sucesivamente, de manera que sin que transcurriera mucho tiempo, se informaban lo que sucedía en lugares distantes. ↩︎
Linck no precisó el nombre del lugar en el que recibió el obsequio de ramilletes de plumas, y sólo dice …de San Luis en adelante… ↩︎
Linck, Diario del viaje…, Op. cit., p. 26. ↩︎
La guarnición de Loreto estaba formada ordinariamente por 25 soldados. Engelhardt, 1829, op.cit., p. 104. ↩︎
Ventura mantuvo en su misión durante seis meses a los fugitivos, aunque tres de ellos lograron llegar hasta el presidio de Montesclaros, allí fueron escuchados por el teniente gobernador de Sinaloa, y aunque éste pensó intervenir en el asunto, escuchó el prudente consejo de Ventura y dejó que las cosas fueran resueltas por las autoridades de California ↩︎
Los pericúes querían, entre otras cosas, que en lugar de misionero se les pusiera un cura del clero secular, al que supuestamente sostendrían, y se comprometían a pagar tributo al rey en el caso de que se accediese a sus peticiones. Cuando fueron regresados a Loreto, al poco tiempo reiteraron sus solicitudes a Lisazoain, pero éste les respondió que las órdenes expresas del virrey y del mismo monarca español eran de no cambiar la forma como se gobernaba la península. ↩︎
Bravo, “Jaime. Cinco cartas del padre Jaime Bravo al marqués de Villapuente sobre las misiones de California…”, 2ª. carta, Loreto 10 de octubre de 1730. Archivo Franciscano. Ficha 291, Biblioteca Nacional de México, (4/56.1, f. 1-3v). ↩︎
Las misiones en cuyos territorios se dio la rebelión fueron San José del Cabo, Santiago, Todos Santos y Nuestra Señora del Pilar de la Paz. ↩︎
Había destacados 3 soldados en Todos Santos o Santa Rosa, 2 en Santiago y uno en La Paz. ↩︎
Como se menciona adelante, otras versiones afirman que el padre estaba desayunando. ↩︎
“Relación del alzamiento de los indios pericúes de las misiones de California”, Biblioteca Nacional de México, Archivo Franciscano (4/58.1, f. 1-1v.) ficha 293, h. 2. Anónimo. ↩︎
Clavijero, op.cit., p. 180 ↩︎
Clavijero, Op.cit., p. 181. ↩︎
El solitario soldado que cuidaba La Paz se llamaba Manuel Romero. Dunne, op.cit., p. 263. ↩︎
“La rebelión de los californios”, Segismundo Taraval, Edición de Eligio Moisés Coronado; Ediciones Doce Calles, Madrid, 1996, p. 59. ↩︎
Ibíd., p. 63. ↩︎
Ibíd., p. 64. ↩︎
Ibíd., p. 64. ↩︎
Taraval expresó en la p. 64 de su obra ya citada, refiriéndose al indio que había sido hechicero y mentiroso, *…acción que, con las que he dicho, y otras que pudiera decir, bien merece que la divina providencia se haya compadecido y tenido misericordia de su alma, aunque por otras varias la hubiese antes muy desmerecido. Agradecí a los pericúes el aviso, agasajélos y regalélos con lo que había y díjeles lo que en tales circunstancias pude alcanzar…*Taraval, op.cit., p 64. ↩︎
Taraval, op.cit., p. 71. ↩︎
Dunne, op.cit., p. 267. ↩︎
Nombre dado a una embarcación de guerra bien artillada que se destinaba a llevar mensajes y a reconocer las ensenadas y bahías. ↩︎
El real situado era la plata que destinaba la corona para aliviar la crítica economía de colonias como Chile o las Filipinas. A Chile se destinaba el aportado por Perú y a las Islas Filipinas el de México. ↩︎
En Acapulco, cada vez que anclaba un barco procedente de las Islas Filipinas, se llevaba a cabo una reunión de vendedores y compradores a la que asistían los más diversos personajes, desde comerciantes procedentes de Asia o españoles de la Nueva España, hasta pequeños productores locales que ofrecían sus modestas mercancías al lado de opulentos mercaderes, sin faltar religiosos, soldados, arrieros, marineros y peones filipinos e indios. ↩︎
Zumalde, Matheo de. “Relación de lo acaecido al patache capitana “San Cristóbal”, al cargo del general Mateo de Zumalde, en el Río de San José y Cabo de San Lucas en la California, con los naturales de ella: A bordo del patache capitana “San Cristóbal”, 4 enero 1735….”, Biblioteca Nacional de México, Archivo Franciscano, ficha 294. (4/59.1, f. 1-2v., f. 3-4). ↩︎
San Bernabé, San José del Cabo y Aguada Segura vienen siendo histórica y geográficamente el mismo lugar en el extremo sur de la Baja California. ↩︎
La Soledad es un lugar que actualmente está unos 30 Km. al noroeste de San José del Cabo. ↩︎
Ibíd., p. 7. ↩︎
Taraval, op.cit., p. 110. ↩︎
Ibíd., p. 157. ↩︎
Taraval, Ibíd., p. 116. ↩︎
Dunne, op.cit., p. 272. ↩︎
Fue hasta 1748 cuando se empezaron a establecer poblados mineros o reales cerca de la misión de Santiago, y aunque sus pobladores recibían la ayuda espiritual de los misioneros jesuitas, siempre fueron vistos por éstos como una carga, pues tenían que venderles alimentos y ropa que apenas alcanzaba para los indios. Además, los jesuitas criticaban con razón el trato que los empresarios mineros y los armadores que explotaban yacimientos perlíferos daban a los nativos. Por su parte, los mineros y buzos consideraban que el recelo de los padres se debía a su temor de ir perdiendo el poder en las misiones de California al ir conociendo los nativos nuevos y mejores horizontes. La influencia de los buzos y pescadores de perlas sobre los indios si pudo ser factor en los hechos desde antes del inicio de la rebelión. ↩︎
Riva Palacio, Vicente et al. Resumen integral de México a través de los siglos, tomo II, p. 408. ↩︎
Guillén, Clemente. Expedición a la nación guaycura en Californias y descubrimiento por tierra de la gran Bahía de SANTA María Magdalena en el Mar Pacífico, hecha por el capitán Esteban Rodríguez Lorenzo, su primer conquistador: 3 de marzo-14 abril 1719. Biblioteca Nacional de México. Archivo Franciscano, (1/2. l. f. 1-16 v., f. 17-26 v), ficha 118, p. l. Aunque el diario no tiene firma, todo indica que fue escrito por el padre Clemente Guillén, quien se agregó en Malibat a la expedición en que iba Esteban Rodríguez Lorenzo; puede suponerse que por modestia, y en consideración a Rodríguez, Guillén puso el nombre de éste como autor del diario. ↩︎
Guillén, “Expedición a …”, Ficha 18, op.cit., h. 9. ↩︎
Ibíd., p. 23. ↩︎
La Bahía de las Almejas forma parte del Complejo Lagunar Bahía Magdalena -Almejas, por lo que es justificado afirmar que la expedición del padre Guillén llegó a Bahía Magdalena. ↩︎
Ibíd., “Expedición a…”, p. 23. ↩︎
Ibid., p. 24. El subrayado lo hace el autor. ↩︎
Algunos autores norteamericanos escriben Quedené, pero Guillén repetidamente registra Cuédene. ↩︎
San Pablo era visita de la antigua misión de San Javier, pero se convirtió en su cabecera al reunir mejores condiciones por el agua y tierra disponibles. Fue en este lugar en donde el padre Miguel del Barco construyó la misión de San Javier que hoy se conoce. ↩︎
Guillén, “Expedición a la nación…”, op.cit., p. 31 ↩︎
Guillén, op.cit. ficha 283, p. 7. ↩︎
La palabra “cacle” es un nahuatlismo que los españoles usaban para designar las especies de guaraches o sandalias de piel que daban a los indios. ↩︎
Guillén, Expedición por tierra…, Op.cit., h. 11 y 12. ↩︎